Una noche cualquiera, dos figuras contemplan la ciudad desde un departamento.

– Mira hijo mío, estrellas. – dice el padre apuntando hacia la ciudad.

– ¿Tella? – repite el bebé en sus brazos, con sus grandes ojos llenándose de los destellos de calles y edificios.

– Si hijo. Estrellas.

Se quedan un rato envueltos por la oscuridad. Las estrellas de verdad, las de arriba, no se pueden ver por la contaminación, pero a sus pies se extiende un amplio manto de perlas luminosas que se pierden a la distancia. El calor de padre e hijo se filtra por la piel de ambos en silencio.

Cuando creció, el hombre nunca dejó de sobrecogerse por la maravillosa vista nocturna de la ciudad, sin recordar el porqué.