Archive for abril, 2011


Sacrificios

“No nos queda más que este atardecer. Al caer la noche, moriremos.”

Desde el tejado, Mark y Mica observaban el cielo cambiar de azul oscuro a un dorado brillante. Toda la tierra a su alrededor se bañaba con la cálida tranquilidad de aquella mortecina luz solar.

Los dos muchachos estaban de pie, permitiendo que el viento jugara a entero antojo con su cabello y sus ropas. El mayor despuntaba hacia los trece años, y su hermana alcanzaba los diez. No hablaban mucho; eran corderos de sacrificio, los que habrían de morir para que el hechizo continuara.

Sus padres les hablaron del camino de la muerte, un lugar lleno de estrellas que brillaban eternamente. Les dijeron también que nunca más verían el sol, pero la luna estaría siempre sobre sus cabezas.

“¿Vendrán con nosotros, mamá?”.

“No podemos ir ahora, hija. Pero los alcanzaremos”.

Aquella tarde no fueron al colegio y se dedicaron a vagabundear por las estrechas y adoquinadas callejuelas. No saludaron a nadie, y nadie les intentó saludar tampoco. Entraron a la tienda de dulces y el tendero les alcanzó un par de caramelos de leche, cortesía de la casa. Mark sacó un trozo de pastel envuelto toscamente en una tela.

“Mi madre le envía esto. Está bueno”.

Sin darse vuelta para recibir las gracias, los hermanos subieron por las angostas escaleras de madera hacia el techo, su lugar favorito en todo el mundo.

Y ahí se encontraban, recordando momentos importantes y compartiendo secretos que habían guardado celosamente. Ahora que el atardecer llegaba a su fin, sólo les quedaba esperar una muerte sin forma definida, que llegaría de un momento a otro.

“¡Mira!”, exclamó el joven, apuntando hacia un lugar donde las nubes reflejaban los últimos estertores dorados del moribundo sol.

En un lugar sobre el horizonte surgió una vistosa mancha de color rojo que comenzó a crecer con rapidez. En un momento era un ojo que los observaba rabiosamente, e instantes después tenía el tamaño de un lago cuyas orillas se ampliaban sin parar. La luz bañaba todas las superficies con un fulgor infernal, y la pequeña se aferró al brazo de su hermano.

“No me gusta esto, Mark. Me quiero ir.”

Con una inusual voz baja, el joven le respondió.

“Espera y verás”.

“No, yo…”

“¡Quédate quieta!”, espetó el joven con voz de mando. Le apretó la mano con fuerza y su hermana se asustó. Intentó un forcejeo inútil para escapar del terrible destino que presentía cercano, pero el joven hizo caso omiso a sus estériles esfuerzos, observando el cielo carmesí como poseso por alguna fuerza desconocida. Entonces escucharon el primer grito.

Por los aires apareció flotando la señora Merges, la esposa del tendero. Colgaba boca abajo y la falda se levantaba dejando al descubierto sus multiples capas de ropa. Continuó subiendo hacia la mancha roja que ahora dominaba todo el cielo, dando inútiles gritos de auxilio. En un momento determinado, la mujer, desde mucha altura, se percató de los muchachos apostados en el techo y gritó.

“¡Esto es culpa tuya, demonio, maldito hijo de…!”

Y la velocidad de ascensión aumentó de improviso, transformando a la mujer en un punto que se perdió de vista instantes después.

Luego le siguieron otros, succionados lenta e inevitablemente por aquella fuerza invisible. El asombro hizo que Mica desistiera de su lucha, y el espacio a su alrededor se llenó de gente desesperada. En un instante de lucidez le preguntó a su hermano.

“¿Y papá y mamá? ¿Ellos también…”

El joven meneó la cabeza con un lento asentimiento. La señora Merges tenía razón; su hermano estaba involucrado de alguna manera con este acontecimiento.

“¡Que hiciste!”, le gritó acusatoriamente su hermana. “¡Que fue lo que hiciste!”

Sin darse vuelta, Mark respondió con una voz carente de sentimientos.

“Resolví esto de una vez por todas. Nos liberé, hermanita, y de paso nos vengamos de todos ellos”, y dicho esto, realizó un amplio ademán con los brazos, abarcando toda la macabra y antinatural escena.

“¿Cómo…?”

Se dio vuelta, y el fulgor del cielo le dio a su rostro una apariencia demoníaca.

“¿Te acuerdas que una vez conversé a solas con papá, cuando nos dijeron que eramos los próximos para ser sacrificados? Le pregunté si había alguna forma de salvarnos. Y sí, existía una: había que matar al Sacerdote Guardián”.

“Pero nadie sabe quién es. Está tan protegido que… ”

“Yo lo averigüé. Para ser más exacto, lo adiviné”. afirmó con un resplandor de triunfo en los ojos.

“¿Y quién…?”. De repente, todo calzó. Su madre nunca había hecho un pastel, ni mucho menos les había enviado algún mensaje al tendero. El pastel y el tendero. Mica observó con renovado terror a su hermano.

“¡Pero nos vas a matar a todos! ¡El hechizo y los sacrificios son para alejar a Lo Otro del pueblo, de nuestra gente!”

El edificio comenzó a temblar, y los muchachos corrieron escaleras abajo. El terremoto los encontró descendiendo entre el techo y el tercer piso, derrumbando la casa con sorprendente facilidad. El estruendo abarcó todo el mundo, todo el universo. Los gritos de la gente y el ruido de los edificios se mezclaron en una sinfonía de disarmónica perdición. Luego llegó la quietud.

Los hermanos surgieron entre los escombros y encontraron su pueblo en ruinas. Sólo el cántico solitario de la pileta de agua en el centro de la plaza daba una nota distinta a la terrible devastación. Arriba, el cielo se llenaba de diminutos puntos negros que se perdían al interior de la monstruosa mancha roja.

“Hermano… hermano…”, musitó la niña mientras tomaba la mano del joven, “Nosotros… esto era para evitar el fin… “

“Todas las cosas del mundo tienen un final, hermana”, y suspirando con resignación añadió, “Este es el nuestro”.

Se quedaron de pie, cabeza alzada al cielo, hasta que llegó la noche.

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El Cazador

Y así, luego de incontables kilómetros de cabalgata siguiendo una miserable huella a través del sombrío cañón de Los Escondidos y las Piedras del Enigma, el guerrero alcanzó la cima de la montaña, una superficie plana y circular rodeada por altísimos pilares de piedra en cuyo centro se alzaba la brillante Cúpula de Plata. Luego de refugiarse tras uno de los pilares, esperó.

Tres niños estaban de pie a las afueras del edificio, vestidos con ropas sencillas. Alzaban sus brazos y cantaban con voz melodiosa una monótona tonada que ejercía un extraño influjo sobre el domo plateado, torciendo el reflejo de la luz solar sin que la superficie cambiara un ápice en su forma.

Poco a poco escuchó más voces infantiles emergiendo desde el interior de la Cúpula. El hombre vio salir un grupo de niños, más de veinte, cada uno con la misma vestimenta pero de colores diferentes.

“Elementos”.

Y al último, encorvándose ligeramente al pasar por el bajo portal, apareció la madre, Dama Luna.

Caminó detrás de ellos, entonando una suave pero potente melodía que abarcaba todo el espacio a su alrededor. Los niños se unieron al canto de su madre, y a cada una de sus voces respondió una estrella. Veinticinco astros titilaron delicadamente en el cielo.

De pronto, las sombras se arrastraron sobre el terreno, rasgando el tejido de la tierra. Las grietas crujieron a su paso y sobre ellos la luz diurna desapareció paulatinamente para dar paso a la noche estrellada. La mujer elevó sus brazos y a su espalda apareció la luna, un disco grande y amarillo que navegó ascendentemente hasta iluminar toda la tierra.

El hombre se emocionó ante aquella visión, la respuesta a todas las preguntas que se formulara de niño: La Ciudad de la Noche existía, y Dama Luna era real; ella levantaba la noche y procuraba traerla de vuelta cuando era tiempo.

Sin embargo, debía realizar su misión. Apretó con toda su fuerza el Vínculo, el amuleto de hueso que colgaba en su cuello y le recordaba que su amada mujer y sus hijos estaban a merced del tirano, y sollozando en silencio por la atrocidad que estaba a punto de cometer, sacó su arco y cargó la única flecha que el Sacerdote del Sol le había dado.

Una sola flecha, un sólo tiro. Podía errar, aduciendo que Dama Luna lo había hechizado o se había enfrentado a sus soldados. Pero aquel maldito amuleto lo traicionaría, porque hablaría de su alma y al escuchar su relato sabrían la verdad.

“Si te lo sacas o nos llegas a mentir, lo sabremos, y tu mujer e hijos morirán al instante. En ese caso, mejor no regreses, porque no tendrá ningún sentido.”

Inspiró y estiró la cuerda, apuntando a la inerme mujer de brazos abiertos. Se mordió los labios para no gritar de dolor. Miró a las estrellas que brillaban en aquel esplendoroso cielo negro, cerró los ojos, y la cuerda resbaló de sus dedos.

En la celda donde yacía su esposa, la tranquila noche fue cambiada por un súbito amanecer.

“¿Qué pasa, mamá?“, preguntó uno de los hijos.

Llorando en silencio para no alarmar a sus hijos, observó el inédito cielo diurno coronado por las veinticinco estrellas del reino. Apenas pudo murmurar una respuesta.

“Nada hijo. Papá ya viene a casa”. Su voz se quebró y al agacharse parar abrazarlos, lloró junto a ellos con desesperación y amargura.