Archive for mayo, 2013


Completitud

  • Pienso en ti – dijo la mitad de la cara, blanca y lisa como la cera.
  • Pienso en ti – dijo la otra mitad, en donde se observa un árbol enclavado sobre el borde de una suave ladera que asciende por una extensa pradera verde. Bajo su reconfortante sombra, una niña de trenzas largas y falda tableada juega con un juguete rojo. Tiene estacionada su bicicleta en el tronco del árbol. Sobre ellos, las escasas nubes pasean perezosamente por un cielo celeste tan limpio que parece brillar junto al sol.

El lado blanco se mueve en el más impenetrable y oscuro de los vacíos. Su ojo negro atrapa la luz y la devora. En la órbita de su ojo, en cambio, la luz destella con toda intensidad.

En el otro lado, la niña se pone de pie, alisa su falda y salta de puntillas para saludar a alguien que no vemos, abajo de la colina. Aplaude y de improviso aparece una cometa en el cielo. Es grande y tiene cada una de sus cuatro zonas con diferentes colores: rojo, azul, amarillo y verde. Lo vemos subir en esta cálida mañana y queda colgando pacíficamente en el cielo.

Un lado de la cara sabe del infinito; el otro, de la vida.

La mitad blanca habla el lenguaje de la nada. Su voz retorna como eco, pero trayendo el susurro de alguien más. En aquel lugar negro existe la presencia de otra persona. Es la voz de una niña que ríe. Él la saluda, y ella responde.

En ese momento, toda la cara sonríe.

Al fin y al cabo, tener alguien con quién hablar es mejor que estar sólo en el vacío.

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Madre

“Avanza por el sendero sin detenerte”, se repetía la niña mientras se frotaba sus manos heladas. Eso era lo último que le había dicho su madre al dejarla en el interior del bosque, vestida tan sólo con una bata de dormir. Bajo sus pies descalzos, el suelo era un manto de hojas, ramas y mucha humedad, resultado de la tormenta reciente. Tenía mucho frío, pero aún más miedo.

A su alrededor se erguía un bosque teñido por completo de rojo otoñal, matizado por algunos amarillos y dorados. Cada cierto tiempo se detenía sobresaltada cuando, entre la hojarasca, aparecían unos reptiles pequeños que la observaban con un interés alienígena durante unos segundos, paseaban su lengua bífida por el aire y luego se escondían bajo el manto de hojas caídas.

La niña no se atrevía a mirar hacia atrás, sabía que había algo. Aquello, lo que fuera, le rozaba su espalda cada vez que sentía ganas de correr de vuelta a su casa, y le susurraba palabras que ella creía no entender.

La verdad sea dicha, sí las entendía. Las había escuchado en sueños de los cuales despertaba con el corazón latiendo a toda velocidad. En aquellos momentos, habría jurado que una sombra más oscura que la noche se acomodaba en un rincón de la habitación y la observaba insistentemente. Al principio llamaba a su madre a gritos y ella entraba al cuarto con una vela, calmando su llanto. Sin embargo, cuando le decía lo que pasaba apuntando hacía la esquina, la mujer miraba hacia aquella dirección y, con un tono de voz gélido, le ordenaba a su hija que volviese a dormir. Dicho esto, se retiraba de inmediato.

La niña estaba segura que su madre también lo podía ver.

Con el tiempo se acostumbró a esa presencia casi invisible. En las noches de tormenta pasaba horas viendo la lluvia caer, los relámpagos reflejándose entre las innumerables gotas que se deslizaban por la ventana, y luego miraba hacia el lugar donde la sombra yacía encorvada. Se preguntaba qué sería aquello, si la podría tocar, si sería amiga o enemiga. Alguna vez le habló pero no obtuvo respuesta.

Ahora caminaba detrás de ella.

Al pasar entre unos troncos delgados y verdes descubrió un espacio circular de estrechas dimensiones, atravesado de extremo a extremo por un riachuelo. En su interior habían unas piedras negras y pulidas de tamaño mediano y frente a ella, en el otro extremo del claro, había una mujer vestida de rojo, de larga cabellera y profundos ojos negros.

  • Ven – le dijo a la pequeña. Esta se quedó inmóvil ante su llamado. La señora era agradable de presencia, pero no la conocía.

  • Ven pequeña – insitió – No te haré nada. – Se agachó hasta quedar a su altura y estiró su mano hacia ella, sonriéndole.

La niña miró primero hacia los costados antes de avanzar, sintiéndose presionada por la inquietante sensación a sus espaldas. Al ingresar al interior del claro, la mujer se puso de pie bruscamente y dijo con voz seca.

  • No. Tú no.

Entonces, por primera vez en su corta vida, la pequeña escuchó la voz de aquél ser.

  • Pero si la traje como prometimos. Mi premio…

  • Tu premio no está acá.

  • ¡Pero tú me lo prometiste! – siseó como lo hace el viento cuando pasa a través de los árboles, aunque con un tono muy distinto; más bien se escuchaba como humo negro arrastrándose entre ramas y hojas. La niña se dio vuelta lentamente para ver la forma real de aquello que la acompañara durante tantas y tan largas noches.

No alcanzó a gritar porque la mujer puso una mano pesada y segura en su hombro. Ante ellas, una nube negra de apariencia viscosa se retorcía sobre sí misma, para luego extender apéndices que penetraban sobre la superficie llana en la que se encontraban. En una de sus extensiones se dibujo una boca, a través de la cuál habló.

  • La cuidé de esa mujer todos estos años, como me pediste. Acá está, sana y salva. Y tuve que hacer mucho para que esa bruja maldita no la matara. Es tan maligna que…

  • Vete – ordenó la mujer – no queremos escuchar más.

  • ¡Pero mi recompensa! ¡Yo quiero su…!

  • ¡La mujer de la casa es tu recompensa! ¡Ve y devórala!

  • ¡No fue lo que me prometiste!

Con una voz seca que no dio oportunidad a más discusión, respondió.

  • Es lo que hay para ti. No te daré nada más.

Tomando a la niña por los hombros, se dio vuelta y la guió hacia el otro extremo del claro, donde los altos y delgados árboles se abrieron para darles paso. La sombra les dijo finalmente.

  • ¡Obtendré ese cuerpo y cuando lo haga vendré por ti, sacerdotisa, y no habrá nada que puedas hacer para evitar que te cace y te mate junto con esa pequeña lindura que tienes contigo!

“Tú eres el que no sabe nada del orden de este mundo, criatura”, murmuró para sí misma. A pesar de ser antiguas, las Sombras eran extranjeras en este lugar. No sabían nada de los ritos, ritmos y ciclos. Lo que estaba por suceder ahora había pasado antes en innumerables ocasiones. Tal como ella fue recibida por su madre, ahora le había tocado recibir a su hija.

La pequeña la miraba con desconcierto y algo de temor. Por el momento no le diría nada de lo que iba a suceder esta noche en su casa. De cómo la Sombra se arrastraría hasta el cuarto donde se encontraba la mujer y, alzándose sobre ella con enorme furia, le abriría la boca y descendería por su garganta con la intención de tener un cuerpo para sí mismo.

Sólo entonces descubriría que en su interior ya habían innumerables Sombras luchando unas contra otras por el control de esa pobre bruja, que en su momento quiso ser más poderosa que la misma oscuridad aliándose con cosas venidas de otros lados, sin saber que las argucias y los hechizos no le servirían de nada.

Con el tiempo le contaría esa historia a ella, su hija, de porqué la tuvo que tener tanto tiempo apartada de si. También, a su debido tiempo, le explicaría cómo ella la reemplazaría en sus deberes al interior del bosque, cercana al fuego del mundo. Pero sobretodo esperaba que comprendiera que, a pesar del tiempo que vivió a merced de dos fuerzas enemigas, siempre la tuvo a la vista desde el límite del bosque donde se le permitía llegar.

Porque, a pesar de la distancia y el tiempo, siempre la había amado.