A su mano fluyó una corriente de estrellas. Hizo una copa entre pulgar, índice y cordial, y una diminuta esfera azul se depositó sobre la punta de esos dedos.

Aquellos dedos blancos que aún no tenían más conciencia que su propia existencia y la de la blanca mano que la sostenía, deslizándose hacia la oscuridad. Entonces, como brocha llevada por el viento, se dibujó el resto del brazo y pronto quedó al descubierto un torso desnudo de donde surgió un delgado cuello, portadora una delicada cabeza coronada con una larga cabellera plateada y brillante. Bajo el torso destelló cegadoramente un cuerpo tenue, de curvas femeninas mínimas y perfectas.

Abrió los ojos. Ya tenía conciencia de sí misma. Podría ver las estrellas fluyendo a su alrededor. Era cósmica y eterna. Donde se encontraba no había tiempo, sólo creación subiendo y bajando con parsimoniosa calma, arrancada de la mismísimas tinieblas.

La diminuta estrella titiló por un segundo y voló de sus dedos. El presentimiento de un mal estremeció el cosmos, y ella danzó una huida entre hileras de supercuerdas cargas de perlas, hilos que colgaban del infinito y continuaban hacia el olvido. Corrió, navegó, en aquel espacio negro, primer ser del universo en fuga.

Buscó con ansiedad, hasta que la conciencia le indicó el camino de salida hacia la luz y el dolor.

El dolor del aire.