Un manto de energía cósmica se deslizó sobre su cuerpo con la delicadeza y la lentitud de la seda moviéndose en gravedad cero.

Abrió los ojos. La nebulosa se dibujaba frente a ella, inconmensurable y saturada de todos los colores del universo. A su espalda estaba la oscuridad, una cáscara de metal desgarrada por asteroides y los cuerpos ingrávidos de sus compañeros.

Contempló con calma aquella maravilla. Le recordaba el árbol de navidad que había en su casa cuando era pequeña. En cada rincón de él había un adorno o una luz. Ella amaba esa imagen, y la emparentó con la que ahora abarcaba todo su espectro visual.

Todo había perdido sentido: sus problemas familiares, las deudas, los deseos mundanos, los cuestionamientos filosóficos. Estaba inmersa en una nueva realidad, la de flotar, en completa quietud, frente a la luz de la creación.

Sólo faltaba algo. Lo haría cuando se sintiera lista.

En el momento perfecto, luego de unas respiraciones profundas, procedió a sacarse el traje.

Este nuevo modelo tenía la posibilidad de ser expulsado de un sólo movimiento. Sin embargo ella, ritualista, intentó sacar una pieza a la vez.

Anuló el primer sello de seguridad, pero en el momento de retirar el guante las alarmas de emergencia sonaron, y dudó. Se resignó, tomó aire y continuó.

El dolor fue inenarrable, semejante a que le cortaran el brazo y se lo quemaran al mismo tiempo. Su cuerpo se comprimió en defensa y quedó en posición fetal. El traje se autoselló al percibir las señales de auxilio. Ahí quedó, sollozando frente a las estrellas.

Quería a su mamá. Quería que la acariciara y que le dijera que todo iba a estar bien, que la protegería de la muerte que se avecinaba. Su madre, su querida madre.

Ni siquiera podía hacerse cariño a sí misma con ese traje. “Ya voy, ya voy mamá” se decía entretrecortadamente. Lo repitió una y otra vez mientras anulaba los últimos sellos de seguridad.

Estiró los brazos y las piernas para que el sistema pudiera expulsar todas las partes sin interrupción. Gritó a todo pulmón que iba a su encuentro, y frente a la calma infinita de la nebulosa, el traje se abrió.

Sintiendo un dolor infinito, abrió los ojos para no perderse los últimos segundos que le quedaban frente a la luz del universo y despertó de golpe.

Sudaba frío. El cuarto estaba en penumbra, iluminado por las tenues lámparas solares ubicadas en las esquinas del camarote. Se quedó en la cama, estupefacta, escuchando la respiración de sus compañeros mientras dormían.

Tuvo la certeza de que su sueño se volvería realidad. La falla inexplicable en los cálculos de telemetría del computador, los asteroides pasando a toda velocidad alrededor de ellos, la carrera hacia los trajes, la ruptura de la nave y luego el silencio y la luz, esa maravillosa luz que lo envolvía todo ahí afuera.

Miró por la ventana y suspiró. Bajó en silencio y se dirigió hacia Ingeniería, con sus ojos llenos de estrellas y el destino dando vueltas en su pecho como un agujero negro.

Tenía un computador que reprogramar.

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