Llegamos a la urgencia del hospital porque ya no podía más con mis dolores de cabeza y garganta. Había tosido tres días y noches sin parar, así que dejé de creerme el cuento del hombre fuerte. Mi padre me acompañó.

Es increible las cosas que suceden a vista y paciencia de uno cuando se está en la sala de espera de una urgencia. Gritos de personas con los huesos quebrados y al aire, viejecitas más delgadas que un espíritu en camilla y con máscaras de oxígeno, que hacen preguntarse si no estarán malgastando recursos en alguien que prácticamente no respira, gente que alega porque sí y porque no, y más de algún vecino de asiento que, de tanto tiempo de estar sentado en la misma posición, da la impresión de que se murío esperando su turno.

Así que nos sentamos a esperar que me llamaran. Había bastante gente, así que calculé que no me atenderían en, por lo menos, un par de horas. Bueno, “paciencia” dijo mi padre y palmoteó cariñosamente mis manos.

–         Jorge Ramirez.

Pasó un hombre barboso y de edad indeterminada con la muñeca hinchadisima. Conversamos largamente con mi padre sobre lo humano y lo divino, mientras pasaban las horas.

–         Jaqueline Verdasco.

La mujer que tosía al mismo ritmo mío se levantó con cara de compungida y desapareció tras la puerta de acceso. Así, fueron pasando uno por uno. Ya no tenía tema de conversación, por lo que después de un rato nos quedamos en silencio, cada uno en su mundo personal. Mi padre es el hombre que más quiero en el mundo, un ejemplo para casi todas las cosas que un hijo pudiera imaginarse. Tranquilo, abnegado con su familia, siempre presente ante las dificultades… y estaba en eso y otros recuerdos de mi lejana niñez cuando me habla.

–         Oye hijo, ¿Te has dado cuenta que han entrado un montón de personas, pero que ninguna ha salido?

La pregunta me sacó de un golpe de mis cavilaciones. Era cierto; la sala estaba quedando vacía, pero no había salido nadie por las puertas de acceso. Por lo tanto, la salida tenía que estar por otro lado. Me puse de pie y fui a conversar con el guardia de turno. Para mi sorpresa, me dijó que no, que la única salida era esta. Le hice notar lo que mi padre me había señalado, y por única respuesta obtuve un encogimiento de hombros, y no volvió a hablar.

Comenté esto con mi padre, y nos miramos consternados. ¿Por donde estaban saliendo las personas? Mi padre se puso de pie y salió a averiguar algo más. Y yo quedé en la sala de espera.

–         Sofía Martinez.

Una viejecita que parecía momia se puso de pie y avanzó con muchas dificultades. El guardia la tomó con amabilidad del brazo, y atravesaron el pasillo. Sólo quedaba yo, y estaba anocheciendo. Un par de luces mortecinas se encendieron en la sala, ahuyentando a duras penas la creciente oscuridad.

Me puse de pie y atravesé las puertas de acceso. Para mi sorpresa, sólo había silencio, nada ni nadie se movía por los asépticos y bien iluminados pasillos. Yo me imaginaba que en una urgencia escucharía gritos de dolor, conversaciones de pasillos entre doctores y enfermeras y vería pasar a muchar gente de manera constante, pero nada. El lugar parecía desierto y el único sonido que había era el lento caminar del guardia y la viejecita.

El guardia me escuchó, se dio vuelta y me pidió que por favor esperara mi turno en la sala de espera. Le obedecí sin chistar. ¿Qué diablos estaba pasando acá?

En la sala de espera encontré sentado a mi padre, y me dijo que no había ninguna otra salida aparte de esta, porque en el hospital, si bien tenía interconexión con la urgencia, no tramitaban a los pacientes de esta ala del edificio, por lo que sólo podían entrar o salir por acá, aunque fueran derivados posteriormente al edificio contiguo.

Yo le conté lo que había visto al interior de la urgencia. “Que raro”, fue toda la respuesta que obtuve.

Se quemó una luz, y la oscuridad entró con más ganas. El otro foco titilaba anunciando su pronta muerte.

–         Rodolfo Fernandez.

Ese era yo. Nos miramos con mi padre, nos pusimos de pie y salimos. Afuera, la noche se descolgaba sobre los muros del edificio, completamente a oscuras. Aún había tiempo para escapar.