El cuerpo ascendía hacia la superficie arrastrado por las corrientes. Bajo él, a casi un kilómetro de profundidad, estaba la ciudad donde le habían quitado la vida.

Ni siquiera le dieron el derecho a una muerte digna. En un juicio público lo despojaron de su rango y tierras, lo ataron a un poste y frente a todos le molieron la espalda a latigazos.

No se comportó heroicamente; gritó cada latigazo. Su mujer tapó los ojos de sus dos pequeñas hijas, pero no pudo además taparles los oídos. Ella misma estuvo a punto de desmayarse un par de veces, pero los guardias la sostuvieron y la obligaron a quedarse.

Cuando el hombre finalmente se desvaneció, lo desamarraron y subieron al carromato. El ejecutor, un viejo desgarbado, tiró de las riendas y emprendió el largo y solitario viaje hacia el límite del reino: el desolado paraje del muro exterior.

Al llegar a destino, arrastró con dificultad al moribundo fuera del carro y lo apoyó directamente sobre la pared traslúcida. Desde el otro lado, algo golpeó el grueso vidrio y se refregó contra él.

El viejo retornó a su carro y exigió al caballo moverse lo más rápido posible. Llegando a la frontera con el muro interior, escuchó el chasquido que anunciaba la inundación. Antes se daba vuelta para ver el extraño espectáculo del agua inundando el territorio baldío y contemplar las siluetas de bestias marinas moviéndose a sus anchas sobre los cuerpos abandonados entre ruinas plomizas. Ese día en particular no andaba con ganas.

Apenas atravesó la frontera entre el muro exterior y el interior, las inmensas puertas del reino se cerraron. Tanto los guardias fronterizos como él respiraron aliviados. Pensó que era demasiado castigo para un pobre diablo que se había vuelto loco investigando sobre los monstruos que habitaban fuera la ciudad. Era verdad que podía ser infeccioso para oídos receptivos y mentes débiles, ¿Pero una condena de muerte sólo por afirmar en público que arriba, más allá de la sagrada oscuridad, había otro mundo? ¿Uno donde el agua era celeste, la luz abundaba todo el día, el aire era infinito y la tierra libre? Eran leyendas tradicionales.

Además era imposible viajar por el agua. Aunque tuvieran el suficiente aire para armar una nave de exploración, ¿cómo sobrevivirían a los enormes monstruos que rondaban sobre ellos? Y aún si lo lograran, ¿quién sabe qué cosas se encontrarían arriba? Las mismas leyendas decían que el mundo del aire estaba poblado por dragones de todos los tamaños y formas, feroces criaturas que se devoraban entre ellas.

El viejo se fue a la casa con reflexiones perezosas. La gente volvió a su vida cotidiana y la ejecución pública se olvidó para la mayoría de los ciudadanos al finalizar el ciclo.

Nunca supieron que el hombre logró en muerte lo que soñó en vida: alcanzó la superficie. Sus ojos apuntaron al cielo azul frente a las costas de un paraje selvático, todo lleno de aire y luz.

El rugido de un dragón de manos cortas y dientes terribles lo saludó al llegar.