Archive for octubre, 2010


Planeta errante

Las medidas fueron desesperadas. Era esto o dejar que una lluvia de asteroides impactara la tierra, destruyendo, una vez más, toda la vida.

El error fue el no hacer partícipe al ciudadano común. No querían hacerlos entrar en pánico; por una parte, porque el experimento podría resultar mejor de lo esperado y entonces los gobiernos mundiales tendrían que enfrentarse a situaciones de caos que podían evitarse de antemano, y en segundo lugar, si no funcionaba, era mejor que la gente se mantuviera tranquila, viviendo su vida, hasta el momento del fin.

Sin embargo, las variables eran tantas que no había manera de controlar el resultado final. Y una vez ejecutado, no sucedió nada de lo mencionado arriba.

La Tierra vaga ahora por un espacio extraño, un extranjero en tierra desconocida.

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Derecho humano

Nunca he podido decidir si la Ley Humana me produce convicción o repugnancia.

Tienen razón, sobre todo en tiempos como estos. Aclaremos las cosas: lo de México no podía ser de otra manera, tenía que servir de ejemplo.

Pero el bombardeo… y la gente quemándose junto con sus malditas mercancías… los niños corriendo por las calles en llamas.. que horror, no lo sé.

¿Soy partidario de los que reclaman que esa situación sirvió de excusa para los febles argumentos de la Ley Humana? En primer lugar, no creo que sean débiles. En el caso de México, los argumentos filosóficos o sociológicos no aguantaban otra flexión más contra la simple y potente verdad: el narcotráfico había ganado definitivamente la guerra, y de manera odiosa. Había que actuar con un sólo y potente golpe, no más y no menos.

Pero esas imágenes en la televisión, las bombas de Napalm sobre Juarez y Guadalajara, las tropas especiales arrasando barrios enteros de Ciudad de México… los niños y adolescentes quemándose vivos. Digan lo que digan, en mi corazón me siento culpable por no haber podido hacer nada, por no haber dado alguna clase de ayuda en esa situación.

Si, lo sé. Soy sólo un habitante más, un ciudadano de la clase humana. Quizás por eso me duele más, por mi condición moral intacta de humano, pero eso es pobre alivio. Por las noches me despierto, y miró al techo buscando alguna posible solución a los conflictos del pasado.

Disculpa, me estoy desviando. Te cuento esto porque de donde vienes, probablemente nunca averiguaste nada de lo sucedido.

La ONU autorizó el ataque y, como es costumbre, avisó después de que la invasión estaba en curso. ¿Muertos? Millones, tantos que no importa el número exacto.

Y luego de eso, gracias a la rápida intervención de Estados Unidos, Rusia, Reino Unido y Grecia (como fue en el principio fue también en el final), se dictó la repulsiva y controversial Ley Humana. Por favor, permíteme un cigarro. Gracias.

Ah, el sabor relajante del tabaco. ¿Sabes que cuando dejo salir mi estrés puedo sentir algo pesado acechando mi corazón?

La Ley Humana. Que diablos, si igual no me entiendes. Mmm… Ahhh… gracias Dios por este placer. Bien, la Ley Humana hace una aclaración definitiva sobre el tema de los derechos humanos, definiendo que lo humano es por definición una característica intrinsecamente moral. Un animal sin moral, definiendo ese concepto en base a algunos patrones básicos, no es más que un animal, y por lo tanto no se le atribuyen ni los derechos ni los deberes que los seres humanos tenemos como sociedad que cuida de los suyos.

¿Ves? Tan simple como esto. Tú no eres humano, sino un animal que corresponde a la especie Homo Sapiens, evolución del Habilis. El humano soy yo, por mi intachable conducta moral hasta la actualidad. ¿Que te parece?

A mi también me parece espantoso, pero tenía que comentártelo. Es la única explicación racional que tenemos para justificar la razzia posterior a la invasión de Mexico. Salvador, Venezuela y Colombia en llamas y sitiadas. China y el aumento de su represión interna. La matanza de Mumbay… Dios mio ¡Mumbay! Si casi no quedó nada de los barrios periféricos.

Quiero que sepas que no tengo nada contra ti. Todo esto lo hago para defender la precaria situación que nos ha costado tanto construir. No estoy de acuerdo con eso de humanos y sapiens. También te advierto que no estoy para nada de acuerdo con tu horroroso crimen, pero lo hiciste y eres culpable. El examen psicológico comprobó tu patología social, así que no hay nada más que hacer: eres un animal y así hay que tratarte.

¿Quieres un cigarro? ¿No? Bueno, al menos no morirás de cáncer al pulmón.

Mírame a los ojos. Quiero comprobar lo humano que hay en ti.

Sí, eres como yo, en nada distinto al resto de la humanidad. Sólo cometiste un crimen voluntariamente y a sangre fría.

En fin, ya perdiste la condición humana. Sólo te queda perder la vida, y de eso se encargarán tus congéneres de especie. Suerte allá afuera, muchacho.

El complot

Dos estudiantes de física de la universidad de Chile trabajan en un experimento indicado por su profesor guía. La conversación transcurre monótona entre los datos obtenidos por los instrumentos y una charla inconsistente.

–         Me duele la cabeza.

–         ¿De nuevo? G 14.

–         G 14… si. No se me ha quitado desde que llegué del sur.

–         Es que allá no tienen antenas de celulares ni la interferencia electrónica que hay acá. H 12.

–         H 12. Mmm. Puede ser.

–         Eso te pasa por huaso. J 22.3

–         ¿J 22.3? ¿Seguro?

–         J… si, 22.3. ¿Revisamos de nuevo?

–         No – suspira mientras se masajea las sienes. Se quita los lentes de seguridad y los deja en la mesa – ya son las 9 y quiero tomarme algo para el dolor de cabeza y luego acostarme a dormir.

–         Ok, veamos si hay alguna hora de laboratorio para mañana.

La caminata hacia el metro es acompañado por un parloteo intermitente.

–         Oye, ¿y a ustedes no les duele la cabeza o sienten molestias por esto de las antenas de celulares?

–         A veces, pero ya estamos acostumbrados.

–         ¿Pero no se supone que producen cáncer y enfermedades de ese tipo?

–         Si, pero ese es problema de los pobres.

El muchacho se dio vuelta con brusquedad, y su compañero reaccionó.

–         Lo que quiero decir es que la mayor parte de las antenas de celular están puestas donde la gente no puede reclamar. Campamentos o poblaciones  humildes, donde les pagan tres chauchas a los dueños de esos terrenos y el resto que se joda.

–         No estoy de acuerdo. He visto antenas al lado de edificios bien céntricos y pirulos y al lado de casas bien bonitas.

–         Si es cierto. Pero abundan más en la periferia.

–         ¿Y no les pasa nada? ¿Dolores de cabeza…?

–         A decir verdad, yo no me doy cuenta. Como te digo, en la capital hay tanta señal electromagnética dando vuelta que nuestros cuerpos ya están acostumbrados. Piensa: señales de celular, ondas de radio, radiación producto de fugas de hornos microondas y quién sabe que más.

–         Con razón. Cada vez que vuelvo a casa siento como si el aire estuviera más fresco y las cosas más vivas.

–         Si, puede ser…

Sin siquiera planificarlo, esa conversación derivó al proyecto de investigación final de ambos muchachos sobre la contaminación electromagnética ambiental y el modo de nulificar o disminuir sus efectos en los seres humanos. Este inocente proyecto fue la primera de dos piezas fundamentales que llevaron al descubrimiento del complot, frente al cual los involucrados se enfrentarían a una intriga de proporciones absolutamente descomunales.

II

La segunda pieza se dio meses después, en una fiesta universitaria. Las charlas y risotadas aparecían entre ingentes cantidades de alcohol de diferente calidad. En un balcón del departamento se juntó un variopinto grupo, que incluía estudiantes de leyes, psicología, ingeniería y física. La conversación fluía de manera desordenada hasta que la semilla fue plantada.

–         …y entonces, al barrendero del edificio lo condicionaron para que cada vez que ellos pasaran frente a él, el tipo barriera más rápido.

–         ¡Nooo! ¡Que crueles! ¿Y les hicieron algo?

–         Claro. El profesor de Conductual descubrió lo que habían hecho y los expulsaron.

–         ¿En serio?

–         Si. Está ultra super prohibido experimentar con personas.

–         Disculpa mi ignorancia, pero hay algo que no entendí muy bien. ¿Cómo se llama lo que hicieron estos tipos?

–         Condicionamiento operante.

–         ¿Y con eso puedes obligar a una persona a realizar algo sin que se de cuenta?

–         Si. Existen dos tipos de condicionamiento: uno por estímulos aversivos y otro por recompensa.

Ante la mirada de desconcierto de sus interlocutores (el estudiante de psicología pensaba para sí que era un milagro que no hubieran más psicólogos metidos en la conversación), procedió a explicarles en que consistía la diferencia.

–         El condicionamiento por estímulos aversivos es aquel que el sujeto del experimento reacciona frente a algo que le hace mal, buscando la manera de apaciguar o evitar el dolor o daño. En cambio, en el de recompensa el sujeto de experimento reacciona en busca de repetir la conducta que ha dado por resultado algo gratificante. Uno es pasivo, el del estímulo aversivo, y el otro es proactivo, el de recompensa.

–         Ahhh… – fue el comentario general. – ¿Entonces, al barrendero de la universidad lo condicionaron con premios para que cada vez que aparecieran ellos…?

–         Claro, eso fue lo que pasó.

–         Igual, que maquiavélico – indicó una estudiante de Leyes, con una copa de vino en una mano y una galleta con queso crema y salsa de soya en la otra.

–         Así es. Ya saben, cuidado con los psicólogos, no vaya a ser que las convenza de pasar por mi cama y que salgan satisfechas a más no poder.

–         Si, claro.

Algunas risotadas llenaron el ambiente juvenil, pero entonces surgió la pregunta que cambiaría todo. Desde un rincón, el estudiante de física que venía del sur preguntó:

–         Oye ¿Y no sería posible condicionar a mucha gente, o a todo el mundo incluso, con algún estimulo aversivo?

Las risas disminuyeron y los presentes quedaron mirando al muchacho.

–         ¿Cómo así?

–         Pensaba – murmuró con algo de dificultad – que quizás, ya que todos estamos bombardeados por comerciales y cosas por el estilo, que la gente está siendo influenciada por alguna cosa, para comprar algo en común o…

–         ¡Ah, claro, por supuesto! – respondió triunfante el estudiante de psicología – Coca Cola, Kent y cuantos otros han usado la publicidad subliminal para que la gente consuma sus productos.

–         Ah…

El sonriente estudiante de psicología lo miró de reojo.

–         No era esa tu pregunta.

–         No, la verdad que no, pero no importa.

–         Ya pues, dime que estás pensando.

–         Pensaba… y es que estoy en un estudio que me está presentando varias preguntas… – y se quedó callado.

–         ¿Y…?

–         Y… ¿Qué pasaría si frente a ciertos estímulos molestos en el ambiente las personas encontraran alivio frente a algunos aparatos o máquinas? ¿Querrían estar frente a esas máquinas más tiempo, y las comprarían?

–         Que rara tu pregunta. Si, en teoría si. ¿Pero que máquinas estás pensando?

Frunció los labios como si tuviera un comentario despectivo y sin importancia.

–         No se… televisores, computadoras, Playstation o cosas por el estilo.

III

La verdad es que se me ocurrió la idea mientras hablaba ese muchacho. Los dolores de cabeza se me pasaban un poco cuando veía las noticias en el hostal, pero sólo cuando estaba frente al LCD de la sala común, porque en la cocina había un televisor de esos de tubo en blanco y negro y la molestia continuaba.

Y luego, cuando entraba a los Mall y veía televisores o escuchaba radio en esos tremendos equipos de música, el dolor volvía a desaparecer. Pero apenas salía de la multitienda comenzaba de nuevo. No es que fuese un dolor muy grande, no. Era como una molestia constante, que estaba siempre ahí, por debajo del cráneo, y me di cuenta que se incrementaba o disminuía cuando me acercaba a uno de estos aparatos.

Cada vez que volvía a mi casa a visitar a mis padres, el aire limpio del sur me hacía muy bien. Si hubiera podido llevarme los amigos de la universidad a vivir allá, nunca habría vuelto a la ciudad.

Los retornos eran cada vez más infernales. Tenían razón lo que había dicho mi compañero sobre lo de ser provinciano: mi cuerpo no estaba acostumbrado a tanta basura en el ambiente. Creo que fue esa perspectiva la que me permitió juntar a este grupo e investigar el asunto.

Un psicólogo, un ingeniero en electrónica, otro en química y yo. Algunas horas libres y mucha investigación en conjunto. Nuestros resultados cada vez nos llamaban más la atención.

Navegamos por páginas de Internet sobre el asunto, y la información abundaba en páginas gratuitas y de pobre construcción. Algunas, incluso, eran señaladas como peligrosas por los antivirus. Otras simplemente no estaban, y ni siquiera eran rescatables con Google.

La verdad es que hicimos arqueología en internet. Y lo que nosotros sospechabamos ya estaba dicho hacía mucho tiempo. Ahora teníamos pruebas concretas, estudios realizados con rigurosos método científico, y con los resultados finales ¿Qué íbamos a hacer?

–         Aquí está el informe – dijo Jorge, nuestro ingeniero en química. Me arrojó la carpeta y esta se deslizó por el estrecho y largo mesón hasta llegar a mis manos – Pero, a decir verdad, he pensado mucho en el asunto y quiero pedirles formalmente que saquen mi nombre del estudio y que no me mencionen nunca. Por favor.

Lo quedamos observando. Jorge se puso de pie y se colocó la chaqueta.

–         Al menos, ya tomé la determinación de irme con mi mujer a trabajar al sur. Estamos barajando Valdivia o Puerto Varas. Queremos que nuestra niña crezca en un ambiente sano.

–         ¿En serio renuncias?

–         ¿Y que quieres que haga? De hecho, ¿Qué van a hacer ustedes con esto? ¿Llevarlo a la tele, que se lo publiquen en algún diario? Seguramente Nature o Siencie los van a tomar en cuenta.

–         Yo creo que si se puede publicar esto y advertir…

–         Es que eres del sur.

–         Eso no tiene que ver

–         ¡Claro que tiene que ver! – gritó Jorge, y se hizo el silencio. – ¿Tan inocente eres que piensas que esas empresas van a permitir que les descubras a todos que están coludidos con las de telefonía? ¿Que producen un radiación especial para nulificar la sensación de desagrado de las microondas de celular, y así la gente compre sus productos sin darse cuenta de porqué? ¡Son las empresas más grandes del mundo! Los va a hacer pedazos entre demandas, si es que no arruinan primero sus carreras o los mandan a matar, o quizás qué diablos les puedan hacer.

–         Pero esto ya se había dicho antes…

–         Si ¿y que pasó con los investigadores que anunciaron sus descubrimientos? ¿Dónde están?

–         No están todos muertos – argumenté enérgico.

–         Todos no. Los que están vivos tienen sus organizaciones de denuncia en algún rancho perdido en Estados Unidos y no los toman en cuenta. Nadie les da trabajo.

–          Pero tenemos un deber con la gente…

–         ¡Yo no conozco a nadie! ¿Mauricio, tú conoces a la gente que podrías salvar? ¿Feña, tú?

Y así fue que, al finalizar esa última reunión, me quedé sólo con el mamotreto que ahora me pica como veneno.

IV

En algunas cosas tenían razón y en otras no. Mi carta al director del diario salió elegida la más interesante y recibí montones de comentarios positivos y pocos contrarios. Pero al intentar presentar la ponencia sobre nuestro estudio en la universidad, recibí un rotundo “no”. Lo llevé a distintos centros de estudio con semejantes resultados.

Entonces alcé mi cruzada hacia todas las instancias que se me ocurrieron. Me entrevisté con el director del SERNAC, el subsecretario del Ministerio de Ciencia y Tecnología y alguien de importancia del CONICYT. Envié cartas a Science, Nature y hasta la Muy Interesante, sin obtener nunca una respuesta. De todas maneras, aseguré el estudio en los registros intelectuales a mi nombre, como mis compañeros me habían pedido.

Vagué por las calles con el escrito bajo el brazo hasta que me cansé. Un día lo arrojé al interior de una cajonera y no salió de ahí nunca más. Me dediqué a buscar trabajo, lo que resultó tan penoso como el periplo anterior. Este tiempo aciago llegó a su fin el día que recibí una oferta de trabajo a mi mail. La propuesta era de Inteligence Processors.

Tuve que revisar varias veces lo escrito, en parte porque no lo podría creer y en parte porque no se mucho inglés. Respondí la carta en castellano, pensando que eso sería el fin de nuestras conversaciones, y para mi asombro recibí una respuesta en castellano con una propuesta formal de trabajo.

“Pero si esta empresa está en la lista negra elaborada por nosotros” me dijo una vocecita en la cabeza.

“Y a mí que me importa”, le respondí con amargura. Acepté la invitación a charlar.

V

¿Qué fue de David? El muy cretino se fue a trabajar con el enemigo. Bueno, no lo puedo culpar, si todos nosotros huimos. La última vez que conversé con él fue hace un par de años y estaba bien, investigando sobre nuevos materiales para poder nulificar de mejor manera el daño producido por las señales de celular.

Aquella vez me envió un documento que al parecer era muy importante y secreto. Lo ocultó con un sistema simple pero eficaz de encriptamiento, y cada vez que lo leo sigo sin entender cómo es posible que las grandes corporaciones todavía permitan las señales de celular. Nos están envenenando de una manera horrible.

Claro, el negocio posterior de médicos y aparatos para atenuar sus síntomas, más la plata que ganan por la venta de televisores, radios, computadores y quizás cuanta otra cosa es astronómico. A la mierda la guerra y el narcotráfico, esas son chauchas comparado con lo que se viene.

¿Por qué me habrá enviado esto? ¿Para estar tranquilo con su conciencia? ¿O porque sabe que no se lo voy a mostrar a nadie? Sea cual sea su respuesta, sigue siendo un bastardo para mí, un tipo sin moral. Al menos yo renuncié para intentar vivir una vida sana y coherente, no para venderme al sistema.

No sé en qué ciudad de Estados Unidos estará ahora, pero apuesto que lo está pasando bastante más mal que yo acá, en mi tranquilo Puerto Varas. De todas maneras, sinceramente no le deseo mal.

Después de todo, nunca dejó de ser un provinciano del sur.