Disparó a todos, por doquier. Los testigos dicen que tenía cara de loco (no, de desesperación, dijo un entrometido).

Llegó al café Mosqueto en una camioneta negra, frenando tan bruscamente que el vehículo derrapó. Lo dejó en doble fila y descendió.

Vestía una chaqueta larga y lentes, ambos negros. Enfiló hacia los comensales y con un rápido movimiento de sus manos desenfundó dos automáticas nueve milímetros de sus sobaqueras. Entonces comenzó a disparar.

Cuatro cabezas inocentes reventaron antes de que saliera el primer grito de terror, y la gente reaccionó para salir huyendo. Los balazos se repartieron con calculada precisión entre las personas: un bala, un muerto.

“Vamos…. ¿donde estás, donde estás?”

Cayeron al instante el dueño del café y los garzones. No respetó ni a las caras conocidas del ámbito cultural ni a las abuelas, niños o adultos. Los perros le daban lo mismo.

A la distancia se escucharon las sirenas policiales. Maldijo entre dientes y siguió disparando. Los testigos, personas ubicadas en los edificios aledaños y simples transehuntes escondidos tras los tarros de basura, pudieron dar detalles después a la prensa del tiroteo entre las fuerzas policiales y el asesino: “No fue muy largo”; “El tipo no prestó mucha resistencia”; “Parece que buscaba a alguier (ya está mintiendo este niño odioso). Gritaba “¿Donde estás?”, en serio, a cada rato…”

Llegó la policia, gritó órdenes, y el hombre apuntó a un sujeto en el suelo con un arma, y a la policía con la otra, sin prestarles atención.

Las miradas de la última victima y su victimario se encontraron, y el rostro del hombre sentenciado se iluminó de entendimiento durante un segundo. Su asesino sonrió, y un momento después ambos caían: el oficinista con una bala limpia en la cabeza, y el asesino acribillado por decenas de tiros a su espalda.

Las noticias hablaron durante una semana de aquella masacre, comparándolas con las de Estados Unidos. Se invitó a varios psicólogos a explicar el fenómeno a la televisión, y las palabras “psicótico” y “paranoide” se volvieron comunes tanto en las conversaciones de casa como en el café de la tarde o la merecida cerveza nocturna.

Sus ojos se mantuvieron fijos el uno en el otro todo el viaje de vuelta. Eran el único punto de sentido en todo un universo de sinsentidos.

Gracias a Dios que te encontré a tiempo.

Si. Muchas gracias por rescatarme.

Los nuevos desconocidos se estrecharon la mano en aquella cabina metálica, fría y en semipenumbra. El zumbido de los instrumentos llenaron el resto de la conversación. Ya tendrían tiempo después para las bienvenidas formales.