Ella corría bajo la lluvia nocturna.

Empapada hasta lo imposible, sus pies se doblaban del cansancio y de intentar que no se le salieran sus zapatos.

Atrás dejaba al amor de su vida, que yacía muerto en el auto. Ahora luchaba por su propia existencia. Se tomaba el chal con una mano, la otra dispuesta a agitarla a la primera luz que apareciera por la carretera para salvarla.

Dos focos en movimiento era todo lo que pedía. El sonido familiar de un motor de auto. El calor de la luz.

Entre medio de los árboles que rodeaban la carretera, la criatura apareció. Era una sombra inmensa, de más de diez metros de alto y de apariencia humanoide. Apartó con sus brazos los árboles y cayó en el pavimento. La mujer gritó y la sombra realizó una imitación burda de su grito, pero nada salió de su boca negra. Dio tres grandes zancadas y estuvo sobre ella.

La mujer cayó de espaldas sobre el cemento y se arrastró sin quitarle la vista a eso que se alzaba como un golem de oscuridad. La criatura levantó ambas mano para darle un golpe demoledor.

Dos luces aparecieron en el camino. Los rayos golpearon el cuerpo de la entidad y esta se retorció en dolor mudo. Ahí donde entraron los haces, ahí se intentó tapar inútilmente. La mujer se dio vuelta para hacer parar al vehículo y que no la atropellaran.

Al verla surgir de la nada, el vehículo casi vuelca al intentar esquivarla, y en la confusión la mujer vio escapar a la criatura por el mismo sendero por el que la había perseguido. Ella corrió donde los conductores y les explicó lo que pudo: el accidente, su marido herido gravemente y ella corriendo para pedir ayuda en medio de aquella tormenta. ¿Que otra cosa podía contarles que fuera medianamente creíble?

La pareja que viajaba en el auto la dejó subir y fueron a buscar a su marido mientras llamaban a emergencias. La sorpresa la tuvieron cuando llegaron hasta el sitio del suceso. El vehículo supuestamente siniestrado estaba en perfecto estado. El conductor estaba muerto, sí, pero por un balazo en la cabeza. Del lado del copiloto estaba la puerta abierta, el lado por donde ella supuestamente había huido.

La mujer entró al auto y abrazó al hombre que mantenía los ojos abiertos en un gesto de perpetua sorpresa. Ella le habló diciéndole que había llegado la ayuda, que resistiera, que el monstruo no volvería mientras hubiera luz alrededor.

El hombre no le respondió nada.

II

La encontraron culpable de homicidio. El arma estaba a pocos metros del auto, con sus huellas digitales repartidas por toda la superficie. Ella no se defendió. ¿Qué posibilidades tenían de creerle que el monstruo lo había matado y que ella usó el arma de su esposo para intentar salvar su propia vida? ¿Qué esa cosa estaba ahí, en ese preciso momento, escuchando el juicio desde las esquinas oscuras de la corte, esperando un momento de descuido para apoderarse de ella y llevársela a quizás qué reino desde donde había surgido aquella noche?

No, no podía decirlo. No era necesario.

Los peritos la declararon mentalmente perturbada, y la recluyeron en un psiquiátrico. Le dieron pastillas que se tomó sumisamente. Desde su ventana podía ver el jardín y sus alrededores, y en poco tiempo se hizo de amigos dado su carácter afable.

Sin embargo, cada vez que observaba su reflejo en alguna superficie, era el monstruo quién le devolvía la mirada. En el fondo se parecían tanto…

Sabía que volvería a aparecer en algún momento, y cuando lo hiciera, morirían todos.

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