Eric encontró la fuente de la voz que sollozaba en el ático: su pequeña amiga, sentada en el suelo con la cabeza entre las rodillas y los brazos apoyados flojamente sobre las piernas; una apología al desamparo.

Vestía tan sólo una enagua delgada y muy sucia, la que exponía sus delgadas piernas sobre las que caía una larga cabellera negra que exudaba fuerte olor a suciedad. Su espalda tiritaba con los espasmos de sus sollozos.

El hombre pasó bajo una viga y se arrodilló frente a ella con cuidado. La saludó con cariño.

– Hola.

La chica levantó la cabeza, pero el pelo se le pegó sobre el rostro volviéndola irreconocible. Giró hacia la izquierda, en un de gesto mudo desprecio. Eric acercó su mano para apartarle los cabellos

– Hola pequeña, ¿Qué te…?
– ¡No me toques!

El grito expulsó al hombre por los aires hacia el lado opuesto del ático, impactando contra la muralla y cayendo pesadamente al suelo. Las vigas de madera temblaron peligrosamente, y una ola de material se expandió desde el epicentro de todo ese mundo, la adolescente.

Eric se levantó con lentitud, más asombrado que adolorido. Conocía a la chica desde siempre, y cuando tenía algún problema con su padre o madre era él quien la ayudaba. Solían jugar a menudo, pero en el último tiempo sus encuentros se habían vuelto más esporádicos.

Pero esto jamás se lo habría esperado. Desde el fondo de la habitación comenzó a acercársele, con mayor cautela.

– Erika, ¿Qué sucede?
– ¡Sucede que no quiero hablar más contigo, ni con ninguno de los otros!
– ¿De los otros? ¿A que te refieres?
– Que.. – y el sollozo volvió a fluir, pero esta vez con más calma – que ya quiero crecer, que no quiero más amigos imaginarios. ¡Quiero asumir que estoy sola! ¡Sola!

El hombre se detuvo, y el ático pareció titilar y comenzó a desvanecerse, trasluciendo una habitación de madera blanca donde, al interior de un closet, se acurrucaba una joven. Era bonita y estaba bien vestida, pero aquellos ojos eran los de Erika. Una cruel luz de entendimiento cayó sobre el hombre, quien sólo alcanzó a replicar:

– Pero yo no soy imagina…