Archive for diciembre, 2010


Dos cuentos breves de fin de año

PRÍNCIPIO

–         lo siento mucho, eres un hombre maravilloso, pero mi respuesta sigue siendo negativa.

–         ¿No importa lo que yo haga, dama de mi corazón?

La mujer negó suavemente con la cabeza. El caballero, apesadumbrado, subió con lentitud apagada a su corcel de batalla, enorme y negro. Tirando las riendas salió al camino que se alejaba de aquella casucha pobre y mal tenida.

Lo vio alejarse con la cabeza gacha. Pobre caballero, tan galante y dispuesto a dar todo por ella. Bajo otras circunstancias no lo habría pensado dos veces: apuesto, muy rico y con propiedades y castillos. Ella habría sido dama de la corte y se hubiera codeado con reinas y princesas.

Sin embargo, adentro de su choza se encontraba aquél por el cual lo había rechazado: un hombre soñador, constructor de mundos y cariñoso, aunque algo flojo y dejado a la mano de Dios. Roncaba de noche y tenía mal aliento, y de vez en cuando llegaba borracho y en una ocasión le había golpeado, aunque no tan fuerte. Luego se disculpó y no lo volvió a hacer nunca más. Era un buen hombre

Así es el amor, concluyó ella. El viento frío empezó a correr por los campos aledaños mientras el sol se ponía hacia donde marchaba su leal caballero.Un ronquido destemplado resonó adentro de la casa sacándola de sus cavilaciones, y un par de cerdos respondieron con afecto desde el corral.

Cruzó con dificultad del barro de la entrada y echó a correr por el camino con la voz en cuello:

–         ¡Hey, caballero, esperadme!

Mientras agitaba la mano, pensaba con alegría lo bueno que debía ser el sexo en una cama decente.

JURAMENTO

Las ironías de la vida: mi hijo, ni pobre muchacho, tan sensible y yo médico anestesista. Mi mujer psiquiatra y sin poder recetarle algo para el mal de amores.

Cargaba con un tumor de corazón roto sin trasplante posible, y nosotros vimos cómo se le extinguía la vida de tanto dolor.

–         Doctor.

–         Si, un momento.

Hipócrates, a veces suenas tanto a hipócrita. Nosotros acogimos a esa chica, tan serena y dulce. La quisimos como a una hija y terminó por matar a nuestro retoño.

¿Cómo explicarle que el abandono era parte del juego adolescente de quererse? ¿Que tenía que pasar esa etapa y conocer muchas más personas? ¿Que el fin del mundo no era el fin del mundo y luego de ese dolor enorme se habría titulado de adulto? ¿Que su muerte había sido la muerte suya y de su mujer?

–         Doctor, ¿pasa algo?

–         Nada, nada. Comencemos.

Lo enterramos y la chica se presentó. No tenía la culpa, pero la odiamos con toda el alma. Mi mujer corrió para pegarle y la tuve que interceptar. Mientras ella lloraba su desconsuelo, yo le gritaba cosas sin sentido. Sólo me acuerdo que le dije que se fuera y que no quería verla más.

–         Presión 120 con 60

–         Bonita chica.

Bonita chica, si. Su rostro angelical estaba casi desfigurado con el choque. De todos los hospitales, a mi me toca verla agonizando. Su rostro me trae tantos recuerdos amargos, y no puedo separar la imagen de mi hijo sonriendo junto a ella. Maldita sea, maldito seas Dios. Pero vamos a salvarla, tú sabes que vamos a salvarla , ¿verdad?

–         Doctor, está reaccionando. ¿Está bien la dosis de anestesia?

–         Si, suficiente.

Lo suficiente para que sufra todo lo indecible, todo lo que se merece. Ha llegado la hora de pagar, y vas a vivir, te lo prometo, pero las horas que vienen vas a sufrir tanto que será un fuego expiatorio para todos los que te quisimos. Después de hoy, no te guardaré más rencor.

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Navegantes

I

La Torre Blanca, un inmenso navío de cuerpo cónico cuya parte aguzada se hunde profundamente en el mar, ha navegado el océano de manera ininterrumpida por incontables generaciones, sin encontrar jamás puerto o tierra a la distancia.

En el centro de la cubierta circular, ancha y plana, se alzan dos velas gemelas altísimas y angostas, albas como la espuma. Gracias a ellas, la embarcación se ha mantenido en movimiento sin detenerse nunca. No hay habitante, en los incontables años de existencia de esta embarcación, que no goce con aquella vista de gracia y majestuosidad.

Dos jovenzuelos conversan desde uno de los innumerables balcones que provee la cubierta, mientras disfrutan el agradable día.

–         ¿Qué nos tendrá deparado el día, querido Orsil?

–         Mi estimado Tresart – responde el muchacho más bajo, de rasgos finos y brillante pelo castaño – no tengo idea. ¿Ir a robar a la tienda de Goren?

–         Nah – contesta su compañero apoyado en la baranda, con tono ausente – eso lo hicimos el mes pasado.

–         ¿Y si hacemos la redada de los callejones de comida? ¡Apuesto que no se olvidarán de nosotros en un buen tiempo!

–         Si, eso podría ser.

Los ojos de Tresart, azules y oscuros como la noche, no se separan del horizonte. Durante un rato los muchachos se mantienen en silencio, observando la  inmensidad del mar mientras las olas chocan contra la embarcación y continúan su viaje hacia el pasado.

–         ¿Que te pasa amigo?

–         No lo sé. Realmente no lo sé, pequeño. Añoranzas de tierra, supongo.

–         Vamos, yo se que te puede colocar alegre – De un salto, el menor de los jóvenes descendió  al suelo y tironeó del brazo al mayor, de cuerpo robusto y hombros anchos. Como era de esperar, no lo movió.

–         Vamos Tresart, vamos a visitar a Mesinia.

Una leve sonrisa se dibujó en el rostro de su compañero.

–         Oh, está bien.

II

Las callejuelas empedradas de la Ciudad Blanca recorren sinuosamente un laberinto de casas y edificios, todos esculpidos en la misma roca que da sustento a la embarcación. El interior de cada estructura es fresca y umbría, apaciguando el constante calor diurno.

Sobre el techo de una de esas casas, a la sombra de un árbol joven y de ramas flexibles, los dos truhanes se escondieron a la espera de ver a Mesinia. Luego de que una mujer enturbada saliera de la casa en dirección al mercado principal calle arriba, apareció una mozuela de pelo negro brillante con un cubo de agua entre sus brazos. Orsil reaccionó primero.

–         Mesinia – dijo en voz baja.

La chica se dio vuelta y observó a su alrededor

–         Mesinia

–         ¡Orsil! ¡Bájate de ahí! – susurró imperativamente al percatarse de la presencia de los muchachos agazapados sobre el techo de su casa. Dejó el cubo en el suelo y observó hacia ambos lados del camino por si alguien los había visto.

Los amigos descendieron ágilmente  para acurrucarse entre la casa y el árbol.

–         ¿Qué diablura están tramando ustedes dos? –  les espetó con complicidad. Delgada, pálida y de brillantes ojos azules, vestía el tradicional vestido blanco con cinta negra atada a la cintura.

Los muchachos la tomaron de los hombros y le besaron en la mejilla, uno a cada lado. La joven enrojeció y se apartó de ellos con timidez.

–         Nada… aún.

–         Pues pasen a la casa. Mis padres no llegarán hasta un par de horas.

–         ¡Maravilloso! – exclamó Orsil – ¡comida!

En el agradable interior de la casa, un espacio sencillo sin adornos llena de utensilios para cocinar  y una puerta en el extremo derecho, los tres jóvenes se sentaron en el suelo de piedra irregular, comieron fruta y tomaron una jarra de agua fresca.

–      La gente se está poniendo nerviosa – les comentó Mesinia – Ya van casi dos semanas en que ustedes no realizan ninguna correría, y existe el rumor de  que van a hacer algo grande y espectacular. ¿Es verdad?

–      Bueno, tú nos conoces… – replicó Orsil esbozando una sonrisa en la boca llena de un jugoso fruto.

–      ¿En serio? ¿Que van a hacer?

–      Niña, tú sabes que no podemos revelar…

–      ¡Oh, Orsil! ¡Vamos, tú sabes que nunca le cuento a nadie de lo que hacen!

–      Si, pero la verdad…

El muchacho buscó ayuda en Tresart. Por un segundo se había quedado corto de mentiras. Pero su amigo estaba taciturno, ensimismado. Casi como un respuesta venida de otro lado, de otro mundo quizás, el mayor de los truhanes respondió con voz cavernosa:

–      La verdad es que vamos en busca de la gruta escondida que lleva al mar.

Los interlocutores lo quedaron mirando sin entender lo que había dicho. Mesinia balbuceó una pregunta:

–      ¿La… gruta hacia el mar? ¿Van a perder el tiempo buscando esa mentira?

–      Lo que mi gigantón compañero quiere decir es que…

–      Estoy diciendo exactamente lo que vamos a hacer. Vamos a bajar al mar.

Los otros jóvenes se miraron con consternación. Orsil le realizó la pregunta más simple de todas:

–      ¿Por qué?

–      Porque podemos. ¿Quién más que nosotros, si no?

III

–      Pero mi mamá me va a …

–      A nada Mesinia. No nos van a descubrir. Eres demasiado linda para que piensen mal de ti.

La chica se sonrojó con la respuesta. El sonriente Orsil no se percató de la fea mirada de su compañero.

–      Anda, ve – y el menudo joven le dio un suave empujón a la muchacha en la espalda, la cual trastabilló y se fue caminando con visible indecisión. Llegó a un estante donde un hombre alto hacía las veces de guía y guardián de los registros de la Gran Bilbioteca.

–      Buenas tardes, señor Orlando.

–      ¡Ah! ¡Pequeña Mesinia! ¿Que la trae por aquí?

–      Estoy… interesada en estudiar un poco de historia sobre nuestra comunidad.

–      ¿En serio? Muy bien, pues. La juventud de hoy no suele estudiar las raíces de nuestro gran pueblo. ¿Buscas algo en especial?

–      Si – carraspeó. A la joven no se le daba bien mentir – ¿Cual es el texto más antiguo que hay a bordo?

–      ¿El más antiguo? Pues el Veratum, pero ese no está a disposición del público. Además está escrito en latín, una lengua que nadie más que el capitán y un pequeño grupo de selectos estudiantes maneja, así que no te serviría de nada. Te recomiendo la Historia Antigua de Nave Blanca. Además de estar escrita en nuestro idioma y ser bastante entretenida, es la recopilación que realicé yo durante…

–      ¿Le puedo hacer una pregunta? – interrumpió Mesinia – ¿Donde está ese texto, el Verasium? ¿Podría verlo?

–      Ehhh… está adentro, en una cámara secreta y aislada de la gente. Lo siento pequeña, pero no puedo hacer excepciones. Además, lo custodia una guardia especial. Es lo más cercano que hay a un texto sagrado en toda la nave.

–      ¿Un texto sagrado? ¿Cómo el Santo Peregrino?

–      No, ese es un libro de doctrina de fe, para que nunca perdamos de vista quienes somos, de donde venimos y hacia donde vamos. Este libro es sagrado como ningún otro ha existido jamás. Por eso no podemos…

La conversación fue interrumpida por un estruendoso quebradero de vidrios. La ventana de la derecha se hizo añicos, y la chica gritó de susto. El celador corrió hacia el boquete, y cuando se inclinaba sobre él, la ventana opuesta reventó de la misma manera.

Ante el estruendo, salieron estudiantes y guardias desde las entrañas de la biblioteca para averiguar qué era lo que estaba sucediendo. Se produjo una gran batahola durante un minuto, y Mesinia divisó por el rabillo del ojo un par de sombras ingresando por las puertas entreabiertas que llevaban a las mazmorras. Se angustió por ellos.

IV

–      ¿Qué dice el mapa?

Un chispazo de pedernal iluminó brevemente la oscuridad.

–      A la izquierda en algunos metros más. Escalera descendente, puerta y escalera descendente en espiral.

Los susurros, entrenados durante años de correrías y vandalismo público, sonaban como gritos a pleno pulmón frente al silencio sepulcral de las mazmorras. Hacía mucho rato que habían pasado los niveles de lectura y llevaban bastante tiempo descendiendo desde el salón de los Incunables, lugar donde descolgaron el añoso mapa de la Gran Biblioteca.

Esta era la primera vez que sentían el estrés de hacer algo realmente prohibido y que potencialmente podría significar un daño en sus vidas. Uno de ellos se preguntaba el porqué de esta correría, y el otro reflexionaba sobre la necesidad de tanta protección para un libro.

Llegaron a la puerta. Con suavidad tantearon la madera húmeda y astillada hasta encontrar el pomo de metal y el orificio que esperaba una llave. Trabajaron en conjunto: mientras uno bajaba la palanca para abrir la puerta y ejercía presión sobre ella, el otro ingresaba un par de fierros flexibles hechos especialmente para desbloquear cerraduras.

Se escuchó un chasquido que les quitó el aliento. La seguridad de la puerta había saltado haciendo un estruendoso eco de mil demonios. Al empujarla , el chirrido fue peor. Se quedaron quietos con los sentidos aguzados al máximo, esperando escuchar algún golpeteo de pies de subida o de bajada, en busca del origen del ruido, pero no sucedió nada; el silencio volvió a depositarse sobre ellos como polvo en un cuarto viejo.

Se deslizaron por el espacio que quedó entre el marco de la puerta y el muro de piedra. Descendieron con la cautela de los gatos, sintiendo que se acercaban a un infierno particularmente frió y húmedo, y al finalizar el descenso recorrieron el breve descanso que terminaba frente a la última puerta registrada en el mapa. Lo que encontrarían ahí adentro quedaba a su imaginación, y como se puede deducir fácilmente, en la imaginación febril de dos chicuelos inquietos, las cosas no se aspectaban bien.

Esta vez encontraron más resistencia. Había candados, pasadores y dos chapas. Estuvieron un rato largo (en la  oscuridad el tiempo se distorsiona ), hasta que lograron empujarla y dejar un espacio suficiente para entrar.

Por el resquicio de la puerta escapó una corriente de aire heladísima y salobre. Dieron un chispazo, y la breve luz iluminó una escalera semejante a las anteriores, que descendía hasta perderse tras un muro. Se dieron un apretón de manos que en su mudo lenguaje significaba que estaban de acuerdo en continuar con aquella empresa. Los escalones eran resbaladizos, así que descendieron lentamente.

Luego de lo que pareció una eternidad, decidieron dar un nuevo chispazo. Lo que les reveló la luz los dejó atónitos: frente a ellos, a escasos escalones de distancia, se abría un tosco y pequeño cuarto circular abovedado, en cuyo centro se alzaba una mesa rectangular de piedra donde descansaba un inmenso libro de tapas de cuero café, cerrado. Contuvieron la respiración por un momento, y descendieron hasta llegar al cuarto.

Sintiéndose en confianza, encendieron unas pequeñas teas que llevaban ocultas dentro de su ropa. El fuego reveló un lugar tosco excavado en piedra, con cuatro pedestales oxidados para antorchas de mayor envergadura que las suyas.

Sin necesidad de levantar el libro, se dieron cuenta que intentar llevarlo a la superficie sería una tarea titánica, y en su actual situación, no recomendable. Así que decidieron abrirlo. Una frase escrita en bella caligrafía ocupaba el extremo superior izquierdo.

A divinis  fortiori limine mari usque ad mare

 

–      ¿Que significa? – preguntó Orsil, trasuntado por el frío y la emoción.

–      ¿Y cómo quieres que yo sepa? – inquirió Tresart con cierta violencia.

–      Bueno, no sé… ya que tú nos trajiste a esto, pensé que tendrías alguna idea de qué era lo que buscábamos.

El prominente joven refunfuñó, pero no dijo nada. Tomó las próximas páginas y comenzó a recorrerlas. Todo estaba escrito en esa extraña lengua, y nada de lo que veía le hacía sentido. El libro era ancho y sus miles de páginas se resquebrajaban con la manipulación de los muchachos. Luego de un rato, Tresart admitió la derrota.

–      No sacaremos nada de aquí, volvamos.

–      Muy bien… espera, Tresart espera.

El macizo muchacho que subía las escaleras se devolvió al instante. En una página se mostraba el esquema de la minúscula caverna donde se encontraban, y algunos párrafos más, abajo, la representación del libro. Bajo él, se hacía presente una palabra de la frase inicial: Limine.

Dieron vuelta la pagina con cuidado, y al final del primer párrafo aparecía un dibujo que representaba el pedestal de piedra donde descansaba el libro, remarcando unas asas en los dos pilares de piedra que la sustentaban. Los muchachos miraron bajo la mesa, y efectivamente, dos asas de cobre verdeado por el óxido descansaban ahí. Volvieron a mirar el libro, y salía un ilustración sobre el movimiento que era necesario para desplazar la mesa.

Tras años de actuar juntos como equipo, fue necesario una sola mirada para entender lo que iban a realizar. Utilizando todas sus fuerzas intentaron desplazar la mesa hacia la dirección que señalaba el esquema, sin éxito.

–      Está muy pesado.

–      Si, pero no volveremos a la superficie a buscar ayuda, ¿o sí?

Inspeccionaron la habitación. Tresart se dirigió hacia uno de los porta antorchas y tiró de él. Al principio estableció férrea resistencia, pero la tozudez del esfuerzo comenzó a brindar frutos.

–      ¡Ayúdame!

Orsil se unió al esfuerzo de su compañero. La piedra fue cediendo ante la presión y finalmente salió el largo trozo de metal que se enterraba con firmeza en la pared. Los muchachos cayeron al suelo con su trofeo, el cual realizó un estrepitoso ruido al chocar con la superficie pétrea.

–      ¡Silencio! – advirtió Orsil- ¿Escuchas?

Cuando el eco metálico desapareció, escucharon un persistente golpeteo, rítmico y creciente.

–      ¡Alguien viene! – susurró con desesperación Tresart – ¡Rápido!

Ambos jóvenes se colocaron a un lado de la mesa de piedra. Efectivamente, el sonido iba en aumento, lo cual significaba que quien viniese, estaba cerca. Los pasos pudieron distinguirse claramente, y eran no uno, sino varios los individuos que se acercaban. Así que los muchachos usaron toda la fuerza que les quedaba como si de ello dependieran sus vidas.

La mesa cedió levemente. Los jóvenes observaron hacia la escalera, y escucharon la penúltima puerta chirriar. Voces de hombres deliberaron con evidente tono de disgusto.

–      ¡Apaga el fuego! -ordenó Tresart

Orsil abandonó a su amigo en su esfuerzo y tomó las teas, las arrojó al suelo y con dos decididos pisotones las apagó. Con la luz mortecina que quedaba corrió de vuelta a su puesto y siguió haciendo palanca.

Los hombres llegaron al descanso que precedía la última puerta, y los que iban adelante chocaron con los candados, cayendo hacia adelante. Lanzaron sonoras maldiciones mientras sus compañeros los recogían, y una vez en pié, sacaron sus espadas cortas y atravesaron la puerta entreabierta con precaución.

–      Pásame la antorcha – exigió el que iba adelante. Le depositaron un madero en la mano y lo puso delante de él, iluminando el descenso.

Al llegar, no pudieron salir de su asombro.

No había nadie.

V

Los jóvenes descendían por una eterna escalera de caracol, sumergiéndose en la mayor oscuridad que ningún habitante de la Torre Blanca hubiera experimentado jamás. Las estrechas paredes serpenteaban hacia el infierno, y a ellos no les quedaba más remedio que continuar por ese camino.

El silencio tenía ritmo, el de sus pasos. Cada pie que tomaba contacto con el siguiente escalón daba un pulso y un eco, esperando a que viniese el siguiente. Al principio habían corrido escalera abajo, atemorizados por los perseguidores, y cuando se calmaron, instintivamente disminuyeron su velocidad hasta asimilar sus pasos con los latidos de su corazón. Finalmente, ambos corazones y ambos ritmos se unieron en uno solo.

En aquel silencio y oscuridad, sus pensamientos comenzaron a fluir sin frenos, y cuando una voz quebró el silencio planteando la pregunta, esta ya pertenecía a los dos.

–      ¿Por qué estamos acá?

–      Porque podemos.

–      ¿Que significa eso?

–      Esto significa que sólo nosotros podemos hacer esto, nadie más.

–      ¿Y porqué?

–      ¿Te has preguntado alguna vez sobre por qué somos truhanes, y no zapateros o comerciantes?

–      O pilotos

–      O pilotos. ¿Te lo has preguntado?

–      Si

–      ¿Y que respuesta obtuviste?

–      Ninguna. La respuesta parecía no gustarme.

–      Exacto. Cuando eramos pequeños, resultábamos revoltosos e hicimos algunas travesuras y correrías. Quizás eramos más inquietos que el resto, pero entonces la autoridad nos declaró truhanes, y nosotros aceptamos, ¿verdad?

–      Si.

–      Y entonces se acercaron otros truhanes más viejos y torcidos a enseñarnos los trucos del oficio, ¿cierto?

–      Es cierto.

–      ¿Alguna vez quisiste hacer algo distinto?

–      Si, pero no podía.

–      ¿Por que?

–      Porque ya soy un truhán.

–      Exacto, igual que yo. Alguien dicta el orden de las cosas, porque son necesarias en nuestra nave, en nuestro mundo. Y así, el zapatero fue designado por su habilidad con las manos y las herramientas de hacer zapatos, y el vendedor por su capacidad para negociar. Y eso han hecho de su vida. Alguien que ni siquiera alcanzamos a distinguir dicta nuestros destinos y nuestros oficios en la nave. El nuestro es el de truhanes, y para detenernos designaron a los guardias, que confían en su posición y en su buen juicio.

–      Es verdad, pero ellos no lo saben.

–      O no quieren reconocerlo. Por eso estamos acá, porque nadie más podía hacer este descubrimiento y este viaje.

–      ¿Sabrán otros de este pasaje secreto?

–      Yo creo que si, pero no es su oficio el recorrerlo, sino es el nuestro.

Luego de eso, retornó el silencioso pulso de su caminar.

VI

El sonido del mar fue en aumento, pero tuvieron que descender mucho más de lo que suponían para encontrarse con aquel muro final. Lo registraron de arriba abajo, pero no encontraron intersticios ni picaportes, nada.

Luego de breves deliberaciones, decidieron usar la fuerza bruta. Era una idea alocada, pero no habían llegado hasta ahí para quedarse atrapados.

Sorpresivamente, luego de dos o tres golpes con todo su cuerpo, el muro cedió y dio paso al incandescente y doloroso sol. Sólo cuando pudieron acostumbrar sus ojos decidieron salir.

El mar. Estaban a orillas del mar. Podían ver las olas, grandes y pequeñas, azuladas y verde profundo, pasando a escasos metros de ellos.

Habían salido un diminuto terraplén que terminaba en una inclinada rampa de piedra blanca y lisa, haciendo las veces orilla de playa. Desde esa perspectiva, el mar era otra cosa, una experiencia completamente distinta a lo observado desde cubierta. Se recostaron y siguieron la línea infinítamente alta de la Torre Blanca, la que ascendía hacia el cielo, donde estaba su mundo cotidiano. Este, en donde se encontraban ahora, era tierra fértil e ignota, nueva y solamente de ellos. Era su orilla, su reino y su mar.

El tiempo transcurrió sin que los muchachos se dieran cuenta. Llegó la noche y sintieron frío, pero se refugiaron en la cueva de entrada. Al amanecer, retornaron a la playa.

No perdían el asombro por el movimiento del mar al pasar su navío por las olas, las que reventaban y continuaban siempre el mismo camino, hacia atrás. No fue hasta mucho rato después que Tresart descubrió algo que le llamó la atención.

–      Orsil, fíjate.

–      ¿Que?

–      En la orilla, y en los muros de nuestra nave.

–      ¿Que pasa?

–      Los golpean las olas al pasar.

–      Si, ¿y?

–      No están mojadas.

El menor de los jóvenes aguzó la vista. Efectivamente, no quedaban rastros ni de espuma ni de agua.

–      Que extraño. Quizás la piedra de la Torre absorba la humedad.

–      ¿Pero con tanta rapidez?

–      Mmm, tienes razón. Echemos un vistazo. Tresart, afírmame mientras me asomó a la orilla.

–      Muy bien.

La inclinada superficie de la playa era lisa y resbalosa, así que fueron cuidadosos. Estirando su mano al máximo, Tresart tomó el tobillo de Orsil, el cual se acostó sobre la orilla y estirósus brazos para tocar el agua marina.

Un mal movimiento hizo que Tresart perdiera el equilibrio , y entre gritos cayeron ambos al agua. Como la mayoría de los habitantes de la Torre, no sabían nadar.

Los muchachos chocaron contra la superficie marina, fueron arrastrados y golpeados con salvaje vehemencia por las olas. Entonces, y gracias a los años de entrenamiento en situaciones extremas, recobraron el equilibrio y de un salto se pusieron de pie.

No podían dar crédito a lo que sucedía. Estaban equilibrándose con dificultad sobre el agua.

El mar era sólido.

VII

Les tomó poco tiempo acostumbrarse a la superficie gelatinosa y extraña, y comenzaron a caminar entre las olas en movimiento. Se apartaron lo suficiente de la orilla como para poder observar la regia Torre Blanca.

El instinto de supervivencia aún sobrepasaba el del asombro, pero cuando se emparejaron, gritaron con una mezcla de júbilo y espanto.

–      ¡Estamos caminando!

–      ¡Estamos vivos! ¡Podemos caminar sobre el agua!

–      ¿Pero que diablos pasa? ¿Donde están los peces? ¿Porqué no nos hundimos?

Siguieron su trayecto alejándose con prudencia. En un sector donde las olas parecían moverse con mayor lentitud, los muchachos se detuvieron.

–      ¡Tresart, mira!

–      ¿Que cosa?

–      ¡Son las olas las que se mueven! La Torre Blanca está inmóvil! Todas las olas se dirigen hacia el mismo lado.

Ambos muchachos comprobaron aquel extraño suceso. Las olas se movían, dando la ilusión de que la Torre Blanca se desplazaba hacia un hipotético adelante. Pero el efecto era como el de la luna cuando, estática sobre el cielo nocturno, parece desplazarse a gran velocidad cuando pasan todas las nubes en una dirección particular.

Recobrando el aliento de la difícil caminata, uno de ellos murmuró para sí mismo.

–      No vamos a ningún lado.

El otro le respondió.

–      La nave no se mueve. ¡Por eso no hemos llegado nunca a puerto!

–      ¡Porque estamos inmóviles!

Los jóvenes se abrazaron jubilosos, sintiendo que habían encontrado la respuesta al gran misterio, infinito anhelo de tantas generaciones. Habían encontrado la manera de llegar a la tierra. Pero cuando una ola pequeña les golpeó y cayeron de bruces en la superficie gomosa, reaccionaron.

–      ¿Y quién nos va a creer?

–      ¿Cómo que quien nos va a creer? ¡Todos!

–      ¿Estás loco? ¡Somos los truhanes, los que mentimos y robamos! ¡No nos va a creer nadie!

–      Pero llevemos pruebas…

–      ¿Cuales? ¿Un puñado de mar?

Orsil intentó atrapar algo de mar, pero su mano se sumergió entre el agua sin poder sacar ningún trozo de esa sustancia.

-Es verdad. Pero tiene que haber alguna manera de que nos crean.

Retornaron a la plataforma de la Torre Blanca y descansaron. El esfuerzo de caminar por aquella difícil superficie los había agotado sobremanera y les había abierto el apetito. No tenían nada para comer.

Sintiéndose muy débiles para iniciar el ascenso, apenas llegó la noche, se durmieron.

Despertaron antes del amanecer. Las estrellas se mantenían cristalinas y fijas sobre ellos. Cruzaron pocas palabras y ninguna con sentido. La euforia del día anterior se había transformado en un pesimismo negro. Nadie les creería, porque básicamente ellos no eran de confianza. Su función en la nave era la de ser los que engañaban, y así serían vistos siempre.

Además, si retornaban a cubierta, ya se habrían dado cuenta de que eran ellos los que habían armado aquel alboroto, los detendrían y pasarían un largo tiempo tras las rejas. No, por donde lo vieran, no tenían esperanza de que les creyesen.

Tenía que haber alguna forma. Tenían que obtener un voto de confianza de alguien importante.

Y en un momento de inspiración conjunta, se miraron fijamente, y en sus ojos brilló una chispa de astucia.

Tenían que convencer al gran capitán.

El golpe que toda la gente esperaba hace semanas, estaba a punto de suceder.

VIII

–      Capitán – anunció un heraldo al entrar en la cabina – los ladronzuelos han sido capturados.

–      ¿Donde? – dijo el hombre, grande y de barba blanca. En su chaqueta de uniforme colgaban dos medallas doradas, que representaban un águila y un toro chocando entre ellos.

–      A la salida de la gruta del libro.

–      Así que lograron ir y volver del infierno- murmuró para sí – ¿Los trasladaron a la carcel?

–      Si señor.

–      Muy bien, voy de inmediato.

La prisión de la Torre Blanca era exactamente todo lo contrario al resto de la embarcación. Gris y oscura, se encuentra bajo cubierta, para que los prisioneros nunca más contemplen la luz del sol. El capitán entró secundado por su comitiva. Ahí, apiñados en un rincón de su celda y con dos guardias permanentes en su puerta, se encontraban los muchachos.

–      ¿Saben lo que hicieron? – dijo sin preámbulos

Lo miraron con aire desesperanzado. Eran dos pobres seres humanos que habían pasado por una experiencia terrible, que aún traían consigo, y no respondieron.

–      ¡Hablen! – exigió el capitán, y los hombres que lo acompañaban dieron un paso hacia atrás – ¿que fue lo que vieron?

–      Usted sabe lo que vimos, capitán – enunció Tresart con voz de ultratumba – ¿Verdad? ¿Quiere que lo comente con la tripulación de testigo? – y le dirigió una mirada de oscura comprensión que lo traladró.

–      ¿Cómo te atreves a dirigirte así a nuestro…?

–      Calma, Vitel. El muchacho habla con cierta razón. Si creo que viene de donde sospecho, tiene motivos para estar trastornado. Pero no voy a caer en un truco tan simple. ¿Verdad, señores?

–      Limine – murmuró Orsil.

La temperatura bajo varios grados de un golpe entre los asistentes. Alguien se atrevió a confirmar lo que habían oido.

–      ¿Que dijiste? – arrastró la pregunta Vitel, segundo al mando de la Torre  Blanca.

–      Limine – repitió Orsil, esta vez más fuerte.

–      Mari usque ad mare – continuó Tresart.

–      Quiero que todos salgan, incluyendo los soldados y los prisioneros que se encuentren acá. Traigan al gran sacerdote. Ahora.

La orden fue cumplida a cabalidad. Media hora después, en ese piso de la prisión sólo habían cuatro personas, y dos de ellas tras de las rejas.

–      Así que encontraron el libro. Felicitaciones, esto estaba predicho hace mucho, mucho tiempo- comentó el capitán al tiempo que empezaba una caminata frente a la celda, de un lado hacia el otro, con las manos tomadas a su espalda.

–      Pero Cristof, ¿serán realmente estas dos bestezuelas las que anuncia la profecía?

–      ¿Quienes, si no?

El sacerdote, un hombre delgado y demacrado, con demasiada piel sobre los huesos, se aproximó a la jaula con la linterna y observó a los chiquillos. No se habían movido desde su rincón.

–      No se. Me parece improbable.

–      Ahora estamos solos, pequeños. Díganme lo que vieron.

Tresart se puso lentamente de pie y se acercó a la reja. Sólo cuando sus manos tomaron con firmeza los barrotes, habló.

–      ¿Me quieren decir que su libro sagrado habla de nosotros, pero no de lo que encontramos allá abajo?

–      ¿Del infierno de oscuridad y humedad? – interrumpió Orsil.

–      ¿De la salida al mar?

–      ¿Del secreto final?

–      ¡Silencio herejes! – saltó hacia atrás el sacerdote, haciendo la señal de protección para los demonios – ¡Cállense, lenguas del Señor de las Mentiras!

–      Por supuesto que vimos lo que hay abajo, y es terrible.

–      Y maravilloso.

–      ¡Hablen de una vez! – interrumpió el capitán con el rostro lívido de cólera. Las manos le temblaban. – ¡Hablen de una vez, malditos mequetrefes!

–      Antes tenemos una pregunta, capitán. ¿Por qué, si ustedes saben de la existencia del libro y de cómo entrar a las escaleras, nadie ha hecho ese camino?

–      Porque el libro lo prohíbe, par de ignorantes – respondió el sacerdote -Dice que sólo los elegidos del pueblo podrán recorrer el camino que nos liberará a todos viaje eterno en que nos encontramos. Ellos darán las coordenadas para encontrar la tierra prometida. La divinidad dará la fuerza para pasar por el portal que va desde el mar hacia el mar.

–      Cualquier otro que lo intente, perecerá de la manera más horrorosa posible, porque las escaleras están malditas – complementó el capitán – Ahora ustedes lo hicieron. Dígannos que encontraron.

–      ¿Le contamos? – preguntó Tresart a su compañero. Este asintió con aire pensativo.

–      Capitán, una última pregunta. Sabemos que usted mantiene contacto por radio con otras naves torre, lo que nos permite saber que hay más personas en el mundo. ¿Sabe en qué dirección se encuentran?

–      ¿Que tiene que ver esto con lo de ustedes?

–      Por favor capitán ¿Sabe su dirección?

–      De manera aproximada, sí. Pero los sistemas automáticos de la Torre Blanca impiden que nos acerquemos a las otras naves. Sólo así podremos recorrer el vasto mar hasta encontrar tierra. La primera nave que divise una costa avisará al resto y dará su posición por radio.

–      Ya veo – reflexionó Tresart – Muy bien capitán, lo que le voy a contar puede que no le guste, o no lo crea, pero es cierto y podemos probarlo.

IX

Imposible.

Pero ese par de rateros se ofreció a mostrarnos el camino.

Es una trampa, para deshonrarnos, para reírse en nuestra cara de nuestra propia credulidad. Si, eso debe ser. Quieren dejarnos mal parados frente a la comunidad.

¿El mar sólido? ¿La Torre Blanca inmóvil? ¿Pero a quién se le ocurre una idea tan tremendamente infantil y descabellada? Sólo a dos mocosos mal intencionados. Mañana les voy a dar un castigo ejemplar en el medio de la plaza pública, para que todos comprendan que con la autoridad no se juega. Si señor, eso haré.

El capitán subió las sábanas de seda, plateadas a la luz de la luna llena, hasta la barbilla. El contacto entre la delicada tela y su rostro le resultó sublime, tanto como la idea que no se atrevía a expresar, que se mantenía bajo el monólogo de su mente.

¿Y si era cierto lo que decían? ¿Entonces, que diablos harían?

X

La multitud comenzó a congregarse una hora antes de las doce del día en lugar de la ejecución de la pena: veinte latigazos a cada uno de los jóvenes, el castigo más duro del cual se tuviera recuerdo en varias décadas.

Mesinia intentaba pasar entre la multitud para poder contemplar aquello que tanto había temido: sus dos amigos fallando estrepitosa y terriblemente en su empresa. En el fondo, no podía creerlo. Ellos tenían que tener un plan, seguramente se soltarían de sus captores y correrían alegremente calle arriba, saltando entre la gente y desapareciendo sobre los tejados, como siempre lo hacían.

Por eso, cuando por fin pudo atravesar aquella muralla humana y observar sus rostros, cayó de rodillas y lloró con simple desesperación: en los rostros macilentos y demacrados de sus amigos sólo cabía la derrota.

El jefe de seguridad de la embarcación apareció flanqueado por dos marinos de elite, altos y fornidos. Cada uno de ellos llevaba al cinto un látigo de cuero negro, cuya larga extensión se enrollaba hasta terminar en una diminuta esfera de metal erizada de púas y garfios. Este era el peor castigo que existía en la Torre antes de la pena capital.

Los jóvenes, atados de pies y manos a unos caballetes especialmente diseñados con el propósito de azotar a los culpables, hicieron un fatuo intento por liberarse de las amarras, y luego colgaron como peso muerto de las muñecas. Cada uno de los marinos se colocó a las espaldas de su hombre designado, y mientras comenzaban a desenrollar el arma, el jefe de seguridad se dirigió al pueblo congregado para tan indigna ocasión.

–      Lo que estamos a punto de hacer no nos enorgullece- explicó – pero queremos que este escarmiento quede registrado en los anales de la nave y en vuestras memorias, pues nadie está sobre la autoridad, no importante que tan jóvenes o viejos sean.

“Esperamos que las marcas indelebles que queden en sus cuerpos hoy – y arrancaron las vestimentas de los muchachos, dejando al descubierto sus espaldas, – sean una lección que lleven con orgullo y sabiduría cuando vayan envejeciendo y puedan portarlas con altitud de miras.”

–      ¿Podemos pedir algo? – pidió Tresart con voz rasposa

–      ¿Que? – preguntó el jefe de seguridad.

–      Queremos ver al capitán.

–      El capitán está con nosotros

–      No lo veo – respondió el muchacho

–      Esto no es importante para lo que va a suceder.

–      ¡Exijo ver al capitán frente a mi…!

Un latigazo cruzó el aire y restalló sobre la espalda desnuda de Tresart, quien profirió un grito espantoso de dolor. Sus rodillas se doblaron y quedó colgando de sus muñecas. En silencio, sollozó su dolor.

–      ¡Dejen que vea al capitán!

–      ¡Si, no va a hacer daño!

La multitud se alzó sorpresivamente a favor de los ajusticiados, y el murmullo se esparció entre los presentes como una ola en el mar. Los verdugos observaron la situación con desconcierto, y obtuvieron lo mismo de su superior inmediato. De pronto, todos callaron. El capitán se alzó desde su ubicación y avanzó a paso lento hasta colocarse frente a frente con aquel que lo había solicitado.

Se estudiaron: uno altivo y todopoderoso, el otro desafiante y poseedor de un fuego interior que bullía por los ojos. No podían esquivarse la mirada, estaban enganchados como una cobra y una mangosta, esperando el punto de indecisión con el cual matar a su rival.

Al fin habló el muchacho, tan despacio que sólo el capitán escuchó.

–      Usted si me cree, capitán. Tiene miedo

–      Yo no tengo miedo a nada – respondió ufano.

–      Si capitán. Le tiene miedo a estar equivocado durante toda su vida.

La furia se le subió al rostro. Con un rugido exclamó:

–      ¡Continúen!

Y en ese instante, Orsil gritó a todo pulmón:

–      ¡Martsen!

Los látigos volaron hacia las espaldas de los jóvenes, pero restallaron en el aire vacío. Sus blancos se hallaban en el suelo reduciendo al capitán con sendos cuchillos en la garganta. Desde el cielo cayó una lluvia de flechas que mantuvo a todos los guardias en su posición, y saltando entre la gente aparecieron los viejos truhanes.

Rodearon el cuerpo del capitán y los jóvenes, quienes levantaron a la fuerza al gigantesco hombre, torciéndole el brazo. Este dio instrucciones a toda voz de matar a los delincuentes, pero cuando los soldados vieron el cuello del capitán con un leve hilo de sangre, entendieron que un movimiento en falso, y se quedaban sin líder.

Así, forzando su paso entre varios hombres, el pequeño grupo de secuestradores ingresó a la Gran Biblioteca, en busca de los pasadizos que llevaban hacia el libro y las escaleras del infierno.

XI

–      ¿Que pretendéis, miserables?

–      Lo más obvio, capitán. Que nos crean.

–      Nadie les va a creer nunca. ¡Ustedes sólo son delincuentes!

–      Lo sabemos. Por eso lo estamos raptando. Con toda la gente que nos sigue, si no nos creen a nosotros, bueno, que vean con sus propios ojos y juzguen.

–      ¿Vamos a las escaleras del infierno?

–      Exactamente. No me va a decir que tiene miedo.

El refunfuño del capitán se perdió entre las laberínticas catacumbas y escaleras en espiral que descendían a la sala del libro. Detrás de ellos y a una distancia prudente, los seguían soldados y valientes ciudadanos del pueblo.

–      Gracias Martsen por liberarnos.

–      Fue un placer – respondió el hombre andrajoso y delgado que marchaba detrás de ellos con una antorcha y la espada en ristre.

–      Gran puntería, a propósito.

–      El mérito es de ustedes. Hicieron un gran espectáculo al atraer la atención de toda la gente. Ni siquiera necesité ocultar el arco mientras apuntaba hacia las cuerdas.

–      Eres un maestro – reconoció Orsil

–      Claro que si. Soy su maestro, chiquillos.

–      Eso es verdad.

Tiempo después, Tresart anunció.

–      Estamos llegando.

Los ecos de sus pasos se multiplicaron al ingresar en la pequeña gruta, y los hombres contemplaron el libro. Algunos titubearon ante la presencia de aquel objeto sagrado del que le hablaban sus abuelos, pero ante la decisión de los dos jóvenes, se acercaron.

El capitán se resistió ante la visión del tomo gigantesco. Murmuró algo inentendible, y los muchachos supusieron que era la lengua misteriosa en que estaba escrito.

–      No saben lo que están haciendo. ¡No saben lo que hacen!

–      Si capitán – respondió con calma Tresart – sabemos perfectamente lo que estamos haciendo.

–      No. Lo que va a hacer es liberar el infierno.

El resto de los hombres se miraron con duda. Pero un sólo movimiento de cabeza de Martsen terminó con la incertidumbre.

–      ¿Y ahora qué? – exigió saber el viejo maestro.

–      Ahora necesito que un par de hombres haga lo que les vamos a decir – respondió Orsil.

Siguiendo las instrucciones, corrieron la mesa de piedra y un golpe de aire salobre y húmedo les caló los sentidos.

-Pueden matarme – dijo con solemnidad el capitán al observar la estrecha abertura que daba paso a las escaleras secretas – pero no me van a obligar a descender por ahí. Mantendré mi dignidad.

–      No capitán – dijo con tono cansado Tresart – lo que va a mantener es su ignorancia. Por última vez, lo que dijimos en la prisión es cierto. No nos habríamos atrevido a montar todo esto por nada. – dicho eso, bajo el cuchillo de su cuello.

–      Ahí viene su gente a buscarlo. Por favor, capitán, rescátenos a todos la ilusión en que hemos vivido. Acompáñenos.

–      No.

–      Muy bien. Entonces que todos contemplen como su líder, nuestro líder, continúa haciendo de monigote de alguien que no conocemos y que tuvo la macabra idea de dejarnos encerrados en torres de marfil. Por Dios.

A una señal, los jóvenes iniciaron su descenso por la trampilla, y los siguieron el resto de los truhanes con menos decisión. Cerrando la fila, Martsen le dio unas palmadas en el hombro al capitán. Tenían la misma edad, y habían participado en correrías infantiles hacía mucho tiempo.

–      Cristof, ¿recuerdas cómo anhelábamos encontrar tierra? ¿y todas las veces que nos preguntamos si alguna vez terminaría este maldito viaje?

Se introdujo en la cuadrícula, pero antes de desaparecer, le habló a todos los presentes que habían escuchado la conversación .

–      Bueno, depende de ti saber si esto termina hoy o continúa hasta la eternidad.

Ingresó, y a su espalda sintió la losa moviéndose, hasta que todo terminó en oscuridad.

XII

La pequeña playa no daba a basto para toda la gente que había llegado al lugar, y más venían en camino.

Los muchachos, el capitán y Martsen oteaban al horizonte, ensimismados con la belleza salvaje del atardecer sobre el océano furioso. Cómo si el mar supiera lo importante que estaba a punto de suceder y se negara a que las tradiciones se rompieran, envió a sus olas más grandes y funestas como desafío final.

–      Y ustedes dicen que el agua es sólida – murmuró el capitán.

–      Si – respondió Orsil sin mucha convicción.

–      ¿Entonces nos pueden explicar como esos peces salen y entran al agua con tanta facilidad?

A escasos metros de ellos, un cardumen de unos peces particularmente ahusados salía y entraba del agua, salpicándolos con el líquido salobre. Martsen se acercó a la orilla de piedra blanca y con un extraordinario sentido del equilibrio, tocó el agua que habían salpicado los peces y se la llevó a la lengua.

–      Húmeda y salada.

–      ¿Y bien? No acepté el desafío que me plantearon ni traje a toda la gente que me había venido a rescatar sólo para descubrir que el pasadizo llegaba al mar. Con una cuerda larga habríamos obtenido el mismo resultado.

–      No lo creo. Usted mismo hablaba de este lugar como el infierno.

–      Estaba equivocado – aceptó Cristof y se mesó la barba – pero esto no cambia que estemos a nivel del mar y con la embarcación avanzando rápidamente hacia puerto, donde quiera que este se encuentre.

Un pez salto demasiado lejos y aterrizó en la playa. Los muchachos lo vieron agonizar, moviendo sus branquias y abriendo la boca en busca de un oxigeno que nunca encontraría. Descendió lentamente por la inclinación de la orilla de piedra y volvió a ingresar al agua.

Se dieron vuelta y dijeron.

–      Muy bien capitán. Si un sacrificio busca por nuestra insolencia, un sacrificio tendrá.

–      Mejor les vendría que… ¡no!

Sin dudarlo un segundo, los muchachos saltaron hacia atrás, hacia el mar de olas grandes y salvajes.

La gente gritó al verlos sumergirse y ser tragados por el mar inclemente, y una ráfaga de viento ató a los espectadores en aquella muerte grotesca y sin sentido.

Pobres locos. Exploradores románticos que les habían dado un poco de esperanza en aquel viaje de eterno purgatorio.

Fue Martsen quien se percató de las manos que sobresalían del agua, intentando aferrarse a algo. Le gritó al capitán, quien ordenó una cadena humana para intentar rescatarlos. En cosa de un minuto, Martsen descendía por la orilla de playa y alcanzaba la mano de Tresart, el cual abrió la boca buscando aire.

–      ya está, mi joven…

Y de un tirón, Tresart arrastró a todos al agua.

Rodaron por la inclinada orilla de piedra y rebotaron contra el mar. Fueron zarandeados por el caótico movimiento de las olas, pero ninguno de ellos se hundió.

Instantes después, escuchaban los gritos de victoria de los jóvenes, que había logrado salir del agua con mucha dificultad. Su grito era una risa histérica y de triunfo.

Del triunfo de la especie humana.

XIII

Se organizaron reuniones con toda la comunidad. Se llamó a las otras Naves Torre y se explicó en increíble suceso. Poco a poco fueron recibiendo mensajes que confirmaban el descubrimiento y  un año después la primera expedición de mar abierto estaba lista para partir. La lideraban los dos muchachos y un grupo de cincuenta personas, entre ellas el capitán.

A cargo de la Torre (nunca más se le volvió a llamar nave) quedó Vitel, a la espera de los resultados del viaje. La sala de mando se convirtió en una atalaya y en un centro de comunicación, pero se apagaron para siempre los instrumentos de navegación.

–      Es tiempo de despedirse- Mesinia – dijo con pesar Orsil.

–      Oh… mis amigos… – y la chica los tomó por el cuello mientras se deshacía en llanto.

Los tres jóvenes se fundieron en un abrazo profundo y sentido. Orsil ocupó su lugar al frente de la expedición, y Tresart quedó mirando a la chica.

–      Te quiero – dijo de golpe

A la chica le brillaron los ojos, y retrocedió un paso.

–      Yo… no…

El joven avanzó el paso que los separaba y la tomó por la cintura. A pesar de la fuerza de sus brazos, ambos temblaban. La chica no se resistió y se fundieron en un beso juvenil, apasionado y torpe. Ella puso las palmas de sus manos sobre el amplio pecho de él y lo separó, primero con ligereza y luego con fuerza, hasta terminar golpeándolo con un grito lleno de rabia y angustia. Apenas logró zafarse de sus brazos, se dio vuelta y corrió hacia las escaleras. Tresart quedó petrificado, sin saber que decir ni que hacer.

–      ¡Hey, galán! – le llamó con sorna Orsil – El resto de los hombres está esperándote para partir.

Como siempre, su compañero logró el efecto deseado. Salió del ensimismamiento y caminó sobre el agua, hasta encontrarse con Orsil y Cristof en la vanguardia. El capitán le palmoteó la espalda con comprensión, y a una orden suya, comenzaron el viaje hacia un futuro incierto.

Epílogo

Cincuenta y seis días después, durante los cuales se mantuvieron en contacto radial constante con la Torre Blanca, avistaron un figura en la distancia. La dificultad de caminar sobre aquella superficie acuosa impedía que pudieran correr, pero la excitación aceleró sus corazones.

Aquella brillante mañana marcó el principio del renacimiento de la humanidad, y los exploradores se regocijaron con la visión más hermosa que nunca jamás tuvieron en su vida: la comitiva que les esperaba ansiosa frente a una gigantesca Torre Blanca, que no era la suya.

Era cosa de tiempo para que encontrasen, una vez más, la tierra.