La inmensa bodega del barco estaba llena de hombres de rostros hoscos y sucios. Tres semanas en el mar encerrados en una inmensa lata de sardinas le quitan la decencia hasta el más pulcro de los soldados.

El silencio pesaba sobre todos ellos, haciendo que las conversaciones apenas pasaran de algunos murmullos entre la gente que se arrimaba a las hogueras. El ánimo no era festivo, ni tampoco existían ganas de que así fuera.

Repartidos por aquí y por allá se podían ver unos puntos rojos que delataban la ilegal actividad del fumar, aquella que ningún comandante se molestaría en sancionar. Entre los infractores se encontraba un capitán de escuadrón y su sargento.

Observaron a los distantes fogones y el espacio negro circundante donde aparecían brevemente esas estrellas rojas. Cuando el sargento habló, su voz sonó como el graznido contrahecho de un cuervo.

  • ¿Cómo sucedió?

El capitán pareció ignorarlo un rato. Luego miró su brazo de bronce y adquirió una expresión melancólica.

  • Sucedió en la tarde posterior a mi operación. Recuerdo que lo acariciaba, palpando cada detalle, sus placas superpuestas, la sensación del metal pulido. Al ponerlo al sol se iluminó toda la casa.

“Mi madre me pidió que flexionara los dedos, y la sensación fue tan extraña. Con sólo pensarlo, la muñeca respondió inmediatamente y luego lo hicieron las articulaciones de los dedos. Roté la muñeca y esta giró en redondo. Me acuerdo que nos reímos de la sorpresa.”

  • ¿Y los guardias…?

El joven aspiró una gran carga de humo y continuó hablando.

  • Me levanté y caminé por todos lados probando su funcionamiento. Tomé jarrones, toqué la pared, los cuadros, abrí cajones y en uno de ellos encontré un camafeo con las imágenes de mis padres. En el momento que decidí conservarlo, se abrió un habitáculo secreto en una parte del brazo y lo deposité ahí. Quedé impresionado en ese momento.

  • Entonces aparecieron los guardias.

  • Si.

Su rostro se mantenía taciturno. “Fue espantoso”, musitó. Se quedó largo rato en silencio hasta que el sargento carraspeó.

  • ¿Puedo… verlo…?

El joven suspiró.

Como si se tratase de magia, su mano de bronce se transformó en una sierra circular que giró a altísima velocidad, produciendo un zumbido semejante a un panal de avispas furiosas. Momentos después, la detuvo y esta volvió a su forma original.

  • Yo sólo quería defendernos. Ellos entraron a la fuerza y esto salió de improviso y la usé… me acuerdo de los chillidos de esos hombres y de su sangre y tripas repartidas por toda la casa… mamá gritaba mientras yo los remataba en el suelo.

Se quedaron en silencio. El barco escoró más de la cuenta y el sonido de acero puesto en tensión se paseó por la bodega.

  • Eres un héroe.

  • Eso dicen- y negó con la cabeza -No es verdad. Yo no sabía lo que estaba haciendo; simplemente me volví loco y maté a esos tipos. Quizás ni siquiera venían a buscarnos y sólo andaban detrás de mi padre…

  • Pero la gente piensa que lo eres, por eso te siguen, y yo también. – El sargento tocó con cautela el brazo del capitán.

  • Mi padre es un héroe. Él me amputó el brazo y me colocó esto. Me dijo que era para cuidarnos. Luego de la operación se fue sin decirme nada, ni una palabra de amor o esperanza, nada al hijo que vería por última vez.

  • Tu padre también es un héroe, entonces.

  • Si. Parece que esta guerra está llena de ellos.

Dio un último pitido y apagó el cigarro usando el pulgar y el índice de su mano de metal, dando la conversación por acabada. El barco se bamboleó con inusitada fuerza, y el capitán imaginó lo duro que debía estar el clima afuera.

En medio de la noche, el convoy avanzaba a todo vapor bajo el furioso azote de esa tormenta hacia las islas británicas, madre patria que estaba a punto de recibir un cargamento de venganza.