I

 Irguén, una gran roca en el espacio. Su superficie gris que brilla ante el ojo sin párpado del sol, está llena de cráteres y huellas de seres que pasaron por ahí.

 “Irguén, compañeros, será nuestra nueva y mejor arma. O cumplen nuestras exigencias, o nuestro planeta tendrá un encuentro con este objeto. Y dado su tamaño, será el último. “

 Abrión se dio media vuelta para observar a la conmocionada asistencia. Sabía lo que pensaban. “¿Está loco? ¿Sería capaz de arrojar un asteroide de ese tamaño sobre sus propias cabezas?”

Probablemente la respuesta a las dos interrogantes eran afirmativas. Sin embargo, su mente superior había calculado todos los costos y consecuencias para la vida, y a pesar de la catástrofe inmensa que esto significaría para la civilización, la flora y fauna, el planeta sobreviviría.

 “Así que, compañeros, hoy enviaremos nuestro ultimátum al Regente de Especies: nos entregan la capital, ¡o lo último que verán sera una estrella roja llenando el cielo de terror!”

“Abríon, no puedes estar hablando en serio. ¿Vas a destruirnos a todos sólo para reclamar una ciudad…?

“¿Una ciudad? ¿Dijiste ‘una ciudad’? ¿Después de tanto tiempo aún no captas la importancia que tiene la capital para nuestra causa?

El silencio se impuso en el salón de piedra. Los emisarios dieron un paso atrás y abandonaron al pobre desdichado a su suerte, el cual emitió una breve y terrible andanada de gritos y murmullos ahogados antes de caer al suelo con su cuello cercenado hasta casi la mitad. Abrión se incorporó y observó al resto de su comité en silencio durante unos instantes.

“¿Alguien tiene algo más que agregar?”

El silencio fue suficiente respuesta. Esa tarde, su ejército entraría en la gloriosa Capital de Oro.

II

La pantalla se apagó, y el Regente quedó estupefacto. ¿Sería posible que aquella bravata fuera cierta?

“Edjim, dime, ¿Es posible lo que él dice? ¿Puede hacer caer esa roca sobre nosotros?

El jefe del consejo de los Sabios sacudió su cabeza de manera afirmativa. Un destello tornasolado rebotó sobre su cabeza, generando un pequeño arco iris.

“Si, Regente”.

A través del ancho y alto dintel de mármol blanco asomó Reufeus, agachándose al pasar.

“Mi señor, los vigías nos informan que ya viene avanzando el ejército de Abríon. Tengo soldados apostados en las murallas y los voladores están listos para atacar. Pero son muchos”

“¿Cuantos?”

“Los suficientes para transformar una confrontación en el peor baño de sangre que tengamos memoria”

El Regente paseó a tranco lento y pesado, meditabundo. El tiempo jugaba absolutamente en contra de ellos. ¿Enfrentarlos y desafiar aquella amenaza, o dejarlos entrar hasta el capitolio para declararlo el nuevo soberano de todas las especies?.

Desde el rabillo de su amarillento ojo observó al consejo. Leales y sabios, ninguno había podido prever que entre ellos se sentaba la semilla de la peor traición jamás cometida. El era un anciano sin mucho que perder, pero el resto de ellos y sus familias…

“Compañeros, vamos a la guerra”.

“Si señor”, respondió enérgicamente en general Reufeus, y se retiró a toda velocidad. Entre los presentes cundió el temor. El Regente intentó calmarlos.

“Abrión es condenadamente brillante, pero no está loco. No lanzará un asteroide contra el planeta si sabe que nadie, ni siquiera él, podría sobrevivir”.

Sin embargo, en el mismo momento en que lo enunciaba, la duda rondó por su cabeza.

III

“¡Abrión, estamos retrocediendo!”, rugió una voz en medio de la carnicería

“¿Quién dio esa infame orden?”, respondió mientras cortaba la garganta de un oponente. La respuesta tardó en llegar, y la voz sonó fatigada.

“¡Nadie! ¡Nos están empujando contra el rio! ¡Son demasiados…”

Un grito desgarrador surgió de su lugarteniente, preso de la furia salvaje de tres guerreros y sus malditos talones ensangrentados. La mente de Abrión pensó con la claridad de la muerte cercana. “Prometí una hecatombe si no me dejaban entrar a la capital. Bien, si he de morir hoy… ¡Se van todos conmigo al infierno!”

Rebuscó entre su ropaje un aparato pequeño y se lo engarzó en la garra. Por un segundo, el ruido de la batalla dio paso a un intenso ulular que se expandió en ondas concéntricas por el terreno selvático, levantando un espantoso viento que torció árboles de gruesos troncos, haciendo que la mayor parte de los combatientes perdieran el equilibrio y cayeran al suelo.

Un rayo blanco partió desde el centro de aquella explosión sónica, traspasó la atmósfera y buscó en el directorio infinito del cosmos hasta encontrar la blanca e inocente superficie de Irguén. Atraída por el llamado, el asteroide cambió su trayectoria y se encaminó hacia aquel planeta que lo invitaba a un encuentro violento.

“Está hecho”, fue el comentario que formuló quedamente su gestor. Mientras los ruidos de espanto aumentaban entre todas las filas, Abrión desapareció del campo de batalla en busca del sitio seguro.

IV

“Moriremos, su Majestad”.

“¿No hay nada más que hacer?”

El consejero suspiró con desazón. Frente a la terrible verdad, el Regente murmuró para sí. “Por la Existencia, esta bestia criminal cumplió con su palabra. Me equivoqué al juzgarlo”.

“Majestad”, interrumpió su servidor principal, “todos están esperando sus instrucciones”.

“Muy bien”. Enfiló hacia un largo corredor en penumbras, estrecho y frío que desembocaba en el amplio balcón. La caminata le pareció eterna.

Al aparecer, cientos de miles de espectadores se agolpaban para saber de él si la noticia era cierta. Un pequeño disco flotó hacia su cuello y se depósito con suavidad. Al hablar, todos lo escucharon.

“Mis protegidos, lamento informarles que hemos fallado. El enemigo ha cumplido con su amenaza, y en estos instantes la estrella brillante que vemos sobre nosotros será nuestra condena de muerte en el amanecer de mañana. Sólo sobrevivirán aquellos que estén lo más alejado del sitio de impacto, el cual será en las cercanías de la capital.”

Pensó un momento. ¿Qué más les puedo decir? ¿Que hemos de morir por un problema de ego? ¿De ideas disimiles? ¿De poder? ¿Que uno de ellos mismos prefería el poder absoluto y tener la razón sobre, incluso, la vida del resto?

“Atesoren estos momentos que les quedan”, dijo al fin. “Estamos todos juntos, y nuestras almas viajaran unidas hacia aquel sitio endonde las guerras no existen. Hasta entonces.”

Dejó el balcón con un silencio ominoso a su espalda.

V

Quizás en un acto de justicia poética, la brillante inteligencia de Albrión erró mínimamente en sus cálculos, y la espantosa colisión del asteroide desplazó las placas tectónicas en un ángulo distinto al que había planificado. Después de todo, hay cosas que son prácticamente incalculables.

Murió aplastado por los muros de protección de su fortaleza subterránea. Ninguno de sus seguidores sobrevivió.

La atmósfera se sobrecalentó hasta producir la ignición del oxígeno, transformando la bóveda celeste en un oceano de fuego. El punto de impacto del inmenso cuerpo celeste se convirtió en el eje de una  completa reformación  de la geográfia terrestre. Quienes no murieron por la onda expansiva ni por el mar de fuego, se enfrentaron al mar, con olas que alcanzaron el tamaño de montañas.

Al cabo de 72 horas, la vida en el planeta se había convertido en una joya rara y única. Sin embargo, algunos de los antiguos habitantes del planeta sobrevivieron junto a un puñado de pequeñas alimañas. Cuando el planeta recuperó la calma, las razas primigenias tomaron la decisión de abandonar aquel mundo que ya no reconocían.

Las eras pasaron, y aquellas criaturas que sobrevivieron junto de ellos evolucionaron en unas bestezuelas diminutas y bípedas, las que progresivamente perdieron el pelo

Los pocos habitantes originales supieron a ciencia cierta que pronto deberían desaparecer de la vista de ellos. Eran bravucones y extremadamente agresivos. Con el tiempo, intentaron establecer contacto con esas bestias primitivas, pero la mayor parte de sus intentos terminaron en muerte. Sólo algunas tribus se mostraron más dúctiles a su contacto y, con el tiempo, coexistieron en relativa armonía.

Finalmente lograron recuperar parte del conocimiento perdido, construyeron arcas voladores y les dejaron el planeta a las nuevas especies. Ojalá nunca cometieran sus errores.

Cada cierto tiempo envían una nostálgica expedición hacia el planeta que alguna vez llamaron “hogar”, y observan con tristeza cómo hemos seguido su mismo camino. Les intriga, sin embargo, que aún retengamos algunas imágenes de sus cuerpos alargados volando sobre las nubes, y no seamos capaces de relacionar esas imágenes con los cadáveres de sus congéneres que desenterramos periódicamente.

Comentan entre ellos: “¿Cuál será el interés de esta especie por nuestros huesos dejados hace tanto tiempo? ¿Se preguntarán quienes y cómo eran estos gigantes que habitaron el mundo antes que ellos existieran?”.

Y más de alguno murmura: “Si supieran que los seguimos observando desde el cielo, con preocupación”