El Rey se paseó entre las ruinas de lo que alguna vez fuera su fastuosa casa. Ya no quedaban más que muros derruidos y trepados por el verdor. Sus pies pisaban pasto donde alguna vez hubo losas de piedra pulida. Vestía su atuendo real, una larga túnica que era visitada por su barba y cabellera gris. Portaba una corona de oro.

 

Si bien se veía imponente, era un anciano. Tenía su piel arrugada y amarillenta y los ojos caídos con la pena de haber visto derrumbarse su tranquilo y ordenado reino. Ya no había reina, compañera y confidente de incontables noches. Se había ido junto con todo lo bueno que había antes de que llegara el Tiempo, que todo lo arrasa.

 

Hacía frío a la intemperie. Levantó sus ropas para pasar sobre unos escombros de lo que alguna vez fue un muro, y siguió caminando sin rumbo aparente. Quizás buscaba algo, algún trozo de pasado al cuál aferrarse y cuidarlo, o quizás estaba recreando paso a paso los salones y las risas, las comidas y el afecto de quienes habían partido.

 

Después de un rato retornó a lo que ahora era un patio principal, lleno de pasto duro y resistente que crecía moviendo piedras y ampliando las grietas de lo que fuera el suelo del gran salón. Algo resaltaba en el medio de aquel lugar: un trono de piedra blanca labrada con filigranas exquisitas. El anciano se sentó emitiendo un quejido por las molestias de su cuerpo y desde ahí observó, bien derecho, lo que quedaba de su reino. Algunos cuervos curiosos volaron a una distancia prudente, posándose sobre arcadas y pilares que no sostenían nada más que a ellos mismos y el cielo sobre sus cabezas.

 

Una repentina brisa movió las copas de los árboles que crecían equidistantes al trono. Los cuervos movieron sus cabezas adelante y atrás, y en la medida que otros iban llegando desde la foresta cercana, se formó un desagradable coro de graznidos. Las aves ocuparon todo el espacio que había entre las cornisas rotas y las ruinas altas mientras se graznaban entre ellos y al anciano, al que vigilaban con ojos negros como canicas de noche.

 

El anciano meneó su cabeza en señal de asentimiento, y todo a su alrededor se manifestó al unisono. Los árboles bailaron, el viento removió el pasto largo y las aves abrieron sus alas y las agitaron. Ellos eran su nueva corte, sus nuevos y fieles vasallos.

 

Sonriendo, supo que había llegado el momento de comenzar, una vez más, su reinado.

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