– Soy el conquistador de la noche – dijo el ingenuo hombre, mirando la vastedad de las tinieblas.

En su alma sentía que todo aquello le pertenecía; todas y cada una de las luces, sombras y nieblas que colmaban las esquinas del mundo eran suyas. Respiró profundo, satisfecho de su reino.

La noche pasó sobre él sin siquiera darse cuenta de su existencia, y la onda de choque del amanecer lo arrolló. Lo encontraron en la mañana encogido en una esquina de su habitación, lloriqueando y murmurando incoherencias sobre un reinado arrancado de sus manos.

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