I

 -Estamos acercándonos.

A una señal del guía, el grupo redujo la velocidad y se desplazó paso a paso por aquel estrecho pasaje. A la distancia emergió un sonido rítmico semejante al rumor de rocas cayendo, y a medida que avanzaban se hizo más fuerte.

– Apaguen las antorchas.

Todos hicieron caso. Avanzaron a tientas en la oscuridad y algunos se agacharon hasta casi tocar el suelo para evitar caerse con las irregularidades del camino.  Luego de un tiempo que les pareció eterno, divisaron un leve fulgor dorado en aquel infinito espacio negro. La luz fue adquiriendo intensidad, al igual que el potente sonido que venía desde la abertura.

–         Quédense aquí. Ya vuelvo.

–         ¿Adonde crees que vas? – dijo el líder de la banda a su anciano guía, reteniéndolo amenazante por el hombro.

El viejo se quitó la mano de encima y ascendió el corto tramo que quedaba sin darle explicaciones. La banda comenzó a murmurar quejas y amenazas hasta que su jefe los hizo callar. El guía desapareció de su vista tragado por la luz dorada, y el resto de la banda se quedó inmóvil. Esperaron un minuto, y luego otro. La tensión se cortaba con un cuchillo. “Vayámonos”, susurró alguien, y acto seguido se escuchó un golpe y un cuerpo cayendo pesadamente. Explotaron murmullos nerviosos exigiendo silencio.

El anciano no volvía.

Sólo la presencia de su líder evitaba que el grupo de atemorizados hombres no corriera a ciegas ruta abajo, hacia los caballos que dejaron atados en la base de la montaña.

El fulgor dorado de la entrada se opacó brevemente con el regreso del guía, y el sonido estridente de su voz insultó al milenario pasaje de piedra.

–         Ya pueden subir.

El grupo reaccionó en bloque, pidiéndole silencio. El hombre rió a carcajadas.

–         Esta bien, no hay problema. Está durmiendo. – dicho eso, les dio la espalda y volvió sobre sus pasos. Los hombres quedaron inmóviles un momento, y retomaron el ascenso del último tramo que les quedaba. En el aire se escuchaba el rugido pausado de un millar de tormentas, y se encomendaron a sus dioses particulares por un sano retorno a sus hogares, fuera con riquezas o simplemente con lo puesto.

Uno tras otro, ingresaron a la caverna, y lo que encontraron los dejó sin aliento.

II

Frente a ellos, el gigantesco dragón dorado dormía profundamente. La caverna de altísimo techo era cruzado por un riachuelo cantarín, el cual brillaba a la luz de los cerros de infinitas riquezas en las que reposaba el cuerpo de aquella inmensa criatura.

Millones de monedas de oro formaban dunas desde donde caían perezosamente esmeraldas y rubíes del tamaño de un puño. Entre las riquezas despuntaban coronas y diademas engastadas en brillantes, bastones de ébano con empuñaduras enjoyadas, zafiros y armas de la mejor calidad. Los hombres no salían de su asombro. La luz se multiplicaba en el ambiente gracias a las infinitas superficies reflectantes que abundaban por doquier. Una vez que pasó el asombro, volvió el miedo al dragón.

–         No se preocupen – gritó el anciano – cuando los dragones duermen, no hay nada que los pueda despertar, a menos que sea el hambre.

–         ¡Silencio! – lo hicieron callar al unísono los ladrones -¡Se va a despertar!

Su guía se carcajeó, y la risa fue devorada por el rítmico ronquido del dragón.

–         ¿Ven? Si el dragón fuera tan sensible al sonido o el movimiento como cuentan las leyendas, ¡no podría ni siquiera dormir con su propio escándalo!

Los hombres se acercaron con temor, siempre mirando de reojo la estrecha abertura que los conduciría, los dioses permitieran, fuera de este lugar.

–         Toma – dijo el anciano, y le lanzó una esfera de oro macizo al jefe de la banda. La atajó en el vuelo sin quitarle un ojo de encima a la gigantesca cabeza del dragón durmiente. Los músculos de sus piernas estaban tensos y listos para correr como nunca lo había hecho en su vida. Sin embargo, la criatura siguió durmiendo.

–         ¿No era que los dragones podían reconocer hasta la última moneda de su tesoro, y se despertarían apenas se les quitase?

–         Mitos, tonterías de inexpertos para mantener las riquezas para ellos. Mira – y le mostró sus bolsillos llenos de pequeñas y brillantes joyas – a esta hora debiera estar devorado mil veces.

–         ¿Y cómo es que sabes tanto de los dragones? – le preguntó uno de los ladrones, convertido en un nuevo rey con corona, bastón y manto rojo enjoyado.

–         Si, ¿por qué no te quedaste con este tesoro para ti solo? – preguntó otro que, más pragmático, llenaba una bolsa grande con lo primero que tenía a mano.

Los hombres se detuvieron ante la pregunta. Tenían razón. Esto era una fuente de riqueza inagotable. ¿Por qué compartirla?

–         Mis estimados señores, por favor mírenme. ¿Creen que sería posible que yo solo, y a mi edad, pudiera venir a sacar la cantidad necesaria de oro y joyas para vivir con comodidad durante una década? Porque el sueño profundo de los dragones dura sólo algunos días, y luego de eso, vuelven a un estado de vigilia en el cual buscan alimento sin parar durante diez años.

La banda asintió comprensivamente, y sus integrantes se desperdigaron en busca de tesoros increíbles. Cada cierto tiempo se escuchaban exclamaciones de júbilo al encontrar  cofres lleno de alhajas de incalculable valor, o algún arma que, de tanta filigrana de plata inscrita en su hoja, debía estar encantada.

–         Hijo, por favor, lléname esta bolsa en la cercanía de la orilla del río con todas las esmeraldas que puedas. Soy muy viejo para estar cargando tanto peso.

–         Como usted mande, mi señor – y se dirigió hacia la rivera noreste en busca del estrecho río que circunvalaba la caverna. De improviso, comenzó a gritarle a sus compañeros. La mayor parte corrió hacia él con dificultad entre aquellas dunas y al llegar a lugar en cuestión enmudecieron de asombro.  En la orilla se levantaban estalactitas de esmeraldas, algunas tal altas como un ser humano, y de un verde intenso y trasparente. Eran anchas y terminadas en puntas facetadas. Una sola de esas columnas podía valer fácilmente un par de reinos pequeños.

–         Eh… mi señor… ¿cómo la saco? – gritó el joven.

–         Arráncala de cuajo, con fuerza – respondió el anciano.

–         Si usted lo dice – murmuró para sí. Tomó con ambas manos una de las columnas y tiró con todas sus fuerzas. Al cabo de un rato, el cristal verde cedió y pudo sacarla desde la tierra enlodada. Todos los presentes emitieron murmullos de asombro, y acto seguido, comenzaron a hacer lo mismo con las siguientes columnas.

A la distancia, desde la cima de una pequeña colina de oro, el jefe de la banda observaba con aprobación. Descendió hacia el lugar donde el anciano descansaba, a escasos metros de la cabeza del dragón durmiente.

–         Eres temerario, anciano, y te respeto por eso. Dime, ¿cómo sabes cuando es la época del sueño profundo de estas bestias?

–         Llevó mucho tiempo estudiándolos. Tienen ciclos de sueño, de apareamiento, de comida.

–         ¿Y es verdad que comen de todo?

–         No, no de todo. Sólo que se mueva y respire.

–         Dime, ¿quedan muchos dragones?

–         Por estos lugares, no. Son muy territoriales, y de haber más de una hembra, hace tiempo hubiéramos escuchado una terrible batalla con gritos horrorosos y sangre y fuego cayendo desde las nubes. Las batallas entre dragonas son dantescas, pero definitivamente un espectáculo digno de ver.

–         ¿Has visto alguna?

–         Si, desde una colina. Las nubes se encendían en fuego y los relámpagos golpeaban la tierra como cadenas de plata y luz. No lo olvidaré jamás.

–         Muy bien. Voy a dar la orden de partir. Esa cosa gigante me da escalofríos.

–         Como guste, señor – dijo el anciano y agachó la cabeza en señal de reverencia.

El ladrón se acercó a un montón de oro y joyas, y comenzó a meterlas con calma dentro de una bolsa. Tomó una daga plateada y la observó con detenimiento. Estaba llena de runas de protección. Era magia antigua.

–         Supongo que no le sirvió de nada a su antiguo dueño cuando se enfrentó contra eso. Dime anciano, ¿Es verdad que los dragones hacen magia?

–         Si, mi señor.

–         ¿Y para que son buenos?

–         Su especialidad es la de cambiar formas. Les encanta andar con vestiduras humanas. Se divierten un montón jugando con ustedes.

Automáticamente, en un reflejo adquirido tras años de ejercicio de su profesión, el ladrón se dio vuelta y arrojó la daga al cuello del anciano. Con una rapidez antinatural, capturó la hoja entre pulgar e índice, y le sonrió.

–         Sorprendente lanzamiento para ser humano ¿cierto querida?

La dragona abrió un inmenso ojo, y en su pupila verde se reflejó el rostro de pánico del ladrón. En cosa de segundos, la caverna se llenó con el ruido de la escamosa cola arrastrándose a toda velocidad y la depositó sobre la única salida de la caverna.

– ¿Le mencioné que las dragonas necesitan comer antes de aparearse? – acotó el anciano mientras su silueta se difuminaba en un extraño vapor.