I

La familia se levantó cuando el cielo comenzaba a aclarar. Después de tantos años ya se habían acostumbrado al procedimiento y no les atemorizaba.

La madre tenía una merienda preparada desde la noche anterior para no perder tiempo. Entre el desordenado ajetreo familiar, el menor de tres hermanos rezongaba disgustado que tenía sueño y no quería salir de la cama. Desde abajo le llegaron los gritos de su padre para que bajara a tomar desayuno.

Minutos después, las pisadas sobre el suelo de madera se aceleraron en un ir y venir desenfrenado. El caos duró cerca de una hora hasta que la familia salió finalmente de la casa. El padre cerró la puerta con cuidado mientras su mujer e hijos los esperaban con el vehículo en marcha

– Muy bien – dijo el papá con una sonrisa forzada – Vamos de paseo – Acto seguido, se pusieron en marcha hacia la frontera.

Los dos menores, de siete y diez años, exclamaron jubilosos y comenzaron a jugar entre ellos. El de trece se sumió en sus pensamientos adolescentes y dejó su vista vagar por los extensos y agrestes valles.

Un destello parpadeante en la pulsera les indicó que su visa de inmigrantes había expirado. La luz pasó del amarillo a rojo. Aleccionados como estaban, los niños no hicieron comentarios al respecto porque sabían que sus padres se ponían irritables.

Además, tan pronto pasaran la frontera, el color volvería con el paso de las horas hacia un saludable verde. Visitarían el pueblo de siempre donde comerían en el mismo sitio de la última vez (si es que existía) y al anochecer, volverían a casa.

– ¿Qué es ese ruido? – preguntó el menor de los hermanos.

– ¿Que ruido?- dijo  el hermano del medio.

– Ese, como una abeja.

Ambos dejaron de jugar y colocaron atención. Efectivamente, un zumbido destemplado crecía paulatinamente. Se miraron con extrañeza y se abalanzaron sobre el hermano mayor. Este se desembarazó de ellos con desagrado, y sólo cuando sus hermanos pudieron expresar al unísono lo que les intrigaba, el joven prestó atención.

– Papá, ¿lo escuchas? – le preguntó al conductor cuando comprobó que aquello no era otro juego de ese par de truhanes.

– ¿Que cosa?

– Ese ruido, como un zumbido.

En el asiento delantero, padre y madre se observaron, se dijeron algo que los niños no alcanzaron a escuchar y el resultado fue un seco “siéntense bien y colóquense sus cinturones” en aquel tono materno que no da opciones a una réplica. De improviso, el ambiente se tensó al interior del vehículo al sentir un súbito aumento de velocidad.

Entre las suaves colinas verdes, a la distancia, el menor de los tres hermanos distinguió algo semejante a una larga oruga de metal. La visión duró apenas unos segundos antes que el vehículo se sumergiera entre las depresiones de la carretera. Esperó hasta despuntar nuevamente sobre las montañas esperando con ansias confirmar su descubrimiento.

– Ven -, le susurró a su compañero de juegos. Este se arrimó a un costado para ver lo que le señalaba con el dedo, y segundos después vieron con claridad una oruga larga y mecánica, la cual reflejaba los destellos del sol. Eso era la que originaba ese sonido.

– ¡Miren! – exclamó el menor de los muchachos apuntando en aquella dirección. Los padres murmuraron algo inaudible y fue el mayor de los muchachos el que apuntó lo que realmente pasaba.

– ¿Eso es una fila de coches?

 II

Estacionaron su vehículo a un par de kilómetros de la frontera, cuando ya no pudieron avanzar más por el taco. El bullicio de las bocinas era ensordecedor, pero lo era aún más los gritos de desconcierto de la multitud que avanzaba hacia la gran cerca divisoria de la frontera. El papá tomó al menor de los hijos en un brazo y al otro lo afirmó fuertemente de la mano.

– ¡Corramos hacia esa parte del muro, donde hay menos gente!

– ¡Qué está pasando! – gritó la mujer con una bolsa de comida en la mano y su bolso en la otra.

– ¡No lo se! ¡Pero todos están corriendo hacia allá!

Apuraron el paso a campo traviesa. El pánico de todas aquellas personas comenzó a inundarlos y los hizo correr por el terreno irregular hacia la alta valla. Desde el otro lado, los esperaba una multitud enardecida.

– ¿Qué pasa, papá? – preguntó el menor que se aferraba a su cuello, con voz temerosa.

– Nada hijo. Afírmate bien.

El sonido de un rotocóptero sobrevolando la frontera se unió al caos. Desde sus altorparlantes, una voz metálica y autoritaria se dirigió a quien quisiera escucharlo.

– … la frontera está cerrada. Repetimos, la frontera está cerrada. Por favor permanezcan en sus vehículos e intentaremos solucionar la protesta lo más rápido posible…

Detrás de la alta verja, otro rotocóptero se comunicaba con el mar humano que repletaba la zona fronteriza. Un gran lienzo fue depositado por un grupo de manifestantes, que resumía el pensamiento de todo un pueblo: “Fuera la escoria inmigrantes. Muéranse de una vez”.

“Dios mío”, pensó el hombre. Aunque lograran cruzar el cerco, al otro lado seguramente los lincharían. Entonces escuchó un sonido agudo y repetitivo emergiendo desde sus pulseras.

– ¡Rápido! ¡Corran!

Al acercarse a la reja escucharon a la gente del otro lado escupir maldiciones en su cerrado acento.

– ¡Váyanse al diablo! ¡Muéranse todos!

– ¡No los queremos aquí, escoria maloliente! ¡Vuelvan a su país!

– ¡No pisaran nuestro césped nunca más!

Las manos de los miles de inmigrantes se aferraban a la reja de alambre entrelazado que los separaba del país vecino, a escasos centímetros, que les permitiría continuar viviendo. Lloraban de desesperación mientras la gente les golpeaba las manos con puños y patadas para que se soltaran.

Se escuchó una terrible explosión, y por los aires apareció un automóvil envuelto en llamas. Desde el otro lado de la frontera, un tanque daba vuelta su cañón principal con amenazante parsimonia. Nadie pasaría a la fuerza.

-¡Muerte! ¡Muerte! ¡Muerte! – se produjo un espontáneo coro desde la multitud ubicada al otro lado de la reja. Cientos de inmigrantes hicieron un desesperado intento por salvarse y comenzaron a trepar la reja, y todos murieron baleados o acuchillados por individuos que los seguían desde el otro lado para impedirles el paso. Hubo intercambio de disparos aislados en algunas zonas de la frontera, pero no estuvieron dispuestos a masacrar a todos.

Querían ver el espectáculo.

– ¡Allá hay un claro! – gritó el hombre – ¡Escalemos por ahí!

Por el otro lado, una turba de gente los siguió. Sería inútil escalar la reja pero no tenían otra opción. Tras él, su esposa trastabilló y cayó al suelo, desde donde gritó desesperada:

-¡Por favor, llévense a nuestros niños! ¡Por favor!

La voz clara de otra mujer le espetó:

-¡No! ¡No queremos mierda en nuestras tierras! ¡Muéranse ya!

El hombre se dio vuelta y la levantó de un tirón para seguir corriendo. Entonces, tras un intenso y largo pitido, la mujer explotó.

La mano del hombre se quemó con el calor generado por la desintegración. Alrededor suyo, un coro de voces agónicas fue superado por las breves y controladas explosiones producidas por el desintegrador incorporado en el brazalete. El hombre vio a sus hijos chillar y desaparecieron en un estallido de chispas.

El pequeño que se aferraba al cuello se desintegró y el hombre acunó durante un instante una columna de aire hirviente donde un segundo atrás llevaba a su retoño. Cayó de rodillas atravesado por un dolor que nada tenía que ver con las quemaduras de su cuerpo.

Se miró las palmas ennegrecidas. Ahí estaban las cenizas de su mujer y su hijo, la huella carbonizada de toda su vida. La pulsera emitió el largo y final pitido, y desde el interior de su piel destelló una luz rojiza. Había sido una buena vida para un final tan amargo. De rodillas, pidió perdón por no haber salvado a su amada familia.

Su cuerpo se desintegró en miles de diminutas partículas de fuego, las cuales cayeron sobre el pasto ennegrecido. La multitud abucheo y vitoreo indistintamente a los sucios y cerdos inmigrantes que les quitaban el trabajo y ensuciaban su orden y su vida cotidiana. Se lo tenían merecido.

Epílogo

“…miles de detenidos en la frontera, los cuales propiciaron la mayor masacre en tiempos de paz de los últimos cincuenta años. Sin embargo, el ministro de Inmigración señaló que este desafortunado incidente no hará cambiar la política sobre el uso de los brazaletes de desintegración:

– Ha probado ser un elemento regulador, y a la vez disuasivo, de gran efectividad. Nuestros compromisos con las embajadas de los países hermanos nunca se vieron afectadas hasta el trágico día de hoy, lo cuál prueba que es una herramienta a la vez segura y estable…

-Ministro, disculpe pero ¿le parece seguro el asesinato en masa de catorce mil personas que intentaron infructuosamente cruzar la frontera el día de hoy? ¿No es acaso condenarlos a la muerte el tener un procedimiento tan restrictivo que les impida salir fuera del país hasta el mismo día del término de su visa?

-El problema, señorita, no fue ni de procedimientos ni de tecnología. Fue el odio, y las consecuencias de ese odio pertenecen a otro departamento que no es el que dirijo yo, sino el respetable ministro de justicia, el cual le referirá los resultados de las investigaciones a nuestro canciller para que se tomen las medidas diplomáticas y legales del caso. Muchas gracias.

-Ministro… “- un desconcierto de voces y micrófonos siguieron el trayecto del hombre hasta el auto negro que lo esperaba afuera del edificio. El día amenazaba con lluvia, como la mayor parte del año, y los periodistas vieron partir raudo al representante del gobierno.

“Estas han sido las palabras del ministro, quién asistirá durante la tarde a una misa en memoria de las víctimas. Para mañana el presidente agendó una reunión de emergencia para tratar el tema. Desde el Palacio de Justicia, soy Katherine Youvone.”

La periodista apagó su videograbadora y observó a resto de sus colegas dispersarse para redactar la noticia. Las primeras gotas cayeron sobre ella, arrastradas por el viento desde kilómetros de distancia donde las nubes engordaban y oscurecían. Suspiró de dolor y hastío, cuestionando la mierda de gobierno que podía haber permitido que esto sucediese.

Luego, con resignación, se respondió que no había sido sólo su país el culpable de esto. Todos estaban metidos hasta el cuello con aquel asesinato en masa, porque nadie se opuso con demasiada fuerza a la medida que se había implementado décadas atrás. Su país era poderoso e influyente, así que ¿quién se atrevería a apuntarlo con el dedo por las injusticias cometidas sistemáticamente contra los más débiles?

Se ajustó su chaqueta y sacó un cigarrillo. Aspiró el humo con ansiedad, pero ni la angustia ni el escalofrío que recorría su espinazo desaparecieron.