• Pienso en ti – dijo la mitad de la cara, blanca y lisa como la cera.
  • Pienso en ti – dijo la otra mitad, en donde se observa un árbol enclavado sobre el borde de una suave ladera que asciende por una extensa pradera verde. Bajo su reconfortante sombra, una niña de trenzas largas y falda tableada juega con un juguete rojo. Tiene estacionada su bicicleta en el tronco del árbol. Sobre ellos, las escasas nubes pasean perezosamente por un cielo celeste tan limpio que parece brillar junto al sol.

El lado blanco se mueve en el más impenetrable y oscuro de los vacíos. Su ojo negro atrapa la luz y la devora. En la órbita de su ojo, en cambio, la luz destella con toda intensidad.

En el otro lado, la niña se pone de pie, alisa su falda y salta de puntillas para saludar a alguien que no vemos, abajo de la colina. Aplaude y de improviso aparece una cometa en el cielo. Es grande y tiene cada una de sus cuatro zonas con diferentes colores: rojo, azul, amarillo y verde. Lo vemos subir en esta cálida mañana y queda colgando pacíficamente en el cielo.

Un lado de la cara sabe del infinito; el otro, de la vida.

La mitad blanca habla el lenguaje de la nada. Su voz retorna como eco, pero trayendo el susurro de alguien más. En aquel lugar negro existe la presencia de otra persona. Es la voz de una niña que ríe. Él la saluda, y ella responde.

En ese momento, toda la cara sonríe.

Al fin y al cabo, tener alguien con quién hablar es mejor que estar sólo en el vacío.