Comienza la violación del mundo de la hoja vacía con una palabra que resuena en las paredes de este lugar que no tiene profundidad ni tiempo.

La palabra; invasora, argenta enemiga de la quieta inmovilidad e inocencia de este espacio vacío y blanco, cuál tumba preparada y procesada de algún ser vivo que la dio a nacer en contra su silente voluntad. Aquí yace la historia de lo que fuera un objeto inmaculado.

 La palabra; ¿motivo o propósito de la hoja? ¿Culpable o simple usuario?

Cada una de estas letras brilla contra el espacio níveo, dejando huellas que no cubrirán la niebla del tiempo o el polvo del estante cerrado, la cárcel de los libros.

Una página, luego otra; como un carrusel o montaña rusa, las palabras se aglutinan en frases, y estas en párrafos, islas de sentido entre las cuáles que se navega con la vista desde su orilla final hasta la costa del próximo párrafo, espacios más abajo.

En este espacio, canal de agua blanca, se mueven corrientes de sentido subconcientes. No hay peligro; no se puede caer de la barca porque se desplaza a toda velocidad con la ansia por comenzar a caminar la próxima palabra, orilla de sentido.

 Sin embargo, si te cayeras por la borda, ¿a qué caerías? Al fondo más profundo e infinito, a las corrientes más traicioneras, al lugar más oscuro y tormentoso del universo. Es una caída sin cordura de la cuál sostenerse. Cada hebra de idea, cada cuerpo que navega en el interior, es parte de la incoherencia del pensamiento perdido y peregrino, suelto y esperando algo a lo cuál unirse, otra idea a parasitar, un eslabón para poder sentirse cadena y descansar.

 Esa es la caída del bote. Por eso, cuando sentimos que el texto comienza a dejarnos, nosotros dejamos primero el texto y cerramos el libro. Dejamos lo escrito a la vigilancia de las otras palabras y frases y páginas, atrapadas bajo la presión de las tapas protectoras.

 No sea que miremos demasiado tiempo el abismo, hasta encontrar que los ojos que se reflejan entre reglones no son los nuestros; En la salida de este breve texto, escuchemos el murmullo textual de Nietzsche al declamar que el abismo, invariablemente, nos observará de vuelta (Más allá del bien y del mal, 1886)