I

Hay arreglos que nunca deben hacerse.

En ese sentido, la madurez para saber si se está haciendo lo correcto no existe. Todo es cosa de una pizca de fe, capacidad de proyectar el futuro de manera sensata y mucha suerte.

Rodomiro Vicente Salvatierra no tenía esa claridad cuando, ya famoso y con toda una carrera de pintor hecha, le detectaron Párkinson. ¿Cómo le dices a un futbolista que tendrán que cortarle una pierna, o a un músico que quedará sordo?

Rodomiro contemplaba en las penumbras de su habitación aquel pequeño y esporádico temblor distal, y le parecía un terremoto. Se despertaba sobresaltado por el pequeño movimiento de su mano derecha, e, impotente, lloraba. No tenía nadie a su lado.

Durante décadas se dedicó a la vida bohemia, a disfrutar los mejores aires de París y Londres, a los espectáculos callejeros y a las aventuras de todo tipo. Mujeres y un par de hombres pasaron por su cama, y al menos pudo contar tres amores importantes antes que el aburrimiento le secara la savia vital, para cambiarla por hastío.

Expuso en el MoMa y en El Prado; pintó en las calles llenas de transeúntes en una Plaza Roja atestada de curiosos y periodistas, con un frío que traspasaba los huesos. Lo había hecho todo, ¿y esta era la forma de morir?

Intentó pintar su último cuadro. La traza roja subía con amor y el vértigo de una carrera y ahí, en el momento de dar la curva, el temblor. Y la línea se arruinaba.

Sin control, no era nadie. Su arte fluía cada vez con más miedo, y él atacaba la tela con más rabia. Líneas azules, verdes, amarillas, rojas… manchones… baldazos de pintura, todo eso terminó con un hombre gritando de rodillas en el suelo, preludio de un llanto bajo y desconsolado.

Su carrera había terminado, pero su vida continuaba. Ahora era sólo un anciano millonario y mediocre. Sin su arte, había bajado desde el Olimpo a vivir entre los mortales, pero llegó demasiado tarde para adaptarse.

Sesenta años, y aparte del Párkinson, una salud envidiablemente buena. ¿Qué diablos iba a hacer ahora, durante el resto de vida que le quedaba? ¿Cruceros por el mundo? Ya lo conocía de pies a cabeza. ¿Exploración o aventuras? A su edad y con esa maldita enfermedad progresando, era un suicidio.

Volvió una vez más a su taller. La luz dibujaba columnas en movimiento sobre el polvo de la habitación. Vio el cuadro, un mamarracho de niño, una explosión de furia de un inválido, y supo que si lo vendía, le pagarían millones, porque era suyo pero sobretodo por el morbo de ser el último Salvatierra. Lo estudiarían, usarían infrarrojos y ultravioletas y verían sus fallas. Saldría en el Discovery Channel y quizás le harían entrevistas, en las cuales cobraría mucho dinero por las molestias. Se acercó al cuadro y le prendió fuego.

II

Con quién hizo al trato siempre fue un misterio. Ni siquiera pudo acordarse cómo llegó ahí. Era una agencia oscura al fondo de un pasillo, en alguna callejuela de Brooklyn.

El arreglo con aquél hombre de sombrero y traje gris barato fue el siguiente: si en algún momento de la vida, cualquiera, él volvía a pintar, debía asesinarlo.

Sabía que le sería imposible pasar el resto de sus días sin tomar un pincel. Y cada vez que intentara pintar, se desconocería; nunca más sería digno de su leyenda. Tenía que morir como tal.

Y así pasaron los años, visitando amigos y antiguas novias, navegando su yate y viajando a lugares remotos. Lo intentó todo: medicina vudú y chamanes en México y Colombia; místicos New Age (todos los Best Sellers); la meditación transcendental. Nada. Todo esfuerzo se caía con el continuo movimiento de sus manos.

Algunas noches soñaba con colores que dibujaban autopistas Cherry Red pantón 173c, viajando a tremenda velocidad bajo cielos Gentian Blue, pantón 632c.  En su camino se dibujaban veleros minimalistas y chicas en bikinis de dos tonos, jugando con pelotas hechas de tres trazos, tres colores crudos.

Despertaba ahogado, intentando tragar aire. Una enfermera especialmente elegida por él ingresaba a la carrera, vistiendo una minifalda que le dejaba ver toda su maravillosa anatomía.

Luego de los análisis de rigor, le hacía cariño en la cabeza hasta que el anciano volvía a dormir. Pobre viejo, pensaba ella, pobre viejo millonario.

Se casó con ella y nadie dijo nada. No tenía familia ni herederos. “Quien nace chicharra muere cantando”, recordaron los pocos amigos vivos en su fiesta de matrimonio. “Al menos morirás teniendo buen sexo”, y se rieron a carcajadas estrechando copas de champán. Rodomiro vertió casi la mitad del líquido antes de poder tomar un sorbo.

Una noche de verano, la última de sus 89 años, se levantó de la cama. Su mujer dormía plácidamente.

Subió con gran dificultad hacia el ático, y al abrir la puerta se sobrecogió. En medio de la gran habitación había una tela nueva, impoluta. Sobre ella caía un baño de luz de luna que se colaba por las ventanas altas y cuadradas del estudio.

Avanzó con reverencia. A sus años, ya no le importaba nada. No se llevaría a la tumba ni la fama ni el dinero, ni siquiera a su mujer. Lo único de real valor que tenía  era su vida.

A un costado del atril había una caja de madera, y sobre ella, un pincel. Abrió el cofre y encontró decenas de tubos de la mejor marca. Estaba soñando, se dijo. Aspiró con pena en el pecho, y exhaló decisión. Su mano derecha temblaba como siempre, pero ya no le importaba.

Como una sinfonía imperfecta, trazó una línea de azul sobre la tela blanca. El temblor distal destruyó cualquier intento de pureza y armonía del trazo, pero siguió adelante.

Rojo, y descendió a toda velocidad, rayando hasta casi los bordes con el temblor.

Azul nuevamente y se precipitó desde el borde inferior derecho hacia el borde superior izquierdo, siguiendo una curva suave. Y la magia sucedió: la línea fue perfecta. Rodomiro contuvo la respiración de asombro, y preparó el amarillo.

Trazo tras trazo, línea a línea, construyó un cuadro que para él significaba todo. El pasado perdido lo revivió en cada esquina, lo purificó y denostó. Se rió de sí mismo y sus glorias pasadas, de su estupidez y ceguera.

La tela fue llenándose de colores fuertes, potentes, dirigidos por una mano maestra. Pequeñas pinceladas en algún costado sugerían pausa y detalle dentro del esquema total del cuadro. De improviso, los cielos azules fueron desplazados por cielos rosados pintados sobre ellos, y la furia de colores fue oscureciendo la obra hasta llegar al negro absoluto e imposible, el negro del vacío de la muerte.

Se hizo el silencio, el ruido de la nada, aquél que todo lo traga. Frente a él, en el centro del cuadro, lo observaba la muerte. Una muerte de ojos amarillos.

La paleta de colores cayó de la mano de Rodomiro. El humano estaba frente a su majestad eterna. Un honor.

Despacio y con dificultad, el pintor levantó la paleta y el pincel, y en el medio de aquél vórtice de oscuridad, realizó su última pintura.

III

Eran las 7 de la madrugada cuando emergencias recibió el llamado de la mujer de Rodomiro. No se encontraba en ningún lado de la casa, y necesitaba con urgencia sus medicamentos para el corazón. La policía se desplazó al lugar de los hechos, se hicieron los peritajes correspondientes y se estableció una búsqueda intensiva por todo el estado. Nunca más fue visto.

La desaparición lo catapultó inmediatamente al rango de leyenda. No hubo persona que no supiera algo de su vida, o que no hubiese visto al menos una imagen de sus cuadros. Le hicieron reportajes en Discovery Channel e History Channel, llenos de intrigas y misterio.

El último cuadro de Rodomiro Vicente Salvatierra, encontrado en el ático durante la mañana, fue vendido en una suma astronómica reservada sólo a los cuadros de Van Gogh. Se tituló “Autorretrato en fondo negro”.

Parte de la leyenda dice que sus sucesivos compradores tenían la sensación de que el cuadro los miraba con “desagradable intensidad”