Tortuga, Dragón y Embustero entraron al bar.

Para llamar la atención, Embustero conjuró una esfera de color azul y la paseó por el abarrotado local. Ascendió y descendió entre las mesas y sillas, y jugueteó con el humo del apestoso tabaco que se daba en aquella zona pero nada, ellos no existían.

  • Atención, gentes de Tyrian – dijo Tortuga mientras realizaba un floreo – La compañía del Noreste acaba de arribar a vuestro pueblo. Nos sentaremos en aquella mesa del fondo y esperaremos que se acerquen a contarnos sus problemas. Tarifa diferenciada para quien nos invite una cerveza.

Dicho esto, se dirigieron al lugar en cuestión, donde ocuparon una mesa redonda pequeña. Dragón, que era irrisoriamente alto, daba la impresión de estar sentado junto a dos niños.

Esperaron fumando sus pipas. “El trabajo llegará hoy”, se decían en voz baja. El negocio había estado malo desde el comienzo de la guerra, así que les daba lo mismo si les pedían acompañar una caravana, rescatar doncellas o ajusticiar a alguien, mientras se les pagara en buen oro.

Se alegraron al ver un grupo de hombres caminando hacia ellos. Sin embargo, al reconocer el rostro del que lideraba la comitiva se les paralizó el corazón.

  • Enric- atinó a decir Embustero.

  • Imposible – murmuró Dragón, estupefacto– Está muerto. Tortuga lo mató de un flechazo en el ojo.

La mujer se levantó con la velocidad del rayo y cargó dos flechas en su arco. El hombre, que llevaba un vistoso parche en el ojo izquierdo, levantó su mano y dijo con voz firme.

  • No.

Tortuga quedó paralizada. “¡Maldición!”, gritó mentalmente, “¡Mil millones de maldiciones! ¡Malditos sean todos los magos!”

Embustero y Dragón salieron del estupor y reaccionaron como equipo. El gigante tomó la mesa y la usó de escudo, mientras Embustero murmuraba palabras al mover a sus manos.

Un jalón poderoso e invisible arrebató la mesa de las manos del guerrero, la que fue a chocar con otros objetos del bar, ahora vacío.

  • Muy bien, equipucho. Me asaltaron, me dejaron tuerto y escaparon con la corona de Hespie. Debería aplaudirlos en vez de matarlos.

  • Me parece una buena idea – dijo Dragón con voz cavernosa – Apláudenos y luego márchate.

El tuerto hizo un gesto con la mano, y la tenue luz celeste que se reunía entre las palmas de Embustero se deshizo como humo.

  • Eso no lo necesitarás- dijo Enric – así que no te desgastes.

El hombre hizo una mueca de resignación.

  • Tenía que intentarlo.

  • Lo se. Ahora, ¿cómo quieren morir?

  • No queremos – respondió Dragón y sacó su espada larga – y tú tampoco, así que vete antes que haga un truco de magia contigo y te divida en dos.

  • Es una buena propuesta – Dicho eso, levantó la otra mano y paralizó a los hombres – Mi estimada señorita Tortuga. Si fuese tan amable…

A un gesto de la mano que la controlaba, la mujer se volteó lentamente y apuntó a sus compañeros y amigos de toda la vida.

  • No – rogaba entre sollozos -No… por favor…

  • Ahora – dijo el mago.

Sonó el tañido de la cuerda al soltar la tensión y una flecha atravesó el cráneo de Dragón y la otra se enterró en el estómago de Embustero. El guerrero la miró con ojos inexpresivos durante unos segundos antes de perder todo interés en este mundo material y el joven mago aulló de dolor. La mujer estalló en llanto y de rodillas abrazó el cuerpo de su gigantesco amigo.

El tuerto sonrió y se retiró del lugar, seguido por sus discípulos. Al salir, chasqueó los dedos y en cosa de minutos el edificio estuvo envuelto en llamas. Con el fuego como telón de fondo, Enric declaró en voz alta a quien quisiera escucharlo.

  • No hay héroe bueno si está muerto.