Archive for agosto, 2011


Creaciones

Las manos del hombre temblaban.

–          He perdido la capacidad de hacer cariño – musitó con pena.

La periodista lo miraba desde el sillón sin hacer comentarios. “Que lástima no haber traído cámara. Su figura iluminada por la luz que cae oblicua desde la ventana enfrente suyo es magnifica. Un himno a la soledad y la vejez”.

–         Yo hacía muy buenos cariños, ¿sabe? Y además, muy buenas caricias. Solía seguir el contorno sinuoso del aire y las columnas de humo con mis manos danzando entre las espirales grises. De cuerpo nunca fui muy suelto; de hecho, era más bien torpe, pero mis manos… eran una delicia.

La joven se ajustó los lentes como única respuesta. Su frialdad contrastaba con su sonrisa profesional.

–         Ah si, mi historia. Bueno señorita, si me permite sentarme… – y dejó caer su gran cuerpo con dificultad sobre un sillón de cuero mullido negro – Ahora sí. Bien. ¿Usted viene a ver al artista, al visionario o al asesino?

–         A quién usted quiera presentarme.

–         Serví al escuadrón veinticuatro de la Real Fuerza Aérea, reconocimiento en su mayor parte – dijo sin más preámbulos – Nunca me entrenaron formalmente como piloto, pero estábamos perdiendo la guerra y necesitaban jóvenes valientes y estúpidos para volar esos aparatos circulares. Les dije que era bueno con la electrónica y me hicieron subir. ¡Sí que eran difíciles los comandos de esa endiablada nave! No como los que hacen ahora.

–         ¿Usted fue piloto OVNI? – se asombró la reportera, en su primera señal de emoción real desde que lo contactó por teléfono para el reportaje.

–         Así es, señorita. El último vivo en este lado del mundo.

–         ¿Y en verdad era tecnología extraterrestre?

El hombre se quedó en silencio un largo rato. La mujer captó que había pasado una línea invisible y que podía haber perdido el camino hacia una gran historia, por lo que calló y esperó.

–         Siriana, por lo que me contaron – dijo al fin el anciano, con voz seria y cortante.

–         Increíble. ¿Sabe? Esta es la primera constatación oficial que tenemos de un piloto OVNI sobre el origen de las naves. ¿Era muy dificil de controlar?

El hombre suspiró con exasperación y continuó.

–         Extremadamente difícil. Los controles eran táctiles y mentales, y habían sido desarrollados para cosas con dedos más largos y más numerosos que los nuestros. La ingeniería inversa había logrado acercar en algo los controles a nosotros, pero seguía siendo complicado. A mi me costó poco aprender la mecánica – y le mostró sus manos blancas y pecosas – ya sabía acariciar y mover bien mis dedos – comentó con usa sonrisa.

La periodista le sonrió de vuelta, esta vez con complicidad.

–         Continúe, por favor.

–         Después de la guerra, trabajé con Deschamps y Marcolí en el desarrollo de las esculturas electromagnéticas. Marcolí traía el concepto de la malla de monofilamento metálico y yo aporte con el circuitaje y los campos de modelaje electromagnéticos. Ensayo y error, así fue durante un par de años, hasta que dimos con la configuración correcta e invitamos a Deschamps a experimentar con esculturas modeladas por campos.

–         Las esculturas vivientes

–         Eso es. El tipo era un genio. Sentía el flujo de la energía y lo transmitía de tal manera que todas sus construcciones poseían una organicidad única. Sacaba el movimiento desde sus propios músculos y emociones y modelaba en aras de una sinfonía que escuchaba sólo en su cabeza. Con Marcolí nos sentábamos y contemplábamos el proceso anonadados. Fue un buen tiempo para todos nosotros.

–         Deschamps tiene exposiciones permanentes en Wall Street, Trafalgar Square…

–         Y Paris, Madrid, Tokio… si, el bastardo se hizo muy rico, mientras nosotros pasábamos a segundo plano. Eso molestó mucho al italiano, porque nosotros nos considerábamos un equipo, mientras que él se llevaba todos los créditos. Era un genio, indudablemente, pero su ego era más grande que su escultura de Wall Street.

–         ¿Por eso lo asesinaron?

Desde el sillón se pudo sentir la intensidad de la mirada del hombre.

–         Fue un accidente, como probó la fiscalía. Un cable suelto por culpa del mal montaje de la empresa contratista…

–         Sabemos los detalles. Usted ya fue exculpado y a su edad no pueden encarcelarlo. ¿Es verdad o no? ¿Lo asesinaron?

–         No señorita. Realmente fue un accidente, aunque admito que hubo negligencia de mi parte al no revisar la instalación antes del comienzo del espectáculo. Ya habíamos trabajado antes con esa empresa y nunca tuvimos problemas.

–         Sólo hubo uno y le costó la vida a Marciel.

–         Y nuestra reputación como equipo, al igual que la empresa contratista. Todos nos fuimos al carajo, señorita. Si, detestábamos a ese hombre, pero comíamos gracias a sus geniales creaciones.

–         ¿Que fue después de su colega italiano?

–         Marcolí se dedicó a trabajar en una empresa de ingeniería en maquinarias. Le fue bien; se casó y tuvo tres hijos, una señora despampanante y buena en la cama, hasta que el corazón le dijo basta.

–         ¿Marconí está muerto?

–         La semana pasada – el hombre lanzó una falsa carcajada – ¡Apenas salió en los obituarios de su ciudad! Nadie recuerda la maravillosa invención de ese viejo loco. Un gran amigo… – su voz se sumió en un breve silencio que la periodista respetó – Luego empecé yo a construir las esculturas. Adapté el sistema para construir con el movimiento de mis manos. La verdad es que yo reconozco que no le llegó ni siquiera a los talones a lo que hacía el francés, pero no son malas, ¿verdad?

–         No sea modesto. El premio de la Bienal Internacional de Escultura de Madrid, El Arrete Dux, El ISA y el New York Magnificent no son pocos merecimientos.

–         Es verdad – sonrió – y eso me ha permitido vivir con cierta holgura,

–         ¿Es cierto que el Jeque Al Thani tiene una obra de usted?

–         En el centro de un patio de agua impresionante. Fue muy inspirador trabajar para él, la verdad. Es un buen hombre, de una mente amplia y muy generoso.

–         Dígame entonces, ¿que hace un genio como usted acá, en esta habitación mugrienta y en penumbras de una desconocida callecita suramericana?

–         Lo mismo que usted, señorita: creyendo que estamos vivos.

El hombre movió las manos y exclamó con júbilo.

–         ¡Al fin la recuperé! ¡Observe!

Movió con suavidad la muñeca izquierda y conjuró sus dedos en un movimiento espiral, semejante a la rotación de un abanico. Las paredes de la habitación se desplomaron de inmediato hacia los costados dejando entrar la luz a raudales. La mujer gritó de sorpresa y su presencia no importó más.

Desde el cielo, una luz blanca descendió sobre ellos. Llenó todo el espacio de conciencia encegueciendo a quién osara mirarla. Unas voces susurraron palabras desconocidas y el hombre se dejó ir, flotando en calma fuera del espacio textual de esta creación.

Era un hombre agradecido de la vida que se le dio. La última palabra que nos dejó fue su sonrisa.

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Invitado de piedra

Salió al balcón de su departamento con el diploma enviado la semana anterior por correo expreso. Respiró profundamente y lo contempló.

En letra manuscrita y elegante aparecía su nombre, reconociéndolo con el ganador del Gran Premio de Literatura Centauro. Se apoyó en la baranda y pensó que en ese momento debería haber estado en España, recibiendo el galardón y un suculento cheque, deslumbrado por incontables flashes y preparándose para dar el discurso correspondiente y las posteriores entrevistas.

Las alarmas se elevaron desde el suelo y como todos, alzó la vista para ver el final cayendo sobre sus cabezas. En el cielo rojo e incendiado se asomó la punta de aquella mole enviada por la mano juguetona de Dios.

Lo recibió como correspondía, vestido de etiqueta y con una copa de Martini Bianco en la mano. Maldito asteroide ¿cómo podía ser tan desafortunado que el día de su gran triunfo, por el cuál había trabajado toda una vida sacrificando familia, tiempo, dinero y buenos momentos, encerrado en un subterráneo y autocondenado a escribir sin pausa hasta lograr una historia que lo hiciese famoso y rico, coincidiera con el fin del mundo?

“Al final de todo”, suspiró resignado, “lo único que nos queda son historias”. Saludó al invitado de piedra y bebió a su salud.

La tierra, entonces, comenzó a estremecerse.

La cruzada

I

 – Observa, fiel compañero.

A las luz de las velas, extrajo un objeto alargado desde el interior de una refinada caja de madera. Ante el creciente asombro de su escudero, el hombre separó la delgada estructura que sostenía en sus manos y reveló su verdadera naturaleza: una simple y perfecta espada.

Desde el pulcro mango negro emergía una larga y recta hoja, brillante como las frías estrellas que reinaban esa noche sobre el desierto. Las velas daban una débil luz al cuarto, pero los reflejos sobre el acero la multiplicaban. El caballero dio vueltas la espada con lentitud, y escudero observó en su reflejo imágenes de mundos distantes por donde la gente de su especie holla caminos en un tránsito de un sólo destino. Nadie de los que va por esos senderos retorna.

– ¿Se lo robó? ¿Cómo, mi señor?

– Con ayuda de los ángeles. No digamos más; arrodillados como estamos, velemos esta arma hasta el amanecer, donde por fin nos iremos de este maldito lugar que nos ha retenido tanto tiempo. Si no detenemos al ejército de gigantes blancos, nuestro viaje, toda nuestra vida, habrá sido en vano.

II

Habían estudiado durante meses el ciclo de trabajo de su prisión. En este tiempo se presentaron como serviles cautivos y siguieron todas las órdenes que les indicaron, a riesgo de volverse locos. Con el tiempo, sus captores dejaron de prestarles atención y así pudieron tramar el plan que esa madrugada les permitiría escapar de ahí.

Salieron a la intemperie con lo puesto y el frio los agredió con violencia. El escudero se estremeció, pero el abrazo de su señor le dio fuerzas y siguieron adelante. La puerta estaría abierta sólo unos minutos mientras realizaban el cambio de guardia.

– Ahora – susurró el caballero, y corrieron agachados si mirar atrás. No hubo gritos de advertencia cuando cruzaron el puente; ninguno de los aldeanos se fijó en ellos cuando descendieron por las estrechas callejuelas. No pararon de correr hasta que dejaron de observar los techos de las casas y la imagen de su prisión sólo fue un punto recortado contra las montañas.

Viajaban con poca comida y agua. No la necesitaban, porque una vez que asesinaran a los gigantes, los ángeles vendrían en su rescate. Se lo habían prometido a su señor, y él lo había escuchado claramente.

El periplo fue, sin embargo, más extenuante de lo ambos hubieran podido imaginar jamás. El desierto los castigaba sin clemencia durante el día con un calor que les dejó llagas desde el primer momento, y la noche los mataba de frio. Durmieron sobre la arena, y varias veces tuvieron que taparse con ella. El escudero lloraba en silencio mientras su amo lo abrazaba para intentar tranquilizarlo.

Finalmente, luego de incontables días y noches y con sus fuerzas reducidas a una mínima expresión, llegaron al valle donde acampaban los gigantes blancos. Subieron sigilosamente sobre una colina, y tras una cerca de metal, aparecieron ellos: espigados más allá de su imaginación, ahusados como agujas y de larguísimos brazos blancos que rotaban en una danza sin fin.

El caballero habló:

– Esa es una danza que yo conozco. Viene de la antigua china y se llama Tai Chi.

– Y por que están bailando?

El caballero tragó saliva.

– Se preparan para marchar. Van a atacar ahora.

– ¡No! ¡Llegamos demasiado tarde!

– Sí, mi joven aprendiz – lo miró con ternura y profunda sabiduría. – Este es el momento en que tú y yo nos despedimos. Por favor, sé un hombre de bien y cuando tengas al resto del ejército reunido en una fogata, observando al orgulloso y altivo caballero en el que te convertirás, cuéntales de nuestra historia; que nunca se olviden de este triste y solitario caballero que enfrentó a los gigantes para permitir que los hombres continúen viviendo libres un tiempo más; porque después de estos vendrán otros, disfrazados en diferentes formas y tamaños. Entonces otros caballeros los enfrentarán y sacrificarán su vida como lo haré yo. Ese es nuestro destino, nuestro designio. Parte ahora, amado escudero y encargate, por favor que, no se olviden de mi nombre.

– Mi señor… – le aferró a su mano mientras lloraba sin control, y el guerrero le sonrió. De un salto descendió de la colina de piedra y corrió hacia los gigantes, quienes no prestaron atención al diminuto ser que pasaba entre sus piernas. El hombre se internó en el corazón del campamento, donde desapareció.

El escudero no soportó escuchar a su amo pelear en solitario contra aquellas bestias enhiestas y mudas. Saltó detrás de él enarbolando su propia espada y se preparó para enfrentar la muerte.

-¡Señor! ¡Mi señor!

Eran cientos, miles, incontables. Los gigantes no los tomaron en cuenta. Ahí, en medio de todo, el caballero peleaba a muerte con uno de ellos, mano a mano. El escudero se secó las lágrimas y arremetió contra aquel ser.

Ese día, el caballero y su fiel acompañante perdieron la vida, pero al lograr detener el quehacer de los gigantes blancos, ganaron la inmortalidad.

III

 Los noticieros de todos los canales pasaban la misma noticia: Juan Arturo Bustamante Saavedra, de treinta y tres años, escapó del psiquiátrico de Antofagasta y recorrió cientos de kilómetros a través del desierto hasta llegar al parque Eólico Méchant, en donde había encontrado la muerte al golpear una línea de transmisión eléctrica con una katana sustraída desde la oficina del director del establecimiento. Esto produjo la interrupción momentánea del servicio de suministro eléctrico en toda la región de Antofagasta.

Aquel descuido le costó el puesto al director del hospital. Mientras recogía sus cosas del despacho, su asesor y amigo más directo le preguntó:

– ¿Que es lo que más lamentas?

El hombre se ajustó los lentes, miró las paredes de lo que había sido su lugar de trabajo en los últimos veinte años, y respondió.

-¿Entre nosotros? La espada.

Herederos

I

 Irguén, una gran roca en el espacio. Su superficie gris que brilla ante el ojo sin párpado del sol, está llena de cráteres y huellas de seres que pasaron por ahí.

 “Irguén, compañeros, será nuestra nueva y mejor arma. O cumplen nuestras exigencias, o nuestro planeta tendrá un encuentro con este objeto. Y dado su tamaño, será el último. “

 Abrión se dio media vuelta para observar a la conmocionada asistencia. Sabía lo que pensaban. “¿Está loco? ¿Sería capaz de arrojar un asteroide de ese tamaño sobre sus propias cabezas?”

Probablemente la respuesta a las dos interrogantes eran afirmativas. Sin embargo, su mente superior había calculado todos los costos y consecuencias para la vida, y a pesar de la catástrofe inmensa que esto significaría para la civilización, la flora y fauna, el planeta sobreviviría.

 “Así que, compañeros, hoy enviaremos nuestro ultimátum al Regente de Especies: nos entregan la capital, ¡o lo último que verán sera una estrella roja llenando el cielo de terror!”

“Abríon, no puedes estar hablando en serio. ¿Vas a destruirnos a todos sólo para reclamar una ciudad…?

“¿Una ciudad? ¿Dijiste ‘una ciudad’? ¿Después de tanto tiempo aún no captas la importancia que tiene la capital para nuestra causa?

El silencio se impuso en el salón de piedra. Los emisarios dieron un paso atrás y abandonaron al pobre desdichado a su suerte, el cual emitió una breve y terrible andanada de gritos y murmullos ahogados antes de caer al suelo con su cuello cercenado hasta casi la mitad. Abrión se incorporó y observó al resto de su comité en silencio durante unos instantes.

“¿Alguien tiene algo más que agregar?”

El silencio fue suficiente respuesta. Esa tarde, su ejército entraría en la gloriosa Capital de Oro.

II

La pantalla se apagó, y el Regente quedó estupefacto. ¿Sería posible que aquella bravata fuera cierta?

“Edjim, dime, ¿Es posible lo que él dice? ¿Puede hacer caer esa roca sobre nosotros?

El jefe del consejo de los Sabios sacudió su cabeza de manera afirmativa. Un destello tornasolado rebotó sobre su cabeza, generando un pequeño arco iris.

“Si, Regente”.

A través del ancho y alto dintel de mármol blanco asomó Reufeus, agachándose al pasar.

“Mi señor, los vigías nos informan que ya viene avanzando el ejército de Abríon. Tengo soldados apostados en las murallas y los voladores están listos para atacar. Pero son muchos”

“¿Cuantos?”

“Los suficientes para transformar una confrontación en el peor baño de sangre que tengamos memoria”

El Regente paseó a tranco lento y pesado, meditabundo. El tiempo jugaba absolutamente en contra de ellos. ¿Enfrentarlos y desafiar aquella amenaza, o dejarlos entrar hasta el capitolio para declararlo el nuevo soberano de todas las especies?.

Desde el rabillo de su amarillento ojo observó al consejo. Leales y sabios, ninguno había podido prever que entre ellos se sentaba la semilla de la peor traición jamás cometida. El era un anciano sin mucho que perder, pero el resto de ellos y sus familias…

“Compañeros, vamos a la guerra”.

“Si señor”, respondió enérgicamente en general Reufeus, y se retiró a toda velocidad. Entre los presentes cundió el temor. El Regente intentó calmarlos.

“Abrión es condenadamente brillante, pero no está loco. No lanzará un asteroide contra el planeta si sabe que nadie, ni siquiera él, podría sobrevivir”.

Sin embargo, en el mismo momento en que lo enunciaba, la duda rondó por su cabeza.

III

“¡Abrión, estamos retrocediendo!”, rugió una voz en medio de la carnicería

“¿Quién dio esa infame orden?”, respondió mientras cortaba la garganta de un oponente. La respuesta tardó en llegar, y la voz sonó fatigada.

“¡Nadie! ¡Nos están empujando contra el rio! ¡Son demasiados…”

Un grito desgarrador surgió de su lugarteniente, preso de la furia salvaje de tres guerreros y sus malditos talones ensangrentados. La mente de Abrión pensó con la claridad de la muerte cercana. “Prometí una hecatombe si no me dejaban entrar a la capital. Bien, si he de morir hoy… ¡Se van todos conmigo al infierno!”

Rebuscó entre su ropaje un aparato pequeño y se lo engarzó en la garra. Por un segundo, el ruido de la batalla dio paso a un intenso ulular que se expandió en ondas concéntricas por el terreno selvático, levantando un espantoso viento que torció árboles de gruesos troncos, haciendo que la mayor parte de los combatientes perdieran el equilibrio y cayeran al suelo.

Un rayo blanco partió desde el centro de aquella explosión sónica, traspasó la atmósfera y buscó en el directorio infinito del cosmos hasta encontrar la blanca e inocente superficie de Irguén. Atraída por el llamado, el asteroide cambió su trayectoria y se encaminó hacia aquel planeta que lo invitaba a un encuentro violento.

“Está hecho”, fue el comentario que formuló quedamente su gestor. Mientras los ruidos de espanto aumentaban entre todas las filas, Abrión desapareció del campo de batalla en busca del sitio seguro.

IV

“Moriremos, su Majestad”.

“¿No hay nada más que hacer?”

El consejero suspiró con desazón. Frente a la terrible verdad, el Regente murmuró para sí. “Por la Existencia, esta bestia criminal cumplió con su palabra. Me equivoqué al juzgarlo”.

“Majestad”, interrumpió su servidor principal, “todos están esperando sus instrucciones”.

“Muy bien”. Enfiló hacia un largo corredor en penumbras, estrecho y frío que desembocaba en el amplio balcón. La caminata le pareció eterna.

Al aparecer, cientos de miles de espectadores se agolpaban para saber de él si la noticia era cierta. Un pequeño disco flotó hacia su cuello y se depósito con suavidad. Al hablar, todos lo escucharon.

“Mis protegidos, lamento informarles que hemos fallado. El enemigo ha cumplido con su amenaza, y en estos instantes la estrella brillante que vemos sobre nosotros será nuestra condena de muerte en el amanecer de mañana. Sólo sobrevivirán aquellos que estén lo más alejado del sitio de impacto, el cual será en las cercanías de la capital.”

Pensó un momento. ¿Qué más les puedo decir? ¿Que hemos de morir por un problema de ego? ¿De ideas disimiles? ¿De poder? ¿Que uno de ellos mismos prefería el poder absoluto y tener la razón sobre, incluso, la vida del resto?

“Atesoren estos momentos que les quedan”, dijo al fin. “Estamos todos juntos, y nuestras almas viajaran unidas hacia aquel sitio endonde las guerras no existen. Hasta entonces.”

Dejó el balcón con un silencio ominoso a su espalda.

V

Quizás en un acto de justicia poética, la brillante inteligencia de Albrión erró mínimamente en sus cálculos, y la espantosa colisión del asteroide desplazó las placas tectónicas en un ángulo distinto al que había planificado. Después de todo, hay cosas que son prácticamente incalculables.

Murió aplastado por los muros de protección de su fortaleza subterránea. Ninguno de sus seguidores sobrevivió.

La atmósfera se sobrecalentó hasta producir la ignición del oxígeno, transformando la bóveda celeste en un oceano de fuego. El punto de impacto del inmenso cuerpo celeste se convirtió en el eje de una  completa reformación  de la geográfia terrestre. Quienes no murieron por la onda expansiva ni por el mar de fuego, se enfrentaron al mar, con olas que alcanzaron el tamaño de montañas.

Al cabo de 72 horas, la vida en el planeta se había convertido en una joya rara y única. Sin embargo, algunos de los antiguos habitantes del planeta sobrevivieron junto a un puñado de pequeñas alimañas. Cuando el planeta recuperó la calma, las razas primigenias tomaron la decisión de abandonar aquel mundo que ya no reconocían.

Las eras pasaron, y aquellas criaturas que sobrevivieron junto de ellos evolucionaron en unas bestezuelas diminutas y bípedas, las que progresivamente perdieron el pelo

Los pocos habitantes originales supieron a ciencia cierta que pronto deberían desaparecer de la vista de ellos. Eran bravucones y extremadamente agresivos. Con el tiempo, intentaron establecer contacto con esas bestias primitivas, pero la mayor parte de sus intentos terminaron en muerte. Sólo algunas tribus se mostraron más dúctiles a su contacto y, con el tiempo, coexistieron en relativa armonía.

Finalmente lograron recuperar parte del conocimiento perdido, construyeron arcas voladores y les dejaron el planeta a las nuevas especies. Ojalá nunca cometieran sus errores.

Cada cierto tiempo envían una nostálgica expedición hacia el planeta que alguna vez llamaron “hogar”, y observan con tristeza cómo hemos seguido su mismo camino. Les intriga, sin embargo, que aún retengamos algunas imágenes de sus cuerpos alargados volando sobre las nubes, y no seamos capaces de relacionar esas imágenes con los cadáveres de sus congéneres que desenterramos periódicamente.

Comentan entre ellos: “¿Cuál será el interés de esta especie por nuestros huesos dejados hace tanto tiempo? ¿Se preguntarán quienes y cómo eran estos gigantes que habitaron el mundo antes que ellos existieran?”.

Y más de alguno murmura: “Si supieran que los seguimos observando desde el cielo, con preocupación”