Salió al balcón de su departamento con el diploma enviado la semana anterior por correo expreso. Respiró profundamente y lo contempló.

En letra manuscrita y elegante aparecía su nombre, reconociéndolo con el ganador del Gran Premio de Literatura Centauro. Se apoyó en la baranda y pensó que en ese momento debería haber estado en España, recibiendo el galardón y un suculento cheque, deslumbrado por incontables flashes y preparándose para dar el discurso correspondiente y las posteriores entrevistas.

Las alarmas se elevaron desde el suelo y como todos, alzó la vista para ver el final cayendo sobre sus cabezas. En el cielo rojo e incendiado se asomó la punta de aquella mole enviada por la mano juguetona de Dios.

Lo recibió como correspondía, vestido de etiqueta y con una copa de Martini Bianco en la mano. Maldito asteroide ¿cómo podía ser tan desafortunado que el día de su gran triunfo, por el cuál había trabajado toda una vida sacrificando familia, tiempo, dinero y buenos momentos, encerrado en un subterráneo y autocondenado a escribir sin pausa hasta lograr una historia que lo hiciese famoso y rico, coincidiera con el fin del mundo?

“Al final de todo”, suspiró resignado, “lo único que nos queda son historias”. Saludó al invitado de piedra y bebió a su salud.

La tierra, entonces, comenzó a estremecerse.