Y así fue como voló por el mar.

No sobre las olas como los peces voladores, sino que por abajo como las mantarrayas. Brazos abiertos y ojos cerrados, deslizándose suavemente bajo la superficie, siguiendo las corrientes oceánicas con la claridad de los peces que viven ahí.

No había memoria en ella durante ese instante, ni de la caída mortífera ni de la gente que la había arrojado desde la superficie. Ahora, era una entidad más que recorría esas carreteras submarinas en busca de la ansiada paz, esa que todos añoramos desde el momento en que nacemos.

Moriría, si. Dentro de pocos minutos. Pero mientras le quedara algo de vida la usaría para viajar por el reino que está vedado a los humanos.

Sintió la corriente de agua fría tomar su espalda y llevarla hacia las profundidades de las cuales no saldría nunca más. ¿Asesinato? La intención había sido esa, pero ella se lo estaba tomando desde la perspectiva de que una vida de miedos no era vida. Casi le estaban haciendo un favor.

¿Debería agradecerles? Quizás. Si se liberaba de las cadenas de lo carnal y el mar le daba permiso para abandonar su reino, viajaría tierra adentro hacia los bosques alrededor de la montaña, y buscaría a las personas que no habían entendido que su patriarca podía amar más a una joven como ella que a la gastada y aburrida señora que tenía durante tantos años.

Desde las aguas cada vez más oscuras y frías le parecía algo tan infantil, tan mínimo el estar preocupado de quién le pertenece a quién. En aquel reinado vasto, pesado, profundo e infinito, todo era silencio atemporal. Un segundo valía lo mismo que un millón de años, suspendida en aquel trance de agua.

Descendió más aún y respiró agua, que entró a su cuerpo y luchó por las venas y arterias para expulsar a la sangre de sus conductos. Pensó que se ahogaría y que el dolor sería insoportable, pero no fue así. Al contrario, se sintió más líquida, más libre, más pez que lo que su conciencia le dictaba.

En ese momento entendió que algo raro pasaba.

No quiso mirar su cuerpo. No quería encontrar que no tenía manos ni pies sino aletas, y que su conciencia no era la de un ser de la superficie sino uno acuático.

¿Habría sido raptada y ahora la devolvían? ¿Era un sueño lo del amorío de su señor por ella?

¿O era simplemente una mascota con conciencia prestada?

“No voy a mirarme”, se respondió. Prefiero morir cómo lo que creo que soy y no vivir como otra cosa que desconozco.

Pero no murió. Ni en ese momento y al siguiente. Respiró profundamente y el agua la abrazó. Había mucho amor en ese roce.

“¿Soy un pez?”

Abrió los ojos. Tenía brazos y piernas. Sonrió, y con esa sonrisa cayó hasta el fondo del mar, en paz. Ahora esperaría audiencia con quien correspondiera, porque tenía una visita pendiente que realizar.