El viaje fue de lo más agradable. Recorrer setecientas millas en una carretera donde campos verdes y dorados se intercalaban con frondosos bosques, tranquilizan a cualquiera. El cielo se mantuvo celeste brillante, moteado con ocasionales nubes blancas y regordetas de tránsito cansino.

María paladeaba aquella visión de paz. Apenas se escuchaba el murmullo bajo y constante de los neumáticos.
Quién diría, quién podría haber imaginado, que tanta belleza fuera posible.

Marcos casi no había dicho palabra en todo el viaje. Bajó la ventana para recibir un poco del gélido aire exterior, lo que le provocó comezón en su nariz. Se recostó en el cómodo asiento mientras sentía como su piel se helaba.

Un golpe en el techo los sacó de sus reflexiones particulares. Observaron hacia arriba para descubrir una nube negra apareciendo desde la nada. El hombre observó el tacómentro y preguntó:

– ¿Cuánto nos queda?

– Poco – dijo la mujer – no creo que alcancemos a llegar.

– Acelera – espetó nervioso – vamos a lograrlo.

La mujer no respondió. El impecable cielo azul comenzó a tornarse gris con rapidez mientras el vehículo avanzaba a toda velocidad por la carretera hacia el próximo bosque. En su interior, las ramas altas se mecían ante repentinos ataques de viento, asemejando una lúgubre despedida.

– Yo compré combustible para alcanzar a llegar a la costa – refunfuñó el hombre.

– Pues calculaste mal. No vamos a llegar.

Marcos bajó el pestillo de su puerta, miró con tosudez a su mujer y declaró.

– Yo mo me bajo de acá hasta no llegar al mar. Colocamos todos nuestros ahorros en este viaje, y no los vamos a perder.

La mujer lo miró en silencio, y lo imitó. El cierre centralizado bloqueó las puertas del vehículo. Instantes después, las puertas comenzaron a vibrar.

– Yo me encargo – dijo el hombre. Se pasó al asiento de atrás y se colocó a la espalda de la conductora.

– ¿Qué vas a hacer?

– Tú sigue conduciendo.

El hombre colocó su mano sobre el cierre de las puertas, y lo mantuvo presionado. La vibración alrededor del vehículo se intensificó.

– Pero…

– ¡Pero nada! ¡Continúa!

– Es que nos van a…

– Hagan lo que hagan, sigue conduciendo.

El viento se levantó con furia. A la vera del camino aparecieron conejos, ardillas y otras alimañas que vieron pasar a los viajeros en una frenética carrera hacia el mar. Sus ojos brillaban bajo el cada vez más oscuro cielo.

Los golpes al vehículo se intensificaron. Comenzó a moverse de manera inestable y la mujer apenas podía mantener el control. En el viento aullaban voces iracundas que los amenazaban.

– Marcos, yo creo que…

– ¿Qué, María? ¿Qué crees tú? ¿Quieres parar acá? ¿Quieres bajarte? Ya están furiosos con nosotros por haber incumplido con nuestro tiempo. Continúa. Veremos el mar cueste lo que cueste.

– Sabes que eso no es posible.

-Veamos.

Salieron del bosque bajo un cielo tormentoso que se retorcía como una masa negroverduzca. Entre las nubes y el horizonte pendía un sol crepuscular.

– ¡Allá! – exclamó el hombre con júbilo y apuntó al horizonte – ¡Allá está el mar! ¡Puedo verlo! María ¿lo ves?

Sobre el horizonte, una superficie irregular del color del mercurio reflejó y descompuso la mortecina luz del atardecer en millones de resplandores. El sol, en su tránsito final hacia la noche, se tornaba gigante y rojizo. En ese momento nada más les importó.

El hombre le tomó los hombros a su mujer y se incorporó para besarle una mejilla. Sintió la traza húmeda de las silenciosas lágrimas de emoción que la recorrían. Con profundo cariño, le susurró al oído.

– Amor, te presento el mar.

La mujer dejó escapar un sollozo, retorciendo el manubrio del vehículo que en ese momento era azotado por vientos cruzados, golpes y amenazas de seres invisibles. Se les había acabado su tiempo y sin combustible, el vehículo desaceleraba progresivamente. Ella mantenía el pedal al fondo, intentando llegar hacia el último promontorio para ver por primera y última vez la costa y el mar en toda su extensión.

Finalmente, el vehículo se detuvo. La mujer chilló y golpeó todo lo que tenía a su alrededor. Marcos la dejó expresar toda su frustración. Había faltado muy poco, apenas doscientos o trescientos metros para llegar a la meta.

El ruido exterior se volvió insoportable. Las voces los llamaban de mala manera, dedicándoles garabatos de grueso calibre mientras las puertas amenazaban con salir volando arrancadas de cuajo.

– Amor… amor… es suficiente – la intentó calmar el hombre – Se terminó. Salgamos.

María comenzó a tranquilizarse. El cielo sobre ellos se tornó negro, y cuatro cegadores focos de luz los apuntaron desde arriba. Durante todo el viaje no se habían percatado del ruido de la maquinaria, algo que había comentado en algún momento durante el comienzo de la travesía. Las nubes se dispersaron, todo desapareció a su alrededor a excepción de las voces y la luz.

– No nos van a tratar bien, amor. Te necesito entera.

María inspiró y espiró profundamente un par de veces con los ojos cerrados. Sus latidos se normalizaron.

– Estoy lista – mintió.

– Bien – El hombre sacó su mano del seguro de la puerta del conductor. Durante un par de segundos, nada pasó.

Y entonces, los seguros de las 4 puertas se levantaron al unìsomo, las puertas se abrieron y la pareja fue jalada con fuerza desde el auto por aquella fuerza invisible.

– ¿Qué mierda tienen en la cabeza ustedes, par de imbéciles? ¿Ah? ¡Tenemos un montón de gente haciendo cola y esperando su turno con reservas anticipadas! ¡Y al par le da por hacer un Bonnie and Clyde y correr desaforados por el paisaje! ¡Esta es su última vez acá, olvídense de volver al simulador!

“De todas maneras no pensábamos entrar de nuevo”, pensó Marcos, “Nos gastamos los ahorros de los últimos cinco años en este viaje”.

No fue necesario decir nada. La seguridad los tomó en volandas y los arrojó a la calle como los viles pordioseros que eran. El espectáculo fue observado por una larga fila de gente que esperaba su turno para usar el Simulador de Viajes, la única atracción de alta tecnología que se atrevía a llegar a esos recónditos y empobrecidos lugares. Cobraban el triple que en una ciudad y daban menos kilometraje por ese dinero, con el objetivo tener la mayor cantidad de usuarios en el menor tiempo para largarse rápidamente de cada uno de esos pueblos roñosos.

María se sentó en la calzada, se tomó las rodillas con las manos y su pelo sucio y hediondo le cubrió la cara.

– Estuvimos tan cerca – repetía entre sollozos – tan cerca…

Su compañero de toda la vida se arrodilló frente a ella, y en medio de la noche, le besó las manos con amor.