N. del A.: Se recomienda escuchar, antes o después de leer este cuento, el tema “Backbeat”, del grupo Art of Noise.

Que disfruten la historia. Den.

I

A las afueras de la ciudad, cercano a un campo eriazo, se alza una casa de dos pisos. Es modesta y algo desordenada, indicando a todas luces la falta de una mujer entre los habitantes del hogar.

Esta casa tiene un subterráneo, en donde un hombre calvo y entrado en años trabaja con sus mejores y únicos amigos: una colección de robots que van desde un diodo electrocompuesto de apenas una pulgada de alto hasta dos ordenadores gemelos que ocupan toda la pared oeste, cerca de las escaleras.

Por más de treinta años ha perseguido el sueño de su vida: dotar a las máquinas de inteligencia propia. Según su teoría, la música tiene la capacidad de aunar los principios matemáticos del orden y el ritmo con la esencia humana de lo imprevisible. Su meta consiste en lograr que las máquinas creen armónicamente su propia música, pues entonces habrán adquirido el nivel de conciencia de una entidad viviente. Serán seres pensantes y creativos, y ese paso los llevará, quizás en mucho tiempo, hacia la cultura y la auto consciencia.

Pero por ahora,  se conforma con que sus máquinas puedan crear música espontánea y coherente.

Durante todos este tiempo, sus esfuerzos han inútiles, y mientras la vida pasaba por su lado obligándolo  a tener un trabajo gris en horario de oficina, su mente y corazón permanecen imperturbables junto a sus adorados robots.

Sin embargo, todo ha terminado hoy. El hombre yace sentado, inconsciente y moribundo, luego de que una explosión volara en pedazos parte de su laboratorio y el techo de la casa. Los escombros se apilan sobre su cuerpo, y el polvo flota silente al interior del espacio subterráneo.

La electricidad vuelve. Uno de los diodos empieza a pitar, uno y cero, encendido y apagado. Se desplaza con sus ruedecitas hacia el pie del hombre y lo impacta, sin obtener resultados positivos. Retrocede y lo impacta con más fuerza. Nada.

Sigue pitando, uno y cero, y emprende carrera hacia uno de los ordenadores gemelos, chocando con él a toda velocidad. La máquina se enciende y comienza a emitir un espectro de sonidos graves y variables a través del tubo de enfriamiento. La vibración despierta al ordenador del lado, y éste enciende a su vez al aparato de reparación automática, una máquina compleja con varios brazos, soldadores y placas de circuitos. Lenta y torpemente se pone en movimiento en dirección hacia el profesor.

Aparecen otros diodos pitando sus unos y ceros, pero ahora aumentan y disminuyen el volumen, sobrecargando los circuitos para lograr eso. Frente a los ordenadores gemelos se establece un jardín de pequeñas luces móviles con intensidad variable, y si uno presta atención durante un momento, están siguiendo un ritmo y una melodía monocorde. Están haciendo música.

Segundos después, se desparraman por el piso, en busca de otros robots.

II

Dos docenas de robots de los más distintos tipos se dirigen hacia el cuerpo laxo del hombre. Un par de Tr75, prohibidos hace veinte años, se aproximan con la torpeza clásica de los antiguos prototipos bípedos. En sus espaldas, el ruido de los pistones de compresión lidera una comitiva compuesta por el más variopinto grupo de artefactos, cada uno emitiendo el o los sonidos que son capaces de realizar.

Por los altavoces del laboratorio resuena la voz del científico, grabada por samplers, en un esfuerzo vacuo de dotar de voz a sus hijos mecánicos. “¡Ahora!”, ordena el grito. “¡Ahora!” suena nuevamente, mientras su voz se distorsiona en los más extraños tonos.

Su usuario está decompuesto, lo saben. Hay que arreglarlo. La máquina de reparación saca los escombros que puede, y luego comienza a operar: coloca en los antebrazos del hombre una serie de circuitos que se conectan inalámbricamente con los ordenadores gemelos. Corta la piel, encuentra los huesos y tendones y los interviene con varillas flexibles de termiplax. Sobre los músculos coloca diminutos servos y cierra la piel, cauterizando con el soldador. Sale olor a carne quemada pero no importa, porque los robots no tienen sensor de gases con discriminación humana.

No obtienen resultado. Los poderosos procesadores lógicos resuelven que el usuario necesita electricidad. Consultan los gigas de información disponibles en su intranet (bastante escasa en cuanto a biología humana) y ordenan al reparador que dé corriente al motor del cuerpo humano, el corazón.

El cuerpo da un salto como un muñeco de trapo. Las máquinas se silencian, pero no sucede nada. “¡Ahora!”, gritan los altoparlantes, y las máquinas retoman su canturreo. Como parte de una mente colectiva, todos aportan datos desde su experiencia particular: faltan datos, repetir procedimiento de usuario funcional, ejecutar música y dar corriente al mismo tiempo.

Los brazos del hombre son colocados sobre un piano eléctrico por el reparador, y los ordenadores dan la orden a los servos de reproducir la música que el usuario siempre ejecutaba. Los dedos se mueven mecánicamente sobre el teclado y una melodía de piano comienza a surgir. Las máquinas se suman al ritmo y construyen armonías.

Y en medio de ese concierto, el usuario abre los ojos y observa incrédulo lo que sucede frente a él. Sus brazos se mueven de manera automática y sus hijos, todos reunidos frente a él, cantan. Su alegría es inmensa, y al borde de la muerte ve lo que anheló toda su vida. Ahora puede morir en paz.

Los signos vitales del hombre decaen hasta llegar a cero.

III

Los robots se alteran. El usuario no funciona. Los ordenadores dan instrucciones al reparador para que dé más corriente al ser humano. “¡Ahora”, gritan los altoparlantes, sin resultado. “¡Ahora!”, repite una y otra vez sin darse cuenta que bajo la lógica de esa repetición se encuentra algo tan humano como la desesperación.

Lentamente, los robots comienzan a callar y luego a desconectarse. Los Tr75 quedan como marionetas, con los brazos colgando, mientras que el resto de las máquinas apagan sus luces, sus motores, y se van sumando en un silencio respetuoso.

Sólo queda un robot encendido. Cuando dejan de sonar los ordenadores gemelos, el diodo aún emite una débil luz acompañada por el pitido monótono. Y lentamente, comienza a extinguirse. Ahora todo vuelve a su estado original, las penumbras y el silencio.

El silencio y la oscuridad.

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–         ¡Ahora!

Un acorde de piano estalla en el aire, y todas las máquinas se encienden, saliendo en milésimas de segundo de su estado de reposo para comenzar a tocar su música.

El anciano ataca las teclas de su piano ignorando completamente el dolor. Sale del estado de muerte para entrar de lleno a la vida, y comandar el concierto que aquellas máquinas, sus hijos e hijas, están dando. Por los altoparlantes resuena su voz de manera rítmica, dando los tiempos para que todos los instrumentos fluyan de manera perfecta.

–         ¡Ahora! – grita nuevamente, y los Tr75 marcan el ritmo. Grita de nuevo, y los diodos elevan sus pitidos como si fueran violines. A la próxima instrucción, cuatro robots-aspiradoras dan la entrada a los bajos, con la fuerte presencia de uno de los ordenadores gemelos.

Y así, los sones de violines y violoncelos, tubas, bajos y contrabajos, toda aquella orquesta liderada por el anciano, ascienden en el frío aire crepuscular. Y mientras en la ciudad la gente se prepara para descansar, en los campos escuchamos el concierto que anuncia una nueva forma de vida, y cuya celebración continuará hasta bien entrada la noche.