El Señor de los Dragones bajó de la carroza, y desde la colina más alta gritó, para que todos sus súbditos lo escucharan:

–         Tiempo, sólo el tiempo, podrá quitarme el dolor que me has dejado.

Su garra apuntó hacia una casa humilde, idéntica a muchas otras que componen una aldea que a su vez componen un sector pobre de la gran capital Hibernópolis.

–         Coloqué el atardecer sobre las estrellas, y desafié el destino de todo el universo para decirte esto antes de partir. Hoy rezaré para que tu alma viva para siempre, porque las oportunidades que tuve nunca fueron suficientes para poder hacer que aquella noche durara para siempre

Los habitantes de la gran capital se asomaron a las calles y patios, sorprendidos por la poderosa voz del gran Señor. Mientras en el horizonte se dibujaba la línea divisoria de oro y fuego como preludio a la gran noche final, una mujer salió al patio cargando un bebé, uno de sus muchos hijos que la esperaban al interior de la casa por expresa orden suya. Sus ojos negros quedaron mirando al hombre que hablaba, y esperó.

–         Intenté pretender que no me importabas, pero tus ojos ensoñadores me encontraron en el fondo de los pozos del alma, y ahora que me voy te confieso que no quiero que tu sombra caiga ni pase nunca jamas.

“Quiero decirte esto antes que las estrella lleguen, porque hoy seré absorbido y absorberé al universo y mi voz será un canto con forma de grito, íntimo y gigantesco, enorme y sustancial”

Los dragones elevaron sus largos cuellos. El Señor montó su carroza y despegó. Cuatro corceles celestes, cuatro fuerzas de la naturaleza humana y sólo un hombre.

–         Puedes vivir tu vida de miles formas, pero quiero decirte que nunca podrás reclamarla para tí misma, porque yo siempre estaré al borde de los sueños cuando vayas a dormir, y antes de despertar ninguno otro hombre más que yo será el primero en besarte, ¡porque el cielo es mio y la tierra también, y así será para siempre!

Su grito sonó a sangre y pasión, y los dragones ascendieron en espiral hacia un novel cielo nocturno llenó de refulgentes estrellas azules y blancas, las que formaban un torbellino galáctico para la ascensión del Señor de los Dragones. Mientras los astros iluminaban su cuerpo al pasar, los dragones se separaron de la carroza y desaparecieron en las cuatro esquinas del mundo. Con la luz estelar deslizándose sobre la superficie de su cuerpo, y con el último hálito humano que le quedaba, dirigió una  mirada al mundo que dejaba atrás y le dijo a la mujer:

– Cambiaría toda la existencia por ti , por un sólo instante de esperanza.  Yo sólo quise que aquella noche fuera eterna, para haber estado contigo por siempre.

La mujer, desde el suelo, le dedicó una mirada profunda de comprensión. Era a ella quien el Señor de los Dragones hablaba, a quien amaba. Pero su tiempo había sido breve y había pasado; ahora tenía familia y un hombre común y verdadero. Asintió lentamente con la cabeza, y mientras todos observaban obnubilados el prodigio de la ascensión, la mujer supo que aquel hombre que la amó con desesperación infinita había encontrado la forma de quedarse junto a ella para siempre. Cuando el universo terminó el concierto de despedida del Señor de los Dragones y cerró su ojo cósmico, los espectadores entraron a sus casas para soñar historias de fantasía y prodigio. Y hubo una mujer, sólo una en todo el mundo, que se sintió infiel y algo contenta al cerrar sus ojos para dormir aquella noche.