Un hombre observaba la casa parapetado tras un montículo de tierra. El lugar en que se encontraba enclavada, un claro de hierba seca en medio de árboles de troncos blancos, permitía que otros estuvieran haciendo probablemente lo mismo: observar, calcular y prepararse para el asalto, dispuestos a matar.

Sí, él estaba dispuesto a matar. Había dejado morir a su compañera de viaje tres días atrás, y desde entonces sentía que se arrastraba por ese paraje con los sentidos embotados, con la sensación de estar en una constante borrachera, perdiendo esporádicamente la noción del tiempo y de cuando era día o noche. En su situación actual sabía que un enfrentamiento con cualquier persona sería su perdición. De todas maneras, la recompensa estaba ahí, a la vista.

Muchas veces pensó que la mera existencia de ese lugar era un cuento, una quimera para gente desesperada. Ahora, ¿qué debía hacer?

Esperó, quieto como las lagartijas. El calor constante se atenuó gracias al raro fenómeno de un cielo nublado. A su lado, una línea de hormigas realizaba su cadena acostumbrada de búsqueda y recogida de alimentos. Tuvo una fugaz imagen de su cadáver siendo diseccionado y llevado por esos incontables puntos negros y decidió moverse un par de metros a la izquierda.

Continuó con su observación, pues sabía a ciencia cierta que no estaba sólo. Esperaría todo lo que fuera necesario. Llevaba muchos meses en la carretera, atravesando pueblo tras pueblo, viviendo sus miserias humanas, siendo miserable y maldito. No era el hombre que partió, y si alguien le preguntara ahora quién era, no tendría una respuesta.

Hacía el atardecer escuchó un sonido de metal destrabándose. Se puso atento. Una puerta lateral se abrió para dejar salir a un hombre con chaqueta de vestir blanca, lentes ópticos y cabello rizado. Era él, el payaso que se burlaba de la sed de todos mostrando su tesoro inagotable de agua embotellada. Tuvo el impulso de salir corriendo, saltar sobre él y empujarlo contra lo más duro que tuviera a su alrededor. Quería golpearlo hasta la muerte, romper su cráneo como un huevo y que su sangre y sus sesos se esparcieran por todos lados, pero se contuvo. Volvió con dificultad a su conciencia de ser, y espero.

Sabía que alguna trampa había en los alrededores de la casa. No caería en ella, porque seguramente otro lo haría.

Pero no pasaba nada. Su cuerpo entero le pedía acción, correr y tomar la guarida del dragón y con él sus tesoros. Sin embargo, siguió esperando.

El hombre se retiró de vuelta a la casa y cerró la puerta. Nada sucedió, nadie lo atacó. ¿Que diablos pasaba?

Golpeó su cabeza contra el suelo con rabia. ¿Cómo tan idiota? ¿Cómo?

La noche llegó y él se quedó tendido ahí hasta dormirse.

Entre medio de sus sueños se coló el ruido de metales chocando, y luego rugidos. Lentamente y muy a su pesar fue volviendo a este mundo, y escuchó gente vociferando. Alzó la cabeza y, aunque tenía la vista desenfocada, logró ver algo que lo llenó de pavor.

La casa estaba en llamas.

Una turba de personas la atacaba arrojando piedras, lanzas y botellas con líquido incendiario. El metal de las paredes estaba ennegrecido, y en algunas zonas comenzaba a ponerse rojo.

Estaban destruyendo en ese instante todas las esperanzas que había depositado al principio de su viaje, y él se encontraba impotente frente a ello. Sentía que le estaban quemando el alma.

Comenzó a arrastrarse hacia la casa sin saber por qué. Ya no seguía ningún plan; en cambio, estaba en un estado mental de absoluto animalismo. Algún dictamen de su cabeza le llevaba a acercarse al fuego en vez de huir de él, y acató.

Dada la confusión general no supo en qué momento se abrió la puerta y comenzaron los disparos. Uno a uno, los atacantes cayeron abatidos. Siguió avanzando hasta quedar a metros de distancia del hombre, que cargaba un arma de repetición. A contra luz lo vio levantar el arma y dispararle. Se quedó quieto como piedra, e intentó identificar donde había entrado la bala pero no pudo, porque le dolía todo.

El hombre se acercó a él y le golpeó el rostro con la punta de la bota. Lo que sucedió después fue el resultado de millones de años de evolución puestos al servicio de la supervivencia. De improviso volvió toda su fuerza, se aferró de la pierna de su agresor y en una fracción de segundo lo tenía en el suelo, desviando con una mano la punta del arma y con la otra lanzando golpes a ciegas. Se escuchó una ráfaga de disparos y luego gemidos. La metralleta salió volando de las manos del agresor y este fue levantado y llevado en volandas al interior de la casa en llamas.

Adentro, el calor era casi insoportable pero el hombre estaba lleno de adrenalina. Encontró una escalera que descendía y arrastró al dueño de casa al subterráneo.

  • Enciende la luz – ordenó. Escuchó su propia voz como un graznido seco.

La habitación se delineó con repetidos destellos intermitentes, mostrando un cuarto de cemento rectangular. Era igual al de la imagen, sólo faltaban las incontables botellas de agua, frente a las cuales el tipo de anteojos, al que arrastraba ahora por la solapa de la chaqueta, se pavoneaba.

Este era el lugar, pero no había agua. Estaba vacío a excepción de una sola botella que se encontraba en una mesa de madera en el extremo de la habitación.

  • ¿Donde están? – le preguntó. La luz se estabilizó y por primera vez, ya dueño de sí mismo, vio lo que había hecho. El tipo estaba con el rostro hinchado, los lentes quebrados y el marco torcido. Comenzó entonces a sentir dolor nuevamente, pero antes de que los sentidos le informaran de todo el daño que llevaba consigo, este logró acallarlos. Aún tenía suficiente adrenalina en su cuerpo para poder negociar un poco más de tiempo

El hombre sollozó, e intentó incorporarse. Lo soltó para poder avanzar por el cuarto. Sus oídos se llenaron de un pitido y la idea más terrible de todas comenzó a reptar hacia él.

  • No hay más agua – escuchó. No quiso creerlo.

  • ¿Donde tienes escondida el agua? – rugió.

  • No… no hay. Nunca hubo.

Se dio vuelta y lo vio tal como era, un pobre tipo. Sabía que no estaba mintiendo pero no quería creerlo, no podía creerlo. Se fue con la promesa de volver con agua y eso iba a hacer. Así que se acercó a él con la amenaza de la muerte certera, y este intentó huir. Lo alcanzó cuando llegaba al final de la escalera y lo arrastró de vuelta al centro del cuarto, le sacó los lentes, los partió y le colocó la punta de un vidrio en la garganta.

  • ¡Donde! ¡Donde está el agua! ¡Esto estaba lleno en todos lados! ¡Qué hiciste con el agua!

Entonces, lo más impensable de todo, lo trajo de vuelta a la horrible realidad. Lo vio llorar.

Sin saber por qué, sus fuerzas se acabaron de golpe al lado de su victima, del hombre rico de agua, una farsa que siempre fue una posibilidad pero jamás una idea cierta.

– Fue una broma – le escuchó decir – que le envié a un grupo de amigos. Tenía esas botellas vacías y les coloqué un efecto para que pareciera que tenían agua – respiró profundo. – Algunos me insultaron y otros se rieron, pero no se cómo esa foto llegó a todo el mundo. Y no, no tengo más agua que esa botella. También me voy a morir de sed.

Era el fin de todo. De sus esperanzas, certezas y la vida misma. Todos los dolores de su cuerpo se manifestaron al mismo tiempo reclamando su atención, y la agonía se hizo insoportable. Cayó de rodillas y, sintiéndose infinitamente miserable, comenzó a llorar.

Lloraba sin lágrimas, aferrado a la solapa del pobre tipo. Miserable él, miserable todos. Su garganta seca y agrietada era un testamento de la tierra en la que yacía la humanidad.

  • Lo siento – dijo el hombre del que se sostenía.

No podía responderle. No tenía cómo. Aún aferrado a él y haciendo acopio de sus últimas fuerzas, lo apuñaló. Su victima abrió la boca pero sólo fue capaz de emitir un ligero gemido. Sacó el vidrio y lo volvió a apuñalar, y repitió el proceso innumerables veces, sintiendo cada cuchillazo con intensidad. Un momento después, su brazo se llenó de un líquido tibio y viscoso, el que también cayó sobre su pelo apelmazado por la suciedad acumulada durante todo el viaje.

Una sola botella de agua. Eso era todo. El cuerpo del hombre del que se aferraba se desplomó sobre él, moribundo. Logró apartarlo, se incorporó, y se fue tambaleante hasta la mesa. Tomó la botella, la abrió y se la llevó a la boca.

De repente se detuvo. ¿Qué estaba haciendo, desperdiciando agua en beber, en alargar su vida, en glorificar y justificar la muerte de su amiga, de este pobre diablo, la de los que afuera estaban tendidos con orificios de bala, de tantos millones de seres humanos? ¿Quién era él para este regalo?

Se alejó la botella un momento de la boca. Pensó, y se la acercó de nuevo. Dejó correr el líquido dentro de su garganta, el jugo delicioso de vida. Pero no fue un trago incesante, sino más bien el desesperado beso de un amante que se despide.

Alejó la botella de agua y derramó resto del líquido sobre su cabeza, dejando que escurriera por su cuerpo junto con la sangre y el polvo. Se daba un lujo sibarita, escandaloso. Eso fue lo que vieron los que entraron detrás de él con picas, escopetas y otras armas dispuestos a matar por el premio que no había.

En algún lugar del mundo, lejos de ahí, comenzó a llover por primera vez en muchos, muchos años.

Anuncios