PRÍNCIPIO

–         lo siento mucho, eres un hombre maravilloso, pero mi respuesta sigue siendo negativa.

–         ¿No importa lo que yo haga, dama de mi corazón?

La mujer negó suavemente con la cabeza. El caballero, apesadumbrado, subió con lentitud apagada a su corcel de batalla, enorme y negro. Tirando las riendas salió al camino que se alejaba de aquella casucha pobre y mal tenida.

Lo vio alejarse con la cabeza gacha. Pobre caballero, tan galante y dispuesto a dar todo por ella. Bajo otras circunstancias no lo habría pensado dos veces: apuesto, muy rico y con propiedades y castillos. Ella habría sido dama de la corte y se hubiera codeado con reinas y princesas.

Sin embargo, adentro de su choza se encontraba aquél por el cual lo había rechazado: un hombre soñador, constructor de mundos y cariñoso, aunque algo flojo y dejado a la mano de Dios. Roncaba de noche y tenía mal aliento, y de vez en cuando llegaba borracho y en una ocasión le había golpeado, aunque no tan fuerte. Luego se disculpó y no lo volvió a hacer nunca más. Era un buen hombre

Así es el amor, concluyó ella. El viento frío empezó a correr por los campos aledaños mientras el sol se ponía hacia donde marchaba su leal caballero.Un ronquido destemplado resonó adentro de la casa sacándola de sus cavilaciones, y un par de cerdos respondieron con afecto desde el corral.

Cruzó con dificultad del barro de la entrada y echó a correr por el camino con la voz en cuello:

–         ¡Hey, caballero, esperadme!

Mientras agitaba la mano, pensaba con alegría lo bueno que debía ser el sexo en una cama decente.

JURAMENTO

Las ironías de la vida: mi hijo, ni pobre muchacho, tan sensible y yo médico anestesista. Mi mujer psiquiatra y sin poder recetarle algo para el mal de amores.

Cargaba con un tumor de corazón roto sin trasplante posible, y nosotros vimos cómo se le extinguía la vida de tanto dolor.

–         Doctor.

–         Si, un momento.

Hipócrates, a veces suenas tanto a hipócrita. Nosotros acogimos a esa chica, tan serena y dulce. La quisimos como a una hija y terminó por matar a nuestro retoño.

¿Cómo explicarle que el abandono era parte del juego adolescente de quererse? ¿Que tenía que pasar esa etapa y conocer muchas más personas? ¿Que el fin del mundo no era el fin del mundo y luego de ese dolor enorme se habría titulado de adulto? ¿Que su muerte había sido la muerte suya y de su mujer?

–         Doctor, ¿pasa algo?

–         Nada, nada. Comencemos.

Lo enterramos y la chica se presentó. No tenía la culpa, pero la odiamos con toda el alma. Mi mujer corrió para pegarle y la tuve que interceptar. Mientras ella lloraba su desconsuelo, yo le gritaba cosas sin sentido. Sólo me acuerdo que le dije que se fuera y que no quería verla más.

–         Presión 120 con 60

–         Bonita chica.

Bonita chica, si. Su rostro angelical estaba casi desfigurado con el choque. De todos los hospitales, a mi me toca verla agonizando. Su rostro me trae tantos recuerdos amargos, y no puedo separar la imagen de mi hijo sonriendo junto a ella. Maldita sea, maldito seas Dios. Pero vamos a salvarla, tú sabes que vamos a salvarla , ¿verdad?

–         Doctor, está reaccionando. ¿Está bien la dosis de anestesia?

–         Si, suficiente.

Lo suficiente para que sufra todo lo indecible, todo lo que se merece. Ha llegado la hora de pagar, y vas a vivir, te lo prometo, pero las horas que vienen vas a sufrir tanto que será un fuego expiatorio para todos los que te quisimos. Después de hoy, no te guardaré más rencor.