Lleva dos días sin salir de su habitación ni escuchar las noticias. Y ahora, obligado a comprar víveres, sale a la calle y ve a un hombre atrapado en el tráfico de dos vías, un tipo al que le falló el cálculo sobre la duración del semáforo.

El hombre en cuestión miraba de un lado hacia el otro, sin moverse ni un pelo. Vestía un traje barato de oficinista. Mantenía el equilibrio entre la succión de los autos que viajaban a gran velocidad al frente suyo y atrás.

“No, por favor. Dios, no permitas que le pase algo”.

Se lo imaginó llegando a su departamento de soltero, medio vacío y con mala iluminación. Ahí se juntaba con sus amigos y de vez en cuando salía a bailar y coqueteaba con alguna chica, sintiéndose ganador y no el mediocre ser humano con el que cargaba.

O quizás tenía hijos y señora. Entonces el departamento se le haría estrecho, y las deudas grandes. Después de ver televisión en el living con su familia, acostaría a los niños y luego él y su señora se darían un beso de costumbre y apagarían la luz.

Algunas noches se desvelaría sacando cuentas que nunca cuadraban y pensaría cómo salir de ese maldito trabajo, y no encontraría ninguna solución. En aquellas noches, probablemente, alguna lágrima se le caería a la almohada, porque estaba malditamente solo en sus problemas.

Sintió la ola de los acontecimientos, y gritó “¡No!”

Una motoneta acelera para sobrepasar a un furgón blanco que le tapa el paso y la visual, y se encuentra de improviso con este hombre. Lo intenta esquivar, pero lo topa con el retrovisor. El impacto desequilibra al hombre, que se gira para no caer, y en ese instante un bus lo impacta en el hombro, impulsándolo hacia adelante. La mitad de su tórax se clava violentamente contra el parabrisas de un auto que viene en sentido contrario, quebrándose mutuamente. Entre gritos y bocinazos, el hombre es impulsado nuevamente hacia atrás, como una pelota de pinball, y su cabeza se encuentra con un camión que va en la pista contraria. La cabeza cruje, se da vuelta en un ángulo macabro y su cuerpo continua con la trayectoria del camión, metiéndose entre sus poderosas ruedas y produciendo una melcocha en el suelo de sangre y tiras de ropa.

La gente grita de pavor. Algunos entran en shock, y otros observan horrorizados. Entre ellos, él apenas puede respirar. Se apoya contra la pared y se desliza suavemente hacia el suelo, sollozando. El dolor infinito que siente es porque lo que acaba de suceder es culpa de él.

Él y su maldita buena suerte.

I

Tuvo una mala infancia, entre enfermedades y compañeros que abusaban de su debilidad física. Sus padres lo cambiaron varias veces de colegio, pero el niño parecía tener un imán para atraer los problemas. Quebraba todo lo que llegaba a sus manos, fuera frágil o robusto. Cuando habían peleas, eran a él a quien terminaban siempre pegando en grupo hasta dejarlo reducido a una bolsa llena de dolor.

Todas las tardes, después del colegio, plegaba sus manitas y rezaba al cielo, pidiendo que por favor lo sacaran de ahí, que lo vinieran a buscar, que no quería estar más en este mundo de horror sin sentido.

Y así sucedió durante muchos años. Y nada cambió, hasta un anochecer primaveral. Tenía trece años.

Sentado en el patio de su casa, rodeado de naturaleza, sintió que una corriente de aire se arremolinaba alrededor suyo, llevándose su dolor. Por primera vez en su vida, sintió paz, y lloró de sobrecogimiento. “Así que esto es la paz del Señor”.

A la mañana siguiente, el compañero que lo agredía todos los días no llegó a clases. Agradeció con el alma pensando que, quizás, su suerte estaba cambiando. Más tarde, la directora entró a la sala y les contó que el chico en cuestión había muerto en un accidente de tránsito.

Durante varios minutos nadie habló. Ese era el primer contacto que tenían en su vida con la muerte. Para él, sin embargo, este se haría mucho más frecuente.

II

Entra a su departamento casi arrastrándose. Las bolsas del supermercado vuelan lejos mientras corre a vomitar al baño. Regurgita lo poco que tiene, y mientras lo hace desea atragantarse y morir.

Rato después, el asco se atenúa hacia un llanto casi seco. La culpa se llevó la mayor parte de sus lágrimas muchos años atrás.

A su espalda se transparenta una forma sutil, semejante a una columna de vapor sobre el asfalto hirviente. Se acerca al muchacho y le toca un hombro. Él siente un calor que recorre todo su cuerpo pero su reacción, sin embargo, es muy distinta a la esperada.

“Por favor, vete”

La figura desaparece, y el muchacho eleva una plegaria inútil. Pide estar sólo.

III

El colegio mejora desde ese momento. Al egresar, el muchacho mira hacia atrás, y ve los años pasados oscuros y maléficos. Se alegra haber salido de ese infierno.

En la universidad se integra a diferentes agrupaciones. Practica artes marciales y meditación trascendental, y lentamente empieza a volverse popular entre las chicas. Una pelirroja le llama la atención sobre el resto.

Siempre viste con trajes largos (menos en el verano, donde luce su espectacular figura en jeans recortados y camisas ajustadas). Su sonrisa perenne brilla al compás de sus ojos azules, como piedras preciosas pequeñas y lastradas. Nadie queda indiferente ante su belleza, sobretodo cuando llega a clases enfundada en un traje azul aterciopelado, donde sus rizos cobrizos resaltan con mayor fuerza.

El joven sigue siendo tímido, pero en aquella sonrisa franca y amable encuentra espacio para hablar. El día que se animó a acercarse y conversar con ella es uno de esos que marcan vidas. Muchas vidas.

El reloj señalaba las siete de la tarde y la oscuridad traía consigo el frío de la mitad del invierno. Sin embargo, los dos muchachos no habían notado nada, entregados a una entretenida conversación que paseó entre los más diversos temas. A esa hora hablaban simplemente por el placer de la compañía del otro. Sólo un silencio incómodo, de esos que indican que ya es suficiente, logró hacerlos caminar hacia la calle principal.

Ella se despidió con un beso en la mejilla y un abrazo, y se subió al bus. Sus miradas continuaron engarzadas hasta cuando la distancia les dijo basta.

Pasaron dos dolorosos días antes de su próximo encuentro. Entre risotadas él la invitó a salir. Ella dejó de reír inmediatamente, pero su sonrisa no se borró del rostro cuando aceptó. Aquel viernes tomaron vino (después se confesarían que a ninguno de los dos le gustaba el vino), comieron y fueron a bailar, y aunque ambos estaban firmes en su decisión de dejar que las cosas siguieran un rumbo lento y seguro, en el dintel de la puerta de ella se besaron. Fue largo, apasionado y desesperado. Toda el alma de él se iba en aquel beso, y el alma que tenía en frente se la recibía gustosa. Pasaron la noche juntos, agradeciendo el milagro que los padres de chica estuvieran aquel fin de semana en la playa.

Así comenzó una relación hermosa y cada vez más mágica. Sin embargo, ella le ocultaba algo. Él no quería molestarla con eso, porque no se atrevía a hacer nada que pudiera romper la belleza de lo que estaba viviendo. Pero cuando ya estaban próximos a cumplir su primer año de relación, él le preguntó por aquel aspecto oscuro. Ella bajó la vista y calló.

Al día siguiente le envío una carta, escrita de puño y letra y lacrada con cera. En caligrafía antigua, lo invitaba a una reunión para esa noche, y adjuntaba una dirección. Nada de amor ni bonitas palabras. Se asustó.

Llamó la puerta de esa fachada verde tal como le habían indicado: dos golpes seguidos, un breve lapso y uno más fuerte. Desde el interior del inmueble escuchó pasos descendiendo en lo que supuso era una vieja escalera de madera, y al abrirse la puerta se sorprendió al ver que una mujer desconocida, vestida al mismo estilo de su amada, lo observaba.

Lo invitó a pasar. Subieron las escaleras, ella adelante con una vela, y entraron al primer cuarto que tenían frente a ellos. La mujer le hizo una señal para que mantuviera silencio y él afirmó con la cabeza.

Adentro, un grupo de gente se encontraba sentada en el suelo, alrededor de un círculo delimitado por velas y trazado con lo que debía ser tiza blanca. La mujer le indicó un puesto al muchacho, y éste se sentó obedientemente sin despegar la vista de su chica, quien vestía aquel traje azul que tan bien le quedaba. La mujer que lo había guiado se sentó al lado de la joven, como madre e hija, o maestra y discípula.

Las personas murmuraban en voz baja un tono monocorde. Poco a poco se relajó y empezó a entrar en una relajación que parecía llevarlo directo al trance. No se dio cuenta cómo empezó a fijarse en la luz de las velas, hasta que se olvidó de todo lo que le rodeaba y su vista se colgó de la pequeña lengua de fuego de una vela particular.

Ese día entró en la Hermandad Celestial.

A partir de ahí, entendió muchas cosas de las que le habían sucedido en su infancia y adolescencia. Las personas que asistían al culto estudiaban textos antiquísimos, algunos adquiribles en las librerías y otros, los más raros, no. Todos apuntaban a lo mismo: estudiaban magia.

Durante el siguiente año y medio trabajó con estados de conciencia, aprendió a manipular pequeños sucesos como el cambio de luces de los semáforos o el paso del tiempo en su reloj, logró conectarse con las grandes potestades del planeta y sintió por primera vez la presencia de un ángel. En una salida al descampado invocaron a uno, y éste se presentó ante ellos como una entidad transparente, semejante a una columna de calor. La fuerza de la comunión del grupo impidió que más de alguno saliera corriendo de pavor.

Era de noche y estaban realizando una meditación conjunta alrededor de una fogata. El frío era intenso. Todos seguían las instrucciones de la sacerdotisa líder, colocando su confianza ciegamente sobre ella. Y entonces, cuando todos callaron en un sintonizado silencio, apareció él.

Al principio sólo uno de los participantes lo vio, pues estaba alejado de la luz de la fogata. Pero flotó hacia ellos hasta que todos pudieron observarlo. Se movió sobre sus cabezas, emanando la sensación de estarlos enjuiciando de manera firme pero amorosa. La pareja de jóvenes se arrebujó bajo su manta protectora.

Y entonces, el muchacho escuchó la voz. Le hablaba a él, directamente, de la manera más clara y exacta de lo que jamás había escuchado un mensaje en toda su vida. Respondió todas las preguntas que aún guardaba en el fondo de su mente, de manera formal pero cálida.

Y le dijo que ellos siempre le habían acompañado, y lo seguían haciendo y así estarían hasta el final de sus días. Que si quería algo, que lo pidiera con fuerza, con convicción, y lo tendría todo.  Que no se preocupara, porque estaba protegido. La suerte siempre estaría de su lado, aunque no lo sintiera así.

Aceptó esas palabras con convicción, sintiendo que una escoba barría de un plumazo todos los miedos encostrados que aún se resistían a abandonarlo. Su cuarto interno quedó renovado, en orden y listo para acogerlo y protegerlo. Ahora era una nueva persona, y se completaba el ciclo que comenzó cuando tenía trece años.

O eso creía él.

IV

La noche se le hace larga, como todas las veces que sucede algún acontecimiento como el de hoy.

“¿Por qué? ¿Por qué tiene que pasar así? ¿Acaso no hay otro modo?”

No. Tu protección debe balancearse. Si tu vida sale del riel, entra la de otro candidato. Así te protegemos.

“¿O sea que todas las muertes de personas cercanas a mí son por mi culpa?”

No todas. Y no es tu culpa. Ellos también tenían que morir, aunque ese tiempo era uno de muchos en los que podría haber sucedido.

El joven llora una única lágrima. Sostiene una Biblia blanca en su pecho, usándola como un escudo involuntario e inconsciente.

“¿Y cuantos son? ¿Cuántos de ustedes tienen la misión de protegerme?”

¿Quieres vernos?

No, piensa, no quiero verlos.

“Si, quiero”

Muy bien.

Un alarido de terror recorre todo el pasillo del segundo piso. Sus vecinos reclaman que el tipo raro del 21 ya está dando espectáculo de nuevo.

Como un náufrago en una pequeña barquita, la cama se encuentra rodeada por un millar de cuerpos celestiales, seres desnudos, alados y sin rostro. Aquellas caras planas lo miran a él.

V

Algo aconteció en el grupo a partir de ese encuentro. Como si se tratara de un organismo viviente, una corriente helada preludió la enfermedad que terminaría por disgregar aquella agrupación.

Sin saber exactamente cómo, el virus de la discordia se deslizó silenciosa y sibilinamente en las reuniones. Comenzó con un “escuché que…”, y siguió con “yo había escuchado lo mismo de…”. El rumor se transformó en opinión, luego en fundamento y pronto el grupo místico se había reducido a células políticas que se miraban con desconfianza y se sonreían entre ellas como si la facción rival fuese un enemigo con la cual convivir de manera armoniosa hasta que se tuviera el suficiente armamento para borrarla de la faz del planeta.

La joven pareja no sabía que pasaba, pero las disensiones eran cada vez más evidentes. La agrupación a la que el jóven había llegado se deshizo al finalizar ese año con agrias acusasiones de robo y calumnias entre los cabecillas de cada facción. La navidad la pasó en aquella casa junto a un puñados de fieles, en la penumbra de las velas y la tristeza del fin de todo.

Algo había cambiado también en la naturaleza de la magia que practicaba. Los resultados de sus acciones llegaban a traves de confabulaciones cada vez más oscuras. Si necesitaba hacer que el semáforo se mantuviera en verde, podía caer una rama de árbol con serías consecuencias para los transehuntes o se producía la colisión de un vehículo, tal como sucedió una vez que marchaba a toda velocidad por una vía principal.

Si no había estudiado para una prueba y usaba sus habilidades mágicas, el profesor en cuestión sufría percances desagradables o frontalmente serios. Luego de un par de meses particularmente macabros, el muchacho dejó gradualmente de usar la magia, hasta que un día se juramentó no usarla nunca más.

Las cosas con su novia también decayeron. Un día, la vio coqueteando con un alumno de un curso inferior, y cuando la confrontó ella negó todo con disgusto. Una negra cólera comenzó a subirle por el cuello, llenándole los oídos con un pitido agudo, detrás del cual rondaban voces monótonas y repetitivas. Aquella noche, en sueños, dejó fluir toda su rabia al exterior.

El joven pretendiente de su chica murió a la semana siguiente de un repentino y fulminante cáncer, el cual no se lo detectaron hasta que llegó un día lleno de dolor al hospital, y los doctores se encontraron con la metástasis en pleno.

Sorprendido y desencajado, el muchacho comenzó a preguntarse seriamente si él habría sido culpable de aquel horrible incidente. Su novia pensó que sí, y luego de una seria  discusión, ella lo dejó. Ahí se quedó él, en la calle y en medio de la noche, solo.

Aunque no tan solo.

 

VI

Caminó sin rumbo durante la noche, y se internó derechamente en el sector más peligroso de la ciudad. traficantes y prostitutas eran los porteros de aquel lugar sacado directamente del infierno.

Le llamó la atención algo: en el aire había un olor, un perfume a miedo. Aquél lugar hedía a temor y sobre su cabeza y pecho se depositó una presión semejante a la de los buzos sumergidos en el mar. Él se estaba sumergiendo en un océano de maldad.

Recorrió las calles laberínticas de un costado a otro, dando a callejones sin salida en donde los tipos que se drogaban en la casi inexistente vereda le hablaban incoherencias. En ese momento tuvo la clara certeza de que él estaba ahí buscando redención y muerte; era un suicidio.

El impulso de vida se presentó a su conciencia con la forma del terror. Tenía que huir de ahí, y corrió sin sentido de orientación, con el corazón latiendo a 180 pulsaciones por segundo, la respiración al cuello, escuchando voces y gritos de gente corriendo detrás de él y otros saliéndole al paso. Todo se volvió confuso en un momento y cayó al suelo, sintiendo el sucio y helado cemento en la palma de su mano. Lo rodeó la gente, escuchó gritos, amenazas y luego un puntapié en sus costillas. El mundo se transformó en una plataforma de dolor y llegó la lluvia de golpes, las cuales las recibió casi como una bendición.

Entonces sucedió el evento que no olvidaría el resto de su vida: apenás se había iniciado la golpiza cuando un estruendo llenó el espacio, y uno de sus agresores cayó agonizante a su lado. La atención de la banda se fue de él hacia la dirección de su agresor, y se escucharon nuevos truenos, toda una sinfonía de tormenta de muerte.

Y uno a uno cayeron muertos sus captores. La sangre volaba de sus pechos, sus rostros o sus brazos. Una luz lo cubrió por completo, y al girar la cabeza hacia la fuente de aquel destello vio unas botas militares que aprisionaban pantalones oscuros. El sonido de un motor apareció en la conciencia y luego muchas otras personas que lo rodeaban.

– ¿Estás bien?

El joven gimió.

. Si, está bien – resondió otra voz, femenina pero ruda. Lo levantaron del suelo y lo subieron a la parte de atrás de un Jeep, el que lo llevó hacia el linde de aquel territorio temible. Manteniendo la posición fetal, escuchaba la conversación de sus salvadores. Era una banda rival que había ajusticiado a sus captores por problemas personales. Lo dejaron en una estación de gasolina con algo de dinero en sus bolsillos y se fueron. Entró como zombie a una cabina, echó una moneda y marcó el número de la chica.

Cuando le contesto, lo único que pudo hacer fue llorar.

 

VII

Así descubrió lo de su “buena” suerte. En el casino ganaba lo que necesitaba para poder cubrir ciertas necesidades. Nunca perdía mucho y nunca ganaba demasiado. Una fuerza superior le tenía asignada una cantidad de dinero particular al mes, reflexionó.

Terminó su carrera, pero no se sentía feliz. Había un antes y un después de su relación con aquella muchacha. No ejerció su profesión, la cual involucraba trabajar muchas horas aislado en un cubículo, y en cambio prefirió trabajar de dependiente en mini market, por el simple hecho de tener contacto con la gente. El sueldo era miserable, pero si necesitaba dinero, simplemente iba al casino y solucionaba alguna deuda puntual.

Poco a poco creció en el la sensación de estar metido en un sueño particularmente incómodo. Las cosas sucedían en su vida, no se enfermaba ni tenía accidentes, y en el transcurso de un año presenció suficientes muertes como para pensar que extraño sucedía a su alrededor. Así que decidió visitar a la única persona conocida que podía darle una respuesta.

– Pero que sorpresa – murmuró con agrado la madre de su ex novia  – Entra.

Durante las siguientes horas el joven le narró todo lo sucedido en el último tiempo. La mujer lo escuchó en silencio, interrumpiéndolo escasas veces para aclarar algún punto en particular. Sólo el sorbido regular de su té rompía el sonido de la voz del muchacho. Al terminar, la mujer se puso de pié y caminó hasta perderse detrás de un muro, en la parte posterior del amplio salón de su casa.

Volvió con un libro blanco que él había visto anteriormente; el Ordo Angelicus tenía el borde de todas sus hojas ribeteada con filigradas de oro, al igual que la tapa y contratapa. Se sentó frente a él y habló con esa voz profunda que la caracterizaba.

– Lo que tú me hablas está mencionado en un capítulo de este libro.

– ¿En cual?

– Bendiciones divinas – replicó ella mientras se sumergía en una lectura de un pasaje. Luego de discurrir entre un par de páginas, tomó aire y relató.

– “Pues, en la gracia de Dios y de la corte angélica, aquél que haya sido bendecido por la mano derecha del Altísimo tendrá una gran marca, visible por todos los ángeles y santos, quienes protegerán y prestarán ayuda al elegido para que no sufra daño de ninguna especie, sea físico o espiritual. En cambio, todo lo que haya de sucederle a él se devolverá siete veces siete a quienes quieran causarle mal, sea voluntariamente o por error.” – Acto seguido, cerró el libro de un golpe y una pequeña nube de polvo se desprendió de él.

– Pues bien, querido, has sido bendecido con la Suerte de Dios. Puedes ir por el mundo y disfrutar sin miedo, porque nunca te pasará nada.

El joven no sabía que decir. Balbuceó un par de frases inconexas, hasta que al final pudo articular la pregunta que lo atormentaba.

– ¿Cuanto tiempo durará esto?

-¿La bendición? Toda tu vida

– ¿Y… si yo quisiera terminar con esto, cómo podría hacerlo?

La mujer le sonrió con pena.

– No hay manera. Una vez concedida, no se quita.

La mirada del muchacho se perdió en el suelo. Con voz baja murmuró.

– ¿Como está…? – y el silencio completó la frase.

– Bien – respondió la mujer con condescendencia. – Casada, tranquila e intentando olvidar algunas cosas del pasado.

Los ojos de ambos se encontraron a modo de despedida. Esa sería la última vez que se verían. Lo acompañó a la puerta y se dieron un largo y cálido abrazo. Ella lo tomó por los hombros y con una amplia sonrisa le dio un regalo final.

– Eres un buen chico. Tú sabras que hacer cuando llegue el momento.

 

VIII

Ya se han ido todos, pero él sabe que están ahí, invisibles, eternos y atados a él. Abre la biblia blanca y elige un párrafo al azar. Es una parábola sobre el libre albedrío que Dios había regalado a los hombres y que estos la habían mal utilizado.

Se mantiene despierto toda la noche, y cuando el cielo empieza a clarear, algo ilumina su mente. Por primera vez en mucho tiempo, sabe qué es lo que tiene que hacer. Se ducha y viste, y sale a la calle para hablar con su antiguo empleador.

Está en la esquina opuesta al pequeño negocio cuando un grito lo saca de sus cavilaciones. Un camión pierde el control y se avalanza sobre los peatones inocentes que esperan al lado de él.

– No.

Sabe que morirán, si no todos a lo menos alguno, y sabe que él vivirá.

– No quiero.

Sabe que vivirá porque él no tiene que morir, porque él no puede morir, porque está protegido.

-¡NO!

Y siente la presencia de su ángel guardián sin rostro, observando. Todo pasa con una inusitada claridad y lentitud.

-Ya basta. No quiero que les pase nada a ellos.

“Es inevitable. Todo va a estar bien”.

– Ya no quiero que me protejan. Ya no quiero que hayan más muertes por mi culpa. Detén esto de una vez por todas.

“¿Renuncias a tu protección?”

-Si, renuncio. Llévame a mí.

Un sonrisa atraviesa el rostro plano del ángel y se mantiene flotando un segundo frente a sus ojos.

“Está hecho”

Súbitamente, el ángel es arrollado por la parte frontal del enorme camión negro, el cual desintegra el poste donde un instante atrás se apoyaba un muchacho a la espera, como el resto de los transehuntes, de la luz verde para cruzar al otro lado de la calle. El muro de una casa detiene el tranco de muerte del enorme vehículo.

La gente se arremolina alrededor del camión. Algunos murmuran cosas pero la mayoría está impactado, y es que a pesar de su velocidad y dimensiones, sólo hay una lamentable víctima entre ellos, en algo que podría haber sido una tragedia de mayores proporciones.

– Pobre chico. Que manera más terrible de morir.

– ¿Era un joven? ¿Lo viste?

– Si, estaba ahí, apoyado en el poste.

Algunos hacen un gesto de dolor al imaginar el vehículo reventándolo contra el metal.

– Pero que mala suerte tuvo. ¿Cómo pudo justo el camión golpear ahí?

– Bueno – reflexiona alguién de quien nunca recordarán el rostro – al menos todo el resto se salvó. Es un milagro.

“Si”, se queda la gente pensando, con aquella frase merodeando en su subconsciente, “Es un milagro”.