Archive for enero, 2011


La danza

En el centro de su cuarto circular, rodeada por lámparas de luz dorada, la princesa escuchaba cómo la tormenta azotaba al palacio.

Las pequeñas ventanas retumbaban con el azote de los millones de granos que atacaban todo lo que tenían a su paso. Sabía, o imaginaba, cómo debía verse el espectáculo abajo, en  los pasillos al descubierto: una nube maléfica que se movía a voluntad, en remolinos y espirales,  ahogando todo ser vivo que estuviese al descampado de manera ilusa o inocente. La marejada de arena debía restallar con furia contra los gruesos muros de la fortaleza, todo color tierra, café o naranjo.

Sharade empezó a tejer una canción que iba al ritmo del viento. Murmuró tonos altos y bajos, pasando de uno al otro con experticia. Sin darse cuenta se puso de pie y empezó a bailar, tal como el cuerpo le pedía.

La cadera se movió al ritmo de su canto, y trazó el ocho con cadencia sensual; se detuvo y movió sus hombros. El ruido de la arena se armonizó con el tintineo de las campanillas de su vestido. Tierra y agua en equilibrio.

Dio vuelta sobre su eje y se desplazó hacia delante con un paso grácil, y sus telas flotaron en el aire, dejando atrás el pasado.

Su canto se alzó en tono, y las estrellas titilaron con la pureza de su voz. Giro tras giro hizo que la noche se acercara más al reino. Así fue que bailó con los ojos cerrados, olvidando la tierra, la tormenta y la luz dorada de su habitación. Las velas se apagaron de un golpe, y en frente suyo apareció una silueta idéntica a la mujer, pero en plata y azul. Cada movimiento que Sharade hacía, ella lo repetía cuál espejo.

Se alinearon, se equilibraron y bailaron para el mundo, para los oídos de la gente de paz y para alegrar el movimiento de las olas del mar. La noche se depositó sobre la arena y la obligó a silenciarse. Afuera, los pobladores salieron a ver tal milagro. En un siglo no habían visto el cielo despejado, y por primera vez en sus vidas contemplaron la legendaria Noche. Había un sol blanco como la plata e incontables pecas brillantes colgando de un manto oscuro. Los hijos se apretaron contra los padres y lloraron de emoción ante la silente belleza.

La mujer y su gemela continuaron aquella danza perfecta hasta que el cuarto desapareció,sumergiéndose en un vacío absoluto. Entonces, la mujer de luz abrió sus ojos y sus pupilas destellaron con intensos astros en fuga. Su suave voz llamó a Sharade, quien, al volver en sí, se asombró del lugar donde estaban. Cientos de estrellas, blancas y titilantes como el cristal, flotaban a su alrededor como una magna corte celestial.

Sharade se transformó entonces en el otoño. Sobre su piel crecieron bosques y montañas, y sintió bajo tierra las raíces penetrando gentilmente su cuerpo. Subió por la savia, se evaporó en la punta de las hojas y fue una nube en su infinito tránsito sobre la tierra. Por un segundo abarcó todo el cielo en su extensión, hasta que llovió sobre el mar. Cielo y mar unidos en ella. Al caer la noche, observó a su hermana brillando en el tope de una gran colina de arena. Le alcanzó y sonriéndole, aceptó su nuevo hogar.

Las historias hablan de los cien años de tormenta de arena que arrasaron con el reino, y cómo fueron rescatados por una princesa que sacrificó su vida para terminar con aquella maldición. Sin embargo, nunca dijeron cuál había sido ese sacrificio, porque no quedó cuerpo para explicar tal milagro.

Tiempo después, el astrónomo real nombró a una nueva y reluciente estrella como Sharade, la luz guía de esa gloriosa nación.

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Vampiros

¿Qué si los vampiros existimos? Es una broma, ¿verdad?

A ver, si entendemos por vampiros la condición de necesitar sangre humana porque nuestros estómagos no pueden procesar los alimentos y que además tenemos problemas con la luz solar porque no tenemos pigmentos que nos protejan de los rayos ultravioletas, al punto que con sólo un minuto de exposición sufrimos quemaduras profundas, sí, existimos.

Pero no tenemos superfuerza ni volamos ni nos transformamos en nada. Tenemos trabajos de mierda, y para colmo de males la gente nos teme, y cuando nos conocen de verdad, se burlan de nosotros. ¡Gracias, puto Bram Stoker, por hacernos la peor publicidad posible! No somos galanes ni tampoco monstruos; sólo estamos enfermos.

Lo de la inmortalidad parece ser cierto, mientras no nos peguen un tiro o nos caigamos en la ducha, porque podemos morir como cualquier hijo de vecino. Sin embargo no envejecemos ni nos enfermamos (lo que nos vuelve potencialmente en esclavos muy útiles).

Así que ríete de nosotros, ¡oh, los temibles vampiros, que pasamos cuatro veces a la semana instalados en los hospitales para recibir algo de sangre intravenosa! Ni siquiera tenemos colmillos, ja.

Pero no te rías tanto. El maldito virus que nos contagió no se transmite por mordisco; es aéreo, como el Ebola o la gripe. Y ya tiene características de pandemia, así que cúidate, no te vayas a contagiar.

No sea que te encuentre la próxima semana fregando pisos de noche acá, conmigo.

La primera conciencia

A su mano fluyó una corriente de estrellas. Hizo una copa entre pulgar, índice y cordial, y una diminuta esfera azul se depositó sobre la punta de esos dedos.

Aquellos dedos blancos que aún no tenían más conciencia que su propia existencia y la de la blanca mano que la sostenía, deslizándose hacia la oscuridad. Entonces, como brocha llevada por el viento, se dibujó el resto del brazo y pronto quedó al descubierto un torso desnudo de donde surgió un delgado cuello, portadora una delicada cabeza coronada con una larga cabellera plateada y brillante. Bajo el torso destelló cegadoramente un cuerpo tenue, de curvas femeninas mínimas y perfectas.

Abrió los ojos. Ya tenía conciencia de sí misma. Podría ver las estrellas fluyendo a su alrededor. Era cósmica y eterna. Donde se encontraba no había tiempo, sólo creación subiendo y bajando con parsimoniosa calma, arrancada de la mismísimas tinieblas.

La diminuta estrella titiló por un segundo y voló de sus dedos. El presentimiento de un mal estremeció el cosmos, y ella danzó una huida entre hileras de supercuerdas cargas de perlas, hilos que colgaban del infinito y continuaban hacia el olvido. Corrió, navegó, en aquel espacio negro, primer ser del universo en fuga.

Buscó con ansiedad, hasta que la conciencia le indicó el camino de salida hacia la luz y el dolor.

El dolor del aire.