Archive for julio, 2010


Nevó el día que morí

Salí arrastrando los pies por el helado y húmedo piso de madera. Aferré la solapa de mi abrigo y la apreté con mis manos para que no entrara el viento. Sin embargo, al colocar la planta desnuda de mis pies en contacto con el caminito que partía desde la puerta de mi casa y atravesaba el verde jardín hasta la calle, el frío me trasuntó y sentí que la piel se me quemaba.

Aún así, coloqué los dos pies en la negra gravilla y sufrí aquel dolor. Era algo que merecía.

A la distancia pude ver el mar, entrando a la tierra agreste de mis antepasados. Caminé hacia la calle, y cada paso hacía preguntarme el porqué de esta tortura, pidiendo que terminara aquella charada para volver a la cama y morir en paz esta vida miserable, aburrida y  sinsentido.

Y mientras pensaba en eso, más sentido me hacía mi castigo.  Al fin y al cabo podría gritar a todo pulmón que ¡No moriría como el resto esperaba, como me habían pedido! ¡Caminaría descalzo hacia los campos donde mis antepasados habían muerto ignorantes de la nación y la historia que habían construido!

El cielo se oscurece sobre las montañas. Parece que nevará el día de mi muerte. ¿Habrá una tumba de hielo y cristal para este pobre viejo, que es más de lo que merezco? Si es así, la recibo con terror y alegría.

Mi vecina me espió por la ventana y salió corriendo a la calle. Vieja entrometida. Con sus gritos también aparecen los otros vecinos, cacareando las estupideces y mierdas que se espera de ellos: que regrese a la casa, que me voy a enfermar  y etcétera. Que se vayan todos al cuerno; hoy tengo un pago pendiente con la oscuridad de mi vida.

–         ¡Silencio! ¡Hasta cuando chillan como gallinas histéricas!

–         Señor Ferguson, por favor, entre a la…

–         ¡Cállese le dije! ¿O acaso además de estúpida también es sorda?

Su rostro enrojecido me indica que la dejaré callada durante un rato. Ja. Vuelvo al ataque.

–         ¡Que mierda quieren de mí! ¡No les voy a dejar la casa por ser amables conmigo! ¡Ahora vayan a hacer cualquier cosa inútil que ustedes hagan y déjenme partir tranquilo a mi reunión!

–         Usted no va a ir a ningún lado – dijo el fortachón esposo de mi vecina, grande como un oso. Hijo de puta. No tengo manera de darle pelea.

–         Vamos vecino, pórtese bien…

Le propiné un golpe en la canilla. Bien, le dolió, aunque mi pie me duele mucho más.

–         ¡Suélteme! – ¡Suélteme imbécil!

–         Señor Ferguson, usted no va a ningún lado.

(¿Supiste que está enfermo?)

(¡Enfermo de loco! ¡jajaja!)

(No, en serio. Le quedan meses de vida)

(Si, algo me habían contado. El doctor Haltmore lo atendió. Creo que era cáncer)

(¿En serio? Pobre viejo)

(¡Bah! Para mí que se muera y no moleste a nadie más)

(Menos mal que se lo lleva el vecino. Mírenlo como lo patea. Pobre tipo)

(¿Llamamos a algún pariente?)

(No tiene)

(¿Cómo? ¿Nadie?)

(¿Y te extraña? ¿Quién lo quisiera tener en su casa?)

(Pero alguien tiene que cuidarlo)

(Yo dejaría que se fuera para donde quiere y lo dejen morir tranquilo. Es lo que pide ¿no?)

(Mmm)

(Mmm)

(Mamá, ¿Por qué llora el señor Ferguson?)

(Porque tiene pena, pequeña. Entra a la casa)

(Pero no quiero…)

(Ahora)

(¡Ahhh! ¡Siempre me tengo que entrar!)

–         ¡Suéltenme! ¡Déjenme morir!

Su grito se mantuvo como un eco en los oídos de todos los presentes, y se lo llevaron a la cama en la noche. Quizás fue eso, o el sollozo bajo pero constante que surgía de la casa número 42. O quizás los antiguos guerreros insuflaron su venia en la mente de los durmientes. Pero aquella noche, esto fue lo que pasó:

El señor Ferguson lloraba su impotencia y rabia en lo más profundo de la noche, cuando escuchó abrirse la puerta de su casa.

–         ¡Quien está ahí!

Sólo obtuvo silencio. Comenzó a escuchar unos pasos pesados, que claramente intentaban pasar desapercibidos, aproximándose. Al viejo le dio miedo y gritó con una bien disimulada angustia

–         ¡Maldita sea! ¡Váyanse y déjenme solo! ¡Molesten a su abuela o búsquense una puta entre su descendencia y métanse con ella! ¡Me pondré a gritar y mis vecinos se las pondrán duras, rufianes!

Escuchó voces que cuchicheaban en el pasillo y los pasos se detuvieron. Entonces decidió incorporarse y esperarlos armados. Sacó de su armario la vieja Winchester, regalo de su padre, y verificó que tuviera cartuchos. Allí estaban, los mismos dos tiros que descansaron durante sesenta años a la espera de su llamado. Se cargó el arma a su hombro, ignoró el terrible dolor de la enfermedad que le consumía el interior, y apuntó a la puerta.

La luz que iluminó el marco de la puerta le pareció extraña, casi fantasmal, y un aroma a resina quemada le llegó a su nariz. El pomo de la puerta se giró lentamente y esta se abrió con un suave chirrido. El señor Ferguson bajó la escopeta, y su mandíbula quedó colgando de incredulidad.

En el pasillo, una decena o más de personas encapuchadas portaban antorchas, y le llamaban.

II

Las estrellas brillan fuertes esta noche. ¿Será posible que sea un sueño? Estoy descalzo y no me duelen los pies. Allá a la distancia escucho truenos y unas largas nubes están tapando el cielo.

Se que son mis vecinos, no me hacen tonto, pero les agradezco esto. El hombretón me pasa una antorcha y la miro un rato. Siento el calor y la luz dorada que titila indecisa frente a mí, y a través de ella veo mi casa a oscuras, por última vez. Adiós, mi libros; adiós maldita oscuridad; adiós, mi amadísima Nadia.

La arrojo con todas mis fuerzas y la antorcha hace una perfecta curva, cayendo en el dintel de la entrada. Poco a poco empieza a agarrar el suelo de madera. ¡Pensar que podría haber muerto en un incendio y casi no me habría dado cuenta!

El frío y el viento empiezan a arreciar. Se esconden la luna y las estrellas, y sigo con la vista la última porción de cielo que veré en mi vida. Ya, está hecho, ahora todo es negrura. Mi vecino me toma del brazo y nos ponemos en marcha. ¿Pero es que estos locos no tienen miedo que mi casa se queme e incendie las del lado?

Los ojos les brillan bajo la capucha y me hablan en voz alta:

–         ¿Cual es tu nombre?

–         ¿Cómo que cual es mi nombre? ¡Ustedes me conocen hace años!

–         ¡Cual es tu nombre!

El grito es profundo, como si me lo pidiera la tierra. Se lo doy con cierta consternación, y todos los encapuchados lo repiten. El suelo empieza a llenarse de piedrecillas, y los primeros copos de nieve nos alcanzan.

–         ¿Quiénes son tus antepasados?

Y como si  el viento me susurrara sus nombres al oído, empiezo a recitar mi linaje. En mi mente aparecen el nombre de mi padre y mi madre, y se abre mi memoria a las tardes cálidas de una casa de madera cerca de Fionnport. Veo a mi prima y mi tío sonriéndome, y detrás de ellos, mis abuelos y los padres de mis abuelos, vestidos con kilt. Estoy soñando, lo se, pero los voy nombrando.

–         Puedo ver a mi padre, y al padre de mi padre…

Y me están llamando. Subiré esa colina. ¡Está frío y húmedo el suelo, pero tengo que ir hacia la cima de la colina! ¡Ya voy mamá! ¡Ya voy!

Al día siguiente, el pueblo no supo dar una respuesta al incendio que consumió la casa del señor Ferguson. Ni siquiera la pequeña Eithe, la sensible niña del frente, se despertó.

Encontraron al anciano sentado en la antigua piedra ceremonial que corona un cerro cercano al pueblo. Alrededor suyo, la nieve se acumulaba de manera uniforme como un impoluto manto sagrado. El manto del hombre que observaba su reino desde las alturas, un reino protegido y amado por él.

En la piedra, escrito sobre la escarcha, se podía leer: “Y nevó el día que morí”.

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El fin de la amistad

Eric encontró la fuente de la voz que sollozaba en el ático: su pequeña amiga, sentada en el suelo con la cabeza entre las rodillas y los brazos apoyados flojamente sobre las piernas; una apología al desamparo.

Vestía tan sólo una enagua delgada y muy sucia, la que exponía sus delgadas piernas sobre las que caía una larga cabellera negra que exudaba fuerte olor a suciedad. Su espalda tiritaba con los espasmos de sus sollozos.

El hombre pasó bajo una viga y se arrodilló frente a ella con cuidado. La saludó con cariño.

– Hola.

La chica levantó la cabeza, pero el pelo se le pegó sobre el rostro volviéndola irreconocible. Giró hacia la izquierda, en un de gesto mudo desprecio. Eric acercó su mano para apartarle los cabellos

– Hola pequeña, ¿Qué te…?
– ¡No me toques!

El grito expulsó al hombre por los aires hacia el lado opuesto del ático, impactando contra la muralla y cayendo pesadamente al suelo. Las vigas de madera temblaron peligrosamente, y una ola de material se expandió desde el epicentro de todo ese mundo, la adolescente.

Eric se levantó con lentitud, más asombrado que adolorido. Conocía a la chica desde siempre, y cuando tenía algún problema con su padre o madre era él quien la ayudaba. Solían jugar a menudo, pero en el último tiempo sus encuentros se habían vuelto más esporádicos.

Pero esto jamás se lo habría esperado. Desde el fondo de la habitación comenzó a acercársele, con mayor cautela.

– Erika, ¿Qué sucede?
– ¡Sucede que no quiero hablar más contigo, ni con ninguno de los otros!
– ¿De los otros? ¿A que te refieres?
– Que.. – y el sollozo volvió a fluir, pero esta vez con más calma – que ya quiero crecer, que no quiero más amigos imaginarios. ¡Quiero asumir que estoy sola! ¡Sola!

El hombre se detuvo, y el ático pareció titilar y comenzó a desvanecerse, trasluciendo una habitación de madera blanca donde, al interior de un closet, se acurrucaba una joven. Era bonita y estaba bien vestida, pero aquellos ojos eran los de Erika. Una cruel luz de entendimiento cayó sobre el hombre, quien sólo alcanzó a replicar:

– Pero yo no soy imagina…

Error

La fiesta había sido un éxito. Con docenas de embajadores y políticos importantes, la seguridad había sido perfecta, la comida y la bebida inmejorables y la música muy bien seleccionada. Los grupos elegidos para entretener a los comensales habían estado en el nivel más alto y los regalos fueron simples pero elegantes.

Realmente era necesario un momento así en estos tiempos de guerra. Los tensionados asistentes salieron contentos y relajados, y eso era impagable. Todo gracias a su mujer y a las esposas de los embajadores del Reino Unido, Corea del Sur, España y Francia, las artífices de la fiesta. La reunión de ellas en Paris había sido fructífera, según podía comprobar.

Pero su mente no estaba en eso ahora, regocijándose en las carnes de su esposa. Un increíble preámbulo y luego aquel culo redondo, profundo y de glúteos grandes y firmes. ¡Cómo se la estaba tirando!

Su mujer gritaba cada uno de sus orgasmos, mientras el primer ministro le pedía cosas sucias y le gritaba y golpeaba en las nalgas hasta dejarle la piel enrojecida. La mujer, gozosa, accedía a todos sus pedidos.

Un par de horas después, cuando ambos yacían entre las sábanas, sudorosos y  extasiados, el hombre tomó su celular y digitó una combinación numérica. Luego de eso, se durmió profundamente.

Al amanecer, la suave piel de la mujer lo despertó con un roce cariñoso.

–         Hola amor – le susurró en el oído.

El primer ministro refunfuñó un “buenos días”, y un par de minutos después la miraba con sus intensos ojos azules. Ella estaba radiante, hermosa como mucho tiempo no la veía así. Acarició su rostro con el dorso de la mano, y su voz surgió rasposa en un primer momento, para luego derivar a su usual tono grave.

–         Gracias amor, estuvo increíble.

–         De nada – le respondió ella con una sonrisa.

–         ¿Hace cuanto tiempo que no lo hacíamos así?

–         Bueno – titubeó un momento – yo no me sentía así hace un tiempo- Lo besó con pasión y profundidad. – Pero esta guerra nos tenía demasiado ocupados.

El hombre sonrió con ternura. La abrazó fuertemente.

–         Echaba de menos esto, con tanta fuerza que no tienes idea – Dicho esto, su rostro cambió de manera perceptible. La mujer percibió el cambio.

–         Amor ¿pasa algo? – le preguntó la mujer.

–         Sólo quiero darte las gracias, y pedirte mis disculpas. – Dicho esto, se puso de pie y caminó hacia la puerta principal. La abrió y cuatro hombres vestidos de negro y anteojos oscuros ingresaron con rapidez para colocarse con las manos cruzadas tras la espalda en cada una de las esquinas de la cama. La mujer se tapó con la ropa de cama y miró con temor al primer ministro. Antes que ella hablara, él se lo explicó.

–         El trabajo de inteligencia de tu nación fue impresionante, hay que reconocerlo. Se fijó hasta en los más mínimos detalles. Pero falló en una cosa, algo tan íntimo que sólo mis colaboradores más cercanos conocen.

Ante el creciente terror de la mujer, el hombre le devolvió una sonrisa triste

–         Lily es frígida. Gracias por la noche y, por favor, coopera de buena gana con nosotros.

Dicho esto, cerró la puerta y dejó a la extraña a merced del interrogatorio.

Alicias

Dedicado a las dos Alicias,

niñas hermosas y con un terreno infinto por caminar,

y a sus madres, reinas de nacimiento y brujas por convicción.

I

La lluvia había caído con fuerza durante toda la mañana, dejando el terreno fangoso y resbaladizo. Alicia ingresó a toda velocidad al primer claro que encontró dentro del tupido bosque, y luego de una rápida revisión, se escondió detrás de un árbol, intentando silenciar su agitada respiración. Se asomó con cuidado y buscó alguna señal que delatara a su depredador.

Con la rapidez y habilidad adquirida por años de calle, sacó de entre sus ropas un pequeño cuchillo y comenzó a sacar punta a una rama gruesa.

Súbitamente, escuchó algo arrastrándose detrás del árbol donde se ocultaba, y su corazón se paralizó. Un ronroneo fue vocalizándose hasta transformarse en palabras.

–         Prrrrr…. Prrrrrincesaaaa… ¿Dónde estás? – susurró una voz etérea cargada de maldad – llevo buscándote una hora, y eso no esssss naaaada bueno para mi salud…. ni para la tuyyya. Sal ya desssde donde essstés. ¿Prrrincesita?

Una súbita corriente de aire le agitó el pelo y levantó la vista hacia la derecha. Por el costado del árbol emergieron dos ojos verdes y grandes, flotando como fuegos fatuos perezosos. Bajo ellos, se delineó una corrida de puntiagudos dientes, capaces de descuartizar una criatura de gran tamaño en cosa de segundos. Lo sabía porque lo había visto en acción… así era la mascota de la Reina, el Gato Loco.

Los luceros verdes se desplazaban con mortal tranquilidad y Alicia supo que no había escapatoria. Los matorrales negros rebosaban de espinas y los árboles eran difíciles de escalar, corriendo el riesgo de afirmarse a un tronco podrido que cediera con su peso.

Una pelea abierta contra el Gato Loco era un suicidio. Su tremenda cabeza daba paso a un cuerpo felino atigrado y de grandes proporciones, asemejando a un gigantesco gato de chalet, con zarpas tan grandes como las de un tigre. Enfrentarse a algo de ese tamaño y que además poseía la capacidad de desmaterializarse y reaparecer a voluntad, era prácticamente imposible.

Era cosa de segundos que descubriera su escondite. Apretando la improvisada estaca con las dos manos, rezó en silencio una plegaria a su madre en los cielos y se concentró para morir peleando. Dio dos respiraciones profundas y fuertes, y su corazón bombeó sangre a mil revoluciones por minuto. Apoyó su pie en una raíz nudosa, y se dispuso a saltar sobre esa cosa fantasmal. Quizás el factor sorpresa de diera una mínima oportunidad.

Algo se aproximó hacia ellos a toda velocidad. Alicia reconsideró las posibilidades de una lucha infinitamente desigual contra dos adversarios, y en aquella desesperada situación atisbó un estrecho pasadizo entre las raices del árbol. Habría jurado que eso estaba segundos antes, pero aceptó silenciosamente el refugio y se deslizó bajo tierra, hacia un pequeño e incómodo hueco.

-¡Gato Loco! ¡Gato loco! ¡La Reina…!

El rugido del felino rebotó por todos los espacios del bosque, y fue tan espantoso que a la chica se le cayó la estaca de las manos, dominada por espasmos producidos por un miedo primitivo. Se arrellanó bajo las raíces del árbol y lloró de pavor en el más absoluto y desesperado silencio.

–         ¡Tenía a la chica acá, a mi merced, y tú me la espantas, conejo! ¡Que me importa lo que haga o deje de hacer la Reina! ¡Se me escapó la presa! ¡Ahora me voy a desquitar contigo!

El interpelado se detuvo, y se escuchó el sonido seco y vibrante del metal saliendo de una vaina.

–         ¡Atrévete a hacerlo y te encontrarás con algo más que pompones, brujo! ¡Yo soy tan antiguo como tú!

–         ¿Si? ¿Y quien es el primero de todos, liebre famélica?

No hubo una respuesta inmediata, y luego de la pausa, Alicia escuchó un bufido malhumorado y el rasgar de pesadas zarpas por el terreno cercano a ella. Gato Loco llegó al árbol donde ella se ocultaba, empujó el tronco y pisó una raíz bajo la cual se encontraba su pierna. El dolor fue casi insoportable, pero aguantó el grito con todas sus fuerzas.

–         Gato…-, apuró su interlocutor.

–         Ya voy – respondió con tono hastiado.

La presión de la rama aflojó y Alicia dejó entrar una bocanada de aire a sus pulmones.

Las dos criaturas se alejaron del claro para retomar el sendero difuso del bosque. Alicia se atrevió a dejar su refugio para espiar su partida. Al lado del gato gigante marchaba una figura que, de no ser por la cabeza de roedor y las dos largas orejas que caían hasta la cintura, hubiera parecido un ser humano espigado y musculoso, vestido con pantalones sostenidos por un suspensor cruzado sobre su atlético torso, de pelaje café oscuro.

Disimuladamente, el Heraldo observó hacia el pantano y encontró la mirada de la chica. Movió lentamente la cabeza arriba abajo y se marchó.

Alicia fue incapaz de moverse durante un largo rato, pero a pesar de todo, agradeció a quien correspondiera el tener aliados en altas esferas.

II

La noche transcurría con tranquilidad en el pantano. Algunos insectos zumbaban en el aire mientras otros se arrastraban entre los hierbajos negros, dándole a la muchacha una vaga sensación de hogar.

El dolor de la pierna disminuía, y se arrastró hacia el agua. A la luz de la medialuna, el reflejo le mostró un rostro salvaje, lejanamente parecido al de una niña que solía conocer.

Sus cabellos negros caían desordenadamente, enmarcando un rostro blanco y sucio, de pómulos angulosos. Las cuencas de los ojos estaban hundidas, y dio un respingo ante aquella mirada dura, agresiva y sin piedad. ¿Tanto había cambiado? ¿Cuánto tiempo llevaba perdida en esa tierra maldita?

Y como cada vez que se quedaba mirando el agua durante el tiempo suficiente, una imagen se transfiguró tomando el espacio de su propio rostro. No era de noche al otro lado, sino que destacaba un despejado cielo celeste y, frente a ella apareció una niña de ojos azules, cabello dorado y rizado y mejillas sonrosadas, que rezumaba una inocencia cercana a la estupidez, pensó ella.

-¿Me escuchas? – le susurró a la imagen.

La chica, al otro lado, reaccionó con sorpresa.

–         ¿Quién me habla?

–         ¡Si, maldita sea, me escuchas! ¡Acá abajo! ¿Puedes verme?

–         ¿Pero quien me habla? ¿De donde sale la voz?

–         ¡Acá abajo, estúpida! ¡Acá, en el agua!

–         ¿En el agua? ¡Si, te puedo ver! ¿Quién eres? Estás tan sucia…

–         Me llamo Alicia, y estoy atrapada acá, en un lugar horrible, con monstruos y guerras…

–         Que triste. Yo tampoco estoy en mi casa. Me caí por un agujero siguiendo a un conejo, y acabo de tomar te con un sombrerero loco y un gato que desaparece. Ahora voy a ver a una Reina.

Alicia acercó su mano al agua y rozó la superficie. Quizás, si podía verla, pudiera pasar desde donde estaba hacia donde esa niña y salir de ahí. Sumergió un dedo en la poza y éste se hundió hasta tocar el fondo lechoso, a centímetros de la superficie.

El toque generó ondas que se extendieron desde el centro hacia la periferia, y la imagen comenzó a desaparecer.

–         ¡No, no te vayas!

–         Oye, no te veo ¿Adonde te fuiste?

–         ¡No te vayas por favor! ¡Dime algo, al menos tu nombre! ¡Dime como puedo salir de aquí!

–         Adiós, señora. Mi nombre es Alicia, como usted. Espero que se mejore.

–         ¡No! Por favor…

Y la luna volvió a aparecer en la poza, rodeada de oscuridad. La chica quedó ahí, cabizbaja, sollozando. Esa niña, que podía tener la misma edad de ella, le había dicho “señora”.

Señora.

Retornó por el camino oculto que sabía de memoria hacía la casita escondida en el medio del bosque. Las cosas que rondaban entre la vegetación ya no la atemorizaban, y al cabo de un rato divisó las luces del hogar.

Entró a la casa, un sólo ambiente de techo bajo e iluminado por dos lámparas de aceite. En una esquina burbujeaba una marmita al fuego que llenaba el aire de humedad y diversos olores. Al lado del caldero, una figura envuelta en telas se encorvaba sobre el turbio líquido.

–         ¿Ya volviste, hija?

La chica se dejó caer sobre un taburete, y escondió su cara entre las manos.

–         Vino el Heraldo – volvió a hablar aquella figura.

–         Lo se – respondió en voz baja la chica, dejando que las lágrimas fluyeran en libertad. – Me salvó la vida.

–         Algo me contó.

Suspiró con amargura. Tenía que concentrarse en el plan, faltaba tan poco tiempo…

–         Anciana, hoy, en el pantano, sucedió algo.

–         ¿Mmmhh?

–         En el agua, vi a esa chica, la que te había comentado.

Ante el silencio, continuó.

–         Pero hoy le hablé, y me escuchó.

La anciana dejó de vigilar el líquido humeante, y se dio vuelta.

–         Se llama Alicia, igual que yo. También está en un lugar que no es el suyo, uno con conejos y sombrereros locos.

–         Mmm.

La muchacha la miró entre sus dedos. Aquel bulto la observaba con el único y enorme ojo que sobresalía entre varias capas de ropa que la envolvían. La voz de la chica denotó su mal controlada rabia.

–         ¿Sabes algo de esto?

La anciana suspiró profundamente y meneó la cabeza de manera afirmativa. Su voz cascada rezumó cansancio al responderle.

–         Todas las cosas de la creación tienen un equilibrio, mi pequeña, aunque no lo parezca.

De entre sus ropajes emergió un brazo lleno de pústulas en busca del cayado de madera que se apoyaba en el muro. Con un visible esfuerzo, se puso de pie y se aproximó a la muchacha.

–         Tu presencia aquí significa que hay otra Alicia, en otro lugar que es igual a este pero completamente distinto. Siento que te haya tocado esta vida miserable y terrible, pequeña. A la otra chica, que también eres tú misma, le ha salido todo exactamente al revés.

A la joven le invadieron recuerdos fugaces de su vida anterior: las calles sucias de un Londres gris y maligno, sus compañeros de la fábrica, hacinados y peleando día y noche por permanecer vivos, su padre viudo, triste y apagado y el amigo de papá que le hablaba con aquel aliento fétido mientras intentaba meterle la mano bajo su falda cada vez que se quedaban solos. ¿Significaba que había una Alicia que, a su vez, tenía familia hermosa y una vida tranquila? ¿Sería rica? ¿Sería esa chica, la del agua?

– ¿Y esa chica, Alicia, soy yo?

– No, pequeña, es tu equilibrio, aquello que completa el mundo.

– No entiendo.

– Mira – respondió una voz tenue detrás de la marmita. En la pared se proyectó una sombra que avanzó hacia la muchacha, sin nadie que la produjera – es como una moneda. ¿Te imaginas una moneda con una sola cara?

– Si.

– No, no te la imaginas. Estás pensando en una moneda a la que le falta una cara, pero no en una que simplemente no la tiene.

– Es que no es posible…

– Exacto – la interrumpió la sombra parlante. En ese instante se despegó de la pared y caminó hacia ella con paso vacilante, como si un viento inexistente la sacudiera como a una hoja de papel. La proyección era enjuta, pero daba la impresión de pertenecer a alguien elegante, con un largo sombrero de copa – es imposible que cualquier cosa tenga sólo un lado. Lo claro se sustenta en lo oscuro, y también al revés. Todo tiene una parte que no puedes ver, pero existe y te ayuda a que tú puedas existir. Así es el orden de las cosas.

La sombra del Sombrerero se inclinó hacia ella y le acarició una mejilla. Alicia sintió como si un finísimo manto de rocío helado la hubiera tocado, la misma sensación de ser rozada por una sombra invernal en un día de verano.

Aquel frío cariño, sin embargo, la reconfortó. Intentó tomar aquella la mano, pero sólo se encontró con aire frío y su propia cara. Suspiró.

–         Pequeña guerrera – dijo la sombra – no te angusties. Una vez que hayamos cumplido con el plan, encontraremos la manera de que vuelvas a tu tierra, y nunca más tendrás que temer. Te lo aseguro.

En aquella hoja de aire gris y semitransparente, en el lugar donde debieran haber estado los ojos, surgieron dos breves destellos. La chica asintió.

–         Está bien. Falta tan poco.

–         Un día. Mañana – sonó una voz desde la puerta.

Alicia dio un respingo, y todos observaron al Heraldo. Vestía chaqueta y pantalones negros, con sus orejas siempre caídas hacia atrás. – ¿Cómo te sientes?

La muchacha saltó de su asiento y se fundió en un abrazo con el recién llegado.

–         Muchas gracias. Me salvaste la vida.

El Heraldo paseo su vista desde la anciana a la sombra, y de vuelta a la anciana. Luego, con una sonrisa de embarazo, le respondió.

–         No es nada, chica, para eso estoy, para ayudarte… – dijo, mientras intentaba zafarse del abrazo.

La chica lo soltó y volvió a sentarse. Inhaló y exhaló con fuerza un par de veces y los músculos de su espalda se tensaron mientras adquiría una posición erguida, de mando.

–         Muy bien. ¿Está todo preparado?

–         Lo está  – respondió la liebre.

–         Anciana, ¿comprobaste el hechizo? ¿Estás segura que dará resultado?

–         Si, mi pequeña.

–         Sombra, ¿hablaste con los aliados?

–         Así es.

–         ¿Y los infiltrados?

–         Ya están dentro del castillo.

–         Perfecto. Repasemos una vez más el plan.

Durante las siguientes dos horas, Alicia y sus compañeros revisaron paso por paso el plan que los llevaría frente a la Reina Oscura y les daría una oportunidad, la única, para liberar a esa tierra de su tiranía.

III

Faltaba poco para el amanecer y la joven no había podido conciliar el sueño en toda la noche. Su mente se inundaba con recuerdos. Su ciudad natal, la larga caminata sin sentido a un costado del Thames con su gorro en una mano y el billete del jornal semanal en el otro, y aquella rata negra que de un salto se lo arrebató para meterse dentro de una alcantarilla.

Y luego, la caída. Intentaba recordar si había visto alguna señal de aquel agujero mientras perseguía a la maldita rata. Cada vez estaba más segura que la carcajada que escuchó todo el camina provenía del roedor. Seguro era uno de los enviados de la Reina Negra.

Se dio vuelta de un lado hacia otro de la cama, cerrando los ojos pero sin poder dormirse. Los recuerdos habían reemplazado a los sueños. Recordó el terrible periplo que la había llevado por toda Decepción: la increíble aventura en barco por el Mar de la Tormenta, los gigantes de roca, la tribu de los lobos y el palacio del de la Silla Solitaria. Tantas imágenes, tantas cosas, algo realmente incontable, inenarrable.

–         ¿No puedes dormir? – preguntó una voz cascada atrás suyo.

–         No anciana. No puedo.

–         Mmmm.

El silencio se hizo ominoso. Luego de unos minutos, la chica continuó hablando.

–         Anciana. Mi otra… yo…

–         Si, muy bien. Continúa.

–         Mi otra yo dijo que también iba a reunirse con una Reina. ¿Quién es?

–         El opuesto de la Reina Oscura. Le dicen la Reina de Corazones.

–         ¿Es buena ella?

–         ¿La Reina de Corazones? Oh no, no lo es. Es salvaje e impredecible.

–         Pero la sombra dijo eso de los opuestos…

–         Si, la escuché – interrumpió la anciana – Sin embargo, hay cosas que ni él ni yo podemos saber. Simplemente suceden. Simplemente son.

–         Ah.

Luego de un rato, Alicia preguntó.

–         ¿Podré alguna vez conocer en persona a mi otra yo?

–         Mmmm. No lo creo. Una cara de la moneda nunca ve su anverso. Sabe que existe a través de su propia existencia.

–         Pero yo pude verla.

–         Si hija, pero eso es por la naturaleza de Maravilla y Decepción. Ambas tierras están separadas por un espejo, que yace a nuestros pies.

–         ¿Bajo tierra?

–         Claro. Por eso puedes ver a tu otra yo a través de los charcos de agua, porque neutralizan el efecto del espejo. Pero sólo puedes verla, no tocarla. Es más, si quisieras pasar al mundo de Maravilla, ella tendría que morir para que tú pudieras entrar con tu cuerpo.

–         ¡Que terrible! ¿Por qué es eso?

–         Porque dos cuerpos iguales no pueden ocupar el mismo espacio al mismo tiempo. Esa es la Ley.

Y la Ley se respeta. Había escuchado esa frase muchas veces durante su travesía. Si había algo que todas estas criaturas perdidas de Dios respetaban, era la Ley, así que ella también la respetaría.

Sin embargo, las últimas palabras quedaron flotando en sus oídos. Y empezó a gestar un nuevo plan sobre el ya establecido.

IV

La celebración más grande (y más temida) en todo el reino era la fiesta de las Lanzas. La inmensa ciudad – castillo de Inima Neagra se iluminaba con la marcha de miles de fieles que, antorcha en mano, subían por las empinadas calles de la fortaleza hacia la atalaya, a rendir tributo a la Reina Oscura.

La atalaya era en realidad una pirámide truncada y estrecha de cuatro caras, y cada nivel era un escalón., custodiado por un cuatro de soldados, uno en cada ángulo. Al tope, en la estrecha plataforma resultante, se encontraba, pálida y altiva, la Reina Oscura. A su lado, ronroneando perezosamente, el Gato Loco.

Cada emisario se arrodillaba frente a ella y entregaba un obsequio. Debían permanecer con la cabeza gacha bajo el convulsionado cielo nocturno, lleno de nubes de tormenta y ocasionales relámpagos y truenos, esperando que la Reina valorara el presente. Si no era de su agrado, la cabeza rodaría de inmediato, y su sangre viajaría por unas canaletas que surcaban el suelo hacia un agujero estrecho y maloliente ubicado al centro de la plataforma. Ocasionalmente, Gato Loco se ponía de pie y caminaba hacia el cuerpo, lamiendo parte de la sangre para luego volver a echarse al costado de la Reina.

El Heraldo, vestido impecablemente de negro, iba anunciando a las penitentes visitas.

–         Cheraldine de Krobás, costurera de Santia Naerem.

Una chica rubia y vestida con el tradicional vestido blanco y sobrefalda azul, y el pelo tomado bajo un sombrero de tela también blanco, se aproximó temblorosa. Se arrodilló frente a la Reina sin poder reprimir un quejido de terror. En sus manos llevaba una tela exquisitamente bordada con hilos de oro y lapislázuli, con una representación del mar sobre un cielo despejado, recordatorio de otras tierras.

Vio la mano de la Reina descender y tomar con delicadeza su trabajo. Un aroma dulzón y cítrico colmó sus sentidos. Esperó un interminable minuto y luego sintió una mano pesada que se posaba en su hombro.

–         ¡Levántate campesina! – bramó una voz sobre ella – La Reina se siente complacida.

Temblando, se puso de pie y observó la faz bella y terrible de la Reina, sonriéndole. Masculló un agradecimiento y fue guiada hacia una de las cuatro esquinas de la empinada atalaya, donde empezó a descender de vuelta a las calles. Recién a medio camino pudo estallar en llanto histérico y bajó lo más rápido que le dieron sus piernas.

–         Almonte de Niash, Caza Recompenzas.

Gato Loco olisqueó el aire y se incorporó. La actitud de alerta del animal llamó la atención de la mujer.

–         ¿Qué os pasa, mi adorada criatura? – inquirió con voz sedosa.

–         Viene ella.

–         ¿Quién?

Sobre la plataforma apareció un hombre vestido con traje de cuero café y negro, capa de viaje y sombrero de ala ancha. Traía una gruesa cadena que desaparecía en las escalinatas.

–         Mi Reina…

–         ¡Callaos! – exclamó el Heraldo – No podéis hablarle a la Reina hasta que ella te haya dado permiso.

–         Mi estimada liebre – repuso el hombre – cierra el pico.

El Heraldo abrió la boca ante la indignante respuesta que lo había tomado por sorpresa. Miró a la Reina, que también contemplaba la escena con una mezcla de sorpresa y agrado. Le hizo un gesto a su heraldo para que lo dejara continuar. Este se aproximó a ella arrastrando su cadena por el suelo.

–         Decidme una cosa, Almonte de Niash, – inquirió la Reina con voz sensual – ¿tan poca estima tenéis por vuestra cabeza?

–         Todo lo contrario, su majestad, la quiero sobre todas las cosas. Es por eso que no quiero demorar más mi presente – y mientras hablaba, tironeó de la cadena.

Por el borde de la plataforma emergió, apresada como una bestia salvaje, Alicia. La Reina se puso de pie de inmediato, y un relámpago iluminó sus ojos verdes.

–         ¡La niña!

–         Así es, su majestad. – Acto seguido, hizo la consabida reverencia.

La mujer lo ignoró y caminó hacia ella con los brazos abiertos en bienvenida. La chica se aproximó hacia la mujer, y en el centro de la pirámide la mujer la estrechó entre sus brazos, como una madre que abraza a la hija largamente esperada. Y mientras la apretaba contra su pecho, comenzó a reírse con una risa maníaca. Las uñas de la Reina parecían garras apresando a su presa. Cuando logró calmarse le habló.

–      Mi querida niña. ¿pero como fue que te lograron capturar? ¿Quien te traicionó? porque esto sólo puede ser producto de una traición, con lo bien guardada que estabas…

–      Estimada Reina – escuchó a sus espaldas – ¿Puedo retirarme?

–      Vete y no vuelvas nunca más, si de verdad aprecias tu vida, caza recompensas. Mi heraldo te dará el botín ofrecido por ella – y acarició el pelo desgreñado de la joven con fascinación.

–      No lo creo – escuchó por respuesta.

Antes que pudiera reaccionar, las cadenas alrededor de la chica cayeron al suelo y súbitamente comenzaron a trepar por el cuerpo de la Reina a increíble velocidad. En cosa de segundos, la mujer estaba encadenada desde los pies hasta los hombros. Detrás suyo se escuchó el bramido de Gato Loco, y por respuesta el hombre desenfundó su espada.

–      No creas que te olvide, Gato Gordo. ¡Perdón! ¿No era Gato Fofo como te llamabas?

–      ¡Guardias!- gritó la Reina, mientras al borde de la pirámide se desataba una batalla campal entre el hombre y la bestia. El Heraldo, en tanto, dio un largo salto vertical y desapareció en la inquieta oscuridad.

La chica sacó una estaca de chaqueta y se abalanzó contra la impotente mujer, para frenarse a milímetros de ella, esquivando una lanza arrojada en su contra. Decenas de hombres enfundados en armaduras y cascos terminados en punta aparecieron en la plataforma. Alicia se dio vuelta y emitió un curioso rugido, de gato pequeño enfurecido. Los hombres se aproximaron a ella, esperando alguna instrucción de la Reina, envuelta a su costado.

–      ¡Háganla sufrir! – escupió la mujer – Pero no la maten. Ella es mía.

–      Escúchenme, gente de Decepción – gritó al cielo la chica – La Reina está encadenada. ¡Es su oportunidad de ser libres! ¡Yo puedo matarla, yo puedo liberarlos!

Algunos soldados titubearon por un instante, el suficiente para el aterrizaje sorpresivo del Heraldo. En sus manos portaba sendos cuchillos largos, y en una danza perfecta y terrible, acabó con ellos en menos de un minuto. Un reguero de sangre que corrió a borbotones por las canaletas.

Con aquella batahola, nadie reparó en que la desigual pelea entre el caza recompensas y la bestia había acabado con el resultado predecible. Gato Loco saboreaba el último trozo de su presa, y sólo el sombrero de ala ancha daba cuenta de que alguna vez había existido  aquel hombre.

–      Bestia mía – le llamó la Reina – son todo tuyos.

El Heraldo se puso en posición de batalla, al igual que Alicia. Sin embargo, el animal los miró con desinterés y se hecho.

–      No mi Rrrreina. Son todossss tuyossss.

La mirada de sorpresa delató a la mujer. Su mirada fue desde la criatura agazapada hacia los dos adversarios al frente suyo. Y la furia en su rostro antecedió el relámpago que la impactó de lleno. Mientras gritaba de rabia, las cadenas explotaron y tanto Alicia como el Heraldo salieron despedidos de la plataforma. El guerrero alcanzó en el aire a la joven, y dando un mortal invertido, cayó con ella en brazos al borde del último escalón de la pirámide. Subieron a la plataforma para encontrarse a la Reina Oscura en todo su terrible esplendor. El viento de la tormenta agitaba la ropa y cabello de la mujer, y las luces de los relámpagos la iluminaron caleidoscópicamente. Alicia y el Heraldo fueron rodeados por decenas de personas encapuchadas que portaban antorchas, mientras que cientos más trepaban a toda velocidad por las cuatro caras de la pirámide.

–      ¿Creías que me iban a derrotar tan fácilmente? ¿Acaso de verdad piensas que eres la enviada del cielo, la Mesías de esta mierda de pueblo? ¿La hija de las leyendas? Mírate niña, al lado de un conejo gigante, sin nadie más que te ayude. ¡Soy inmortal! ¡No existe nada que pueda matarme! ¿No lo entienden? ¡Soy inmortal! ¡Yo soy la Reina!

–      ¡Ya no! –, exclamó Alicia, y antes de que nadie pudiera detenerla, arrojó su estaca hacia a mujer, la que voló impulsada por las corrientes de aire hasta encontrarse con el pecho de la mujer. Esta lanzó un horroroso grito que congeló a todos los presentes y cayó al suelo.

El silencio posterior fue mortuorio. La Reina comenzó a contraerse sobre el madero, dirigiendo angustiosas miradas a todos los presentes. Alzó una mano, la que se agrietó hasta deshacerse en una nube verdosa. Un minuto después, sólo quedaba un líquido verde en el lugar donde ella reinara con total omnipotencia. Alicia se dio media vuelta y vio a todos los presentes paralizados en medio de la expectación. Alzó los brazos y gritó.

–         ¡Ahora yo soy la Reina! ¡Reinaré sobre ustedes porque soy de otro mundo! ¡Reinaré porque sólo yo pude matar a esta perra, y ustedes me seguirán sin cuestionamientos! ¡Yo soy la Reina!

El Gato Loco, recién en ese momento, se levantó y echó a andar hacia Alicia. La chica echó mano instintivamente a su cuchillo pero no pudo evitar un leve temblor de terror. Esa criatura eran los muchachos de la fabrica, el amigo de su padre… era el terror puro.

Gato Loco sonrió, mostrando su hilera de cuchillas, y comenzó a rodear lentamente a la chica. Ella sólo atinó a susurrar.

–         Así que tú eres el que realmente manda acá, ¿verdad? Porque no hay Reina sin Rey, por lo tanto tú eres el Rey ¿Es así?

–         Muy bien pequeña – respondió con voz cavernosa el animal – prosigue

–         Entonces tú eres el que valida a las soberanas.

–         Si… ¿y?

Alicia tragó saliva antes de responder.

–         Yo quiero ser la Reina.

Gato Loco siguió rondándola, pero emergió una risita maligna que fue creciendo hasta convertirse en una carcajada enorme, tan grande que recorrió los campos y pantanos, que estremeció a los bichos nocturnos y mando al refugio a lobos y demás depredadores. La Sombra del Sombrerero se estremeció a tal punto que se disolvió un rato para no sufrir con ese sonido.

El gato terminó de reírse y fue a echarse al lado del trono vacío.

Un murmullo empezó desde algún lugar de la muchedumbre, y como una ola, fue creciendo, hasta que todos hincaron una rodilla, repitiendo al unísono y sin cesar: Salve la Reina Alicia.

La joven se acercó al trono a paso titubeante y se sentó. Contempló su reino. Gato, a su lado, como Rey silencioso que era, le preguntó:

–         ¿Y bien, Su Majestad? ¿Qué es lo que quieres hacer ahora?

Alicia le cuchicheó al oído para que nadie pudiera escucharlos.

–         He visto que puedes aparecer y desaparecer a voluntad. ¿Tú puedes cambiar de mundos a voluntad?

El gato sonrió.

–         ¿Adonde quieres ir?

Esta vez fue Alicia la que sonrió.

Cerró los ojos, y al abrirlos tenía al frente a una corte luminosa, pero desordenada. Sus súbditos eran cartas y los palos de cricket, flamencos; el conejo no era un depredador de combate, sino una cosa pomposa y blanca con un reloj dorado colgando en su cinturón. Al frente, la niña rubia y modosita de brillantes ojos azules que había visto en el charco de agua le hacía una cortés reverencia. El ocho de diamantes, a su costado, le preguntó:

–         ¿Qué hacemos con ella, Su Majestad?

La respuesta, clara e inevitable, surgió con todo el peso de una condena. Riéndose con una rabia maníaca gritó:

–         ¡Córtenle la cabeza!

Alicia retornaría a su mundo, de una manera u otra.