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La batalla de los Altos

El Alto protegía la humanidad cuando vio caer a la criatura. Era pequeña, frágil y desvalida, pero su vibración y apariencia causaba desconcierto entre las masas, y pronto se alzaron grupos que querían destruirla desde el miedo que les producía. Entonces, el Alto Oscuro aprovechó su energía y surgió entre los hombres

  • Veo que tienes un conflicto. Tendrás que elegir: la humanidad o la criatura.
  • No lo haré. Los protegeré a los dos.

Dicho eso, estiró sus brazos y los separó de plano. Humanidad y criatura sabían de su existencia pero no se podían tocar ni ver, sólo percibir. Pero la separación cósmica de planos requería un gran esfuerzo, y lo agotaba. Oscuro se aproximó por su espalda y le habló.

  • Tus fuerzas no aguantarán. Deberás elegir a quién torturaré, a quién dejarás indefenso. ¿Humanidad o criatura?
  • Ya hice esa elección, incluso antes de tener que pensarla – respondió – Elijo la criatura.
  • Entonces la humanidad es mía. La torturaré y sentirá el dolor de tu pérdida y mi presencia constante.
  • Sobrevivirá. Lo hizo antes de mí y soportará después. Siempre lo hace.
  • Sabes que no podrás volver.
  • Lo sé, y así lo decido.

Soltó los campos de protección de ambos, y mientras la tierra perdía su presencia y protección, se fundió en un abrazo de amor y protección perfecto e infinito con la criatura. La acunó entre sus brazos, sus miradas entrelazadas en un vínculo de adoración y los brillos de las estrellas deslizándose sobre sus corneas. Fue tal su amor que se conocieron completamente y se fundieron en un vínculo tan puro y completo que no cabía el miedo bajo ninguna forma. Los dos fueron uno, y se aceptaron en su totalidad.

Lo que los Altos no sabían fue que en ese proceso de conocimiento y autoconocimiento se produjo completitud absoluta, lo que permitió que el Alto subiera al rango de Altísimo, el representante del Uno absoluto.

Su cuerpo cambió, se volvió radiante y surgieron representaciones de alas tras suyo, alas de huesos rellenas de luz. Listo como estaba, volvió a la tierra.

Aterrizó en una llanura seca, rodeada de fuego y gritos. Vio que la humanidad estaba en lucha consigo misma y contra el Alto Oscuro.

  • Regresaste – dijo el Oscuro con furia – ya no puedes hacer nada. Tengo el poder de todo un planeta en mi control. ¿Qué tienes tú?
  • La completitud – respondió.
  • ¡Eso no te servirá de nada! – bramó.

Oscuro levantó montañas y se las arrojó. Él Altísimo vio venir desde antes el ataque y reaccionó con precisión. Luego el Oscuro lanzó relámpagos, lava y fuego, y el Altísimo los detuvo con sus manos y su energía, pero con gran dificultad.

  • Acabaré contigo! ¡Tengo poderes que no imaginas! ¡Puedo modificar la realidad, porque manejo los planos en que se construye la materia y que constituyen los pensamientos! ¡Te perderás en un laberinto de ideas recursivas e infinitas!

Dicho eso, le lanzó espejos de dimensiones paralelas y transversales. Pero lo que esperaba que fuera un laberinto se transformó en un pasadizo en donde los espejos fueron las paredes. El Altísimo avanzó.

  • Tus espejos y dimensiones no significan nada para mí. Conozco mi mente y corazón y en ellas vivo. Me conozco de manera absoluta, así que todas mis manifestaciones en todas las dimensiones avanzan al unísono hacia ti.

Y era cierto. En todos los planos, todas las partes del Altísimo avanzaban a través de los elementos, los espejos y los caminos que encontraban. Blanco era un todo armónico. Llegó al muro de espejo, detrás del cuál se parapetaba el Oscuro.

  • Y además sé tu punto débil.
  • ¡Yo no tengo punto débil!
  • Te lo mostraré – dicho eso, atravesó el espejo y golpeó con la punta del dedo índice en la frente del Oscuro, y le enseño su debilidad.
  • Estás incompleto – fue lo que le dijo – vacío y hambriento de algo que nunca se va a acabar. No importa los planetas que consumas, tienes un hambre interior inacabable, porque quieres llenar un vacío que no tiene fin. Porque estás incompleto.

Oscuro sintió primero y vio después aquel vacío que negaba con todas sus fuerzas, que trataba de llenar con cualquier cosa, y la sensación de eso fue horrorosa. Una vez visto no podía ser ignorado, y un grito surgió desde el fondo de su alma. Intentó llenarse a sí mismo pero no pudo, y esa conciencia y el esfuerzo por llenar lo inacabable se transformó en un hoyo negro que lo devoraba sin fin, en una conciencia de terror que se devoraba a sí misma eternamente.

La humanidad vio en los cielos nocturnos un anillo de gas colosal que emitía un sonido penetrante. El grito de terror del Alto Oscuro llegaba a todas las cosas hechas de materia. Aquellos en los que resonó la conciencia de falta cayeron al suelo retorciéndose de dolor, pidiendo un cuchillo para acabar con la agonía de su propia falta.

Los animales observaron a la humanidad y tuvieron piedad. Los herbívoros lamieron a los dolientes e intentaron ayudarlos a levantarse y cargar con el peso de su alma. Los que no pudieron hacerlo fueron rápidamente acabados por los carnívoros, poniendo fin a una agonía sin esperanza.

El Alto Oscuro sigue ahí, preso para siempre de su propia agonía. La gente ya no lo ve en el cielo porque milenio tras milenio las culturas acostumbraron los sentidos a ignorar aquel signo de terror que pende de los cielos.

Sin embargo sí recuerdan a nuestros salvadores, los animales. Se los representa en las paredes o se los adora como a dioses de justicia, benefactores terribles. Y durante todo este tiempo, el Altísimo sigue aquí, paseándose entre nosotros, blanco, radiante, impoluto, infinito.

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Agua

Un hombre observaba la casa parapetado tras un montículo de tierra. El lugar en que se encontraba enclavada, un claro de hierba seca en medio de árboles de troncos blancos, permitía que otros estuvieran haciendo probablemente lo mismo: observar, calcular y prepararse para el asalto, dispuestos a matar.

Sí, él estaba dispuesto a matar. Había dejado morir a su compañera de viaje tres días atrás, y desde entonces sentía que se arrastraba por ese paraje con los sentidos embotados, con la sensación de estar en una constante borrachera, perdiendo esporádicamente la noción del tiempo y de cuando era día o noche. En su situación actual sabía que un enfrentamiento con cualquier persona sería su perdición. De todas maneras, la recompensa estaba ahí, a la vista.

Muchas veces pensó que la mera existencia de ese lugar era un cuento, una quimera para gente desesperada. Ahora, ¿qué debía hacer?

Esperó, quieto como las lagartijas. El calor constante se atenuó gracias al raro fenómeno de un cielo nublado. A su lado, una línea de hormigas realizaba su cadena acostumbrada de búsqueda y recogida de alimentos. Tuvo una fugaz imagen de su cadáver siendo diseccionado y llevado por esos incontables puntos negros y decidió moverse un par de metros a la izquierda.

Continuó con su observación, pues sabía a ciencia cierta que no estaba sólo. Esperaría todo lo que fuera necesario. Llevaba muchos meses en la carretera, atravesando pueblo tras pueblo, viviendo sus miserias humanas, siendo miserable y maldito. No era el hombre que partió, y si alguien le preguntara ahora quién era, no tendría una respuesta.

Hacía el atardecer escuchó un sonido de metal destrabándose. Se puso atento. Una puerta lateral se abrió para dejar salir a un hombre con chaqueta de vestir blanca, lentes ópticos y cabello rizado. Era él, el payaso que se burlaba de la sed de todos mostrando su tesoro inagotable de agua embotellada. Tuvo el impulso de salir corriendo, saltar sobre él y empujarlo contra lo más duro que tuviera a su alrededor. Quería golpearlo hasta la muerte, romper su cráneo como un huevo y que su sangre y sus sesos se esparcieran por todos lados, pero se contuvo. Volvió con dificultad a su conciencia de ser, y espero.

Sabía que alguna trampa había en los alrededores de la casa. No caería en ella, porque seguramente otro lo haría.

Pero no pasaba nada. Su cuerpo entero le pedía acción, correr y tomar la guarida del dragón y con él sus tesoros. Sin embargo, siguió esperando.

El hombre se retiró de vuelta a la casa y cerró la puerta. Nada sucedió, nadie lo atacó. ¿Que diablos pasaba?

Golpeó su cabeza contra el suelo con rabia. ¿Cómo tan idiota? ¿Cómo?

La noche llegó y él se quedó tendido ahí hasta dormirse.

Entre medio de sus sueños se coló el ruido de metales chocando, y luego rugidos. Lentamente y muy a su pesar fue volviendo a este mundo, y escuchó gente vociferando. Alzó la cabeza y, aunque tenía la vista desenfocada, logró ver algo que lo llenó de pavor.

La casa estaba en llamas.

Una turba de personas la atacaba arrojando piedras, lanzas y botellas con líquido incendiario. El metal de las paredes estaba ennegrecido, y en algunas zonas comenzaba a ponerse rojo.

Estaban destruyendo en ese instante todas las esperanzas que había depositado al principio de su viaje, y él se encontraba impotente frente a ello. Sentía que le estaban quemando el alma.

Comenzó a arrastrarse hacia la casa sin saber por qué. Ya no seguía ningún plan; en cambio, estaba en un estado mental de absoluto animalismo. Algún dictamen de su cabeza le llevaba a acercarse al fuego en vez de huir de él, y acató.

Dada la confusión general no supo en qué momento se abrió la puerta y comenzaron los disparos. Uno a uno, los atacantes cayeron abatidos. Siguió avanzando hasta quedar a metros de distancia del hombre, que cargaba un arma de repetición. A contra luz lo vio levantar el arma y dispararle. Se quedó quieto como piedra, e intentó identificar donde había entrado la bala pero no pudo, porque le dolía todo.

El hombre se acercó a él y le golpeó el rostro con la punta de la bota. Lo que sucedió después fue el resultado de millones de años de evolución puestos al servicio de la supervivencia. De improviso volvió toda su fuerza, se aferró de la pierna de su agresor y en una fracción de segundo lo tenía en el suelo, desviando con una mano la punta del arma y con la otra lanzando golpes a ciegas. Se escuchó una ráfaga de disparos y luego gemidos. La metralleta salió volando de las manos del agresor y este fue levantado y llevado en volandas al interior de la casa en llamas.

Adentro, el calor era casi insoportable pero el hombre estaba lleno de adrenalina. Encontró una escalera que descendía y arrastró al dueño de casa al subterráneo.

  • Enciende la luz – ordenó. Escuchó su propia voz como un graznido seco.

La habitación se delineó con repetidos destellos intermitentes, mostrando un cuarto de cemento rectangular. Era igual al de la imagen, sólo faltaban las incontables botellas de agua, frente a las cuales el tipo de anteojos, al que arrastraba ahora por la solapa de la chaqueta, se pavoneaba.

Este era el lugar, pero no había agua. Estaba vacío a excepción de una sola botella que se encontraba en una mesa de madera en el extremo de la habitación.

  • ¿Donde están? – le preguntó. La luz se estabilizó y por primera vez, ya dueño de sí mismo, vio lo que había hecho. El tipo estaba con el rostro hinchado, los lentes quebrados y el marco torcido. Comenzó entonces a sentir dolor nuevamente, pero antes de que los sentidos le informaran de todo el daño que llevaba consigo, este logró acallarlos. Aún tenía suficiente adrenalina en su cuerpo para poder negociar un poco más de tiempo

El hombre sollozó, e intentó incorporarse. Lo soltó para poder avanzar por el cuarto. Sus oídos se llenaron de un pitido y la idea más terrible de todas comenzó a reptar hacia él.

  • No hay más agua – escuchó. No quiso creerlo.

  • ¿Donde tienes escondida el agua? – rugió.

  • No… no hay. Nunca hubo.

Se dio vuelta y lo vio tal como era, un pobre tipo. Sabía que no estaba mintiendo pero no quería creerlo, no podía creerlo. Se fue con la promesa de volver con agua y eso iba a hacer. Así que se acercó a él con la amenaza de la muerte certera, y este intentó huir. Lo alcanzó cuando llegaba al final de la escalera y lo arrastró de vuelta al centro del cuarto, le sacó los lentes, los partió y le colocó la punta de un vidrio en la garganta.

  • ¡Donde! ¡Donde está el agua! ¡Esto estaba lleno en todos lados! ¡Qué hiciste con el agua!

Entonces, lo más impensable de todo, lo trajo de vuelta a la horrible realidad. Lo vio llorar.

Sin saber por qué, sus fuerzas se acabaron de golpe al lado de su victima, del hombre rico de agua, una farsa que siempre fue una posibilidad pero jamás una idea cierta.

– Fue una broma – le escuchó decir – que le envié a un grupo de amigos. Tenía esas botellas vacías y les coloqué un efecto para que pareciera que tenían agua – respiró profundo. – Algunos me insultaron y otros se rieron, pero no se cómo esa foto llegó a todo el mundo. Y no, no tengo más agua que esa botella. También me voy a morir de sed.

Era el fin de todo. De sus esperanzas, certezas y la vida misma. Todos los dolores de su cuerpo se manifestaron al mismo tiempo reclamando su atención, y la agonía se hizo insoportable. Cayó de rodillas y, sintiéndose infinitamente miserable, comenzó a llorar.

Lloraba sin lágrimas, aferrado a la solapa del pobre tipo. Miserable él, miserable todos. Su garganta seca y agrietada era un testamento de la tierra en la que yacía la humanidad.

  • Lo siento – dijo el hombre del que se sostenía.

No podía responderle. No tenía cómo. Aún aferrado a él y haciendo acopio de sus últimas fuerzas, lo apuñaló. Su victima abrió la boca pero sólo fue capaz de emitir un ligero gemido. Sacó el vidrio y lo volvió a apuñalar, y repitió el proceso innumerables veces, sintiendo cada cuchillazo con intensidad. Un momento después, su brazo se llenó de un líquido tibio y viscoso, el que también cayó sobre su pelo apelmazado por la suciedad acumulada durante todo el viaje.

Una sola botella de agua. Eso era todo. El cuerpo del hombre del que se aferraba se desplomó sobre él, moribundo. Logró apartarlo, se incorporó, y se fue tambaleante hasta la mesa. Tomó la botella, la abrió y se la llevó a la boca.

De repente se detuvo. ¿Qué estaba haciendo, desperdiciando agua en beber, en alargar su vida, en glorificar y justificar la muerte de su amiga, de este pobre diablo, la de los que afuera estaban tendidos con orificios de bala, de tantos millones de seres humanos? ¿Quién era él para este regalo?

Se alejó la botella un momento de la boca. Pensó, y se la acercó de nuevo. Dejó correr el líquido dentro de su garganta, el jugo delicioso de vida. Pero no fue un trago incesante, sino más bien el desesperado beso de un amante que se despide.

Alejó la botella de agua y derramó resto del líquido sobre su cabeza, dejando que escurriera por su cuerpo junto con la sangre y el polvo. Se daba un lujo sibarita, escandaloso. Eso fue lo que vieron los que entraron detrás de él con picas, escopetas y otras armas dispuestos a matar por el premio que no había.

En algún lugar del mundo, lejos de ahí, comenzó a llover por primera vez en muchos, muchos años.

Los amantes

Ese día, al despertar, ya no estaban enamorados

Se miraron repetidamente. Uno al lado del otro, sabían quienes eran y todo lo que habían vivido juntos. Y sabían que se amaban hasta la noche anterior, pero la sensación era como un eco distante, sucedido quizás en otra vida. Ahí, a centímetros de distancia, había una persona que no les importaba en lo más mínimo.

No era que hubieran perdido la memoria. Simplemente no había sentimiento por el otro.

No sabían que decir. Al principio se asustaron porque pensaban que era una situación personal,  pero la mutua mirada de perplejidad les dio a entender que a ambos les estaba sucediendo lo mismo.

No supieron que decir. Él miró el reloj, lanzó un garabato y corrió a vestirse para ir al trabajo. Ella lo imitó. Se despidieron con un beso que les supo a nada.

Se fueron pensando todo el trayecto, buscando en lo más recóndito de sus corazones. Testearon si esto les sucedía con otras cosas, pero no: amaban a sus padres, amigos, se asustaban con lo usual y odiaban también lo usual. Todo estaba en orden y normal a excepción del amor por su pareja. Simplemente ya no estaba.

El sentimiento fue reemplazado por una búsqueda mental incesante del mismo. No podía ser, si se amaban profundamente hasta la noche anterior. ¿Habría sido la discusión del fin de semana pasado? No era posible, eran temas superfluos y había terminado bien. ¿Alguna rabia acumulada, algo que no se dijeron en su momento y ahora emergía para separarlos?

Si así fuera, reflexionaron ambos, estarían enojados, tristes o algo semejante, pero no la situación de realmente no sentir nada por el otro. Ni siquiera estaba la angustia del echarlo de menos, de extrañarlo, de la muerte del amor. Nada.

Nunca se habían amado, así se sentía.

Esa tarde llegaron a hablar del tema. Eran dos perfectos desconocidos con recuerdos mutuos, casi amigos. Hablaron con calma y cordialidad sobre eso, sobre lo que les pasaba. Decidieron ir al médico, porque no era normal.

Pasaron por diversos especialistas. Endocrinólogos, neurólogos, psiquiatras y psicólogos les tomaron muestras, hicieron estudios, preguntas varias, y todos sin excepción concluyeron que estaban perfectamente sanos. No había una respuesta para su situación (no podían llamarlo “mal” porque no se sentían para nada mal).

Después de varias semanas, una mañana de sábado, decidieron poner punto final a su relación. Se preocuparon por dejar las cosas saneadas en lo económico y un par de semanas después él se mudó al edificio del frente, prometiendo estar en contacto por si las cosas cambiaban. Un abrazo fuerte, un beso en la mejilla, y adiós

Han pasado algunos meses. De lunes a viernes, a las ocho de la tarde, ella se pone en la ventana para observar el departamento de él. Mira hacia el cuarto iluminado sólo por la televisión y alcanza a observar su cabeza, sus lentes y peinado desordenado que tanto conoce. Al hacerlo, busca alguna añoranza entre los recuerdos que tiene de sus vacaciones con él , abrazos nocturnos, saltos de alegría al verlo y dolores cuando pensaba que podían distanciarse.

Nada. Aún no pasa nada. Está mirando el cuarto de un desconocido.

Realidad

Tortuga, Dragón y Embustero entraron al bar.

Para llamar la atención, Embustero conjuró una esfera de color azul y la paseó por el abarrotado local. Ascendió y descendió entre las mesas y sillas, y jugueteó con el humo del apestoso tabaco que se daba en aquella zona pero nada, ellos no existían.

  • Atención, gentes de Tyrian – dijo Tortuga mientras realizaba un floreo – La compañía del Noreste acaba de arribar a vuestro pueblo. Nos sentaremos en aquella mesa del fondo y esperaremos que se acerquen a contarnos sus problemas. Tarifa diferenciada para quien nos invite una cerveza.

Dicho esto, se dirigieron al lugar en cuestión, donde ocuparon una mesa redonda pequeña. Dragón, que era irrisoriamente alto, daba la impresión de estar sentado junto a dos niños.

Esperaron fumando sus pipas. “El trabajo llegará hoy”, se decían en voz baja. El negocio había estado malo desde el comienzo de la guerra, así que les daba lo mismo si les pedían acompañar una caravana, rescatar doncellas o ajusticiar a alguien, mientras se les pagara en buen oro.

Se alegraron al ver un grupo de hombres caminando hacia ellos. Sin embargo, al reconocer el rostro del que lideraba la comitiva se les paralizó el corazón.

  • Enric- atinó a decir Embustero.

  • Imposible – murmuró Dragón, estupefacto– Está muerto. Tortuga lo mató de un flechazo en el ojo.

La mujer se levantó con la velocidad del rayo y cargó dos flechas en su arco. El hombre, que llevaba un vistoso parche en el ojo izquierdo, levantó su mano y dijo con voz firme.

  • No.

Tortuga quedó paralizada. “¡Maldición!”, gritó mentalmente, “¡Mil millones de maldiciones! ¡Malditos sean todos los magos!”

Embustero y Dragón salieron del estupor y reaccionaron como equipo. El gigante tomó la mesa y la usó de escudo, mientras Embustero murmuraba palabras al mover a sus manos.

Un jalón poderoso e invisible arrebató la mesa de las manos del guerrero, la que fue a chocar con otros objetos del bar, ahora vacío.

  • Muy bien, equipucho. Me asaltaron, me dejaron tuerto y escaparon con la corona de Hespie. Debería aplaudirlos en vez de matarlos.

  • Me parece una buena idea – dijo Dragón con voz cavernosa – Apláudenos y luego márchate.

El tuerto hizo un gesto con la mano, y la tenue luz celeste que se reunía entre las palmas de Embustero se deshizo como humo.

  • Eso no lo necesitarás- dijo Enric – así que no te desgastes.

El hombre hizo una mueca de resignación.

  • Tenía que intentarlo.

  • Lo se. Ahora, ¿cómo quieren morir?

  • No queremos – respondió Dragón y sacó su espada larga – y tú tampoco, así que vete antes que haga un truco de magia contigo y te divida en dos.

  • Es una buena propuesta – Dicho eso, levantó la otra mano y paralizó a los hombres – Mi estimada señorita Tortuga. Si fuese tan amable…

A un gesto de la mano que la controlaba, la mujer se volteó lentamente y apuntó a sus compañeros y amigos de toda la vida.

  • No – rogaba entre sollozos -No… por favor…

  • Ahora – dijo el mago.

Sonó el tañido de la cuerda al soltar la tensión y una flecha atravesó el cráneo de Dragón y la otra se enterró en el estómago de Embustero. El guerrero la miró con ojos inexpresivos durante unos segundos antes de perder todo interés en este mundo material y el joven mago aulló de dolor. La mujer estalló en llanto y de rodillas abrazó el cuerpo de su gigantesco amigo.

El tuerto sonrió y se retiró del lugar, seguido por sus discípulos. Al salir, chasqueó los dedos y en cosa de minutos el edificio estuvo envuelto en llamas. Con el fuego como telón de fondo, Enric declaró en voz alta a quien quisiera escucharlo.

  • No hay héroe bueno si está muerto.

El reino

 

El Rey se paseó entre las ruinas de lo que alguna vez fuera su fastuosa casa. Ya no quedaban más que muros derruidos y trepados por el verdor. Sus pies pisaban pasto donde alguna vez hubo losas de piedra pulida. Vestía su atuendo real, una larga túnica que era visitada por su barba y cabellera gris. Portaba una corona de oro.

 

Si bien se veía imponente, era un anciano. Tenía su piel arrugada y amarillenta y los ojos caídos con la pena de haber visto derrumbarse su tranquilo y ordenado reino. Ya no había reina, compañera y confidente de incontables noches. Se había ido junto con todo lo bueno que había antes de que llegara el Tiempo, que todo lo arrasa.

 

Hacía frío a la intemperie. Levantó sus ropas para pasar sobre unos escombros de lo que alguna vez fue un muro, y siguió caminando sin rumbo aparente. Quizás buscaba algo, algún trozo de pasado al cuál aferrarse y cuidarlo, o quizás estaba recreando paso a paso los salones y las risas, las comidas y el afecto de quienes habían partido.

 

Después de un rato retornó a lo que ahora era un patio principal, lleno de pasto duro y resistente que crecía moviendo piedras y ampliando las grietas de lo que fuera el suelo del gran salón. Algo resaltaba en el medio de aquel lugar: un trono de piedra blanca labrada con filigranas exquisitas. El anciano se sentó emitiendo un quejido por las molestias de su cuerpo y desde ahí observó, bien derecho, lo que quedaba de su reino. Algunos cuervos curiosos volaron a una distancia prudente, posándose sobre arcadas y pilares que no sostenían nada más que a ellos mismos y el cielo sobre sus cabezas.

 

Una repentina brisa movió las copas de los árboles que crecían equidistantes al trono. Los cuervos movieron sus cabezas adelante y atrás, y en la medida que otros iban llegando desde la foresta cercana, se formó un desagradable coro de graznidos. Las aves ocuparon todo el espacio que había entre las cornisas rotas y las ruinas altas mientras se graznaban entre ellos y al anciano, al que vigilaban con ojos negros como canicas de noche.

 

El anciano meneó su cabeza en señal de asentimiento, y todo a su alrededor se manifestó al unisono. Los árboles bailaron, el viento removió el pasto largo y las aves abrieron sus alas y las agitaron. Ellos eran su nueva corte, sus nuevos y fieles vasallos.

 

Sonriendo, supo que había llegado el momento de comenzar, una vez más, su reinado.

El amante de Salomé

La muerte nos visita de tanto en tanto, mi querida, tal como cuando me besaste. Te pido que no te sientas culpable por eso. Ahora que vengo a buscarte con el amor infinito de Aquel Que Me Cobija te pregunto, ¿Me seguirás?

¡Vete! ¿Es que no me escuchas? ¡Vete! ¡Ya no te quiero, mugriento y miserable mendigo! ¡Nunca te quise!

No, ya no te voy a escuchar. Tus palabras no me alcanzan, Bautista, porque yo soy la que te mató, ¡yo pedí tu cabeza, Juan Impotente Bautista! ¡Yo, Salomé, la niña de los ojos del reino! ¡La más bella de todas! ¡La más bella…!

Juan, déjame en paz, por favor. Por favor… no más…

La muerte nos visita de tanto en tanto, ¿eso es lo que me quieres decir? ¿Me vienes a llevar, de la mano? Tan agradable son tus palabras, tus susurros en mi oído como el viento nocturno del desierto. Si, Bautista, te sigo.

Salomé se arrojó desde el balcón de su atalaya en una noche de luna llena, buscando el abrazo del único hombre que la rechazó. Fue a su encuentro con una sonrisa de calmada tranquilidad, perdiéndose decenas de metros más abajo entre las sombras nocturnas de los edificios.

Sin embargo, en sus últimos segundos de vida dudó. Juan jamás le había dicho “querida” porque sólo su padrastro Herodes podía hacerlo.

Cuando la oscuridad se apoderó de ella, Juan el Bautista lloró.

Vote por su cuento favorito

Damas y caballeros, niños, niñas, criaturas varias:

Se ha cumplido un año desde el lanzamiento del primer cuento en este blog (¡¡¡Eeehhh!!!), y además de agradecerles profundamente sus visitas y comentarios constructivos (todo bien hasta ahora), quiero pedirles un favor.

Durante las próximas dos semanas estaré de vacaciones (¡¡¡Eeehhh!!!), y quisiera pedirles que me contaran cuáles han sido los 5 cuentos que, personalmente, más les han gustado. A partir de esa lista, realizaré una recopilación para publicar mi primer libro durante este año.

Si tiene más de 5 cuentos favoritos, el resto los puede colocar como “menciones honrosas”.

Gracias por su ayuda, queridos contertulios/as. Nos vemos en un par de semanas más por acá.

Un abrazo.

Den.

P.D: Escriban su lista de cuentos favoritos bajo el formato “Deja un comentario”. Thanx.

Estrellas

Una noche cualquiera, dos figuras contemplan la ciudad desde un departamento.

– Mira hijo mío, estrellas. – dice el padre apuntando hacia la ciudad.

– ¿Tella? – repite el bebé en sus brazos, con sus grandes ojos llenándose de los destellos de calles y edificios.

– Si hijo. Estrellas.

Se quedan un rato envueltos por la oscuridad. Las estrellas de verdad, las de arriba, no se pueden ver por la contaminación, pero a sus pies se extiende un amplio manto de perlas luminosas que se pierden a la distancia. El calor de padre e hijo se filtra por la piel de ambos en silencio.

Cuando creció, el hombre nunca dejó de sobrecogerse por la maravillosa vista nocturna de la ciudad, sin recordar el porqué.

Respuestas inesperadas

Algunas veces la vida vale la pena sólo como tránsito para llegar hasta un momento puntual, para ser partícipe o testigo de algo más grande que uno mismo, algo inclasificable, fuera de todo tiempo, espacio o margen de realidad.

El mío es ahora. Estoy viendo nacer una estrella frente a mis ojos, y la tengo entre mis manos.

¿Estoy loco? ¿O muerto? Ninguna de las dos, por el momento al menos.

Estoy dentro del campo entrópico, donde sólo la conciencia puede permanecer sin ser despedazada por las fuerzas infinitamente colosales de este nacimiento.

Y pensar que comienza tan sólo como una chispa, dorada, pequeña e inofensiva. En su interior pulsa un corazón de luz blanca encegecedora y la superficie es recorrida por una corona dorada, como un mar de fuego cuyas corrientes son calmas. Alrededor, sólo hay oscuridad.

Creo que afuera todo está en caos. Mis colaboradores del laboratorio corren desesperados, pensando que van a morir.  Y bueno, es cierto, moriran en una milesima de segundo, pero no sentirán nada. La onda expansiva de la nueva estrella los desintegrará tan rápido que no hay neurotransmisor que alcance a transmitir señales de dolor a un cerebro que será polvo mucho antes que partan las señales químicas.

Yo tengo el privilegio de darme vuelta para ver todo esto. El mismo universo se ha detenido y puedo contemplarlo todo, incluso las conexiones que hay entre las estrellas. No sabía, y nadie sabrá nunca, que todas las estrellas están conectadas en una red de luz invisible a todos los instrumentos que tenemos. Parecen columnas de luz, ordenadas como una reja o una tela de araña universal. Lástima haberlas descubierto tan tarde. Quizás nos habrían servido para viajar por el universo.

La tierra se volverá humo en un poco más de un segundo desde este nacimiento. ¿Error humano? Más bien diría voluntad divina.

La paz y la calma que siento ahora es inmensa. Pienso tan claramente, y tengo la certeza absoluta del que no desea nada y recibe todo.

Y es que no pueden haber errores en el universo… sólo respuestas inesperadas a modelos preconcebidos. Los motivos para que una estrella nazca o se cree un agujero negro o aparezca la vida son infinitos. Algunos son más comunes que otros, pero todas las vías son válidas para la creación. Y si nosotros, como especie de tan sólo un millón de años de existencia, hemos recorrido el camino hasta acá para crear una nueva estrella y darle por fin su binariedad a nuestro solitario sol, entonces que asi sea…

Así que, querido sol, somos los padres de tu nuevo hermano. Ve con él, hijo nuestro.

Ya puedo partir en paz. He sido testigo del nacimiento.