Aquella noche, la niña salió a toda carrera desde su casa hacia el estrecho puente por donde pasaba el tren. Solía hacerlo cada vez que su rabia con la gente de la casa no daba para más.

Entre los durmientes contempló la suave acuarela de colores claros y pasteles que dejaban las luces de construcciones aledañas al angosto río. Su caudal zigzagueaba tranquilamente al interior de la ciudad, se bifurcaba para formar pequeñas islas de casas y edificios y luego se reencontraba para continuar su camino hacia el mar.

Un pez saltó fuera de la oscuridad líquida y retornó a ella sin dejar rastro. A la distancia, escuchó el alarido agudo del tren

El tren de la Muerte.

Desde su bolsillo izquierdo extrajo el Objeto del Odio, el único recuerdo que le dejó su tío. Le dio una larga y contemplativa mirada hasta que aquella cosa emitió un fugaz destello verde, que recorrió su irregular superficie. El rostro de la niña se iluminó con él, y supo que hacer.

Bajo sus pies, el puente de madera comenzó a temblar. El ruido amenazador llenó su corazón de odio, de furia, de recuerdos de golpes injustos, de culpas mal habidas, de imposibles, de tonta, de no, de estúpida, de perra, de calles en la noche y frío para evitar ser golpeada. La memoria la llevó hacia el único de sus parientes que le había dado algo de atención y que le había enseñado que existía, que era visible. Esa única persona había sido expulsada de la casa sin que le dieran la mínima oportunidad de reivindicarse por algo que no cometió. No le permitieron que se la llevara con él. Entonces, en un acto de comunión (y como vería ahora, de piedad), le pasó a escondidas esa cosa plana y grisácea, redonda como un galletón, y le dijo al oído:

  • Este es el objeto de nuestro odio. Ahora te toca cuidarlo a ti.
  • ¡No te vayas! – sollozó sobre su hombro – ¡No me dejes aquí sola!
  • Tranquila mi niña. Sabrás ocuparlo cuando llegue el momento.

La besó, la levantó sobre sus hombros una vez más y apuntó hacia el atardecer entre los altos edificios. Luego la dejó en el suelo y partió hacia allá, hasta perderse calle abajo.

El Objeto del Odio. Cada vez que le pegaban lo apretaba. Cada vez que se burlaban se astillaba las manos hasta hacérselas sangrar apretando sus bordes serrados. Una y otra vez.

El último rugido de advertencia la despertó de su cavilación y una luz cíclopea le apuntó directamente a ella. No había nada más en el universo entre ella y el tren. La niña abrió los brazos y se entregó a su destino.

Entonces, con un grito que emergió desde el fondo de su estomago, recorrió todo el camino hacia su garganta hasta explotar como un rugido atroz en su boca, se giró entera y arrojó el Objeto del Odio con toda su fuerza hacia el tren. Aquella cosa plana y circular recorrió la estrecha distancia que los separaba y cayó en uno de los rieles, antes de que la titánica rueda de metal se posara ahí.

Un sonido de agonía de metal se levantó en toda la ciudad. Los testigos más cercanos dicen haber visto descarrilarse todo el convoy a la salida del puente, recorriendo centenares de metros hasta incrustarse en un grupo de casas, retorciéndolas y transformándolas en un amasijo de carne, gritos y dolor.

Los vecinos que intentaron rescatar a la gente de ese bloque relataron tiempo después el terrorífico estado en el cuál encontraron sus cuerpos aún vivos. Como si una fuerza maliciosa hubiera jugado con ellos, la amalgama de cuerpos mutilados con extremidades arrancadas y trasplantadas de manera imposible aún murmuraba pequeños susurros de auxilio cuando ellos llegaron.

Si bien eran conocidos por todos como una familia de malos tratos y costumbres, eso era demasiado castigo para cualquiera. Así pensaron los presentes, que se arrodillaron y persignaron, dedicándoles una plegaria por el perdón de sus pecados cuando la última sobreviviente, la matriarca, expiró.

La luz del amanecer encontró el cuerpo de la niña flotando boca arriba sobre la tranquila corriente del río, con una sonrisa. Su tío había viajado más allá de donde se pone el sol, y ella iba a su encuentro.

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