Afuera del departamento se escuchaban gritos. Se abrió la puerta y un regordete niño de diez años, cuya tez pálida estaba lívida de rabia, salió intempestivamente al pasillo.

  • ¡Y vas de inmediato, flojo de mierda, y te quiero de vuelta acá apenas compres el pan! ¡Nada de quedarte conversando con la señorita Laida! – se escuchó desde adentro.

El chico cerró con un portazo e intentó controlarse para no llorar. Su madre siempre se burlaba de la única persona que lo escuchaba y se preocupaba por él. Sus sentidos le alertaron de los pasos que se aproximaban hacia él. Salió una mujer de pelo corto y rubio mal teñido, flaca y desgarbada, cubierta por un vestido blanco con bordados multicolores.

  • ¡Que hiciste, mocoso de mierda! ¿Me tiraste la puerta a mi, a tu madre? ¿Insolente con tu madre, ah? – dicho eso, se abalanzó sobre él y lo levantó por las patillas. El niño chillaba de dolor – Eso te pasa por insolente – Con un ademán lo envió hacía la escalera que descendía hacia la calle – y ya sabes ya, te quiero acá de vuelta de inmediato – Dicho esto, entró al departamento y cerró con otro portazo.

El niño se quedó ahí, llorando de impotencia por toda una niñez de maltrato. “Contrólate” le decía una voz al interior de su cabeza. “Vieja maldita”, le respondió entre sollozos su corazón. “Vieja de mierda”, se repitió con una rabia interna que crecía sin freno.

Hay puntos críticos en la vida donde la gota, por minúscula que sea, rebalsa el vaso. Desde ahí no existe vuelta atrás.

“Contrólate”, le repitió la voz mental.

Comenzó a golpear su cabeza contra la pared. Las lágrimas rodaban por sus mejillas y, a sus pies, una mancha negra se expandió teniéndolo a él como epicentro.

“Controla…” y el niño gritó. El tono se alzó por encima de lo audible y las estrellas, apenas visibles en el cielo vespertino, temblaron. El suelo comenzó a deshacerse y ascendió alrededor suyo como ceniza. Al frente suyo, el muro adquirió la consistencia de la niebla.

“Ya no puedo más”, le dijo a quién correspondiese. “Lo siento, pero esto se acaba acá”.

Se dio media vuelta y comenzó a descender por la escalera. A cada paso, el escalón que dejaba atrás se deshacía.

Cuando alcanzó el piso inferior, el departamento donde vivía su madre explotó. También lo hizo el del frente, en una especie de reacción en cadena.

“Muérete vieja de mierda. Muérete y mil veces muérete”, murmuraba con un rencor sordo. A su alrededor, todo se caía a pedazos.

A nadie le había dicho de su don, aplicado sólo con sus juguetes. Siempre había soñado que algún día se lo aplicaría a su madre, y hoy la había ejecutando.

Eso era él: un Ejecutor, algo así como un súper héroe. Salió del edificio y este comenzó a temblar. Sonrió pensando en el infierno en el que se debatía su madre, vieja cruel, y cruzó la calle para comprar el encargo. Detrás suyo, la estructura colapsó con un estruendo y estalló en mil pedazos. Los escombros salieron disparados por el aire, pasando encendidos en fuego a su costado. No les dio importancia, porque no podían hacerle daño.

La destrucción lo siguió como una sombra. A su espalda los autos chocaron, la gente comenzó a gritar al tiempo que la calle y los edificios próximos al siniestrado corrían su misma suerte. Todo explotaba, implotaba, se desvanecía El niño se sintió alegre y de un humor especial, negro y ácido.

Ingresó al local de abarrotes, saludo a un vecino que salía (“pobre tipo”), y saludo a la mujer que atendía.

  • 6 huevos y 4 panes, por favor. – Adentro de la tienda no se escuchaba el apocalípsis que sucedía en ese momento, así que la atención fue rápida y cariñosa como siempre. La señora Laida, la encargada, le regaló un dulce.

  • ¿Estás bien? – le preguntó con preocupación.

  • Mmhmm – respondió con la boca llena.

  • ¿Tu madre no se enojará mucho con esto…?

  • No se preocupe. Ella no se enojará. Estoy seguro.

  • Muy bien cariño. Que tengas buena tarde.

  • Gracias señora. La estoy teniendo – y sonrió.

Respiro profundo. Afuera, la desintegración de la materia se había expandido a toda la ciudad, convirtiéndola en un ruina de edificios caídos. Un socavón de decenas de kilómetros se extendía desde la entrada del local hacia todos lados y la gente gritaba sin entender lo que estaba sucediendo. El muchacho sabía, de alguna manera, que esto se estaba repitiendo en ese mismo instante en todos lados del mundo, donde otros niños y niñas se habían cansado de la tiranía de sus padres. El fin había llegado.

Y entonces sintió una mirada cálida, amorosa. La señora Laida lo miraba a través de sus anteojos de marco negro y vidrios gruesos. Cómo deseaba que ella hubiera sido su abuelita, o mejor aún, su madre.

“Ella no puede ver esto. Es viejita, no lo soportaría”.

Suspiró, movió su cabeza en señal de aceptación y tomó decisiones.

“Bueno, a reparar se ha dicho”.

En el mismo instante en que su pie descendía, apareció el pavimento intacto bajo él. Con un sonido semejante a millones de huesos quebrándose, todo comenzó a quedar tal cuál había estado unos momentos atrás. Las calles se rellenaron y los edificios volvieron a su posición original. Saludó a un par de peatones que paseaban distraídos por el lugar e ingresó a su edificio.

A cada paso que daba se reconstruían los peldaños. Llegó a su departamento y dejó la bolsa en el suelo que se terminaba por formar. Llevó su índice derecho hacia un espacio vacío en el aire que se rellenó para dar lugar al timbre.

Sonó la campanilla y esperó. Pasó medio minuto y nada. Se balanceaba sobre su talones y punta de pies, esperando.

Desde el interior se escuchó un caminar apresurado. “Bueno, podría haber sido mejor”, y suspiró.

La puerta se abrío de golpe.

  • No te demoraste nada. ¿Viste que se te pueden encomendar cosas cuando andas bien de ánimo? ¿Qué te cuesta hacerlas sin tanto problema? Para la próxima que te pida algo me dirás “si mamá”. ¿Entendiste?

  • Si mamá.

  • Muy bien – la mujer estiró la mano y tomó la bolsa que le entregaba su hijo. – El vuelto… ahora si. Anda a ordenar tu pieza que la cena estará lista en cinco minutos.

El niño corrío a su cuarto, y al entrar cerró la puerta y tomó a sus dos juguetes favoritos, soldados espaciales de alguna serie de dibujos animados. Los enfrentó en batalla mortal .

Revolcándose sobre su cama, reflexionó:

“De la que te salvaste, mamá”.

Rió jubiloso, y continuó con sus menesteres de niño.