La muerte nos visita de tanto en tanto, mi querida, tal como cuando me besaste. Te pido que no te sientas culpable por eso. Ahora que vengo a buscarte con el amor infinito de Aquel Que Me Cobija te pregunto, ¿Me seguirás?

¡Vete! ¿Es que no me escuchas? ¡Vete! ¡Ya no te quiero, mugriento y miserable mendigo! ¡Nunca te quise!

No, ya no te voy a escuchar. Tus palabras no me alcanzan, Bautista, porque yo soy la que te mató, ¡yo pedí tu cabeza, Juan Impotente Bautista! ¡Yo, Salomé, la niña de los ojos del reino! ¡La más bella de todas! ¡La más bella…!

Juan, déjame en paz, por favor. Por favor… no más…

La muerte nos visita de tanto en tanto, ¿eso es lo que me quieres decir? ¿Me vienes a llevar, de la mano? Tan agradable son tus palabras, tus susurros en mi oído como el viento nocturno del desierto. Si, Bautista, te sigo.

Salomé se arrojó desde el balcón de su atalaya en una noche de luna llena, buscando el abrazo del único hombre que la rechazó. Fue a su encuentro con una sonrisa de calmada tranquilidad, perdiéndose decenas de metros más abajo entre las sombras nocturnas de los edificios.

Sin embargo, en sus últimos segundos de vida dudó. Juan jamás le había dicho “querida” porque sólo su padrastro Herodes podía hacerlo.

Cuando la oscuridad se apoderó de ella, Juan el Bautista lloró.