El Alto protegía la humanidad cuando vio caer a la criatura. Era pequeña, frágil y desvalida, pero su vibración y apariencia causaba desconcierto entre las masas, y pronto se alzaron grupos que querían destruirla desde el miedo que les producía. Entonces, el Alto Oscuro aprovechó su energía y surgió entre los hombres

  • Veo que tienes un conflicto. Tendrás que elegir: la humanidad o la criatura.
  • No lo haré. Los protegeré a los dos.

Dicho eso, estiró sus brazos y los separó de plano. Humanidad y criatura sabían de su existencia pero no se podían tocar ni ver, sólo percibir. Pero la separación cósmica de planos requería un gran esfuerzo, y lo agotaba. Oscuro se aproximó por su espalda y le habló.

  • Tus fuerzas no aguantarán. Deberás elegir a quién torturaré, a quién dejarás indefenso. ¿Humanidad o criatura?
  • Ya hice esa elección, incluso antes de tener que pensarla – respondió – Elijo la criatura.
  • Entonces la humanidad es mía. La torturaré y sentirá el dolor de tu pérdida y mi presencia constante.
  • Sobrevivirá. Lo hizo antes de mí y soportará después. Siempre lo hace.
  • Sabes que no podrás volver.
  • Lo sé, y así lo decido.

Soltó los campos de protección de ambos, y mientras la tierra perdía su presencia y protección, se fundió en un abrazo de amor y protección perfecto e infinito con la criatura. La acunó entre sus brazos, sus miradas entrelazadas en un vínculo de adoración y los brillos de las estrellas deslizándose sobre sus corneas. Fue tal su amor que se conocieron completamente y se fundieron en un vínculo tan puro y completo que no cabía el miedo bajo ninguna forma. Los dos fueron uno, y se aceptaron en su totalidad.

Lo que los Altos no sabían fue que en ese proceso de conocimiento y autoconocimiento se produjo completitud absoluta, lo que permitió que el Alto subiera al rango de Altísimo, el representante del Uno absoluto.

Su cuerpo cambió, se volvió radiante y surgieron representaciones de alas tras suyo, alas de huesos rellenas de luz. Listo como estaba, volvió a la tierra.

Aterrizó en una llanura seca, rodeada de fuego y gritos. Vio que la humanidad estaba en lucha consigo misma y contra el Alto Oscuro.

  • Regresaste – dijo el Oscuro con furia – ya no puedes hacer nada. Tengo el poder de todo un planeta en mi control. ¿Qué tienes tú?
  • La completitud – respondió.
  • ¡Eso no te servirá de nada! – bramó.

Oscuro levantó montañas y se las arrojó. Él Altísimo vio venir desde antes el ataque y reaccionó con precisión. Luego el Oscuro lanzó relámpagos, lava y fuego, y el Altísimo los detuvo con sus manos y su energía, pero con gran dificultad.

  • Acabaré contigo! ¡Tengo poderes que no imaginas! ¡Puedo modificar la realidad, porque manejo los planos en que se construye la materia y que constituyen los pensamientos! ¡Te perderás en un laberinto de ideas recursivas e infinitas!

Dicho eso, le lanzó espejos de dimensiones paralelas y transversales. Pero lo que esperaba que fuera un laberinto se transformó en un pasadizo en donde los espejos fueron las paredes. El Altísimo avanzó.

  • Tus espejos y dimensiones no significan nada para mí. Conozco mi mente y corazón y en ellas vivo. Me conozco de manera absoluta, así que todas mis manifestaciones en todas las dimensiones avanzan al unísono hacia ti.

Y era cierto. En todos los planos, todas las partes del Altísimo avanzaban a través de los elementos, los espejos y los caminos que encontraban. Blanco era un todo armónico. Llegó al muro de espejo, detrás del cuál se parapetaba el Oscuro.

  • Y además sé tu punto débil.
  • ¡Yo no tengo punto débil!
  • Te lo mostraré – dicho eso, atravesó el espejo y golpeó con la punta del dedo índice en la frente del Oscuro, y le enseño su debilidad.
  • Estás incompleto – fue lo que le dijo – vacío y hambriento de algo que nunca se va a acabar. No importa los planetas que consumas, tienes un hambre interior inacabable, porque quieres llenar un vacío que no tiene fin. Porque estás incompleto.

Oscuro sintió primero y vio después aquel vacío que negaba con todas sus fuerzas, que trataba de llenar con cualquier cosa, y la sensación de eso fue horrorosa. Una vez visto no podía ser ignorado, y un grito surgió desde el fondo de su alma. Intentó llenarse a sí mismo pero no pudo, y esa conciencia y el esfuerzo por llenar lo inacabable se transformó en un hoyo negro que lo devoraba sin fin, en una conciencia de terror que se devoraba a sí misma eternamente.

La humanidad vio en los cielos nocturnos un anillo de gas colosal que emitía un sonido penetrante. El grito de terror del Alto Oscuro llegaba a todas las cosas hechas de materia. Aquellos en los que resonó la conciencia de falta cayeron al suelo retorciéndose de dolor, pidiendo un cuchillo para acabar con la agonía de su propia falta.

Los animales observaron a la humanidad y tuvieron piedad. Los herbívoros lamieron a los dolientes e intentaron ayudarlos a levantarse y cargar con el peso de su alma. Los que no pudieron hacerlo fueron rápidamente acabados por los carnívoros, poniendo fin a una agonía sin esperanza.

El Alto Oscuro sigue ahí, preso para siempre de su propia agonía. La gente ya no lo ve en el cielo porque milenio tras milenio las culturas acostumbraron los sentidos a ignorar aquel signo de terror que pende de los cielos.

Sin embargo sí recuerdan a nuestros salvadores, los animales. Se los representa en las paredes o se los adora como a dioses de justicia, benefactores terribles. Y durante todo este tiempo, el Altísimo sigue aquí, paseándose entre nosotros, blanco, radiante, impoluto, infinito.

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