Archive for agosto, 2010


Exorcismo

–         ¿Qué número de mesa nos tocó?

–         A ver… la quince. Y maldita sea, no conozco a nadie.

–         Vamos, compórtate. Es el matrimonio de tu amigo.

–         No es mi amigo, amor. Es sólo un compañero de oficina.

–         Te tiene que tener en alta estima. Si no, ¿por qué te invitaría a su matrimonio?

El hombre se encogió de hombros y entró con su mujer al amplio salón, una estructura de fierro alta y abierta, la cual había sido cubierta por tules blancos desde el techo hasta el suelo haciendo las veces de muros vaporosos y etéreos. El interior había sido iluminado por antorchas largas y focos de luces que apuntaban directamente a las telas, realzando el efecto ensoñador del lugar.

–         Este imbécil colocó unas antorchas cerca de telas inflamables. Si este lugar se llega a quemar, y quedamos vivos, lo moleré a golpes por estúpido…

Su mujer le dio un fuerte apretón en la mano para que se quedara callado. Antes que el hombre replicara, le susurró de manera imperativa.

–         ¿Es que no puedes ser un poco más amable con la gente, aunque sea una sola vez?

–         ¿Pero tengo razón o no?

–         Si, pero cálmate un rato. ¿Quieres? – acto seguido, le sonrió a alguien y le dirigió un saludo con la mano.

–         ¿Los conoces?

–         Me parece que si, de vista al menos.

–         Ya. ¿Sabes que, amor? Comemos y luego nos largamos. No conozco a nadie y no quiero poner caras agradables mientras comemos. Y conociendo a mi compañero, nos vamos a sentar seguro en una mesa de nerds…

–         Cállate te digo, que estás alzando la voz. Ya, esa es la mesa.

Cuatro parejas conversaban en voz alta, con los hombres carcajeándose satisfechos de sí mismos. Las mujeres intentaban cotillear entre medio de la algarabía. Al ver que la pareja recién llegada tomaban los puestos faltantes, callaron de inmediato.

Se saludaron cortésmente y pasaron por algunos momentos de incómodo silencio, hasta que uno de ellos les preguntó su oficio. Luego de esto, los hombres fueron soltándose y al cabo de media hora las carcajadas volvieron a repletar la mesa, y una hora después se intercambiaban teléfonos. Al contrario de lo que pensaban, la química entre los comensales fue casi instantánea, y al pasar el rato y los tragos, empezaron a sincerarse respecto a la persona que los había invitado.

–         En el colegio le decíamos el Flaco Churra. Era torpe y tieso, y siempre perdía los lentes…

–         Se los escondíamos – intervino el otro.

–         ¡Jajaja! ¡Es verdad! ¡Y cómo es casi ciego, lloraba buscando sus lentes gruesos de abuelito! Eramos malos con él, hay que reconocerlo.

–         Si, pero es que también se lo buscaba, si nunca se defendía, así que ¿a quien había que pegarle? ¡A él, obvio!

–         Si, pero asumamos que de repente se nos pasaba la mano. ¿Te acuerdas del baño?

–         ¡Oh, si! Esa fue muy entretenida…

Los hombres continuaron conversando sobre las novatadas que hacían en el colegio, y aparentemente le habían hecho la vida difícil al novio. Sus acompañantes los observaban de manera reprobatoria.

–         Pero era un buen muchacho – dijo uno de ellos para cerrar el tema -, tonto e inocente, pero bueno.

–         Si, al parecer le ha ido bien en la vida – replicó el otro – ¿Y cómo es en el trabajo? Aplicado, me imagino. Era bueno para los números y la biología.

El rostro del compañero de trabajo se ensombreció.

–         La verdad, sigue siendo igual de torpe como ustedes lo recuerdan – bufó. Aquella respuesta los tomó por sorpresa.

–         ¿En serio?

–         Si. Algo le pasa a ese tipo. Algunos días anda bien, es claro e inteligente, y otros anda por las nubes, sin darse cuenta del trabajo a su alrededor. No entiende las bromas, es retraído y taimado. Y siempre responde con una sonrisita estúpida.

El rostro de los compañeros de mesa pasó de la alegría a una cauta preocupación. Nadie comentó nada en espera que continuara hablando.

–         También lo molestamos bastante en el trabajo, pero a mi me enoja más que darme risa o lástima. Si no es despierto en las bromas, que por lo menos sea eficiente en el trabajo.

–         ¿Y por qué continúa trabajando ahí entonces?

–         Ha hecho un par de buenos descubrimientos, con los cuales ha rentado bien la compañía. Pero por eso tenemos que soportar su constante ineptitud.

Uno de los hombres silbó ante aquellos furibundos comentarios. Las miradas de los presentes se intercambiaron sin disimulo. En medio de aquella incertidumbre apareció la pareja de novios: él, delgado y alto, se veía radiante, pero ella parecía una princesa: de piel blanca y brillantes ojos azules, su pelo dorado caía en una delicada cascada desde una trenza tomada sobre la cabeza. El vestido, blanco impoluto, tenía aplicaciones brillantes que bordeaban el escote, y todo terminaba en una media cola. El aplauso fue cerrado y con ovaciones, y la gente de la mesa se unió a la aclamación.

Al son de los primeros compases del vals, todos se pusieron de pie para observar el tradicional baile de los novios. Comenzaron a pasar las bandejas con bocadillos, y más copas con champaña y Kirk Royal. Luego de la tradicional ceremonia, se volvieron a sentar y comenzó la comida.

–         Esta guapa la mujer del Flaco – comentó uno con sutileza de hombre. Las mujeres murmuraron sin creerle su inocente comentario.

–         Si, mucha carne para tan poco gato.

–         ¡Amor!

Los comensales se atragantaron, por lo que el vino y las bebidas que llegaron a su mesa fueron su salvación. Menos de un minuto después llegaron las entradas: una apetitosa cama de ensaladas donde descansaban camarones ecuatorianos con una salsa rosada. Comieron con avidez y pronto volvió el humor entre ellos. Tomaban vino blanco cuando una de las mujeres hizo una aguda observación:

–         Nos sirvieron primero que a todos. Su amigo los debe querer bastante. ¡Miren, ahí vienen los novios!

Segundos después, llegaron los recién casados acompañados por un camarógrafo y un fotógrafo quienes revoloteaban a su alrededor con la torpeza de los abejorros.

–         ¿Cómo lo están pasando? – preguntó el novio con la voz aflautada de la emoción.

–         ¡Bien! – respondieron todos, casi al unísono.

–         ¡Que bueno! Le comentaba a Mikaela de ustedes…

–         Si – interrumpió la mujer, con claro acento extranjero – mucho.

–         …así que era muy importante para mí que asistieran. Quiero comenzar mi vida desde cero, aprendiendo de mis errores y mejorar todo lo que pueda.

–         ¡Salud! – surgió espontáneamente de uno de los invitados en la mesa. Todos lo siguieron.

–         Es por eso que aquí, junto a la mujer que amo –sus ojos brillaron al contemplar el rostro de ella, y sus manos entrelazadas se apretaron – quería exorcizar mis demonios. Muchas gracias por asistir, y que pasen una agradable velada.

Dicho eso, les dedicó una amplia sonrisa y pasó a la siguiente mesa. Los comensales quedaron pensando un rato aquellas palabras y sólo uno, el más inteligente del grupo, notó el sabor extraño en la comida.

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El último griego

El universo se mostraba ante él en todo su esplendor y gloria. Contemplaba todo desde su ventana sintiéndose al mismo tiempo privilegiado y solo, tan solo… y es que no había nadie con quien compartir el paso de aquellas nubes blancas de tormenta que asolaban las tierras bajas. Los dioses habían desaparecido hace largo tiempo.

Desde su refugio, al tope de la montaña más alta de la creación, podía atestiguar que más allá de las estrellas había un único, perezoso y omnipotente sol.

Un sol en un cielo sin nubes. Un cielo de tonos celestes y rosados hacia el horizonte. Un cielo infinito y eterno. ¿Qué le quedaba a él, entonces? Ser una mota de polvo en el tiempo, una traza que se borraría en algún momento pero que, por mientras, vivía en la maravilla y asombro ser la única entidad viviente que podía contemplar todo desde la cima más alta de la existencia.

Era una condena de por vida.

Y esto era peor, por lejos, a que le arrancaran los intestinos durante una eternidad. Al menos había tenido un motivo para sufrir, y alguien a quien condenar.

EL CONCIERTO

N. del A.: Se recomienda escuchar, antes o después de leer este cuento, el tema “Backbeat”, del grupo Art of Noise.

Que disfruten la historia. Den.

I

A las afueras de la ciudad, cercano a un campo eriazo, se alza una casa de dos pisos. Es modesta y algo desordenada, indicando a todas luces la falta de una mujer entre los habitantes del hogar.

Esta casa tiene un subterráneo, en donde un hombre calvo y entrado en años trabaja con sus mejores y únicos amigos: una colección de robots que van desde un diodo electrocompuesto de apenas una pulgada de alto hasta dos ordenadores gemelos que ocupan toda la pared oeste, cerca de las escaleras.

Por más de treinta años ha perseguido el sueño de su vida: dotar a las máquinas de inteligencia propia. Según su teoría, la música tiene la capacidad de aunar los principios matemáticos del orden y el ritmo con la esencia humana de lo imprevisible. Su meta consiste en lograr que las máquinas creen armónicamente su propia música, pues entonces habrán adquirido el nivel de conciencia de una entidad viviente. Serán seres pensantes y creativos, y ese paso los llevará, quizás en mucho tiempo, hacia la cultura y la auto consciencia.

Pero por ahora,  se conforma con que sus máquinas puedan crear música espontánea y coherente.

Durante todos este tiempo, sus esfuerzos han inútiles, y mientras la vida pasaba por su lado obligándolo  a tener un trabajo gris en horario de oficina, su mente y corazón permanecen imperturbables junto a sus adorados robots.

Sin embargo, todo ha terminado hoy. El hombre yace sentado, inconsciente y moribundo, luego de que una explosión volara en pedazos parte de su laboratorio y el techo de la casa. Los escombros se apilan sobre su cuerpo, y el polvo flota silente al interior del espacio subterráneo.

La electricidad vuelve. Uno de los diodos empieza a pitar, uno y cero, encendido y apagado. Se desplaza con sus ruedecitas hacia el pie del hombre y lo impacta, sin obtener resultados positivos. Retrocede y lo impacta con más fuerza. Nada.

Sigue pitando, uno y cero, y emprende carrera hacia uno de los ordenadores gemelos, chocando con él a toda velocidad. La máquina se enciende y comienza a emitir un espectro de sonidos graves y variables a través del tubo de enfriamiento. La vibración despierta al ordenador del lado, y éste enciende a su vez al aparato de reparación automática, una máquina compleja con varios brazos, soldadores y placas de circuitos. Lenta y torpemente se pone en movimiento en dirección hacia el profesor.

Aparecen otros diodos pitando sus unos y ceros, pero ahora aumentan y disminuyen el volumen, sobrecargando los circuitos para lograr eso. Frente a los ordenadores gemelos se establece un jardín de pequeñas luces móviles con intensidad variable, y si uno presta atención durante un momento, están siguiendo un ritmo y una melodía monocorde. Están haciendo música.

Segundos después, se desparraman por el piso, en busca de otros robots.

II

Dos docenas de robots de los más distintos tipos se dirigen hacia el cuerpo laxo del hombre. Un par de Tr75, prohibidos hace veinte años, se aproximan con la torpeza clásica de los antiguos prototipos bípedos. En sus espaldas, el ruido de los pistones de compresión lidera una comitiva compuesta por el más variopinto grupo de artefactos, cada uno emitiendo el o los sonidos que son capaces de realizar.

Por los altavoces del laboratorio resuena la voz del científico, grabada por samplers, en un esfuerzo vacuo de dotar de voz a sus hijos mecánicos. “¡Ahora!”, ordena el grito. “¡Ahora!” suena nuevamente, mientras su voz se distorsiona en los más extraños tonos.

Su usuario está decompuesto, lo saben. Hay que arreglarlo. La máquina de reparación saca los escombros que puede, y luego comienza a operar: coloca en los antebrazos del hombre una serie de circuitos que se conectan inalámbricamente con los ordenadores gemelos. Corta la piel, encuentra los huesos y tendones y los interviene con varillas flexibles de termiplax. Sobre los músculos coloca diminutos servos y cierra la piel, cauterizando con el soldador. Sale olor a carne quemada pero no importa, porque los robots no tienen sensor de gases con discriminación humana.

No obtienen resultado. Los poderosos procesadores lógicos resuelven que el usuario necesita electricidad. Consultan los gigas de información disponibles en su intranet (bastante escasa en cuanto a biología humana) y ordenan al reparador que dé corriente al motor del cuerpo humano, el corazón.

El cuerpo da un salto como un muñeco de trapo. Las máquinas se silencian, pero no sucede nada. “¡Ahora!”, gritan los altoparlantes, y las máquinas retoman su canturreo. Como parte de una mente colectiva, todos aportan datos desde su experiencia particular: faltan datos, repetir procedimiento de usuario funcional, ejecutar música y dar corriente al mismo tiempo.

Los brazos del hombre son colocados sobre un piano eléctrico por el reparador, y los ordenadores dan la orden a los servos de reproducir la música que el usuario siempre ejecutaba. Los dedos se mueven mecánicamente sobre el teclado y una melodía de piano comienza a surgir. Las máquinas se suman al ritmo y construyen armonías.

Y en medio de ese concierto, el usuario abre los ojos y observa incrédulo lo que sucede frente a él. Sus brazos se mueven de manera automática y sus hijos, todos reunidos frente a él, cantan. Su alegría es inmensa, y al borde de la muerte ve lo que anheló toda su vida. Ahora puede morir en paz.

Los signos vitales del hombre decaen hasta llegar a cero.

III

Los robots se alteran. El usuario no funciona. Los ordenadores dan instrucciones al reparador para que dé más corriente al ser humano. “¡Ahora”, gritan los altoparlantes, sin resultado. “¡Ahora!”, repite una y otra vez sin darse cuenta que bajo la lógica de esa repetición se encuentra algo tan humano como la desesperación.

Lentamente, los robots comienzan a callar y luego a desconectarse. Los Tr75 quedan como marionetas, con los brazos colgando, mientras que el resto de las máquinas apagan sus luces, sus motores, y se van sumando en un silencio respetuoso.

Sólo queda un robot encendido. Cuando dejan de sonar los ordenadores gemelos, el diodo aún emite una débil luz acompañada por el pitido monótono. Y lentamente, comienza a extinguirse. Ahora todo vuelve a su estado original, las penumbras y el silencio.

El silencio y la oscuridad.

.

.

.

–         ¡Ahora!

Un acorde de piano estalla en el aire, y todas las máquinas se encienden, saliendo en milésimas de segundo de su estado de reposo para comenzar a tocar su música.

El anciano ataca las teclas de su piano ignorando completamente el dolor. Sale del estado de muerte para entrar de lleno a la vida, y comandar el concierto que aquellas máquinas, sus hijos e hijas, están dando. Por los altoparlantes resuena su voz de manera rítmica, dando los tiempos para que todos los instrumentos fluyan de manera perfecta.

–         ¡Ahora! – grita nuevamente, y los Tr75 marcan el ritmo. Grita de nuevo, y los diodos elevan sus pitidos como si fueran violines. A la próxima instrucción, cuatro robots-aspiradoras dan la entrada a los bajos, con la fuerte presencia de uno de los ordenadores gemelos.

Y así, los sones de violines y violoncelos, tubas, bajos y contrabajos, toda aquella orquesta liderada por el anciano, ascienden en el frío aire crepuscular. Y mientras en la ciudad la gente se prepara para descansar, en los campos escuchamos el concierto que anuncia una nueva forma de vida, y cuya celebración continuará hasta bien entrada la noche.

Valiente Mundo Nuevo

La fragata Esperanza zarpó de Marsella el 15 de septiembre de 1795, dejando atrás un mundo de horror y sangre. Las crónicas de la época describen la embarcación como larga, estilizada y blanca como una gaviota, grácil cuando surcaba el mar.

Aquel día llevaba consigo a 156 personas, la mayor parte de ellos artistas y eruditos que se habían cansado de la Revolución Francesa. Su ultima visión del país fue un puerto sombrío, donde los balazos se cruzaban a plena luz del día entre quienes, hasta hace un tiempo, se autodenominaban “conciudadanos”

Había un lugar mejor, pensaron. Tiene que haber un lugar donde el respeto por el ser humano, por su integridad y sus pasiones, por sus sueños y visiones, tuviera campo fertil para crecer. Ellos se preocuparían de que así fuera. Se convertirían en sirvientes de esta causa, y en muros fuertes para resistir los embates de una sociedad violenta, la que no permitiría que un sueño así prosperase jamás.

La fragata enfiló su proa hacia el sur oeste, en dirección al gran continente más allá del mar, lleno de tierras vastas y salvajes donde podrían volver a comenzar.

El viaje hacia el paraiso duró dos días.

Al amanecer del segundo día, el vigía gritó con su voz de niño la proximidad de un buque de guerra. Todos salieron a cubierta para observar la nave de la armada francesa, parte de un convoy que buscaba franceses disidentes de la revolucíon del pueblo. El ataque fue unilateral y breve, y en cosa de minutos el barco se hundía, arrastrando a la indefensa tripulación hacia las profundidades del Atlantico entre gritos de terror. El blanco navío yace ahora en el lecho marino, y se dice que los peces lo consideran un lugar sagrado.

De aquí hasta el final de los tiempos, La Esperanza y sus tripulantes mantendrán una colonia permanente en el fondo del mar.