La cazadora siguió la pista fresca entre la vegetación. Por el tamaño de las pisadas, debía tratarse de una buena pieza.

 Sin embargo, el trayecto no salió tan fácil como lo había presupuestado. El dichoso animal se dio el lujo de atravesar matorrales espinosos, riachuelos y subió y bajo cuanto pequeño cerro había en su camino. Ella no sería menos, así que siguió la huella incansablemente durante varias horas. Finalmente escuchó un ruido frente a ella y se agazapó.

Al levantar lentamente la cabeza distinguió un venado blanco, el más grande que hubiera visto jamás, pastando tras un riachuelo a menos de cien metros de ella. En silencio sacó la flecha de su carcaj, tensó la cuerda y se enderezó apuntando al cuerpo del animal. No podía fallar.

Desde su posición, el venado la observó con sus ojos negros sin pupila. Dos vacíos se tragaron su figura en un pozo sin fondo. No había temor en el animal; más bien desafío.

La cuerda sonó y la flecha viajó recta a su meta, impactando en el costado del animal. Este saltó herido y desde su blanca piel se asomó un hilo de sangre. Pero apenas emitió sonido, y sin moverse continuó mirándola con intensidad. La cazadora calzó inmediatamente otra flecha para rematar a su gigantesca presa pero mientras determinaba un punto vital donde clavar la siguiente estocada, el animal simplemente se dio vuelta y, herido como estaba, caminó con parsimonia hacia el interior del bosque.

Lentamente, la cazadora bajó la flecha. Aunque estaba herido, el animal no tenía miedo. Aquella tranquilidad e indolencia le indicaban una sola cosa.

Ella había perdido.

Su presa le había ganado en el juego de la vida y la muerte. Sin miedo, cazar aquel animal sería como atrapar un cuerpo sin vida. En su imaginación vio cómo le disparaba flechazos a quemarropa para luego degollarlo, pero aquellos dos malditos ojos no le quitarían la vista ni un sólo momento. No le haría el quite a la muerte y al final la victima sería ella, pues habría pasado de cazadora a cazada, atrapada por la inquietante tranquilidad de aquel venado blanco.

Mientras lo veía marcharse la mujer se prometió regresar  y la próxima vez, de alguna manera, le vencería.