El mago y la bruja habían sido amantes y también compañeros. Habían discutido sobre la vida la muerte y las fuentes de la magia.

El mago, como todos los de su orden, abogaba por el uso de la magia verdadera, la que no necesita de símbolos o signos para ser conjurada sino de visualización, meditación, y una férrea fuerza de voluntad.

La bruja, por su parte, manejaba muy bien todos los ritos wicanos y era experta en pociones, palabras, trazos en el aire y se sabía todos los nombres de los dioses de los elementos, a los que conjuraba en sus hechizos.

Llegó el día en que el mago se retiró a un bosque para reflexionar sobre los misterios de la existencia. En ese periodo, su conciencia ascendía al amanecer junto al vapor del bosque hacia las rendijas de luz que surgían entre los árboles. Su conciencia se suspendía en el tiempo. En la noche viajaba por el universo, sintiendo todo, entendiendo todo.

Encontró lo que buscaba: la Verdad.

Entonces llegaron los emisarios del Alto Orden de los Magos a buscarlo. Lo llevaron al templo y le explicaron la necesidad de redimir a los brujos, adoradores de la mentira y la superchería, y enseñarles la verdadera conciencia: la conciencia de los magos.

Y supo que era justo y necesario. Y se unió a la cacería.

Pporque no sería una mutilación, ni una matanza.Sólo el encuentro con la Verdad. La brujería se llevaba en la sangre y había que sacarla de ahí, para salvar a los brujos y mostrarles la verdadera senda.

Viajó por todo el mundo en esta batalla secreta. Donde encontrara brujos, ahí mismo empezaba la lucha. Algunas veces le lanzaron maleficios, y otras tantas invocaron criaturas que no debieran haber sido traídas nunca a este plano, ni aún dejándolas amarradas a las sombras.

A todos ellos logró redimir.

Y así fue como, después de mucho tiempo y peregrinaje, se encontró nuevamente con ella, la más poderosa: su antigua compañera.

Se juntaron una tarde en la vieja casa del bosque, y tomaron una taza de te. No decían palabra, pero se estudiaban detenidamente como enemigos enconados, buscando el punto débil del otro. Él, lo tenía claro, iba a ganar esta batalla.

  • Es hora – dijo al fin.

  • Ven a buscarme – desafió ella.

  • Así será.

El Mago levantó su mano derecha, y un fulgor de un color imposible la delineó. La bruja buscó apoyo en el muro a su espalda, dispuesta a saltar y atacar como una gata.

El Mago respiró profundo, y la bruja quedó suspendida en el aire con un gesto de asombro y agonía. Un cuerpo extraño se arrastró por el interior de su garganta, y en medio de su frente estallo un pequeño manantial de chispas azules. Los ojos de ella se volvieron blancos, mientras pataleaba débil e inútilmente sobre el suelo.

Él podía ver el enorme pozo negro desde el cual ascendía la joya de la brujería. Lentamente salió a la superficie, y tintineó en la penumbra del cuarto.

Éste era el trofeo final, el objeto más preciado que siempre había querido sacar. Había purificado a la mujer. Con sus cualidades innatas, no tardaría en volverse una maga pura y poderosa.

Tomó el cristal en su frente y lo rompió. En ese momento, algunos trozos se incrustaron en sus yemas, y surgió sangre.

-Esa es mi última venganza – murmuró con voz tranquila la bruja – Ahora, esas astillas infectarán tu sangre, y tu corazón se llenará de brujería.

El rostro del mago se crispó de asombro primero, y luego de pavor, al sentir un cálido y oscuro líquido corriendo por sus venas, como un depredador atacando a su víctima. Sus ojos vislumbraron un destello frente a él, una luz amarilla intensa que abarcaba todo lo que veía. En un rincón inaccesible de su corazón, empezó a anidar la profunda oscuridad.

La bruja, ahora redimida, sintió compasión por la falta de precaución y el exceso de orgullo del mago que lo cegó en ese último instante. Sabía que él sería expulsado de la orden, y mientras el Corazón de Brujo se adueñaba de su mente y de sus actos, sería ella la que tendría que darle caza, y devolverle la paz, esta vez para siempre.

Esa sería su misión, en conciencia.

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