Las manos del hombre temblaban.

–          He perdido la capacidad de hacer cariño – musitó con pena.

La periodista lo miraba desde el sillón sin hacer comentarios. “Que lástima no haber traído cámara. Su figura iluminada por la luz que cae oblicua desde la ventana enfrente suyo es magnifica. Un himno a la soledad y la vejez”.

–         Yo hacía muy buenos cariños, ¿sabe? Y además, muy buenas caricias. Solía seguir el contorno sinuoso del aire y las columnas de humo con mis manos danzando entre las espirales grises. De cuerpo nunca fui muy suelto; de hecho, era más bien torpe, pero mis manos… eran una delicia.

La joven se ajustó los lentes como única respuesta. Su frialdad contrastaba con su sonrisa profesional.

–         Ah si, mi historia. Bueno señorita, si me permite sentarme… – y dejó caer su gran cuerpo con dificultad sobre un sillón de cuero mullido negro – Ahora sí. Bien. ¿Usted viene a ver al artista, al visionario o al asesino?

–         A quién usted quiera presentarme.

–         Serví al escuadrón veinticuatro de la Real Fuerza Aérea, reconocimiento en su mayor parte – dijo sin más preámbulos – Nunca me entrenaron formalmente como piloto, pero estábamos perdiendo la guerra y necesitaban jóvenes valientes y estúpidos para volar esos aparatos circulares. Les dije que era bueno con la electrónica y me hicieron subir. ¡Sí que eran difíciles los comandos de esa endiablada nave! No como los que hacen ahora.

–         ¿Usted fue piloto OVNI? – se asombró la reportera, en su primera señal de emoción real desde que lo contactó por teléfono para el reportaje.

–         Así es, señorita. El último vivo en este lado del mundo.

–         ¿Y en verdad era tecnología extraterrestre?

El hombre se quedó en silencio un largo rato. La mujer captó que había pasado una línea invisible y que podía haber perdido el camino hacia una gran historia, por lo que calló y esperó.

–         Siriana, por lo que me contaron – dijo al fin el anciano, con voz seria y cortante.

–         Increíble. ¿Sabe? Esta es la primera constatación oficial que tenemos de un piloto OVNI sobre el origen de las naves. ¿Era muy dificil de controlar?

El hombre suspiró con exasperación y continuó.

–         Extremadamente difícil. Los controles eran táctiles y mentales, y habían sido desarrollados para cosas con dedos más largos y más numerosos que los nuestros. La ingeniería inversa había logrado acercar en algo los controles a nosotros, pero seguía siendo complicado. A mi me costó poco aprender la mecánica – y le mostró sus manos blancas y pecosas – ya sabía acariciar y mover bien mis dedos – comentó con usa sonrisa.

La periodista le sonrió de vuelta, esta vez con complicidad.

–         Continúe, por favor.

–         Después de la guerra, trabajé con Deschamps y Marcolí en el desarrollo de las esculturas electromagnéticas. Marcolí traía el concepto de la malla de monofilamento metálico y yo aporte con el circuitaje y los campos de modelaje electromagnéticos. Ensayo y error, así fue durante un par de años, hasta que dimos con la configuración correcta e invitamos a Deschamps a experimentar con esculturas modeladas por campos.

–         Las esculturas vivientes

–         Eso es. El tipo era un genio. Sentía el flujo de la energía y lo transmitía de tal manera que todas sus construcciones poseían una organicidad única. Sacaba el movimiento desde sus propios músculos y emociones y modelaba en aras de una sinfonía que escuchaba sólo en su cabeza. Con Marcolí nos sentábamos y contemplábamos el proceso anonadados. Fue un buen tiempo para todos nosotros.

–         Deschamps tiene exposiciones permanentes en Wall Street, Trafalgar Square…

–         Y Paris, Madrid, Tokio… si, el bastardo se hizo muy rico, mientras nosotros pasábamos a segundo plano. Eso molestó mucho al italiano, porque nosotros nos considerábamos un equipo, mientras que él se llevaba todos los créditos. Era un genio, indudablemente, pero su ego era más grande que su escultura de Wall Street.

–         ¿Por eso lo asesinaron?

Desde el sillón se pudo sentir la intensidad de la mirada del hombre.

–         Fue un accidente, como probó la fiscalía. Un cable suelto por culpa del mal montaje de la empresa contratista…

–         Sabemos los detalles. Usted ya fue exculpado y a su edad no pueden encarcelarlo. ¿Es verdad o no? ¿Lo asesinaron?

–         No señorita. Realmente fue un accidente, aunque admito que hubo negligencia de mi parte al no revisar la instalación antes del comienzo del espectáculo. Ya habíamos trabajado antes con esa empresa y nunca tuvimos problemas.

–         Sólo hubo uno y le costó la vida a Marciel.

–         Y nuestra reputación como equipo, al igual que la empresa contratista. Todos nos fuimos al carajo, señorita. Si, detestábamos a ese hombre, pero comíamos gracias a sus geniales creaciones.

–         ¿Que fue después de su colega italiano?

–         Marcolí se dedicó a trabajar en una empresa de ingeniería en maquinarias. Le fue bien; se casó y tuvo tres hijos, una señora despampanante y buena en la cama, hasta que el corazón le dijo basta.

–         ¿Marconí está muerto?

–         La semana pasada – el hombre lanzó una falsa carcajada – ¡Apenas salió en los obituarios de su ciudad! Nadie recuerda la maravillosa invención de ese viejo loco. Un gran amigo… – su voz se sumió en un breve silencio que la periodista respetó – Luego empecé yo a construir las esculturas. Adapté el sistema para construir con el movimiento de mis manos. La verdad es que yo reconozco que no le llegó ni siquiera a los talones a lo que hacía el francés, pero no son malas, ¿verdad?

–         No sea modesto. El premio de la Bienal Internacional de Escultura de Madrid, El Arrete Dux, El ISA y el New York Magnificent no son pocos merecimientos.

–         Es verdad – sonrió – y eso me ha permitido vivir con cierta holgura,

–         ¿Es cierto que el Jeque Al Thani tiene una obra de usted?

–         En el centro de un patio de agua impresionante. Fue muy inspirador trabajar para él, la verdad. Es un buen hombre, de una mente amplia y muy generoso.

–         Dígame entonces, ¿que hace un genio como usted acá, en esta habitación mugrienta y en penumbras de una desconocida callecita suramericana?

–         Lo mismo que usted, señorita: creyendo que estamos vivos.

El hombre movió las manos y exclamó con júbilo.

–         ¡Al fin la recuperé! ¡Observe!

Movió con suavidad la muñeca izquierda y conjuró sus dedos en un movimiento espiral, semejante a la rotación de un abanico. Las paredes de la habitación se desplomaron de inmediato hacia los costados dejando entrar la luz a raudales. La mujer gritó de sorpresa y su presencia no importó más.

Desde el cielo, una luz blanca descendió sobre ellos. Llenó todo el espacio de conciencia encegueciendo a quién osara mirarla. Unas voces susurraron palabras desconocidas y el hombre se dejó ir, flotando en calma fuera del espacio textual de esta creación.

Era un hombre agradecido de la vida que se le dio. La última palabra que nos dejó fue su sonrisa.