“Padre, tengo frío.”

La voz de la princesa retumbó en la habitación de hielo. Desde el otro costado del muro semitransparente, un manchón oscuro le contestó.

“Hija, tienes que ser fuerte. Resiste.”

Las paredes tronaron con el sonido del hielo resquebrajándose. La gran biblioteca había caído hace un par de horas, dejando cada vez más endeble la estructura. Ya no servía de nada reprocharse por hechizos ni brujas ni venganzas reales. Estaban atrapados en su fortaleza de verano, enclavada sobre una pequeña colina oculta entre los densos bosques.

Desde el aire, como un manchón blanco o una joya impoluta, podía verse el castillo congelado.

Los sirvientes y soldados se encontraban atrapados en sus propios cuarteles. Uno de ellos dijo que del cielo había caído algo parecido a un gran frasco de vidrio con un líquido brillante como el mercurio. Golpeó en una muralla del castillo, y por donde el líquido corría, la piedra se congelaba de inmediato, al principio con una capa de escarcha azulada que penetraba por los poros de la roca sólida.

Si decía la verdad, quién hubiese realizado semejante disparo era sin duda un hechicero de gran puntería. Porque un ataque así contra los muros exteriores habría terminado con un boquete que hubiera sido valientemente defendido por los soldados fieles a su rey. Pero este frasco pasó sobre el muro defensivo y golpeó una de las paredes laterales del castillo, lo suficientemente bajo como para que el líquido alcanzase a gotear hacia las alcantarillas. Horas después, un ala entera de la construcción había caído sobre los sirvientes, matando a la mayoría y dejando al resto atrapados en una agonía inenarrable.

El rey se dio cuenta demasiado tarde de la situación. Cuando intentó bajar, la escalera era una joya de hielo ornamentada. Al colocar su mano sobre la baranda se quemó con aquel frío antinatural, y la superficie resbalosa era prácticamente intransitable. Desde su posición, observó con creciente asombro y terror cómo la pared en frente suyo cambiaba progresivamente su tonalidad arenesca por un reptante e incontenible azul , primero intenso y después pálido, hasta adquirir el tono celeste claro y reluciente del hielo. Las fracturas comenzaron horas después, y el cálido sol de la mañana había empezado a causar estragos. Casi congelados, dentro de sus habitaciones reales, la hija y el padre esperaban la muerte.

“Hija, yo… lo siento.”

La princesa paseaba dentro de su habitación de cristal de hielo. Una parte aún no se había congelado, el ala donde se encontraba el espejo junto a todos sus implementos de cuidado personal y los vestidos elegantes de fiesta. Se sentó y comenzó a cepillarse el cabello dorado. Una princesa de las de antes, así era, atrapada en una situación de hechicería. ¿Cuánto tardaría su príncipe en venir a rescatarla? Sobre ella, el techo crujió, y en su perfecta habitación de hielo transparente surgió una trizadura por donde se coló el sol. Estaba al interior de una joya, como cuando miraba a través del zafiro de mamá para ver el mundo teñido de azul mágico.

Recordó cuando era niña y utilizaba las piedras preciosas para cambiar de color al mundo. Algunas veces en los brazos de su madre, otras sobre los hombros de su padre, a horcajadas, gritando y animándolo a correr más rápido mientras ella chillaba de alegría, apenas contenida para no caerse al suelo.

Ahí, a minutos de su muerte, se dio cuenta que estaba dentro de una joya, como las de su madre. El muro a su espalda colapsó y su padre desapareció con un grito hacia la planta baja del castillo. Los crujidos aumentaron en intensidad y la princesa se tapó los oídos para no escuchar el estrepitoso fin del mundo. El cuarto se partió en tres grandes bloques e implotó hacia abajo. La joven se aferró al estante donde el espejo tiritaba por el terremoto que azotaba al castillo congelado. No quería morir, no quería morir y lloraba mientras sacudía sus piernas que colgaban en el vacío.

De improviso, todo acabó. La parte del castillo donde ella estaba, que no había sido afectada por el misterioso fenómeno de congelamiento, se balanceó un rato pero se mantuvo estable, pues se sostenía sobre piedra antigua y bien trabajada. Sin soltar la pata del mueble, usó toda su fuerza para incorporarse. Cuando logró ponerse de pie, observó el dantesco espectáculo: unas ruinas informes eran todo lo que quedaba de lo que alguna vez fue su mundo. Si, se había salvado, pero ¿para que?

A la distancia, en la vera del camino estrecho y polvoriento, divisó una figura. Se mantuvo un rato ahí, bajo el caluroso sol del mediodía, para luego desaparecer entre la floresta. Ese era el culpable de todo, lo supo de inmediato.

También supuso que ya no presentaba ningún riesgo o problema para él. Después de todo, no era más que una princesa sin castillo, sin padres ni herencia.

Ahí, desde las alturas de su pilar, la joven se dio vuelta y le juró a la imagen en el espejo que , de alguna manera, alguien pagaría por todo esto.