Archive for noviembre, 2010


Patología

Patología

De niño, odiaba a los viejos y los gordos. Cuando su abuela iba a visitarlo, él inventaba desde su malicia infantil todo tipo de trucos para hacerle la vida imposible: la desplazaba lentamente de la cama hasta que, cuando la tenía al borde, la empujaba. Reía a carcajadas con el golpe seco y los quejidos de la veterana.

También se ocultaba dentro del closet de invitados. Cuando la señora se acostaba a descansar, abría las puertas con un grito, y la pobre anciana gritaba con desesperación. El pequeño monstruo se ganó una que otra paliza correctiva de parte de sus padres, pero la abuela salía en su defensa con una frase inapelable:

–         Es sólo un niño. No me hizo daño.

Aquellas palabras de compasión no hacían sino cavar más hondo en un pozo profundo y negro en el centro de su corazón.

Cuando fue creciendo, se agregaron nuevas perspectivas a su odio; el chico pelirrojo y torpe, de lentes, blanco fácil para sus burlas. Pronto, junto a sus compañeritos de tierna primaria, se centraron en abusar del muchacho, hijo de inmigrantes italianos. Las primeras veces fueron burdas matoneadas donde le pegaban puñetazos y puntapiés adonde cayeran, pero cuando fueron descubiertos por su profesora y castigados, el muchacho fue encontrando nuevas y más torcidas formas de daño: el clavo en la silla, escupitajos en los cuadernos, robo de colación… al final del semestre, el niño fue retirado del colegio, y no se atrevió a volver ni para los exámenes libres.

Pero tanta jugarreta cobró su precio: el agresor fue denunciado por la madre del niño y expulsado. Su papá, avergonzado y enfurecido por el retoño demoníaco que tenía en casa, decidió castigarlo de la peor forma que podía imaginar: el internado.

No se equivocó con la percepción de que lo enviaba a un infierno. Pero como en toda cárcel, cruel y solitaria, el pequeño fue creciendo fuerte, desafiante, astuto y mortal. Completó sus estudios secundarios en los corredores oscuros del internado, transformando al muchacho en una verdadera joya de crueldad y desprecio.

Si los estudios secundarios habían sido su escuela, la universidad fue su graduación, y la realizó con honores: conoció a los negros, los judíos y por contraste amó la raza aria. Encontró pleno sentido en la limpieza étnica, desde simples asuntos de higiene hasta la belleza cultural que proveían por sobre la estupidez del aquellas naciones indignas.

Junto a un grupo de amigos, rayaron la fachada de su universidad con consignas xenófobas. Fueron delatados por un alumno que se encontraba cerca del lugar, y comparecieron delante del rector. Entonces usó lo que luego sería su herramienta de victoria: la oratoria.

Se las arregló para continuar sus estudios mientras sus compañeros fueron expulsados. Lo más extraordinario de toda la situación es que tanto el rector como sus compañeros lo exculparon y ensalzaron por diferentes motivos. Había encontrado la manera de llegar al poder.

Se recibió con un dudoso Magna Cum Laude, pro sospecha de intervención del nuevo e influyente partido político de ultra derecha que ya dominaba los comicios electorales en la universidad. Por eso no fue extraño que, tan sólo un año después de egresar, volviera a la universidad para hacer clases y participar de la Fraternidad de la Libertad Ciudadana. En las aulas encontró pasto tierno para sus agresivas y poderosas ideas; usó desde las cifras de cesantía hasta la inadaptación e inseguridad que asolaban la ciudad. Al cabo de un semestre, ya tenía al sesenta por ciento de la clase inscrita en el partido.

Pero cuando los profesores lo denunciaron con pruebas sobre su proselitismo político, argumentando que estaba formando su pequeño “ejercito ilustrado” con los jóvenes, al rector no le quedó otra opción que despedirlo.

La noche de su destitución, un grupo de trescientos jóvenes irrumpieron en el campus donde solía dar sus clases y prendieron fuego a la rectoría. Al día siguiente, otra multitud, esta vez a cara descubierta y secundada por miembros oficiales del partido, mantuvo sus protestas por la decisión tomada. Cuando los ánimos se caldeaban, apareció el interpelado en cuestión y detuvo la manifestación. “Ya se ha causado suficiente daño. Guardad esas energías para luchar por el país”.

Recibió una ovación y se retiró del establecimiento con el aura de un mártir, y claramente con la estampa de un líder. Al finalizar el año ejercía el cargo de presidente del partido.

¿Cuan lejos podría llegar este brillante joven? Muchos políticos avezados, incluso algunos de su mismo partido, levantaban voces tratándolo como un ser violento, peligroso y racista. Él no negó en ningún momento esos comentarios, pero agregó que “si era peligroso era por culpa de los extranjeros. El pueblo pedía alguien que los ayudara a vivir en un mundo de tradiciones que se estaban extinguiendo, y él había escuchado ese llamado. No los dejaría solos, ni tampoco cejaría en sus intentos de limpieza étnica.”

A pesar de sus muchos adherentes, los enemigos que se granjeó con esos comentarios tan abiertamente fascistas fueron por largueza muchos más. Tan rápido había subido a la cima del poder, con la misma velocidad cayó hacia la puerta de atrás del edificio donde hasta hace poco solía sentarse en la silla de la presidencia.

La rabia de tal acción lo comenzó a devorar. Intentó fundar su propio partido, y estuvo muy cerca de lograrlo. Apenas una decena de votos faltaron para levantar su facción política ultra derechista (posterior a su muerte, se filtraron algunos datos que indicaban que hubo intervención directa del gobierno de turno para “frenar” aquel frente político).

Entonces cayó en la adoración y la superchería. Importó el agonizante movimiento del Ku Klux Kan, organizó marchas y habló con fervor en mitines políticos. La gran paradoja, que lo horrorizaba en lo privado, es que a sus discursos llegaban viejos, gordos, pobres y otros integrantes de la calaña social que él detestaba. Se sentía realizando un partido de débiles y adefesios. En el camino, también había llegado a detestar los ricos y sus posiciones privilegiadas. El embudo de su personalidad comenzaba a estrecharse, aumentando la velocidad de su caída, aunque como es habitual, él último en darse cuenta sería el afectado.

Inflamado de rabia y orgullo, comenzó a realizar apariciones en actos públicos del gobierno con un grupo de discípulos, todos vestidos de blanco. Se hacían llamar “el partido fantasma del pueblo”. Estas irrupciones lograron reposicionar su imagen en la retina pública, pero no de la mejor manera. Sus discursos eran cada vez más furibundos, y su lenguaje alcanzó extremos que no se habían escuchado desde la segunda guerra mundial. El país tuvo, por un momento, a su propio iluminado, al guía del hombre común que trabaja en su país para que no le quite el puesto el extranjero, el extraño, el desadaptado o incapacitado; al fin había llegado el líder que tanto esperaban.

Eso había en su cabeza y en su corazón. ¿Que mierda pasaba con sus partidarios ideales, entonces? ¿Tenían miedo de dejar esos partiduchos del centro y de la derecha, para juntos defender al país de las verdaderas amenazas del pueblo? ¿Acaso no eran gente como él?

Sus filas se fueron engrosando, pero de más inadaptados. Y su frustración fue en aumento. Como todo embudo, llega el momento en el cuál sólo queda enfrentarse a la caída final.

Un primero de septiembre, en una manifestación pacífica para aumentar los subsidios para casas, un grupo de manifestantes se encontraron de frente con una gran masa del Partido Fantasma. Ahí estaban los pobres, que les quitaban los recursos a gente honesta como ellos con sus inútiles demandas. Pobres e ignorantes por vocación, escoria de la humanidad.

Los presentes sintieron la electricidad subir en el aire, a punto de estallar. En el centro de la turba blanca, estaba él.

Gritó y declamó sobre la inutilidad de su manifestación, con una verborrea trepidante digna de sus mejores tiempos, quizás el último reflejo de su genio político ya perdido. Todos lo escucharon con una mezcla de asombro y los sentimientos particulares de cada facción: odio en un caso, admiración y furia en el otro.

Luego de eso, vino la réplica por el lado de los manifestantes. Su representante, una señora ancha y entrada en años, de falda floreada sobre su abultado estómago y pelo encanado tomado en una simple cola, esgrimió un discurso anodino e infantil comparado con el anterior. Sin embargo, fue secundado con fervor por sus partidarios. Los del Partido Fantasma se carcajearon despectivamente.

Los ánimos se caldearon. La policía estaba a punto de intervenir, mientras las cámaras de los distintos canales transmitían el creciente conflicto, colgando como buitres blancos de atriles o de los hombros de los camarógrafos. La gente quería acción y no se la iban a negar.

Las imágenes de televisión no han podido establecer con exactitud qué fue lo que sucedió. Sólo se puede apreciar a uno de los integrantes del Partido Fantasma cayendo con la cara entre las manos, para surgir desde el interior de la masa un grito de batalla que no se había escuchado desde las guerras primitivas.

Una avalancha blanca se tragó a los manifestantes, quienes blandieron sus pancartas como armas que naufragaron con rapidez dentro de aquel desborde de ira ciega. Intervino la fuerza policial, pero eran demasiados y se vieron obligados a retroceder y lanzar balazos al aire para que la gente entrara en razón. Las grabaciones recogen los gritos estentóreos de su líder, perdido dentro de la batalla:

“¡Por la patria! ¡Por la patria!”

Sus palabras eran fuego en estado puro y salvaje. El incendio generado por él se expandió a su alrededor, y los periodistas tuvieron que huir del lugar ante la horda enceguecida. La policía solicitó refuerzos.

Llegaron helicópteros, buses modificados con elementos disuasivos de mayor tecnología, y fuerzas especiales. Aquella pelea había escalado al siguiente nivel. Alguien dentro de la mancha blanca sacó una pistola y disparó.

Un policía cayó al suelo, inmóvil. Un joven teniente, como escribirían las crónicas de los diarios, con brillante futuro. Hijo preocupado de su familia y gran amigo. Sus ojos, abiertos y vacíos, apuntaron al cielo sobre sus cabezas.

El amigo sacó su arma de servicio y respondió el disparo. Es asombroso cómo, tal cuál narran las escrituras, se pueden producir multiplicaciones milagrosas o escalofriantes bajo ciertas condiciones. Del otro lado, que ya había barrido con los manifestantes, brotaron cañones por doquier, y comenzó el tiroteo.

En medio de la calle, a plena luz del día y en un lugar urbano, se produjo una matanza venida de otro lugar y otros tiempos. Ya no era el general Custer contra los pieles rojas; tan sólo la policía que había llegado a realizar un trabajo de contención civil y se había encontrado con aquella multitud de inadaptados con sueños de gloria, fuego y muerte.

Muchas cosas cambiaron después de ese momento, pero de ellas no supo nada aquél hombre que, en su ego maníaco, había comenzado todo.

En algún momento de la batalla sintió un tironeo en su camisa y se abrió un túnel humano para que pudiera huir. El líder debía sobrevivir. Escapó en un auto robado en las cercanías y no fue hasta que toda aquella sangrienta batahola llegó a su fin que la policía se dio cuenta de su desaparición.

Comenzó entonces la cacería humana más grande jamás realizada en el país. Todos los puertos, aéreos, terrestres o marítimos fueron clausurados y la seguridad se multiplicó en extremo. Hotel por hotel, albergue tras albergue, la policía y los militares avanzaron tras sus huellas.

Acorralado, encontró la guarida oculta en el campo que uno de sus adeptos más fieles había mencionado en sus pretéritas jornadas de juerga. Una casa destartalada al lado del un estero. Sobre el techo herrumbroso colgaban las ramas de un sauce llorón.

Entró. Lo esperaba un camastro sucio y sin usar durante largo tiempo, una televisión en blanco y negro, y un mueble con espejo de medio cuerpo. Nada más. El baño era un revulsivo cuarto situado al costado de la casa.

Se sentó con los latidos de su corazón golpeando con fuerza contra el pecho. Cuando logró calmar su respiración, se puso de pié, y encendió la televisión.

Estaba acabado. Era cosa de tiempo para que lo encontraran. ¿En qué momento había pasado todo esto? ¿De quién era la culpa de su situación?

De todos. Todo el mundo era culpable. Él sólo era la víctima de los malditos negros, judíos y asiáticos infectos. De los envidiosos ancianos, los inútiles adolescentes y putrefactos adultos que no sabían satisfacer sus propias necesidades. La culpable final era la sociedad, enferma y estreñida, corroída en todos los pilares que la sustentaban.

Él era un hombre fuera de tiempo, un Mesías que entendió su misión demasiado tarde. Sería crucificado, pero no cometería el error de Jesús, no señor. Él no los perdonaría, sino que los condenaría a todos al fuego eterno de su inmunda existencia para siempre. Se merecían vivir así, tal como estaban.

Entonces, en el espejo, observó a un hombre demacrado, avejentado, sucio. Un infiel, un indigno.

Levantó la pistola y disparó. Mil fragmentos cayeron estrepitosamente al suelo, reflejando el rostro de mil personas, todas ellas agradecidas por haber sido puestas en libertad.

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Frío

“Padre, tengo frío.”

La voz de la princesa retumbó en la habitación de hielo. Desde el otro costado del muro semitransparente, un manchón oscuro le contestó.

“Hija, tienes que ser fuerte. Resiste.”

Las paredes tronaron con el sonido del hielo resquebrajándose. La gran biblioteca había caído hace un par de horas, dejando cada vez más endeble la estructura. Ya no servía de nada reprocharse por hechizos ni brujas ni venganzas reales. Estaban atrapados en su fortaleza de verano, enclavada sobre una pequeña colina oculta entre los densos bosques.

Desde el aire, como un manchón blanco o una joya impoluta, podía verse el castillo congelado.

Los sirvientes y soldados se encontraban atrapados en sus propios cuarteles. Uno de ellos dijo que del cielo había caído algo parecido a un gran frasco de vidrio con un líquido brillante como el mercurio. Golpeó en una muralla del castillo, y por donde el líquido corría, la piedra se congelaba de inmediato, al principio con una capa de escarcha azulada que penetraba por los poros de la roca sólida.

Si decía la verdad, quién hubiese realizado semejante disparo era sin duda un hechicero de gran puntería. Porque un ataque así contra los muros exteriores habría terminado con un boquete que hubiera sido valientemente defendido por los soldados fieles a su rey. Pero este frasco pasó sobre el muro defensivo y golpeó una de las paredes laterales del castillo, lo suficientemente bajo como para que el líquido alcanzase a gotear hacia las alcantarillas. Horas después, un ala entera de la construcción había caído sobre los sirvientes, matando a la mayoría y dejando al resto atrapados en una agonía inenarrable.

El rey se dio cuenta demasiado tarde de la situación. Cuando intentó bajar, la escalera era una joya de hielo ornamentada. Al colocar su mano sobre la baranda se quemó con aquel frío antinatural, y la superficie resbalosa era prácticamente intransitable. Desde su posición, observó con creciente asombro y terror cómo la pared en frente suyo cambiaba progresivamente su tonalidad arenesca por un reptante e incontenible azul , primero intenso y después pálido, hasta adquirir el tono celeste claro y reluciente del hielo. Las fracturas comenzaron horas después, y el cálido sol de la mañana había empezado a causar estragos. Casi congelados, dentro de sus habitaciones reales, la hija y el padre esperaban la muerte.

“Hija, yo… lo siento.”

La princesa paseaba dentro de su habitación de cristal de hielo. Una parte aún no se había congelado, el ala donde se encontraba el espejo junto a todos sus implementos de cuidado personal y los vestidos elegantes de fiesta. Se sentó y comenzó a cepillarse el cabello dorado. Una princesa de las de antes, así era, atrapada en una situación de hechicería. ¿Cuánto tardaría su príncipe en venir a rescatarla? Sobre ella, el techo crujió, y en su perfecta habitación de hielo transparente surgió una trizadura por donde se coló el sol. Estaba al interior de una joya, como cuando miraba a través del zafiro de mamá para ver el mundo teñido de azul mágico.

Recordó cuando era niña y utilizaba las piedras preciosas para cambiar de color al mundo. Algunas veces en los brazos de su madre, otras sobre los hombros de su padre, a horcajadas, gritando y animándolo a correr más rápido mientras ella chillaba de alegría, apenas contenida para no caerse al suelo.

Ahí, a minutos de su muerte, se dio cuenta que estaba dentro de una joya, como las de su madre. El muro a su espalda colapsó y su padre desapareció con un grito hacia la planta baja del castillo. Los crujidos aumentaron en intensidad y la princesa se tapó los oídos para no escuchar el estrepitoso fin del mundo. El cuarto se partió en tres grandes bloques e implotó hacia abajo. La joven se aferró al estante donde el espejo tiritaba por el terremoto que azotaba al castillo congelado. No quería morir, no quería morir y lloraba mientras sacudía sus piernas que colgaban en el vacío.

De improviso, todo acabó. La parte del castillo donde ella estaba, que no había sido afectada por el misterioso fenómeno de congelamiento, se balanceó un rato pero se mantuvo estable, pues se sostenía sobre piedra antigua y bien trabajada. Sin soltar la pata del mueble, usó toda su fuerza para incorporarse. Cuando logró ponerse de pie, observó el dantesco espectáculo: unas ruinas informes eran todo lo que quedaba de lo que alguna vez fue su mundo. Si, se había salvado, pero ¿para que?

A la distancia, en la vera del camino estrecho y polvoriento, divisó una figura. Se mantuvo un rato ahí, bajo el caluroso sol del mediodía, para luego desaparecer entre la floresta. Ese era el culpable de todo, lo supo de inmediato.

También supuso que ya no presentaba ningún riesgo o problema para él. Después de todo, no era más que una princesa sin castillo, sin padres ni herencia.

Ahí, desde las alturas de su pilar, la joven se dio vuelta y le juró a la imagen en el espejo que , de alguna manera, alguien pagaría por todo esto.