No he podido olvidar es momento. ¿Quién de nosotros podría hacerlo?

Amanda le suplicaba de rodillas al profesor Rodríguez que no continuará. Este, docente de varias décadas, estaba consternado por el comportamiento de la pequeña niña. Nosotros observábamos con creciente tensión la escena donde el profesor intentaba cumplir con su deber de corregir y enseñar el arte de la lectura.

Amanda gritaba “por favor, por favor no me haga leer más”. Ninguno de los presentes entendía qué le pasaba, pero veíamos que estaba sufriendo.

El profesor insistió. “¡Lee!”. “No profesor, por favor” fue la respuesta. Nuestra compañera se deshacía en sollozos, afirmándose del delantal blanco del adulto. Franzen, el compañero extranjero, se puso de pie y balbuceó algo cercano a “deje de molestarla”. Supongo que fue eso lo que dijo, no lo recuerdo con seguridad.

El profesor le recriminó y siguió insistiendo. Amanda lloraba de rodillas en el suelo. Todos estábamos tensos, y algunas compañeras se pusieron a llorar. El profesor insistía en que terminara de leer el cuento sobre un joven que andaba en patineta. Nadie tomó en cuenta a Marcela cuando ésta gritó qué algo estaba sucediendo en la cara de su amiga.

“¡Lee!”, gritó una vez más el profesor. “¡No quiero! ¡No quiero! ¡Duele!”

Sin embargo, a esa edad los profesores son omnipotentes. Al menos en mi tiempo de niñez lo eran. Sosteniendo a la niña por un brazo y con el libro abierto en otro, le puso la línea en cuestión frente a los ojos.

“y… “ balbuceó Amanda, “y… el niño voló por los aires… y abajo lo esperaba el trozo de cemento. Con un grito de… de… horror sintió que su brazo estirado chocaba contra él y… y…¡aaaaaahhhhhhhhh!”

Nunca he logrado sacarme esa imagen de la cabeza.

El codo de Amanda, del brazo por el cuál la sostenía el profesor, se arqueó de una manera imposible hacia adelante y se salió por el otro lado. Estoy seguro haber escuchado el chasquido de sus huesos.

Gritó ella, sosteniéndose su bracito. Gritamos nosotros y salimos en estampida hacia afuera, Del profesor lo último que recuerdo es una mirada estúpida que ahora, después de tanto tiempo, comprendo que fue de espanto

Recuerdo correr por el pasillo del segundo piso, escapando de aquella escena junto con mis compañeros hacia algún lugar seguro. Bajé las escaleras casi volando y luego no me acuerdo de nada más.

Amanda no volvió al colegio, y el profesor tampoco.

Después del acontecimiento nos volvimos un curso silencioso, opaco. Crecimos juntos, superamos la niñez y también la adolescencia. hicimos amigos afuera y muchos de nosotros hemos sido felices. Pero durante los diez años que continuamos en las aulas de ese colegio, estoy muy consciente que fuimos oscuros, casi monásticos, entre nosotros.

Fuimos un monumento hacia la hiperempatía y la hipoempatía que presenciamos aquella tarde.

Algunas veces, como ahora, me despierto con las imágenes de aquella tarde y aún me dan escalofríos. Tengo claro que en el lugar donde habíta mi niñez, aún sigo corriendo con pavor.

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