Archive for febrero, 2011


Vote por su cuento favorito

Damas y caballeros, niños, niñas, criaturas varias:

Se ha cumplido un año desde el lanzamiento del primer cuento en este blog (¡¡¡Eeehhh!!!), y además de agradecerles profundamente sus visitas y comentarios constructivos (todo bien hasta ahora), quiero pedirles un favor.

Durante las próximas dos semanas estaré de vacaciones (¡¡¡Eeehhh!!!), y quisiera pedirles que me contaran cuáles han sido los 5 cuentos que, personalmente, más les han gustado. A partir de esa lista, realizaré una recopilación para publicar mi primer libro durante este año.

Si tiene más de 5 cuentos favoritos, el resto los puede colocar como “menciones honrosas”.

Gracias por su ayuda, queridos contertulios/as. Nos vemos en un par de semanas más por acá.

Un abrazo.

Den.

P.D: Escriban su lista de cuentos favoritos bajo el formato “Deja un comentario”. Thanx.

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La ceremonia del té

N.A: Dedicado a mi tío Luís Dehnhardt, quien me lanzó el desafío de escribir un cuento sobre cualquier cosa, como el té que tomábamos esa tarde en la playa.

Aquí esta su cuento, don Luís.


Levanta la mano con cadencia.

La suspende en el vacío de la tarde. Afuera corre viento, y por la ventana se ve el tránsito de los pétalos que se pierden en el jardín al pie del bosque.

En la misma calma, baja la mano para tomar la punta de la servilleta verde con un movimiento perfecto. Todo el universo se sostiene sobre esa esquina. Exhala y entrecierra los ojos.

Al aspirar, el olor del té la sumerge en una ola de recuerdos. De niña corría por el sendero que asciende hacia la montaña sagrada, nubosa entre bosques milenarios, . Dicen que arriba hay un templo de piedra, donde los dragones tallados defienden el recinto de los impuros.

Su humo es el que esconde la cumbre. Desde que era niña, jamás vio la cima despejada. Algunas noches despertaba inquieta, y desde su ventana veía el anillo de nubes iluminado por relámpagos, trasluciendo figuras fantasmagóricas y en movimiento.

Y sí, en esos momentos había visto los dragones, moviéndose cual serpientes gigantes alrededor de la cumbre.

Su mano se desliza por la mesa y pende sobre el otro extremo de la servilleta. Dobla la manga larga de su kimono para recortar su ancho. Ahora, con un suave movimiento de muñeca, desciende sobre el extremo y lo toma entre índice y pulgar. Yang.

Conoció a su marido cuando ambos eran niños. Los casaron según la tradición, y ninguno era capaz de mirar al otro. Estaban aterrados.

El té reposa dentro del recipiente de jade. La tapa no permite ver su contenido, pero la naturaleza de su ser traspasa los sentidos del olor. Ying.

Las puntas de la servilleta se unen en el centro, en equilibrio. Ahí donde la mente no llega, está el corazón de todo. Este centro espera al pequeño pocillo, perfectamente pintado de verde en su exterior y blanco en su interior, donde se depositará el té.

Sus padres murieron, como todos los padres. Con su marido se quedaron en la casa de ella, y así terminó por convertir aquel pequeño lugar, al lado de la montaña, en todo su universo.

Toma la tetera con la mano derecha y la levanta verticalmente, con la izquierda siguiendo el alza a milímetros de la parte superior de la tapa, sin tocarla. De repetir este movimiento durante años, el estado zen lo logra con perfección. Todo es un movimiento, en el mundo y en el tiempo.

La deposita con calma al lado de la servilleta verde. Afuera suenan truenos intermitentes, repiqueteos de los demonios que vienen de un mundo que ella está por abandonar.

Coloca la taza en el centro exacto de la tela plegada, y lenta e inmisericordemente vierte el té oscuro y aromático sobre la superficie blanca, suave, que la recibe cual nodriza. El líquido se revuelve, se reparte y pone a prueba los bordes y límites de su propio mundo. Una vez vencido el movimiento yang, llega la calma ying, el pozo de superficie lisa y reflectante.

Con una inspiración marcial adopta la posición de respeto hacia el té, los maestros orfebres y los antepasados que han bebido de esta infusión con esos mismos utensilios, durante cien generaciones.

Mantiene esa postura el tiempo exacto, ignorando activamente lo que sucede a su alrededor. La noche cae y el viento empeora. Los truenos resuenan cada vez más cerca, pero ese sonido no es ni remotamente cercano el potente sonido de su corazón. Con los ojos cerrados, entra en un lugar secreto construido de tradiciones atemporales. La roca y el agua, el frío y la noche, el movimiento y el silencio. Todos juntos y separados. Todos uno en ella.

Alarga la mano hacia el pocillo, lo toma y alza en un sólo movimiento. Escucha gritos pero no importa, porque está a punto de volverse inmortal.

Bebe el líquido y ya no hay vuelta atrás; está en ella toda la existencia de sus antepasados, la vida y la muerte, ying y yang. El tao. Por sus venas repta el té a toda velocidad, llenándola de tradición, envolviéndola, salvándola.

Tomaba feliz, plena, cuando entró el soldado enemigo por la puerta. No entendió bien lo que ella hacía; más bien, no entendió (y nunca jamás lo haría) quién era ella. Para él, en su vida de levantarse y acostarse, era sólo un objeto más a matar. Ni siquiera sabía bien qué era matar. Era un salvaje, aterrado por lo monstruoso que era estar en una guerra. Ejecutó lo que su mente le decía. Corrió gritando hacia ella, pero la mujer no se inmutó y siguió bebiendo.

Sin más reflexión, enterró la bayoneta por la espalda, atravesando pulmones y costillas, para asomar por la tierna piel pectoral al otro lado.

Del centro de la punta de metal brotaron miles de flores rojas, de aquellas que tanto amara cuando niña, las que le regaló su marido muerto en la guerra, las que adornan las raíces calmas de los árboles que rodean la montaña.

La sangre se le va. La vida se le va, y faltó el último sorbo de té. Pero está bien.

Ahora, todo está bien.