El camión dio un tumbo, generando el reclamo de las prisioneras.

Una de ellas, cabizbaja, murmuró.

  • ¿Y estos trajes de plomo no nos harán mal?

Un resoplido burlón de otra mujer sentada en la banca frontal, a varios puestos de distancia, fue la única respuesta que recibió.

Se calló. La situación ya era terrible como para ponerse a discutir. Comparado con el resto de sus compañeras, ella se veía mucho más joven, empinándose con suerte a los treinta años. Tenía el corazón apretado de la angustia y estaba sola en aquel lugar. Las mujeres que la acompañaban no contaban para nada.

  • No les hagas caso – dijo sorpresivamente la mujer sentada a su costado izquierdo. Era de raza negra, pelo corto rizado y facciones amables. Su edad era difícil de determinar, pero parecía ser mayor de cuarenta, incluso podría tener cincuenta años y no hubiera extrañado. Esta mujer le dedicó una sonrisa, y la joven se la correspondió.

  • No les hago caso – respondió. Se sumió en el silencio y una lágrima cayó por su mejilla. Para su sorpresa, la mujer se la secó.

  • ¿Qué te pasó? ¿Cómo fue que caíste acá?

Dudó por un momento hablar con la extraña. Sin embargo, no había nadie más con quién compartir lo que había pasado.

  • Me equivoqué…- comenzó diciendo, pero no continuó la frase.

  • ¿Con qué te equivocaste?

  • Con mi marido – dijo al fin – Me equivoqué al contarle a él.

Luego de un breve silencio continuó.

  • Tenía la sospecha de estar contaminada cuando comenzó a caerse mi pelo a puñados. Un día estaba peinándome frente al espejo…- su voz se ahogó y retomó la conversación con un hilo de voz – y toda una mata de pelo quedó ahí, en el peine.

La mujer a su lado asintió.

  • Le pedí a una amiga que trabaja en una compañía farmacéutica si podía conseguirme un test de detección, y lo hizo. Me apliqué la dosis y cuando salió positivo me apliqué la contramuestra de inmediato. Pasé el resto del día revisando todo lo que podía estar mal. Una se niega a aceptar la verdad, ¿sabes? Pensé que podía ser error de procedimiento mío, revisé todos los papeles buscando una contraindicación, algo que me diera esperanza… – La joven calló y la mujer le acarició el brazo.

  • Me alejé inmediatamente de mi marido, no quería contaminarlo. Lo esquivaba cuando me buscaba, andaba hosca y siempre con gorro. Tenía miedo hasta de ducharme, porque pensaba que el agua de la ducha me iba a sacar el pelo que me quedaba. Él no entendía que me pasaba y yo no me atrevía a decirle. Varias veces me preguntó y yo siempre nada, nada, no me pasa nada…

  • ¿Y le dijiste en algún momento?

  • Si, a las tres semanas. Hice una cena para nosotros, me arreglé lo mejor que pude. Estaba temblando de miedo, pero hice la mejor comida de mi vida. Nos alegramos esa noche, reímos… fue un buen momento. Luego pasamos al sillón y mientras me acariciaba me preguntó nuevamente que pasaba. Entonces le conté.

La joven quedó mirando el suelo con expresión ausente.

  • ¿Y?

  • Me traicionó. Apenas dije que estaba contaminada con radioactividad él… él…

  • El se asustó. Lo se niña.

  • Pero yo confiaba en él… -, dijo entre sollozos. Su cara se agrietó y las lágrimas la interrumpieron a tropel. Intentó continuar hablando pero sólo le salió un balbuceo triste y acabado.

La compañera colocó un brazo alrededor de sus hombros y la joven se derrumbo sobre su pecho. Lloró sin consuelo posible, y el resto de las presentes se miraron entre sí. Una comenzó a sollozar también, pero las acompañantes le apretaron la mano, para que esto no se convirtiera en una cadena de llantos incontrolables.

  • Shhh. Shhh… ya mi niña, ya pasó. – susurró la mujer mientras le hacía cariño en la cara. La joven paulatinamente recuperó la calma

  • Lo siento, es que me da mucha pena – dijo al fin.

  • Lo se. Todas lo tenemos – habló la mujer con voz tranquilizadora.

  • No esperaba que me echara de la casa.

  • ¿Te sacó?

  • Si – comenzó a tiritar su barbilla, pero se controló – Tomó algunas cosas mías, les metió en una maleta y la lanzó al pasillo. Luego me tomó por la muñeca y me sacó del departamento.

  • No puede ser – dijo la mujer con tono de asombro.

  • Me arrojó fuera del departamento y cambió de inmediato la clave de acceso. Coloqué todos mis dedos y ninguno sirvió. Lloré y grité su nombre, patee la maldita puerta y nada… lo podía escuchar llorando del otro lado, pero el muy maldito no me abrió.

El resto de las presentes escuchaba ahora en un respetuoso silencio. Nadie se atrevía a preguntar que había pasado después. La joven continúo su relato.

  • Me fui con mi maleta a un hotel. No se cómo supo donde estaba, pero a la mañana siguiente llegó una patrulla de recolección, me sacaron de ahí y me llevaron al centro más cercano. Esa es mi historia. ¿Y tu?

La mujer la observó un rato antes de comenzar a hablar.

– Cuando sospeché que estaba contaminada, fui a hacerme los exámenes. En cuanto supe el resultado, arreglé unos asuntos y me presenté voluntariamente al centro de recolección.

  • ¿Estás loca? – exclamó la joven.

  • No – dijo con calma – sólo me preocupé de proteger a mis seres queridos. Tengo una hija, y quiero que crezca sana y libre que tenga una vida plena y se acuerde con cariño de su madre.

  • ¿Qué edad tiene?

  • Seis años.

  • Es pequeña – La joven había retomado el control – ¿Y qué le dijiste?

  • Le dije… – y la mujer suspiró. Por un momento pareció quebrarse, pero de sus ojos húmedos no cayó ni una sola lágrima – que se iba a quedar un tiempo en la casa de su tía, al norte, donde se iba a divertir mucho, que yo tenía que hacer un viaje… y que la amaba sobre todas las cosas.

  • Pero… no volverás. Es decir, no volveremos.

La mujer asintió.

“¡Ahí está!”. Ese grito rompió el momento de intimidad en el que se habían sumergido.

Todas se lanzaron a mirar por las estrechas rendijas horizontales que tenía el vehículo, y lo que vieron fue el Desatomizador, la gigantesca fábrica que era su última parada. La construcción era un engendro de metal y concreto lleno de tubos anchos y enormes que surcaban sus paredes desde un punto a otro, dando la impresión de estar en una constante pose de autodevoración. Las ventanas se iluminaban con destellos interiores de una luz celeste poco prometedora.

El vehículo se detuvo en la portería, protegida con una alambrada electrificada. El corazón de todas se paralizó: algo en aquel aire altamente ionizado olía a muerte. Desde la entrada hasta el lugar de desembarco fue un trayecto corto.

Abrieron las puertas para encontrarse con un torrente de luz sobre sus caras. Unos seres vestidos con trajes antirradiación las sacaron de ahí con pocos modales. Las mujeres fueron colocadas en fila sobre la loza de cemento. Ahí, la joven pudo dimensionar lo inmenso que era el sitio donde se encontraban.

El espacio interior debía tener al menos 15 pisos de alto, y donde se estacionó el vehículo podría perfectamente albergar al menos otras tres decenas de camionetas iguales una al lado de la otra.

Las hicieron caminar en fila por unas estrechas escalinatas que estaban adosadas a las paredes de impoluto concreto. Mientras lo hacía, la mente de la joven comenzó a hacerse preguntas a toda velocidad.

¿Qué era eso en realidad? ¿Una cámara de sacrificio, una de desintoxicación o aún algo peor? ¿Una planta faenadora? ¿Podría ser que ellas eran simplemente combustible y que este edificio no fuera otra cosas que una inmensa planta nuclear?

¿Y por qué no habían hombres entre los reclusos?

Pensó en comentarle eso a su reciente amiga, pero se percató que llevaba los ojos fijos en el suelo. Supuso que estaba pensando en su hija, haciendo recuerdos en estos últimos momentos. Decidió no molestarla con sus teorías porque, aunque alguna fuera cierta ¿de qué servían en este momento? ¿Escaparía para contarle al mundo sus conjeturas? Eso era lo más ridículo que se le podía ocurrir ahora.

Entonces entró el terror que provee el instinto de supervivencia. No quería morir.

Era cierto que estaban contaminadas con radiación. Y no había sido su voluntad: luego del maldito accidente años atrás donde las plantas nucleares vertieron sus residuos al agua potable, miles de personas se reportaban cada mes con niveles de radiación mortales. Si alguien quedaba contaminado, no había nada que hacer con la medicina tradicional, pero aún podían contaminar a las personas cercanas a ella por exposición pasiva.

El gobierno anunció que todas las contaminadas debían acudir a los centros de reclusión adaptados para ellos. Desde ese momento en adelante se llevó un proceso de purga, donde miles de mujeres fueron denunciadas y llevadas en contra de su voluntad, mientras que algunas pocas se presentaban por sí mismas.

Y hasta donde sabía, ningún hombre había sido encerrado.

Luego de caminar un rato por el estrecho pasillo metálico, observaron el final del camino: la sala de purificación. Era un enorme recinto circular bajo techo, en cuyo centro se observaba un conjunto de relucientes tubos que descendían hacia el piso y a los cuales ingresaban las mujeres, una a la vez. Desde ahí surgían los destellos de luz azulada que se fugaban por las ventanas superiores.

Bajaron una escalinata y enfrentaron los cien metros finales escoltadas por personas vestidas con trajes aislantes amarillos y máscaras semejantes a cabezas de mosca, quienes portaban picanas eléctricas al cinto. Dentro de ella surgió el grito de “¡Revolución!”, pero mientras avanzaba paso a paso, se dio cuenta que ni ella ni nadie más iba a gritar por su libertad. Maldijo profundamente vivir en una sociedad ordenada y respetuosa de las normas, las cuales las llevaban como ganado al matadero, o quizás como limones al exprimidor.

¿Realmente moriría? Podría ser que en el fondo la limpiaran y luego…

Luego nada. Ninguna de las conocidas que partía a este proceso había vuelto.

Entre medio de todo su terror, le llamó notablemente la atención de que nadie gritara nada, que nadie siquiera colocaba cara de desesperación. Ella misma sufría de una especie de disociación entre una parte muy calmada y otra chillaba de miedo. La segunda le parecía más lógica, pero la primera ¿por qué?

Se conocía lo suficientemente bien como para saber que no reaccionaba así cuando se asustaba. Su comportamiento le estaba siendo ajeno.

Les había dado algo, de seguro. ¿O sería el aire? ¿Un tranquilizante aeróbico? ¿Por eso sus escoltas usaban máscaras?

“No importa”, escuchó en su cabeza. “Mis pensamientos no importan. Sólo quiero paz y que esto acabe de una vez por todas”.

Le hizo caso. No había nada que hacer.

En los últimos metros el pelo se le erizó dada la electricidad estática, y un cosquilleo le recorrió la piel. Frente a ellas, una porción del tubo de metal brillante se descorría para revelar un estrecho espacio interior donde cabía una silla y poco más. Las mujeres ingresaban de a una, se cerraba el compartimiento y luego de un breve zumbido, se habría nuevamente, con la silla vacía.

Su amiga enfilaba a su misma altura en la fila del lado. Se dedicaron una mirada final, transmitiendo sentimientos y pesares que nunca tendrían la oportunidad de comunicar.

Era su turno. Observó su cuerpo reflejado sobre la superficie de metal,y era difuso, y menudo. No había terminado de captar todos los detalles cuando se abrió la cabina y apareció frente a ella la silla. Se resistió. No quería entrar, no iba a entrar.

Sintió un empujón en su costado izquierdo. Uno de los guardianes la golpeó levemente con el bastón, sin propinarle una descarga. Pero ella no se movió.

¡Iba a pelear por su vida! ¡Aunque fuera una pelea inútil, aunque durara cinco minutos o cinco segundos, sería su último grito de vida! ¡No les haría fácil esto, aunque la hubiesen drogado. No…!

Observó a su amiga entrar con calma al receptáculo. Antes de sentarse, le dedicó un leve movimiento de cabeza afirmativo.

Y entendió lo que le quería decir. No importando lo que sucediese ahora, al menos no estaba sola.

Se resignó y entró al tubo. Respiró profundamente, escuchó su corazón bombeando sangre a toda velocidad, sus oídos abombados, la garganta seca, los ojos húmedos, las mejillas mojadas. Estaba completamente viva. Se sentó en la silla metálica semi inclinada y miró hacia afuera. Desde esa posición, parecía más una silla de viaje espacial. Resultó ser sorprendentemente cómoda, aunque fría.

Quizás estuviera equivocada. Quizás fueran realmente a un viaje a otro lugar donde no volvían más. En todo ese rato no habían escuchado ningún grito de las otras mujeres que las antecedían.

Entonces se cerró la cápsula y todo quedó en silencio y oscuridad. Luego de unos segundos, comenzó a sentir una sensación eléctrica que trepaba por toda su piel. Observó hacia arriba y notó que un fulgor celeste comenzaba a formarse sobre su cabeza.

Las cápsulas eran a prueba de ruido. Nunca supieron si la otra sufrió.