Ese día, al despertar, ya no estaban enamorados

Se miraron repetidamente. Uno al lado del otro, sabían quienes eran y todo lo que habían vivido juntos. Y sabían que se amaban hasta la noche anterior, pero la sensación era como un eco distante, sucedido quizás en otra vida. Ahí, a centímetros de distancia, había una persona que no les importaba en lo más mínimo.

No era que hubieran perdido la memoria. Simplemente no había sentimiento por el otro.

No sabían que decir. Al principio se asustaron porque pensaban que era una situación personal,  pero la mutua mirada de perplejidad les dio a entender que a ambos les estaba sucediendo lo mismo.

No supieron que decir. Él miró el reloj, lanzó un garabato y corrió a vestirse para ir al trabajo. Ella lo imitó. Se despidieron con un beso que les supo a nada.

Se fueron pensando todo el trayecto, buscando en lo más recóndito de sus corazones. Testearon si esto les sucedía con otras cosas, pero no: amaban a sus padres, amigos, se asustaban con lo usual y odiaban también lo usual. Todo estaba en orden y normal a excepción del amor por su pareja. Simplemente ya no estaba.

El sentimiento fue reemplazado por una búsqueda mental incesante del mismo. No podía ser, si se amaban profundamente hasta la noche anterior. ¿Habría sido la discusión del fin de semana pasado? No era posible, eran temas superfluos y había terminado bien. ¿Alguna rabia acumulada, algo que no se dijeron en su momento y ahora emergía para separarlos?

Si así fuera, reflexionaron ambos, estarían enojados, tristes o algo semejante, pero no la situación de realmente no sentir nada por el otro. Ni siquiera estaba la angustia del echarlo de menos, de extrañarlo, de la muerte del amor. Nada.

Nunca se habían amado, así se sentía.

Esa tarde llegaron a hablar del tema. Eran dos perfectos desconocidos con recuerdos mutuos, casi amigos. Hablaron con calma y cordialidad sobre eso, sobre lo que les pasaba. Decidieron ir al médico, porque no era normal.

Pasaron por diversos especialistas. Endocrinólogos, neurólogos, psiquiatras y psicólogos les tomaron muestras, hicieron estudios, preguntas varias, y todos sin excepción concluyeron que estaban perfectamente sanos. No había una respuesta para su situación (no podían llamarlo “mal” porque no se sentían para nada mal).

Después de varias semanas, una mañana de sábado, decidieron poner punto final a su relación. Se preocuparon por dejar las cosas saneadas en lo económico y un par de semanas después él se mudó al edificio del frente, prometiendo estar en contacto por si las cosas cambiaban. Un abrazo fuerte, un beso en la mejilla, y adiós

Han pasado algunos meses. De lunes a viernes, a las ocho de la tarde, ella se pone en la ventana para observar el departamento de él. Mira hacia el cuarto iluminado sólo por la televisión y alcanza a observar su cabeza, sus lentes y peinado desordenado que tanto conoce. Al hacerlo, busca alguna añoranza entre los recuerdos que tiene de sus vacaciones con él , abrazos nocturnos, saltos de alegría al verlo y dolores cuando pensaba que podían distanciarse.

Nada. Aún no pasa nada. Está mirando el cuarto de un desconocido.

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