I

Espalda contra espalda, los dos policías extendían sus brazos empuñando armas de fuego. Habían descargado casi toda la munición que les quedaba, y seguían apareciendo más de aquellas cosas.

–         ¿Y bien, Martin?

–         Yo diría que estamos listos.

–         Y cocinados. Aceptó sugerencias.

El policía rubio y de rasgos toscos pensó con rapidez. Nada de lo que había visto en la academia o en los muchos años de calle lo habían preparado para esto. Ahí, atrapado en unos estacionamientos subterráneos y junto a su compañero, estaban rodeado por brujas.

Cada bala que surgía de sus cañones alcanzaba a una anciana de ropajes harapientos y apenas caía, aparecía otra detrás de ella o rengueando desde una esquina. Ya iban tres cargadores y estaban acabando el cuarto y último. ¿Cómo diablos habían llegado a esa situación?

–         Ok, Mick. Plan B.

–         ¿Plan B? – repitió su compañero de color, sin entender la instrucción – ¿Cuál plan B?

–         No se. Pensaba que tú entenderías el mensaje y harías algo.

–         Ah. Entonces, ¿Qué tal la salida del muelle 33?

–         Justo estaba pensando en eso.

–         A la cuenta de…

Girando sobre su eje, dispararon balazos al azar. Reventaron caras purulentas, destrozaron brazos e impactaron medio a medio en el pecho de aquellas cosas semejantes a mujeres ancianas.

Y el fortachón policía rubio tomó del brazo a su compañero, más alto y delgado, y lo arrojó con todas su fuerzas hacia un automovil estacionado a metros de distancia. En el impulso chocó contra un grupo de mujeres, abriendo un boquete, y mientras algunas intentaban afirmarle las piernas para hincarle sus afilados colmillos, Martin pasó al lado de su compañero a toda velocidad, lo agarró de la chaqueta y lo arrastró hasta el vehículo. Saltaron al capó, luego al techo y finalmente al resquicio que había entre ese nivel y el superior. Subieron por ahí y continuaron su carrera hasta encontrar la salida del lugar.

II

La miserable luz del departamento sólo aumentaba la sensación desoladora del lugar. Sucio y abandonado durante largo tiempo, era una muestra de lo que había sucedido en la ciudad. Los hombres se dejaron caer en los sillones, y una capa de polvo se levantó de ellos.

A la distancia, en los callejones, sonaron lúgubres gritos. Martin miró con desgano hacia la ventana, y no le dieron las fuerzas para ponerse de pie, por lo que Mick se levantó y luego de observar el callejón, decidió inspeccionar la alacena del departamento.

–         Tenemos comida.

–         ¿Ah si? ¿Qué hay?

–         Para ti, Dog Chow.

–         Muy bien, ¿y tú?

–         Me quedo con el Cat Chow – acto seguido, les mostró las latas de comida para animales.

–         Perfecto, alimento para campeones…

–         Mientras no te de por ladrar y perseguir autos…

–         ¿Algo para beber?

Se aproximó hacia el refrigedor y lo abrió con reticencia. La luz del interior del aparato se reflejó en el rostro de ébano, y el hombre reaccionó ante el repentino hedor cerrando con un portazo. Luego de refrenar un par de arcadas, le indicó a su compañero el aparato con los ojos desorbitados.

–         Amigo… esto… está para alimentar a las amables señoras que nos seguían… ¡Ay Dios!

–         ¿Tan mal?

–         Ufff.

Martin reflexionó su situación. Escasa comida y sin agua potable, sus probabilidades de supervivencia se reducían notablemente. Mick le arrojó la lata de comida de perros y se dejó caer en el sillón del frente. Abrió su lata de comida de gatos, aventó el abrelatas a su compañero y luego olfateó lacomida. Con cara de repugnancia comentó.

–         Al lado del refrigerador, esto es perfume francés.

–         ¿Alguna vez en tu vida has olido perfume francés?

–         ¿Y tú que sabes? Tuve esa chica bonita, ya sabes cual…

–         ¿La hija del capitán Miller?

–         No, no esa. La otra chica…

–         ¿La de la heladería?

–         Vamos Mick, me refiero a…

–         ¡Vanessa! La bailarina exótica del lugar que requisamos…

El hombre esquivó el objeto volador arrojado por su compañero. Luego de un par de risotadas, se sumergieron en un hosco silencio, dejando que los sonidos de un mundo ajeno y desconocido los rodearan. Gorjeos, gruñidos y aullidos escalofriantes se colaban por la ventana, abierta para paliar el calor y humedad de aquella bochornosa noche.

–         Esto no estaba en los cálculos de nadie… – murmuró Martin con la mirada perdida.

–         ¿Mmmm? – inquirió Mick con la boca llena.

–         Nada. Olvídalo.

–         No, no. ¿De que estás hablando?

–         Nada importante, sólo olvídalo.

Mick lo miró inquisitivamente.

–         Mart, tú y yo somos amigos hace tiempo…

–         No empieces de nuevo con eso…

–         … y nunca me has contado nada sobre ese departamento tuyo de investigaciones extraparanoseque…

–         No hay nada que contar. Me retire y se acabó.

–         ¿En serio? ¿No tendrán nada que ver con esto?

–          No, la verdad es que…

Y se silenció. Su aliento se le escapó en forma de gemido, y toda su fortaleza pareció derrumbarse como un castillo de naipes.

–         Ok. Después de todo, no hay mucha gente más.

Se puso de pie y comenzó a caminar por la habitación con paso vacilante y la cabeza gacha.

–         ¿Te acuerdas del incidente en el New York Venture?

–         Si. ¿El incendio?

–         Ese, donde no encontraron ninguna victima.

–         Si. ¿Qué pasó?

–         Bueno, si hubo victimas, pero no cuerpos.

El silencio de su compañero lo conminó a seguir.

–         El edificio alberga un laboratorio de investigaciones avanzadas de física. No me preguntes que hacían porque no podría explicártelo aunque quisiera.

–         ¿El Venture? ¿Pero ese no era de oficinas?

–         Si. El laboratorio se encontraba en el subterráneo. De hecho ocupaba varios niveles a los que sólo se podía llegar con llaves biométricas.

–         Llaves biométicas… ¿Cómo los notebooks?

–         Algo así, pero bastante más avanzado. Ese día tuvieron un problema. Nunca supimos qué lo ocasionó, sólo nos llamaron y acudimos.

Martin volvió a sentarse, bajó la vista al suelo y se sujetó la cabeza con las manos. Su compañero lo miró con la comprensión de que algo muy malo había sucedido.

–         Y ahí estaban esas cosas. Monstruos, no se como describirlo. Aparecieron entre destellos de electricidad, gruñendo y atacando lo que se moviera, para luego desaparecer. Tomaron del brazo a Macchione, y el tipo gritó por ayuda. Corrí hacia él y cuando quise tomarlo desapareció con un estallido y… y… y me quedé abrazando aire.

Suspiró con cansancio.

–         Nunca le pudimos decir a su señora que era lo que realmente había pasado. No habríamos sabido qué decirle.

–         Mart, ¿en que cagada estabas metido?

–         En una división que controlaba anomalías de la realidad. No teníamos nombre, sólo nos conocían por la sigla SPU.

–         Mi Dios, ahora entiendo por qué nunca me contabas nada.

Martin se puso de pie nuevamente y entró al baño. Encendió la luz y un fulgor verde iluminó el estrecho espacio. Desde afuera escuchó una pregunta difícil.

–         ¿Y a ti nunca te pasó nada?

Había una máquina de afeitar oxidada al borde del lavabo. En el espejo, además de su imagen, había algo más. Ante sus ojos una figura se transparentaba como si quisiera cambiar su rostro por el suyo. Su cuerpo comenzó a temblar por la contracción de los músculos de sus hombros y brazos . Usando toda su fuerza de voluntad, tomó el jabón sucio e hizo correr el agua de la llave. Esta escupió varias veces manchas marrón, producto del desuso, y luego comenzó a salir agua hedionda. Se jabonó la cara con todo el autocontrol que tenía, mientras la superficie reflectante se retorcía hasta definir protuberancias que delimitaban los rasgos de un rostro.

Martin comenzó a afeitarse, y la superficie reflectante del espejo se estiró como si se tratara de plástico, acercando aquel rostro al suyo. La cosa lo miraba fijamente a los ojos, y el hombre le devolvió la mirada. Siguió afeitándose, y la cara en el espejo llegó a estar casi nariz con nariz.

La boca de aquella representación gritó, pero sólo hubo silencio. Martin no se inmutó.

–         ¿Amigo?

Martin se dio vuelta y en la entrada del baño encontró a su compañero con cara de interrogación. La voz le tembló al responder.

–         ¿Si?

–         ¿Pasa algo?

–         Nada. Sólo me voy a afeitar. – y le enseñó la máquina de afeitar.

La vista de su compañero pasó sobre su hombro hacia el espejo, luego de vuelta a él, y se retiró.

Martin se volvió para observar el espejo sucio, un inocente objeto reflectante.

“Si”, pensó, “Inocente mi santo culo”. Y continuó con el proceso de afeitado.

III

–         ¿Explícame… como mierda… nos metimos en esto?

Martin se habría asombrado de la capacidad aeróbica de su compañero para poder hablar en esa circunstancia, si no hubiese estado completamente enfocado en escalar el ancho pilar de tierra lo más rápido posible. Un temblor en la superficie rocosa le indicó que sus perseguidores estaban tras ellos.

Golems.

Sus lentos movimientos recorrían mucha más distancia que la del par de policías. Con cuatro metros de pies a cabeza, más el largo de los brazos, la idea de escalar esos extraños montículos para escapar de las criaturas fue, por lejos, la peor que se les podría haber ocurrido.

Aún así, los humanos alcanzaron la cima plana y circular antes que los golems. Desde ahí contemplaron un paisaje alienígeno: cientos, quizás miles de esas mismas estructuras se repetían hasta donde la niebla y la noche permitía ver. Un berrear bajo, similar al sonido de un trombón, se alzó por el borde de la meseta, y segundos después una manaza azotó la superficie donde se encontraban. Martin detuvo a Mick, quien había comenzado a correr hacia la mano del golem con clara intención de golpearlo.

–         ¿Está loco?

–         ¡Pero si le golpeamos la mano quizás lo botamos…!

Como si de un coro de gigantes operáticos se tratara, el aire se llenó de un tono bajo y vibrante. Por los extremos de la meseta circular aparecieron otros golems.

–         Estamos fritos.

–         Ni lo pienses. Yo voy a salir vivo de esta. ¡Sigueme!

Dicho esto, Martin, emprendió carrera hacia el borde donde aparecía la cabeza de uno de sus perseguidores. En el camino se lanzó al suelo para esquivar el ataque de una de las criaturas que ya se encontraba con ellos, y luego dio saltos a los costados esquivando los inmensos puños de piedra de otros golems que azotaron el suelo. Se apoyó en la mano del ser de piedra que recién se asomaba a la meseta, y sin darle tiempo a reaccionar subió por el brazo, luego a la cabeza y desde ahí dio un salto al vacío. Era una larga caída al suelo.

–         Este bastardo loco hijo de puta me va a terminar matando – reclamó Mick, y acto seguido, lo imitó.

Y si, fue una larga  y dolorosa caída.

IV

–         ¡Esto no puede ser! ¿Qué le pasó a Manhattan?

Martín reflexionó. El centro de la ciudad ardía, mientras  monstruos por doquier se aproximaban desde todas las direcciones, rodeándolos.  Golems acompañados por brujas y unos reptiles que parecían hechos de sombras. No entendía lo que estaba sucediendo, a menos que…

La posibilidad lo dejó helado. El universo se le volteó de arriba abajo, y encontró sentido.

–         A menos que nosotros seamos los monstruos.

Mick, con los puños cerrados dispuestos a defender su vida, quedó por un momento descolocado. Sin dejar de mirar a las criaturas le gritó:

–         ¿Qué? ¿Qué estas diciendo?

–         Estoy diciendo que nosotros no somos de aquí. No estamos en casa, en Manhattan. Este no es nuestro mundo.

Mick bajó la guardia, y se dio vuelta.

–         ¿Qué estas diciendo? ¿Qué no estamos en nuestro planeta?

–         Al menos, no en nuestra dimensión. Piensa. Hemos estado huyendo de criaturas espantosas y horripilantes, que nos han estado intentando matar durante todo este tiempo… ¿pero me puedes decir cuanto tiempo ha pasado?

El detective negro intento recordar. Por algún extraño motivo, ahora sentía que la muerte no era un asunto inminente, y se permitió unos segundos de distraída reflexión.

Efectivamente, recordaba el asunto en el estacionamiento… ¿o había sido en un gimnasio? Ya no le quedaba tan claro. Después, el asunto en el edificio, en los departamentos derruidos; y luego, cuando estuvieron escalando esos extraños cerros tubulares, la pelea con los golems de piedra, la huida y ahora esto, la ciudad. Pero no había ningún hilo conductor, nada que explicara qué estaban haciendo ahí, qué había pasado entre esos momentos o cómo habían llegado a esos lugares. Ni siquiera recordaba cómo se habían conocido o que habían hecho antes juntos ellos dos. Nada de eso.

Como si le hubiera leído el pensamiento, Martín movió la cabeza de manera afirmativa.

–         Lo mismo recuerdo yo. No hay ilación, pero no es una sensación como de no recordar, sino de que, simplemente, no importa si hay o no hay algo entre medio de esos momentos. Son los momentos los que existen, como si estuvieran pegados.

–         Entonces ¿Cómo diablos llegamos aquí? – exclamó Mick, mientras los zumbidos y mugidos alienígenas habían aumentado. Ambos se dieron vuelta, y lenta pero inexorablemente se acercaban a ellos, y sin armas la posibilidad de salir con vida se veían muy remotas.

–         A ver… los últimos estudios que realizaron en el departamento explicaban que, algunas veces, existen rupturas dimensionales provocadas por fenómenos físicos desconocidos, los que nosotros llamamos “azar”. Estos “eventos de azar” abren momentáneamente puertas a otros mundos, dimensiones o tiempos, y las personas entran por ahí. Ahora bien… – se tomó la barbilla, y reflexionó largos segundos – … si lo que indican es cierto, nuestra mente y cuerpo están unidos de alguna manera al entramado espacio temporal – mientras hablaba, supuso que lo que le estaba relatando a su compañero seguramente le era incompresible, pero continuó más como un acto desesperado de reflexión en voz alta que como una respuesta a la pregunta formulada– por lo tanto, si estamos aquí es porque, en alguna parte de nuestra mente, existe este lugar o al menos una sintonía con él. Por lo tanto, esto mismo nos mantiene atrapados.

–         En tu mente será, señor Sabelotodo, porque lo que es en la mía, esto jamás se me habría ocurrido.

Un largo silencio se produjo entre los dos. En un principio ambos pensaron que se debía a que las criaturas  estaban lo suficientemente cerca como para lanzarles un golpe exitoso pero, de improviso, Martin bajó los brazos, y se quedó estático, rígido como si lo hubieran bañado con una cubeta de agua fría. Mick, dándole la espalda, le gritó.

–         ¿Qué te pasa ahora, hombre? ¿Acaso pretendes que…?

Se quedó en silencio. Al darse vuelta, el rostro de su compañero de policía lo miraba de una manera intimidante por sobre cualquier cosa que estuviera alrededor de ellos. Era como si una iluminación terrible le hubiera tomado el alma, y le hubiera contado un secreto terrible. No sabía bien porque, pero cuando Martin abrió la boca para hablar, algo dentro suyo gritaba para que no le salieran esas palabras.

–         Exacto. Tú no podrías haber imaginado esto Mick, pero yo si.

El detective negro lo observó, atónito.

–         Todas estas criaturas son aterradoras, pero entendibles en algún grado para mí. Por algo creo que las estudie por más de diez años, y sé como desenvolverme en esta dimensión o mundo, o lo que sea…y si yo tengo alguna responsabilidad de creación de todo esto… entonces tú, Mick, también.

El gesto de Mick se volvió una mascara de terror.

–         Tú no existes Mick. Yo te creé. Y sospechó que tú eres el motivo por el cual aún estamos aquí.

Se escuchó el sonido del seguro de una pistola desenganchándose. La Magnun automática de Martin se encontraba en su mano.

Mick entendió al instante.

–         Oye, Martin, amigo, colega, no hagas estupideces. Recuerda… recuerda que te salvé la vida.

–          Lo se. Yo también salve la tuya. Pero creo que siempre quise un compañero, algo así como Will Smith, aguerrido y confiable, y creo que por eso estás aquí, y yo también.

Levantó la pistola y apuntó a la cabeza de Mick. Algo le decía que, en algún momento, se había quedado sin balas, pero eso no era posible, porque esa pistola estaba cargada con, al menos, una bala. Lo sabía, y Mick también. La desesperación de su compañero podía respirarse en el aire.

–         No Martin, yo existo, soy real. Si jalas el gatillo, vas a asesinar a tu compañero y amigo.

–         No Mick. Tú no existes, no tiene ningún sentido que estés aquí conmigo. Tú lo dijiste, no calzas acá. ¿Y acaso no te das cuenta de que sé exactamente todo lo que estás pensando?

–         ¡Porque me estas apuntando con una pistola a la cabeza! – chilló, con el rostro transfigurado por el terror – ¡Por eso sabes lo que me pasa! ¡No quiero que me mates!

–         Mira – dijo Martin, intentando mantener una calma imposible, con el corazón latiéndole tan fuerte que pensó en un momento que se le iba a salir –  Esto tiene que ser así. Tú eres un ancla en esta realidad por la que los dos estamos atrapados.

–         No, por favor…

–         Confía en mí. Tú no existes – le dijo, pero dentro suyo una voz gritaba diciéndole que estaba cometiendo un error mortal. No quería, no podía matar a su amigo, a su compañero.

Jaló el gatillo y suplicó al cielo que, por favor, estuviese en lo correcto.