–         ¿Qué número de mesa nos tocó?

–         A ver… la quince. Y maldita sea, no conozco a nadie.

–         Vamos, compórtate. Es el matrimonio de tu amigo.

–         No es mi amigo, amor. Es sólo un compañero de oficina.

–         Te tiene que tener en alta estima. Si no, ¿por qué te invitaría a su matrimonio?

El hombre se encogió de hombros y entró con su mujer al amplio salón, una estructura de fierro alta y abierta, la cual había sido cubierta por tules blancos desde el techo hasta el suelo haciendo las veces de muros vaporosos y etéreos. El interior había sido iluminado por antorchas largas y focos de luces que apuntaban directamente a las telas, realzando el efecto ensoñador del lugar.

–         Este imbécil colocó unas antorchas cerca de telas inflamables. Si este lugar se llega a quemar, y quedamos vivos, lo moleré a golpes por estúpido…

Su mujer le dio un fuerte apretón en la mano para que se quedara callado. Antes que el hombre replicara, le susurró de manera imperativa.

–         ¿Es que no puedes ser un poco más amable con la gente, aunque sea una sola vez?

–         ¿Pero tengo razón o no?

–         Si, pero cálmate un rato. ¿Quieres? – acto seguido, le sonrió a alguien y le dirigió un saludo con la mano.

–         ¿Los conoces?

–         Me parece que si, de vista al menos.

–         Ya. ¿Sabes que, amor? Comemos y luego nos largamos. No conozco a nadie y no quiero poner caras agradables mientras comemos. Y conociendo a mi compañero, nos vamos a sentar seguro en una mesa de nerds…

–         Cállate te digo, que estás alzando la voz. Ya, esa es la mesa.

Cuatro parejas conversaban en voz alta, con los hombres carcajeándose satisfechos de sí mismos. Las mujeres intentaban cotillear entre medio de la algarabía. Al ver que la pareja recién llegada tomaban los puestos faltantes, callaron de inmediato.

Se saludaron cortésmente y pasaron por algunos momentos de incómodo silencio, hasta que uno de ellos les preguntó su oficio. Luego de esto, los hombres fueron soltándose y al cabo de media hora las carcajadas volvieron a repletar la mesa, y una hora después se intercambiaban teléfonos. Al contrario de lo que pensaban, la química entre los comensales fue casi instantánea, y al pasar el rato y los tragos, empezaron a sincerarse respecto a la persona que los había invitado.

–         En el colegio le decíamos el Flaco Churra. Era torpe y tieso, y siempre perdía los lentes…

–         Se los escondíamos – intervino el otro.

–         ¡Jajaja! ¡Es verdad! ¡Y cómo es casi ciego, lloraba buscando sus lentes gruesos de abuelito! Eramos malos con él, hay que reconocerlo.

–         Si, pero es que también se lo buscaba, si nunca se defendía, así que ¿a quien había que pegarle? ¡A él, obvio!

–         Si, pero asumamos que de repente se nos pasaba la mano. ¿Te acuerdas del baño?

–         ¡Oh, si! Esa fue muy entretenida…

Los hombres continuaron conversando sobre las novatadas que hacían en el colegio, y aparentemente le habían hecho la vida difícil al novio. Sus acompañantes los observaban de manera reprobatoria.

–         Pero era un buen muchacho – dijo uno de ellos para cerrar el tema -, tonto e inocente, pero bueno.

–         Si, al parecer le ha ido bien en la vida – replicó el otro – ¿Y cómo es en el trabajo? Aplicado, me imagino. Era bueno para los números y la biología.

El rostro del compañero de trabajo se ensombreció.

–         La verdad, sigue siendo igual de torpe como ustedes lo recuerdan – bufó. Aquella respuesta los tomó por sorpresa.

–         ¿En serio?

–         Si. Algo le pasa a ese tipo. Algunos días anda bien, es claro e inteligente, y otros anda por las nubes, sin darse cuenta del trabajo a su alrededor. No entiende las bromas, es retraído y taimado. Y siempre responde con una sonrisita estúpida.

El rostro de los compañeros de mesa pasó de la alegría a una cauta preocupación. Nadie comentó nada en espera que continuara hablando.

–         También lo molestamos bastante en el trabajo, pero a mi me enoja más que darme risa o lástima. Si no es despierto en las bromas, que por lo menos sea eficiente en el trabajo.

–         ¿Y por qué continúa trabajando ahí entonces?

–         Ha hecho un par de buenos descubrimientos, con los cuales ha rentado bien la compañía. Pero por eso tenemos que soportar su constante ineptitud.

Uno de los hombres silbó ante aquellos furibundos comentarios. Las miradas de los presentes se intercambiaron sin disimulo. En medio de aquella incertidumbre apareció la pareja de novios: él, delgado y alto, se veía radiante, pero ella parecía una princesa: de piel blanca y brillantes ojos azules, su pelo dorado caía en una delicada cascada desde una trenza tomada sobre la cabeza. El vestido, blanco impoluto, tenía aplicaciones brillantes que bordeaban el escote, y todo terminaba en una media cola. El aplauso fue cerrado y con ovaciones, y la gente de la mesa se unió a la aclamación.

Al son de los primeros compases del vals, todos se pusieron de pie para observar el tradicional baile de los novios. Comenzaron a pasar las bandejas con bocadillos, y más copas con champaña y Kirk Royal. Luego de la tradicional ceremonia, se volvieron a sentar y comenzó la comida.

–         Esta guapa la mujer del Flaco – comentó uno con sutileza de hombre. Las mujeres murmuraron sin creerle su inocente comentario.

–         Si, mucha carne para tan poco gato.

–         ¡Amor!

Los comensales se atragantaron, por lo que el vino y las bebidas que llegaron a su mesa fueron su salvación. Menos de un minuto después llegaron las entradas: una apetitosa cama de ensaladas donde descansaban camarones ecuatorianos con una salsa rosada. Comieron con avidez y pronto volvió el humor entre ellos. Tomaban vino blanco cuando una de las mujeres hizo una aguda observación:

–         Nos sirvieron primero que a todos. Su amigo los debe querer bastante. ¡Miren, ahí vienen los novios!

Segundos después, llegaron los recién casados acompañados por un camarógrafo y un fotógrafo quienes revoloteaban a su alrededor con la torpeza de los abejorros.

–         ¿Cómo lo están pasando? – preguntó el novio con la voz aflautada de la emoción.

–         ¡Bien! – respondieron todos, casi al unísono.

–         ¡Que bueno! Le comentaba a Mikaela de ustedes…

–         Si – interrumpió la mujer, con claro acento extranjero – mucho.

–         …así que era muy importante para mí que asistieran. Quiero comenzar mi vida desde cero, aprendiendo de mis errores y mejorar todo lo que pueda.

–         ¡Salud! – surgió espontáneamente de uno de los invitados en la mesa. Todos lo siguieron.

–         Es por eso que aquí, junto a la mujer que amo –sus ojos brillaron al contemplar el rostro de ella, y sus manos entrelazadas se apretaron – quería exorcizar mis demonios. Muchas gracias por asistir, y que pasen una agradable velada.

Dicho eso, les dedicó una amplia sonrisa y pasó a la siguiente mesa. Los comensales quedaron pensando un rato aquellas palabras y sólo uno, el más inteligente del grupo, notó el sabor extraño en la comida.